SINOPSIS PARA UN RECONOCIMIENTO
Las lágrimas de Petra son falsas.
Karin no sabe amar.
Fassbinder llora amargamente detrás de la cámara.
Una cama puede ser una cárcel;
el amor, una manera de despertar al dolor;
el matrimonio, un acuerdo para descubrir el fracaso.
La maternidad puede transformarse en desprecio;
la amistad, en un disimulado reproche.
Los mitos son una explicación para saber de dónde venimos.
La humillación puede ser una elección de vida.
La libertad es poder amar a quien quieras;
el odio, una forma de esclavitud.
El teatro es construir una nueva realidad.
La realidad es puro teatro.
La precisión en la mirada enseña una verdad escondida.
El espacio que habitamos puede ser, a la vez, infierno y paraíso.
¿Pueden los maniquíes tener sentimientos?
El cine nunca será motivo de frustración.
Antonio Herranz
En opinión de Antonio García-Santesmases (Madrid, 1954), el socialismo no puede consistir en «un mero amortiguador humanitario» del capitalismo, el marxismo sigue siendo la más eficaz herramienta para analizar el mundo y comprenderlo y no es lo mismo que España se constituya en monarquía o en república. Como de Jeremy Corbyn, de Bernie Sanders o de Jean-Luc Mélenchon, de él se alaba que lleva defendiendo estas ideas toda su vida. Lo que afirma y ansía en 2017 el catedrático sexagenario de filosofía política en la UNED es esencialmente lo mismo que inflamaba el corazón del estudiante de filosofía y letras que, en plena efervescencia sesentayochista, leía con avidez a Norberto Bobbio, a Ralph Milliband y a Ernest Mandel y escribió su tesis sobre marxismo y Estado: una verdadera tercera vía que no firme componendas con el thatcherismo, sino que siga aspirando a acabar con el sistema capitalista, pero que también se cuide de no degenerar en una tiranía burocrática al modo soviético. Preocupado también por reivindicar y recuperar un relato republicano y federalista de la historia de España que ve ausente del necesario combate frente al liberal-conservador y el nacionalista vascocatalán, Santesmases defiende todo esto, desde 1976, en el seno de un partido en el que la nota para tales propuestas ha sido mucho más la pena que la gloria: el PSOE, de cuya corriente interna Izquierda Socialista forma parte desde su fundación y fue portavoz entre 1987 y 2000. En el panteón personal de este afable militante de la Agrupación Socialista de Chamberí, que también fue diputado nacional entre 1996 y 2000, no hay hueco para Felipe González ni para José Luis Corcuera y sí para Rodolfo Llopis y Nicolás Redondo y el lugar de honor corresponde a Luis Gómez Llorente, de quien dice que es la persona a la que más ha admirado en su vida.
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Co
nsiderado por muchos como un padre fundador de la sociología moderna junto con Karl Marx y Emile Durkheim, el sociólogo e historiador alemán Max Weber, del que se cumplen 150 años de su nacimiento ha sido el objeto de críticas por parte de la historiografía post-modernista que surgió a raíz de la descolonización.
Su influencia académica sigue siendo tal que poco después de hacerse público que Joseph Pérez había ganado el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, el historiador francés de origen español sentenció en una entrevista en el suplemento Mas24: «Ningún científico digno de este nombre, ningún historiador, puede sostener hoy que la religión protestante es la religión del progreso» una afirmación en forma de amargo tributo al alemán que no es sino una prueba del potente legado que los trabajos de Max Weber siguen ejerciendo hoy día en un mundo y una historia en completa fluctuación.
El mundo de Weber
Nació el 21 de Abril de 1864 en Erfurt, la actual Turingia, en aquella época parte del Reino de Prusia. Hijo de un funcionario adinerado y liberal y de una madre calvinista y religiosa, fue un estudiante precoz. Su vida transcurrió entre el mundo académico y la política en una época en la que Alemania, Europa, y el mundo se encontraban en plena ebullición: fue testigo del nacimiento del Imperio Alemán en 1871 y su desaparición en 1918 tras la Primera Guerra Mundial, del mismo modo, presenció el cénit de la expansión territorial europea en África y Asia, y de la segunda revolución industrial.
Su prestigio le sirvió para ser consejero de la delegación alemana que negoció la rendición del país en Versalles en 1918
Trabajó como profesor universitario en la Universidad de Friburgo en 1894, y más tarde en la Universidad de Heidelberg. Intelectual y polemicista incansable, Weber entró en 1888 en la Unión por la Política Social alemana, y durante toda su vida mantuvo lazos con partidos liberales e izquierdistas. Su prestigio como sociólogo e historiador le brindó la oportunidad de trabajar como consejero para la delegación alemana que negoció la rendición del país en el Tratado de Versalles, y como uno de los redactores y supervisores de la Constitución de la República de Weimar.
Como gran observador de las innovaciones de su tiempo, centró su trabajo en dos cambios cruciales: el nacimiento de las modernas naciones-estado basadas en una burocracia profesional, y la expansión del capitalismo occidental por todo el globo terrestre.
Sociología y religión
David Hume (1711-1774) fue el primer intelectual en señalar la dualidad de la naturaleza humana. Por una parte, Hume descubrió una serie de características universales e inalterables que podían aplicarse a cualquier ser humano: la necesidad de alimentarse, reproducirse, e interactuar, y en un nivel más filosófico, los principios epistemológicos que gobiernan el comportamiento humano. Fue en estos principios universales e inalterables en los que Thomas Malthus se basó para crear el primer tratado de demografía moderno, Ensayo sobre el principio de la Población, publicado en 1798. La parte inalterable de la naturaleza humana se convertiría en las bases del pensamiento económico y Darwinista del siglo XIX.
No obstante, Hume también reconoció que el comportamiento humano está condicionado por la cultura, la historia, y el discurso ideológico de la sociedad en la que vino a nacer. Esta parte de la naturaleza humana es cambiante, y se encuentra en perpetua evolución. La interacción entre ambas partes de la naturaleza humana es el componente principal del comportamiento humano, y llevó a la creación de la sociología moderna.
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Era una promesa tentadora. La utopía del tercer milenio presagiaba la comunicación sin límites. Con la superación de antiguos tabúes, la aparición de los teléfonos inteligentes y la exuberancia de amistades en redes sociales, el futuro auguraba un desconocido esplendor de conversaciones y conexiones. Y, sin embargo, hoy nos descubrimos atrincherados mentalmente y más solitarios que nunca. Aunque compartimos una honda sed de atención y escucha, hacemos oídos sordos y nos hablamos con hostilidad o indiferencia. En todas partes aflora una queja recurrente: la falta de consideración. Unas pocas personas reciben todo el reconocimiento, mientras una inmensa mayoría se siente desatendida, acallada y aislada.
Buena parte de las conversaciones cotidianas son distraídas y rutinarias. Se arrojan palabras al vacío para llenar el tiempo y conjurar la incomodidad. Nos educan para temer el silencio como algo hostil, pero lo esquivamos con torpeza. Seríamos personas distintas si los encuentros que decidieron el rumbo de nuestra vida hubieran sido menos mudos y superficiales, si de verdad hubiéramos intercambiado pensamientos. Quizás este mundo hechizado por la exuberancia de información empieza a añorar el placer —y el poder— de la conversación. Como dijo Luis Buñuel: “Yo adoro la soledad a cambio de que un amigo venga a hablarme de ella”.
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Sensaciones.
Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce. 1080 Brouxelle.
Alfonso Peláez
En el ambiente de sobreinformación que nos envuelve, está muy extendido el
hablar por boca de ganso. Para no caer en una actitud tan tentadora con respecto a la
película de Chantal Ackerman, ayer aguanté como un estoico, minuto por minuto, los
201 que empalma la grandiosa obra.
Y ¿qué me pareció? Un tostón. Ahora bien, creo que un tostón beneficioso para
algún tipo de espectador cinéfilo, en cuyo perfil casi estoy dispuesto a incluirme. Me
explicaré.
Cuando se realizó esta película en 1975, hacía muchos años que los realizadores
y el espectador habían convenido que, por ejemplo, las armas se cargan con fogueo
para rodar una muerte por herida de bala, o que, de igual modo, no es necesario
fotografiar en tiempo real el rebozado completo de unas milanesas, pongo por caso.
Las convenciones y la elipse son la esencia del cine. Lo que quiero decir es que,
cuando Ackerman apuesta por el tipo de plano fijo interminable, está proponiendo
enmiendas muy serias a lo que la mayoría aceptamos como la esencia del séptimo
arte. Y, desde luego, hay que estar muy seguro de lo que se busca para perpetrar
osadías de tal magnitud. Ella lo hace y, ya digo, le sale un tostón que, ayer al menos,
produjo un goteo continuo de desertores en la Casa de Cultura.
Pero también digo que puede ser un tostón beneficioso. Porque, si lo que la
directora quiere es contagiarnos el desasosiego de Jeanne, eso creo que lo logra
plenamente. Los gestos de la protagonista comienzan siendo metódicos, sistemáticos,
se diría, incluso, que majestuosos. Pero al paso del segundo día, se activa en ella un
mecanismo, quizá una toma de conciencia, que va transformando sus movimientos en
nerviosos y el sistematismo, poco a poco, va hacia los puros actos fallidos. A esas
alturas estamos ya en las dos horas y pico y el espectador también baila en la silla
contagiado por un malestar tan difuso como el de la señora Dielman. Tal vez, objetivo
conseguido. Tal vez.
Luego, tengo que reseñar que me gustaron tres cosas más. Me gustó la fijeza de
la cámara y su tozuda reiteración de encuadres. Me gustó el valor arqueológico de
reflejar unos objetos domésticos de una solidez y una funcionalidad que se han
perdido irremediablemente en el curso del último medio siglo. Y me gustó el
testimonio exacto de la grisura de la ciudad.
Termino. ¿Y afirma usted que esta es la mejor película de la historia? Llamadme
señoro, pero os aseguro que estoy escuchando las risotadas de Howard Hawks, de Billy
Wilder, de Truffau. Y de Jack Warner, también. Creo que incluso se ríe Mario Camus.
AP