04 PM | 14 Dic

BATALLA DE GALLIPOLI

En la península turca de Gallípoli tuvo lugar la mayor operación anfibia jamás realizada hasta entonces. Iniciada en enero de 1915, enfrentó a tropas franco-británicas y otomanas y terminó al cabo de un año con el fracaso de los atacantes y miles de bajas (265.000 aliadas y 218.000 turcas).

La batalla plasmó la importancia de Turquía, que entró en guerra junto a los imperios centrales el 29 de octubre de 1914. Lo hizo porque Gran Bretaña y Rusia ambicionaban sus territorios y tenía vínculos con Alemania, que se estrecharon en 1908, cuando un grupo de oficiales de los Jóvenes Turcos instauró una política nacionalista y modernizadora. Alemania, por su parte, hizo grandes inversiones en Turquía (una línea ferroviaria debía unir Berlín y Bagdad), asesoraba a su Ejército y en agosto del mismo 1914 ambos países firmaron un tratado secreto de ayuda mutua. La unión de Constantinopla a Berlín, pues, era lógica.

LA IDEA / Así, al acabar ese año, el frente de Europa occidental era inamovible y en el oriental Rusia estaba amenazada por los imperios centrales y Turquía. Para cambiar el escenario, Winston Churchill, primer lord del almirantazgo británico, ideó una operación capaz de decidir la guerra: tomar Constantinopla avanzando por el estrecho de los Dardanelos, neutralizar a Turquía y crear una ruta para abastecer a Rusia.

Con este fin, una flota francobritánica llegó a la zona en marzo. Como las minas frenaron su ataque (hundieron tres barcos), pidió ayuda de tropas terrestres. Estas desembarcaron el 25 de abril, pero les aguardaban los turcos dirigidos por el alemán Liman von Sanders. Pese a la combatividad de los soldados aliados del ANZAC (acrónimo de Australian-New Zealand Army Corps), el resultado fue desastroso: «El mar se tiñó del rojo de la sangre hasta una distancia de 40 metros de la costa», narra el historiador John H. Morrow Jr. Solo se pudo establecer pequeñas cabezas de puente a pocos metros de la playa. Otro desembarco en agosto no alteró la situación y las tropas quedaron encajonadas en un pequeño perímetro. Ante la imposibilidad de avanzar, en diciembre iniciaron la retirada, que concluyó con éxito en enero de 1916. El fiasco eclipsó a Churchill, que en 1923 aún oía en sus mítines la frase «¿Qué pasó en los Dardanelos?».

«OS ORDENO QUE MURÁIS» / La batalla tuvo otras consecuencias políticas de gran calado al hacer eclosión en ella el nacionalismo moderno de Australia y Nueva Zelanda (el 25 de abril ambos países celebran el día de ANZAC, en honor a sus tropas) y el de Turquía. Mustafá Kemal, su futuro estadista, destacó al frente de una división y fue aclamado como «salvador de Gallípoli». Sus consignas a los comandantes fueron de resistencia a ultranza: «No os ordeno que ataquéis. Os ordeno que muráis».

Por último, Gallípoli marcó un hito bélico. Según el historiador Richard Holmes, «fue la primera gran operación anfibia de la guerra moderna: hubo aviones (y un portaaviones), reconocimiento y fotografía aérea, embarcaciones de desembarco de acero, comunicaciones por radio, puertos artificiales y submarinos». Tanto los planificadores del desembarco de Normandía en 1944 como de la guerra de las Malvinas de 1982 valoraron sus lecciones.

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07 PM | 08 Dic

METROPOLIS

Con la entrada en el último siglo del recientemente extinguido milenio anterior, la imaginación popular se disparó. Muchos creían que el Apocalipsis se aproximaba; otros estaban convencidos (y no iban muy desencaminados) de que la humanidad acabaría atrapada en su avance hacia una sociedad cada vez más industrializada y despersonalizada, en la que la invasión tecnológica terminaría por destruir el planeta; quienes imaginaban la conquista del espacio buscando nuevos planetas donde vivir; y quienes temían que el mundo acabara sometido a un poder totalitario y absoluto.
En el campo de la literatura, siguiendo la línea comenzada por autores pioneros como Julio Verne y H. G. Wells, proliferaban obras que hablaban de un futuro poco prometedor. Cada una representando su propia concepción del mundo, pero todas soberbiamente ideadas, y con el exponente común del pesimismo. Así, entre las que considero entre las más relevantes de las primeras décadas, tendríamos «Un mundo feliz», de Aldous Huxley; «We», de Yevgeni Zamyatin; y la que para mí es la obra futurista cumbre de todo el siglo XX: la escalofriante «1984» de George Orwell. Cada una aportando su visión particular, bien inclinándose hacia el dominio absoluto de la tecnología, o bien hacia vertientes en las que las políticas totalitarias se hacen con el mando hasta extremos monstruosos.
En el arte del celuloide, la literatura de ciencia-ficción y futurista inspiró muchas películas. Pero también hubo cineastas capaces de idear su propia concepción de lo que nos aguardaba en los inciertos tiempos venideros, y algunos de ellos nos legaron el regalo de obras de arte que han quedado como obras de culto.
Como ejemplo, tenemos «Metrópolis» de Fritz Lang. Está encuadrado en el período del llamado «expresionismo alemán» que estaba en boga en la década de los veinte, y, como suele ocurrir a muchas maravillas que acaban de ver la luz, en un principio no fue valorada en lo que se merecía. Como se suele decir, nadie es profeta en su tierra y «Metrópolis» pasó por las carteleras sin pena ni gloria.
Hoy he tenido la oportunidad de ver una versión restaurada y reconstruida a partir del maltratado original. Y he de expresar lo mucho que me maravilla que, hace ochenta y un años, alguien fuese capaz de crear una genialidad como ésta.
Lang imaginó una polis del futuro en la que la división de clases es llevada hasta las últimas consecuencias. Y dicha división se halla marcada por la abismal diferencia entre una clase y otra tanto en la calidad de vida como en la separación física. Tanto es así, que la solvente clase pensante, dirigente e intelectual habita en la opulenta zona más elevada de la polis, mientras la clase obrera mísera y oprimida se ve relegada a la ratonera de la zona inferior. Una clase y otra no entablan el menor contacto entre sí, a no ser con el cometido de que los obreros reciban las órdenes de sus superiores. Y, aún así, siempre hay intermediarios para dicha función.
Lang mima la cámara y deja volar su inspiración en unos decorados y fondos sacados de la imaginería más creativa que se pueda concebir. La polis muestra el acusado contraste entre el estrato superior y el inferior. Las imágenes de la parte superior se pasean por un maremágnum de rascacielos, autopistas y carriles elevados para el abundante tráfico rodado, y tráfico aéreo con el acelerado pulso de una ciudad próspera e industrializada. Asímismo, atisbamos el estilo de vida de la clase dirigente: el esparcimiento y el ocio de quienes tienen mucho dinero fácil, y la eterna vigilancia de quienes controlan el trabajo de los obreros, como perros pastores vigilando a las ovejas. Jardines de diseño surrealista donde los señoritos se divierten, y locales nocturnos en los que los instintos se desatan. Por el contrario, el estilo de vida de la clase obrera es radicalmente opuesto: rebaños de trabajadores pobremente uniformados que se dirigen como autómatas a sus empleos mecánicos, monótonos, estresantes, peligrosos y muy mal remunerados.
Hasta que un día Freder, el hijo del dirigente de Metrópolis, se topa con una bella mujer que procede de la clase inferior. Y, a partir de ahí, todo cambia para Freder y para el destino de la ciudad. Siendo testigo de las grandes injusticias cometidas con los obreros, que a fin de cuentas son tan humanos como él, Freder se deja llevar por su compasión y su amor por María, y abandonará su vida cómoda para solidarizarse con sus hermanos de la zona inferior.
Soberbio drama de ciencia ficción con una fuerte carga social, ética y religiosa, cuya hermosa idea central gira en torno a la consecución de la igualdad mediante el amor, la paz y la colaboración mutua para construir un porvenir en el que no haya tantas diferencias. Interesante la confrontación entre la perfidia de la «doble» de María, que se dedica a sembrar la violencia y a provocar los más bajos instintos de las muchedumbres (propiciando que se dé rienda suelta a los pecados capitales enumerados por los dogmas cristianos), y la bondad de la auténtica María, que propaga el mensaje de amor y unidad.
Ver esta película es contemplar un futuro imaginado pero también es una mirada a los principios del siglo anterior. Los rostros que estaban de moda, con unos rasgos y facciones característicos acentuados por el maquillaje y el peinado; el vestuario; y, también, el estilo particular en la forma de actuar que tenían los intérpretes. El sello propio del cine mudo, con actuaciones basadas en la exageración en los gestos del rostro y los movimientos y aspavientos del cuerpo, exaltando mediante la mímica los sentimientos y expresando con claridad el sentido de sus acciones. Y, para finalizar, no se puede olvidar la presencia esencial de la música basada en temas ininterrumpidos al piano y al violín, como elemento altamente expresivo y creador de atmósferas a tono con las escenas.
Un clásico que, pese a la pátina del tiempo, no se desluce y sigue brillando con luz propia.
VIVOLEYENDO

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03 PM | 08 Dic

El cura y los mandarines

el cura y los mandarines: historia no oficial del bosque de los letrados-gregorio moran-9788446041283En ocasiones los libros son como las armas de fuego: los carga el diablo. De manera sorpresiva se disparan y uno no sabe muy bien por qué, hasta que se da cuenta de que han herido supuestamente en su vanidad o en su honor (que a veces son lo mismo) a alguien que pasaba por allí. Los escritores disponen de unos instrumentos que de pronto se convierten en escopetas que dan en un blanco que jamás hubieran imaginado. Incluso de manera cómica le llenan el culo de perdigones –siempre molestos, aunque no letales– a tipos en los que jamás hubiera pensado que les pudiera afectar, porque suponía que estaban blindados frente a los efectos de la letra impresa.» Gregorio Morán Esta obra nació de una pregunta insatisfecha: ¿qué fue sucediendo para que los mandarines, las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta, se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales? Fruto de un exhaustivo y documentado trabajo de investigación de diez años y escrito en una prosa sobresaliente, El cura y los mandarines (Historia no oficial del Bosque de los Letrados). Cultura y política en España, 1962-1996 es un magistral y agudo relato del devenir de los intelectuales –académicos, novelistas, poetas, políticos y artistas– que conforman la cultura institucional española de la segunda mitad del siglo xx. Tomando como hilo conductor la figura del «cura» Jesús Aguirre –quizá el más exitoso de los intelectuales de su generación, que no el más el brillante, ni mucho menos–, Gregorio Morán, uno de los últimos y más grandes representantes del periodismo crítico, presenta una implacable historia intelectual de la cultura española y sus protagonistas entre 1962 y 1996. Obra polémica, aguda y descarnada, El cura y los mandarines no dejará indiferente a nadie y será un hito indiscutible y una lectura ineludible en la interpretación y el magisterio de nuestra historia reciente.

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