11 PM | 18 Nov

MARIVAUX

 

 

 

 

Pierre Marivaux escribió «El juego del amor y del azar» en 1730 siguiendo algunas de las claves de su teatro: comedia de enredos al estilo de la comedia del arte -de la que toma, entre otras cosas, a los personajes-, exploración de los sentimientos humanos, reflejo de las clases acomodadas a las que él mismo pertenecía. Hemos disfrutado de de ese “tomber amoureux, en el María Guerrero.Nos cuenta Flotats en el programa ,el gran esfuerzo que les supone a los actores volver a interpretar la función en un idioma distinto al que estrenaron hace unos meses, y realmente es de agradecer, debo decir no obstante que a mi  resultó muy simpático, y le iba muy bien a la obra, el tono “catalán” que le daban los actores, y muy especialmente Mar Ulldemolins en el papel de Lissete.

 

Para recrear el mundo de equívocos de Marivaux, se instala en todo el escenario un brillante y luminoso jardín donde evolucionan el señor Orgón y su hija Silvia, con la perspectiva de un matrimonio concertado. La joven duda y, para espiar a su futuro esposo, se hace pasar por la doncella. Pero el novio ha tenido la misma idea y se cambia por su criado. Los prometidos rechazarán a sus falsos pretendientes, pero se enamoran de los criados que, realmente, son los señores. Un trepidante equívoco que haría las delicias de Rohmer, y que a mí me gustó bastante.

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11 AM | 17 Nov

MARINA GARCÉS

Marina Garcés (Barcelona, 1973), filósofa y miembro del grupo Espai en Blanc

Marina Garcés (Barcelona, 1973), filósofa y miembro del grupo Espai en Blanc

Una vieja consigna revolucionaria decía: “abandonad las ilusiones, preparaos para luchar”. ¿Por qué desechar las ilusiones como motor político? Porque las máquinas de ilusión son, al mismo tiempo e indisociablemente, máquinas de decepción y frustración. La novedad envejece deprisa, el gran momento pasa, el mundo nuevo no es tan nuevo como se nos había prometido, la salvación no acaba de llegar, el líder nos falla, las certezas vacilan…

Esta oscilación entre ilusión y decepción ha marcado ya dos siglos y medio de política clásica (tanto oficial como revolucionaria). ¿Es la única política posible? ¿Sólo cegándonos a la realidad, con sus clarooscuros y complejidades, nos podemos comprometer en una empresa de cambio? ¿Sólo la retórica movilizante, la arenga permanente y el triunfalismo que da seguridad nos inyectan energía para pelear? ¿Hay que jugárselo siempre todo a una carta, poner todos los huevos en la misma cesta y fiarlo todo al genio de una figura salvadora?

El 15M supuso un giro: no prometía nada, afirmaba que podríamos cambiar lo que entre todos estuviésemos dispuestos a cambiar (partiendo en primer lugar de nuestras propias vidas). Pero la política de la ilusión vuelve ahora por sus fueros, en esta fase de lucha por el poder político, imponiendo sus alternativas: ganar o perder, ahora o nunca, viejo o nuevo, todo o nada. Por eso la voz de la filósofa  Marina Garcés se recibe en este contexto como aire puro. Como una voz que no niega la pelea (también en el campo institucional) y sus exigencias, pero que nos recuerda que se puede (y se debe) pelear sin abolir la complejidad de lo real, su diversidad de planos y tiempos, etc.

El artículo que puedes leer a continuación es una versión de la intervención en la Feria de Economía Social de Catalunya . Ha sido traducido del catalán por Jordi Oliveres.

Dos retos: redefinir la riqueza, declinar la política en plural

En los años 80, el capitalismo creó una ficción temporal: la de su triunfo definitivo. A través de una victoria histórica sobre el comunismo, y a través de una ilusión seductora que pasaba por la ideología del progreso, del desarrollo y por tanto de la promesa de una vida mejor para todos, el capitalismo se confundió con la realidad.

Actualmente, esta ficción, como las otras burbujas que produce el capitalismo, ha pinchado. La promesa seductora ha mostrado sus límites, cuando constatamos que el crecimiento ilimitado toca techo y que, por tanto, la desigualdad no es lo que el desarrollo capitalista había de dejar atrás, sino que es hoy la consecuencia directa de su funcionamiento, también en los países más ricos. Por otra parte, la victoria del capitalismo sobre el comunismo, después de la guerra fría, no ha traído la paz. La victoria del capitalismo es la de una guerra permanente. La crisis, por tanto, no es un accidente sino una condición del capitalismo y de su funcionamiento, que ya sólo puede seguir manteniéndose desde su imposición, cada vez más descaradamente brutal y autoritaria, como demuestra en este momento la contraofensiva del TTIP (Tratado Transatlántico para el Comercio y la Inversión).

Esta situación de quiebra y de ruptura plantea dos retos ineludibles para cualquier proyecto de transformación social y política que quiera cambiar realmente algo. El primero es redefinir el sentido de la riqueza. La cuestión ya no es producir más riqueza y decidir, políticamente, sobre los modelos de su redistribución (liberal, socialdemócrata, socialista, comunista, etc). Lo que está en juego es desvincular riqueza y crecimiento. Hace tiempo que se defienden estas ideas desde las posiciones éticas y económicas del decrecimiento, pero incluso hay que ir más allá de este término. Más que crecer en positivo o en negativo, lo que todavía nos deja atrapados en la disyuntiva entre la riqueza y la pobreza, hay que dar el salto a la desvinculación de riqueza y crecimiento, desde una apuesta clara por la riqueza como valor a defender y compartir. ¿Qué sentido tiene la riqueza si el valor no se mide por el crecimiento?

Esta pregunta no puede ser respondida más que desde un espectro de formas de politización diversificadas y al mismo tiempo articuladas, capaces de vincular autoorganización económica y reapropiación de la decisión política a diferentes niveles y escalas de la vida social. Ésta es la segunda exigencia ineludible para cualquier nueva propuesta política. Lo que está en cuestión ya no es hoy la relación dual y binaria entre los movimientos sociales y las instituciones o entre la sociedad civil y la política. Si actualmente hablamos seriamente de desbordamiento institucional y de crisis de representación es que esta dualidad ya no nos sitúa ni nos orienta. El dentro y fuera de la política han saltado.

La política, en singular, ya no es lo que tiene lugar en los parlamentos o en determinadas formas de organización como los partidos o los sindicatos. La política es lo que expresa el conjunto de la vida colectiva, en sus diferentes formas de organizarse, de manifestarse, de decidir, de protestar, de reivindicar y de crear. La pregunta no es como recoger y representar todo eso, sino cómo articularlo, teniendo en cuenta que la política institucional sólo puede ser unode los momentos y funciones de esta articulación viva.

Si algún sentido tiene hablar hoy de nueva economía y de nueva política tiene que ver con este doble reto: redefinir el sentido de la riqueza y articular formas de politización diversificadas y autónomas, capaces de superar hoy la clausura institucional de la política y el determinismo de la dictadura económica.

Una alerta, o sobre la insistencia en la novedad

No debemos confundir, sin embargo, la novedad de la situación con la novedad del producto. Desbordar las instituciones políticas desde una politización de la sociedad distribuida y diversificada no es un ideario nuevo y hay muchas experiencias antiguas en el tiempo que son la base de las propuestas actuales. Lo mismo ocurre con las prácticas de la economía cooperativa, social y solidaria: retoman viejas experiencias y aprendizajes para tiempos y realidades nuevas. La resistencia al capitalismo no es nueva, pero necesita inventar y concretar respuestas para coyunturas que cambian en cada lugar y para cada tiempo histórico.

Curiosamente, sin embargo, tanto el pensamiento revolucionario como el capitalismo, que son igualmente hijos de la Modernidad, comparten el culto a la novedad y a la juventud. La revolución busca hacer un mundo y una humanidad nuevos. El capitalismo, que es su cara perversa, destruye la sociedad antigua para producir y vender más y más novedad, en forma de mercancías y de experiencias. Lo que la modernidad convierte en un valor político, estético y mercantil es la novedad en sí misma. Y es que ella misma, la Modernidad, se define como un tiempo nuevo.

La novedad, sin embargo, es un valor temporal por definición: la novedad caduca cuando envejece o cuando entra en el terreno de lo conocido. Al final, la novedad, revolucionaria o capitalista, siempre resulta ser un producto de temporada. No nos podemos presentar, por tanto, como novedad, sin condenarnos, necesariamente, a caducar o decepcionar. ¿Qué pasará cuando los jóvenes de ahora sean viejos, cuando las caras nuevas de ahora sean conocidas y cuando lo que parecen propuestas nuevas muestren que no nos han llevado ni a un mundo ni a un país tan nuevos como prometían?

“Nuevo” es un adjetivo vacío, que vacía de otros valores lo que queremos vivir, compartir o proponer. Tenemos muchos otros adjetivos, heredados y para inventar, con los que llenar de ideas, de indicios y de referencias la economía y la política que queremos: social y solidaria, decimos cuando hablamos de una economía que se sustrae al dictado del beneficio particular. Podemos añadir: y justa, y digna, y decente, y honesta, y libre, y cooperativa, y común, y autónoma y… y… y…

Los adjetivos comprometen, pero es un compromiso que no podemos eludir. Actualmente, tendemos a esquivar los que la historia del último siglo nos ha legado más marcados: comunista, socialista, anarquista… Pesan, porque van ligados a experiencias históricas y relaciones de poder que, en muchos de sus aspectos no queremos repetir y porque sus -ismos predeterminan lo que podemos hacer, vivir y proponer. Tergiversemos y llenemos estos adjetivos de nuevos sentidos y experiencias, si se puede, y busquemos otros, todos los que nos hagan falta para desarrollar propuestas colectivas y organizativas abiertas a lo que aún no sabemos y a los retos concretos de nuestro tiempo. Pero no caigamos en el vacío y en la trampa de la novedad como valor. Nos durará dos días y cuando el tiempo pase inexorablemente nos caerá encima, implacable, su lógica: nos habremos hecho viejos, nosotros y nuestra política.

Una inquietud, o sobre los tiempos de la política y sus oportunidades históricas

Nos sentimos, de repente, en una situación de emergencia. La crisis económica que desde 2008 marca el paso de las políticas económicas de las sociedades más ricas, ha introducido en nuestras casas y en nuestras vidas lo que la ficción de la promesa capitalista de una vida mejor para todos nos permitía ignorar: los límites humanos, sociales y ambientales del actual régimen de explotación del mundo global. Estos límites ya no llegan en forma de denuncia o de discurso abstracto, sino en forma de precariedad, nuestra precariedad. Pero la desigualdad, la guerra por los recursos y la violencia económica sobre poblaciones enteras no habían desaparecido nunca del planeta.

Percibirnos en situación de emergencia nos lleva a confundir, sin embargo, la urgencia con la prisa y la necesidad de reaccionar con la oportunidad histórica. Es una confusión que en nuestro país tiene que ver con una coyuntura local. La emergencia global se solapa aquí con un fin de ciclo histórico y generacional. Así, tendemos a interpretar el impasse actual como una oportunidad histórica única en la que sólo se puede perder o ganar. Es un escenario excitante y movilizador, porque enfoca todas las energías en una jugada, aquí y ahora, ahora o nunca. Pero en el terreno de la transformación social y política, no hay que creer en el “ahora o nunca”. Si las novedades caducan, las oportunidades pasan. ¿Y después qué? Después, o la victoria total, que ya sabemos que no existe, o la frustración y el fracaso. Las narraciones lineales, como las películas, sólo tienen dos opciones: acabar bien o mal. En la lucha por defender y construir una vida digna para todos, no hay final ni después. Hay un ejemplo insistente, persistente y paciente que hace de cada día un reto y una exigencia.

Más que “ventanas de oportunidad”, necesitamos aprender a ver y valorar la potencia de cada situación desde una visión histórica. Más que a un gran momento, es necesario prestar atención a la multiplicidad de tiempos de vida que juntos podemos sustraer al dominio político y la explotación capitalista. Y más que una victoria, necesitamos paciencia, insistencia y persistencia, que son las virtudes con que realmente nos podemos reapropiar de los tiempos de la política, sin ser víctimas de una cruel e implacable política de los tiempos. Una de las cosas más importantes que muchos aprendimos en los centros sociales okupados de los años 90 fue que la mejor manera de abrir espacios de vida y de intervenir desde ellos en los conflictos reales de nuestra ciudad era generar calendarios y agendas propias. Esto no quería decir ir “a nuestra bola”. Era entender que el tiempo de la historia, cuando es único, siempre lo dirigen ellos.

Un desafío, la relación con el poder

Desde ahí se plantea el elemento clave que define la novedad de nuestra situación política actual: la relación con el poder. Esto sí que es nuevo, para nosotros. Y para nosotros significa para una generación muy concreta, nacida y crecida durante la Transición española, lejos de cualquier relación directa con el poder, ya sea económico o político.

En estos 30 años de victoria material y simbólica del capitalismo, en sus diferentes versiones, neoliberal o socialdemócrata, no es que no se haya combatido el poder, como a veces se quiere hacer creer. Hemos luchado, hemos resistido y hemos creado formas de vida alternativas. Pero estas formas de vida, de lucha y de resistencia han crecido en los márgenes. Márgenes incómodos, en muchos casos, porque ha habido mucha represión, destrucción y marginación. Y márgenes también cómodos, porque también ha habido muchas formas de tolerancia, de integración y de folklorización de las alternativas y las diferencias. En todo caso, esta marginalidad nos ha permitido desentendernos del problema del poder. Del poder institucional, como tal. Pero también del hecho de lo que significa tener poder sobre o desde la vida colectiva y ejercerlo.

Reapropiarnos de nuestras vidas colectivamente exige, pues, plantear la cuestión: ¿cómo tomar el poder (el poder de hacer y de decidir), sin ser tomados por el poder? Se dice que el poder corrompe. Demasiado fácil: parece un hecho natural. El poder seduce y destruye. O una cosa o la otra, o las dos a la vez. Salir de los márgenes de la vida social para ocupar el centro, como hemos ocupado las plazas, pide mucha honestidad sobre nuestros límites y mucha inteligencia colectiva para aprender a relacionarnos juntos con este poder del poder: su poder de seducción y su poder de destrucción.

En este sentido, un elemento de preocupación y una dosis de confianza: la preocupación viene del hecho de percibir un nuevo deseo de autoritarismo entre nosotros y en amplias capas de la sociedad. La situación de emergencia se traduce a menudo en un deseo de salvación y, por tanto, de figuras salvadoras. El autoritarismo, a menudo, es solicitado por quienes creen que necesitan ser salvados. Pero cuando la salvación entra en el lenguaje de la política, la política muere y entran en juego otros fenómenos que también organizan la vida colectiva, como la religión, los movimientos de masas o los discursos redentores del tipo que sean. Y esto ocurre a derecha e izquierda. El autoritarismo, hoy, se disfraza de realismo y el nuevo dios, implacable, es la realidad: funciona así y no puede ser de otra manera. Palabra de Dios. Pero no queremos ni salvadores, ni tecnócratas de la realidad: necesitamos compañeros capaces de compartir sus tiempos, saberes, afectos y lenguajes para articular estas formas de vida rica, autónoma y recíproca que queremos construir.

Desde aquí, una dosis de confianza: aunque la bestia humana es antropológicamente incorregible y aunque la historia tiende a repetirse, hay cosas que hemos aprendido porque las hemos vivido hace muy poco. En este país, por suerte o por desgracia, la historia siempre es muy reciente. Y actualmente, todavía tenemos dirigiendo la política, la economía y los medios de comunicación a muchos de aquellos que un día fueron caras nuevas que querían hacer un mundo nuevo. No hay que hacer arqueología. Podríamos hacer un pesebre viviente con estas figuras.

Respecto a ellos hay un corte, y de ahí el elemento de confianza: es un corte cultural y generacional, que es también un corte económico y político. El corte es lo que el mismo sistema, mostrando sus límites, ha impuesto: quienes venimos detrás, como generación, ya no nos podremos colocar. Somos los hijos de la crisis, aquellos que dicen que ya no viviremos nunca mejor que nuestros padres. Pero también somos los hijos de la red, y del deseo de transparencia y de una educación poco disciplinaria y relativamente igualitaria que nos ha permitido aprender a vivir desde nuestros vínculos e interdependencias. Esto nos pone en otra situación: o nos lanzamos cínicamente a la competitividad más desaforada o desarrollamos las diferentes caras de la cooperación necesaria. O el poder de unos contra otros, o la apuesta para descubrir lo que juntas podemos. No hay un término medio. Estamos en una bifurcación donde el deseo de poder económico y político se desnuda y muestra sus cartas. Son cartas feas, pero a veces la fealdad, cara a cara, es lo que puede inspirar más confianza. Nos enseña descarnadamente el rostro de lo que nunca querremos llegar a ser.

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07 PM | 16 Nov

LA GRAN ILUSION

La gran ilusión, de Jean Renoir (1937): La guerra en el cine, ¿un fin o un punto de partida?

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Todo en Renoir aspira a la libertad de existencia y a la verdadera nobleza del hombre: “la aristocracia del corazón”.

André Bazin

Luego de la Primera Guerra Mundial, el mercado cinematográfico europeo quedó mayormente destruido o en decadencia. Desde Hollywood se exportaban películas de guerra a toda Europa. Los films se limitaban a mostrar con verismo el sufrimiento de las trincheras, el dolor de los heridos en combate y la destrucción de ciudades o pueblos. La mayoría de los films carecían de algún tipo de cuestionamiento en relación a los orígenes del conflicto o a sus consecuencias. La guerra en el cine era abordada como un fin. Entre las películas más exitosas figuran El gran desfile (1925), de King Vidor, y Sin novedad en el frente (1930), de Lewis Milestone. Durante la década del treinta, los cineastas europeos, grandes consumidores de films de guerra, lograron superar el mercado americano. Se destacaron directores como Giovacchino Forzano en Italia, Abel Gance en Francia, Anthony Asquith en Inglaterra y George Pabst y Karl Riiter en Alemania.

Según Pierre Sorlin, en Cines europeos, sociedades europeas 1939-1990, el cine bélico no constituye un género, forma parte de las distintas categorías del drama, la aventura, el documental y la comedia. Su valor específico es la representación de escenas relativas al conflicto y el uso de indicios que indudablemente remiten en dichas escenas al período 1914‑1918. Las películas bélicas son películas históricas, en tanto implican un mínimo conocimiento de la situación y la capacidad de identificar los bandos opuestos. (…) Narrativamente, el conflicto puede ser un hecho histórico a partir del cual se edifique una historia, o bien el auténtico centro, el tema del filme”. La gran ilusión, a diferencia de sus antecesoras, responde a la primera opción, parte de un hecho histórico y edifica una historia. El cine como un punto de partida para narrar una historia comprometida con el destino del hombre y su realidad circundante, porque Jean Renoir más que de guerra habla de paz y de equidad social. El director francés insistía en que los hombres están menos separados por las fronteras verticales entre naciones que por las barreras horizontales entre clases. Y hay una gran injusticia en relación a ello.

la-gran-ilusion-1La gran ilusión transcurre durante la Primera Guerra Mundial. El capitán Boïeldieu (Pierre Fresnay) y el teniente Maréchal (Jean Gabin) son capturados por los alemanes y trasladados a un campo de prisioneros, donde entablarán amistad con varios prisioneros: Rosenthal (Marcel Dalio), hijo de un banquero judío, un actor de teatro (Julien Carette), un ingeniero (Gastón Nodot) y un maestro (Jean Dasté). Entre todos surge un gran compañerismo y así comienzan a planificar la fuga. Tras varias tentativas de evasión, Maréchal, Boïeldieu y Rosenthal son enviados a una fortaleza comandada por el capitán alemán von Rauffenstein (Erich von Stroheim). Ambos capitanes, Boïeldieu y Rauffenstein, pertenecen a la nobleza, una cuestión de clase que, a pesar de la guerra, genera un vínculo de camaradería y respeto. El plan de fuga continúa en proceso y gracias al sacrificio de Boïeldieu, Marechal y Rosenthal logran su objetivo. Tras largas horas de travesía, los hombres encuentran refugio en una granja alemana. Su dueña, una viuda alemana, con su pequeña hija, los auxiliarán. Pronto surgirá el amor entre Marechal y la mujer, un halo de esperanza frente a la guerra que los divide.

Según Renoir, la idea del film surgió de su propia experiencia como piloto de guerra. Allí conoció a un gran aviador que fue atrapado por los alemanes y consiguió fugarse. Años más tarde lo encuentra en una base aérea, convertido en general, y retoman los relatos de las sucesivas fugas. El argumento resultó ser materia de un guion que conjuntamente con Charles Spaak y la complicidad de Jean Gabin se transformaría en uno de los films más destacados de la historia del cine. En un comienzo se iba a titular Les Evasión du Capitane Maréchal, para luego llamarse La gran ilusión, título de un libro pacifista publicado en 1910 por el escritor Norman Angell.

La participación en el film del excéntrico Erich von Stroheim se desencadenó a partir de su llegada a París. Los productores se vieron motivados a contratarlo para un rol importante, el de capitán alemán. Era un punto a favor de la película tener una estrella como él junto al artista francés del momento, Jean Gabin. Renoir, gran admirador de Stroheim desde su film Esposas frívolas (1921), fuente de motivación para su carrera como cineasta, no dudó en darle el papel. Para su caracterización, el mismo Stroheim tuvo la idea de utilizar un corsé ortopédico para enfatizar su rigidez y otorgarle una impronta más fuerte a su imagen. Al día siguiente se presentó en el plató con su impecable uniforme y el corsé de acero y cuero. Nadie dudó del poder versátil de su caracterización.

 

La guerra vista desde el naturalismo poético francés o realismo negro

Dentro de la década del treinta, las películas de Renoir, como las de otros directores franceses, se agruparon y respondieron a lo que algunos historiadores denominaron naturalismo poético francés o realismo negro. El naturalismo puso su acento sobre los problemas que rodean a la existencia del hombre y que son manifestados a través del arte. Se trabaja sobre personajes que provienen de capas sociales humildes o marginales: desertores, legionarios, ladrones… La topografía naturalista se inclina por situar las acciones en ambientes más ruines: suburbios, muelles, tabernas, calles brumosas, etcétera. La designación de “poético” se relaciona con la estilización romántica de los objetos más realistas impuesta por el estilo de Renoir. En el marco de una época cargada de escepticismo, lo “negro” tenía que ver con el carácter fatalista de los personajes.

la-gran-ilusion-2En La gran ilusión, la estilización de los objetos, los seres y la naturaleza se logra con un cuidadoso trabajo de fotografía e iluminación. La mirada cálida y atenta de Renoir registra acciones nimias y sutiles que fluyen con naturalidad, lejos de cualquier amaneramiento. La mayor parte del film se desarrolla en interiores y Renoir opta por una puesta en escena donde la profundidad de campo es prioritaria. Esa importancia otorgada a la escena, que sustituye al plano, profundiza la acumulación de realidad, como supo señalar André Bazin, gran defensor de la profundidad de campo. Para él era un paso del cine hacia la libertad.

A partir de esa elección formal, el relato se construye a través de dos ejes que dialogan y se interpelan: el afuera, con el drama de la guerra, sobre la cual el título del comienzo nos sitúa temporalmente, también por cierta iconografía (uniformes, armas) y por los sonidos. No es un film de trincheras ni de heridos. No hay combates ni ruinas. El otro eje es el interior, el del campo de prisioneros, en el cual todos los personajes parecen jugar un rol vital en virtud de su ansiada libertad. Y como en todo juego está implícito el principio del placer, un placer que el afuera no otorga, porque está coartado. Por eso, hay secuencias que parodian la situación bélica. Una de ellas se produce cuando los prisioneros franceses hacen un show, travestidos de mujeres, ante los oficiales alemanes, o cuando inician una protesta con un concierto de flautas. Ambos bandos se comportan con cierta ingenuidad e infantilismo. “Por un lado, chicos que juegan a ser soldados, y por otro, soldados que juegan como niños”, le dice Boïeldieu a Maréchal. O sea, sea de un lado o del otro, el hombre es uno solo, y esto es lo que subraya Renoir.

Si la guerra es un medio de confrontación, o si utilizamos la pregunta de uno de los personajes: “¿qué hay de justo en la guerra?”, Renoir toma la confrontación y la traslada a un terreno más lúdico, a un juego de opuestos que, en lugar de mostrar su enfrentamiento bélico, intentará expresar un deseo latente y compartido por los hombres: vivir en paz y en libertad. Esa es la ilusión que propone; una ilusión que pregona una sociedad sin diferencias de clases ni división de razas. Renoir plantea, a través de exquisitos diálogos, cuestiones que hablan de las clases sociales, subrayando con ironía, en boca de un burgués: “los privilegios se democratizan”. La “gran ilusión” de Renoir era no llegar a una Segunda Guerra, lo cual no pudo evitar…

la-gran-ilusion-3Un ejemplo de estos opuestos se desarrolla en la relación de los capitanes. Uno es francés y el otro alemán. Ambos dialogan, se respetan, muestran camaradería, se sienten superados por el afuera que los “obliga” a respetar códigos, y se piden perdón (o, mejor dicho, piden perdón a la sociedad), dentro de un plano que los contiene y los enmarca en un retrato pacifista. Lo mismo sucede cuando el piloto francés se enamora de la alemana que lo refugia. A pesar de no hablar la misma lengua, el sentimiento los une. La universalidad del amor es eso; decodificar los mismos códigos, igualarse.

La mirada humanitaria de Renoir se imprime magistralmente hacia el final del relato. La libertad está cerca y el afuera, el drama de la guerra, comienza a alejarse. La imagen imprime la silueta de dos hombres liberados del interior, del encierro. La nieve del paisaje suizo los acoge llevando sus pasos. Hay tensión y festejo. Allí el plano se abre, la cámara los deja y la condición del hombre solo frente a su destino los vuelve nimios ante la vida, ante la naturaleza.

La gran ilusión es un film pacifista, no estoy diciendo nada nuevo. Es un alegato que intenta exaltar lo bello en detrimento del dolor para que, justamente, se valore lo perdido. Subraya aquello que puede quebrarse entre naciones, bajo la responsabilidad de los hombres. No hay primeros planos sobre algunos personajes, nadie se destaca ni se enfatiza un rol, el plano general informa e iguala. Se fusionan las imágenes, el tiempo fluye, la realidad se exhibe en un festín de singularidades, de personajes ricos y sensibles, la amistad y el patriotismo dialogan y se interpelan, como el afuera y el adentro.

El film fue presentado en el Festival de Venecia y fue censurado tanto por Mussolini como por Goebbels, quien lo declaró “el enemigo cinematográfico número uno”. También fue prohibida en Bélgica. Sufrió mutilaciones y fue perdiendo metraje. En 1958 se procedió a un remontaje supervisado por Renoir, a partir de un negativo incautado por los alemanes y recuperado en Munich por los ocupantes estadounidenses. Fue el presidente Roosevelt quien la aclamó como “la película que todos los demócratas deberían ver”.

 

Ficha Técnica

Título: La Grande Illusion (1937) Francia

Dirección: Jean Renoir

Guion: Jean Renoir y Charles Spaak

Producción: Les Réalisations d´Art Cinématographique

Productores: Frank Rollmer y Albert Finkovich

Fotografía: Christian Matras y Claude Renoir

Música: Joseph Kosma

Montaje: Marguerite Marthe Huguet (esposa de J. Renoir)

Dirección artística: Eugene Laurié y George Wakhévitch

Ayudante de Dirección: Jacques Becker

Duración: 120 min

Blanco y negro

 

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11 AM | 11 Nov

TREN DE NOCHE A LISBOA

Tren de noche a Lisboa», desde el título promete mucho, una rápida ojeada al reparto (lleno de actores, extraordinarios algunos, caras conocidas otros), la primer media hora donde se plantea una historia llena de enigmas que el protagonista (Irons) busca desentrañar a partir de un hecho fortuito que irrumpe en su vida rutinaria de viejo profesor.
Hasta aqui todo bien, aunque esta especie de aventura en la que se embarca el protagonista, en busca de una historia que lo atrapa desde el principio sin atenuantes, y de algun modo se traslada al espectador, cuando nos alejamos un poquito aparece como forzada, pero bueno, bien vale si sirve para despertar nuestro interés.
Entonces vamos con Irons en ese tren a Lisboa en busca de respuestas, la poesía de una voz en off de un libro que lee el viejo profesor va pautando el camino, más a o menos a tropezones y con alguna casualidad bastante forzada, como si Lisboa fuese un pueblito pequeño y las pistas pudiesen caernos desde el cielo a cada paso.
Aun aceptando algunas inverosimilitudes en la trama que va desenredando el protagonista, la historia se sostiene apoyada en los actores más veteranos, que a puro talento sacan adelante personajes desdibujados en algún caso, y anodinos en otros.
Como sea, la historia engancha, y por momentos hasta conmueve, Jeremy Irons hace lo que puede por darle carnadura al viejo profesor, Bruno Ganz y Charlotte Ramplig intentan darle carácter a sus personajes y los a actores más jóvenes es muy dificil creerles; así y todo la pelicula se mira con interés, básicamente porque queremos saber, igual que el protagonista qué pasó con cada uno de los personajes de una suerte de célula de la resistencia en la Lisboa fascista.
La historia no es mala, y se sigue con interés, pero no termina de engancharnos, no hay sorpresas, no conmueve realmente, y el motor del filme termina siendo la mirada curiosa del espectador y no mucho más, cuando debio ser una mirada melancólica hacia el pasado, conmovida por el presente, y desencantada por la sucesión de los hechos.
La película se deja mira, entretiene, pero no compromente al espectador. Con tantos buenos actores, y una historia que tiene sus bemoles (a pezar de lo forzada que se nos presenta por momentos), uno esperaba mucho más.

El arranque no podía ser más espectacular y esperanzador para aquel que iba a ver la película completamente en blanco. A los quince minutos comencé a sentirme molesto y a medida que avanzaba no podía digerir tantísima doctrina ,sólida y transcendente. A mitad de la película me sentí engañado. Allí no había tren ni medianoche sino los tristes años y personajes de la dictadura salazarista que un Jeremy Irons va encontrando casualmente para que todos encajen. 
¿Por qué en inglés? Se presenta en alemán. Vi la versión subtitulada. ¿Por qué no marcar el portugués, el alemán, hasta el inglés? ¿Para qué están los subtítulos? Y para acabar ¿Qué tren hay de medianoche de Berna a Lisboa con confortables asientos? ¿No irían mejor en literas? ¿Qué pinta la chica de la gabardina roja? ¿Por el libro? El libro es el tema, no necesitaba chica

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