PATRICIA GADEA
METROPOLIS
Cine del Futuro
I. Las distintas versiones de una obra maestra
Metrópolis constituye uno de los casos más complejos a la par que apasionantes de toda la Historia del Cine. Pocas películas han sido tan masacradas, mutadas y mutiladas como ésta y, a la par, de pocas se puede tener una visión tan conjunta y completa de lo que el film podría haber ofrecido de no haber caído en manos inadecuadas. Quede claro que laMetrópolis, tal y como fue concebida por el genio creador de Lang (y por el ambiguo humanismo de Thea Von Harbou) sólo se ha podido ver en Alemania entre enero y mayo de 1927. El estreno en Estados Unidos en abril de ese mismo año reducía sus 170 minutos originales a 120, convirtiéndose en la versión que también se exhibiría en Alemania meses más tarde. Asimismo, este es el minutaje más común, incluso en la actualidad.
Sin embargo, versiones posteriores han ido amputando elementos y transformando diversos componentes argumentales sin la más mínima consideración a la estructura de la obra original. Varias adaptaciones de Estados Unidos reducían la duración del film a 94 minutos, cambiando el nombre de diversos personajes (en algunas copias, John Fredersen se llama, nada más y nada menos, que John Masterman) y las relaciones entre ellos (la de Fredersen con el científico Rotwang, por ejemplo, que obvia el tenso enfrentamiento entre ambos y el recuerdo de la fallecida Helm por una marciana vinculación de amo y servidor) (1). La versión más completa que se conoce es la reconstruida por el historiador Enno Patalas que, con sus 147 minutos de duración, sí puede dar una idea más cercana a lo que aquel grupo de privilegiados espectadores pudieron disfrutar en Berlín el 10 de enero de 1927.
II. Arquitectura, ritmo y narración
El porqué Metrópolis, aún a pesar de todo lo sufrido, es una pieza que conserva intacto su inquebrantable impacto se debe a dos elementos fundamentales: por un lado, el infravalorado guión de Thea Von Harbou, conscientemente impreciso y contradictorio. Por otro, la mirada geométrica, calcuradora y, a la vez, pasional de un Lang en la plenitud de su talento.
Cabe decir, si comenzamos por este último punto, que Metrópolis no es un film expresionista, contrariamente a la opinión mayoritaria que la considera la última obra del movimiento. La película, concretamente, es fruto de un eclecticismo artístico y arquitectónico que revela, en el fondo, el profundo conocimiento de Lang en el campo de la arquitectura y su pasmosa maestría para la construcción de decorados con auténtica entidad dramática. Por la película desfilan elementos vinculados al futurismo de Umberto Boccioni (el constante movimiento de las máquinas al comienzo del film e, incluso, el diseño del robot andrógino); a la arquitectura de la Bauhaus en todo el diseño de la Metrópolis, que parece escenificar visualmente la fusión entre el arte y la ingeniería preconizada por Walter Gropius, fundador de la escuela; e, incluso, el Art Déco en una gran parte de la decoración de interiores. Únicamente, la persecución de María en las grutas, con la impresionante utilización de la luz de la linterna como foco de angustia, y el exterior de la casa de Rotwang pueden ser considerados los únicos enlaces que unen aMetrópolis con el expresionismo. El impresionante logro de Lang consiste en la fusión de todo ello y, asimismo, en la creación de un universo propio que, muy a pesar de tener todas las influencias ya esbozadas, posee una personalidad y una consistencia absolutamente independientes. Amén de ello, la capacidad del cineasta para dotar a todo el envoltorio escenográfico de un protagonismo absoluto revela la preocupación de Lang por la integración de todos y cada uno de los dispositivos que conforman el plano y, por consiguiente, la creación de un asombroso cosmos unitario. La misma disposición y movimiento de los actores, por ejemplo, revela la extrema obsesión de Lang por el espacio, ya que estos se encuentran distibuidos atendiendo a una lógica geométrica, potenciando las disposiciones verticales (John Fredersen, Rotwang, Slim), planificadas generalmente de perfil, en contraste con los primeros planos frontales de Freder o María, integrados en la escena con mucha menos rigidez. De igual manera, los movimientos y los gestos de los intérpretes ya definen, por sí mismos, su propia personalidad y el núcleo semántico de la historia, sustentado, nuevamente, en la antítesis: los obreros del comienzo van en grupos de seis, caminando con parsimoniosa letanía y sin rostro, los hijos de la elite se explayan en la superficie sin orden aparente, con Fredersen en primer plano y corriendo de forma lúdica; el rostro de John Fredersen es inexpresivo y tenso; el de su hijo, histriónico y gesticulante; la María humana se mueve y desplaza con gestos tranquilos y pausados, su robot es nervioso y de ademanes violentos. Es decir, un cúmulo de intenciones ocultas en cada resquicio del film que dan cuerpo al apasionante imaginario del Lang alemán.
Igualmente, la capacidad del cineasta para controlar el ritmo de la película mediante un prodigioso trabajo de montaje y un exacto control de la duración de los planos, se erige en otro factor fundamental del film. La construcción narrativa de Metrópolis es laberíntica, compleja y oscura en la que hasta cinco situaciones simultáneas se ofrecen de manera alterna, generalmente estructurada en bloques de tres escisiones argumentales, cuyos personajes se van cruzando, separando y uniendo según corresponde. El ejemplo más evidente se encuentra en el tercio final: la persecución de un grupo de obreros a María, a quien toman por el robot que los ha conducido a la catástrofe, se cruza con otro grupo que ha encontrado al autómata y procede a su destrucción. La maestría de Lang para que todo el entramado resulte lógico y verosímil es, de todo punto, admirable concediendo un aspecto de frescura y emoción tan sorprendente que todo el armazón narrativo apenas queda visible.
Por su parte, el guión de Thea Von Harbou al que se aludía anteriormente, posee un conjunto de matices sobresalientes, más allá de las opiniones generalmente desfavorables recibidas a lo largo de los años. De hecho, se suele considerar Metrópolis una obra más «visual» que «argumental», aludiendo a que Thea Von Harbou siempre ha sido la causante de la inclinación de los films mudos de Lang hacia los seriales y los argumentos más populistas, y a que algunos aspectos de la historia no contaban con la plena aprobación del cineasta (la secuencia final, por ejemplo). Dejando de lado estas consideraciones, de todo punto discutibles, lo cierto es que Metrópolis tiene una de sus mayores bazas en el guión de la escritora. Deliberadamente simbólico (las referencias bíblicas son más que evidentes) y totalmente reaccionario en su carácter profético y en sus aristas morales más básicas, estos elementos, a priori negativos, acaban por definir el carácter temático del film, acercándolo a unas tendencias tan extremas que llegan a parecer cándidas. El discurso de Von Harbou, al igual que la planificación de Lang, se basa en el contraste: utiliza una compleja carga de profundidad que sólo oculta unas intenciones absolutamente ingenuas. No únicamente porque «el pueblo alemán» (a quien dedicó, dicho sea de paso, su anterior guión, Los Nibelungos —otra de las magnum opus de Lang—) venía de sufrir una gravísima crisis económica, que tuvo su punto álgido sólo tres años antes, y necesitaba este tipo de mensajes demagógicos que insuflaran moral, sino por su propia formación y mentalidad que la llevó a desplazarse paulatinamente de la figura de Lang y convertirse, a partir de 1933, en una de las más fieles seguidoras del nacionalsocialismo. El pacto social entre el capitalista y el trabajador, por citar la secuencia más discutida del film, no es más que una metonimia visceral de todo lo apuntado y la muestra más clarividente del mensaje de la guionista.
Metrópolis, con todo lo ya dicho y lo muchísimo que quedaría por decir, con sus contradicciones, sus oposiciones, su vanguardista concepto arquitectónico, su estructura y con el inmenso talento de todos y cada uno de los miembros del equipo a las órdenes de Lang es, sin discusión alguna, una de las grandes obras de la Historia del Arte.
(1) No es único el caso de Metrópolis. El Nosferatu de Murnau, por ejemplo, ha sufrido alteraciones más que notables, entre ellas, la reducción de sus 100 minutos originales a 64 y la modificación del nombre del Conde Orlock por el de Drácula.
Renta basica, un intento de aportar racionalidad
La gran ilusion
En un contexto europeo en el que ya se barruntan los conflictos que darán lugar a la II Guerra Mundial, dirige Renoir La gran ilusión, película que refleja magistralmente el final de una época que se cierra con la guerra del 14.
Sin embargo, pese a su temática, este film pacifista resulta atípico y no puede alinearse junto a otros de tema bélico o films de «campo de prisioneros». Aquí se elude la guerra en su horror más puramente físico, y no se centra en las privaciones, sino en las secuelas psicológicas y en el sufrimiento emocional de sus protagonistas.Son los problemas humanos universales lo que interesa a Renoir, y no las circunstancias de una guerra concreta, que les sirven meramente como marco.
La trama argumental viene a sintetizar los que han sido las grandes aspiraciones y conflictos del siglo XX. El final de la Belle Époque se nos da desde sus entresijos, con gran sobriedad, a través de los diálogos de un grupo de prisioneros de guerra franceses, confinados en el campo alemán de Hallback. La convivencia obligada evidencia los roces entre distintos sectores sociales, y en último extremo la fragmentación social, la imposible cohesión, plasmando el fin definitivo de la aristocracia (representada por Boïeldieu – Pierre Fresnay- ), y la irrupción de la burguesía, el ascenso de las clases medias, encarnadas en el contramaestre Maréchal (Jean Gabin) y el comerciante judío Rosenthal (Marcel Dalio).
El tratamiento igualitario de franceses y alemanes creó problemas a Renoir; el bondadoso centinela alemán – que protagoniza una de las más emotivas e inolvidables escenas del film – , resulta tan opuesto al tipo como los ingenuos reclutas alemanes, sobre cuya movilización proyecta el director su mirada crítica.
El enfoque lúdico sería también, sin duda, uno de los aspectos que se le pudieron censurar en su día; frente a los jóvenes soldados alemanes, a los que se obliga a actuar como hombres(¿hombres?, he aquí la pregunta que sugiere Renoir), los prisioneros se comportan como niños, unidos por su máxima ilusión en ese momento, la de la libertad, que resume las demás (la del amor, la de la paz); de ahí que sus actividades adopten visualmente el aspecto de un juego (especialmente acentuado al inicio por las intervenciones cómicas de Marcel Dalio), y que desembocarán definitivamente en lo lúdico y en lo teatral; el travestismo de los hombres permite entrever la nostalgia de lo femenino, y da lugar a un clímax visual que tiene como referencia el cuadro de Delacroix «La libertad guiando al pueblo«, y como fondo musical la Marsellesa. El profesor, dedicado al estudio de Píndaro, es un intelectual abstraído, quizá el personaje más ajeno a su cautiverio. Las ansias de libertad del grupo se verán frustradas al ser transferidos los prisioneros al castillo-fortaleza de Wintersborn.
Mientras los demás siguen con sus deseos de evasión, Boïeldieu parece abandonarlos por amistad hacia Von Rauffenstein (Eric Von Stroheim), a quien se encuentra más unido por vínculos de clase que separado por su condición de enemigo; también porque sabe que su mundo agoniza más allá de los muros de la fortaleza; por otro lado, le separan de sus compañeros de cautiverio mutuas susceptibilidades de clase. Así, el sacrificio de Boïeldieu sólo puede entenderlo su aristocrático carcelero. La «única flor de la fortaleza» simboliza la soledad y la muerte de esa efímera amistad. La capilla-dormitorio fue diseñada, junto con su vestuario y ciertos elementos del decorado, por el propio Von Stroheim.
La feminidad se hará presente, junto con el amor, en la última parte de la película, en la que un ambiente navideño propicia la comunión entre las víctimas de la guerra, que se niegan a considerarse mutuamente como enemigas. El monólogo de Jean Gabin con la vaca alemana resume el mensaje de la película; y el final abierto da lugar a una esperanza acerca de las ilusiones del ser humano que no sería ya posible tras las II Guerra Mundial