Sabrina. Billy Willder. (1954).
Tal vez estemos ante el papel más atípico en la amplia y variada carrera de Bogart. Pero lo borda igualmente bajo el látigo del director vienés. Ambos se tenían una antipatía cerril y no se tomaron la molestia de disimularla. Sin embargo eran profesionales hasta las últimas consecuencias y el resultado de su colaboración está a la vista. La historia, por lo demás, es bien conocida. Un cuento a lo Cenicienta. Sabrina, hija del chófer británico de los poderosos Larrabee, está enamorada, a distancia, (social, enorme, distancia) del hijo menor de la familia. Este coquetea irresponsablemente con ella por puro entretenimiento. Como con otras. El padre de la chica, dignísimo, consciente del riesgo emocional para Sabrina, la envía a Paris a formarse en cocina. Ella, aprovecha su tiempo parisino para convertirse en una mujer elegante y seductora. Su regreso va a convulsionar la estabilidad de la casa Larrabee, y el asumido reparto de roles de los dos hermanos, el frívolo y alocado David (W. Holdem) y el adusto y trabajador Lynus (H. Bogart). El público pagó con el éxito poder apreciar una nueva faceta del duro Bogey.
Un saludo.
Alfonso Peláez
En estos instantes, cuando todo se transforma, se diversifica o se reforma, es de agradecer encontrar un cine regido por un esquema poco flexible, siempre parecido, pero que evoluciona en matices. Philippe Garrel, como Hong Sang-soo o Éric Rohmer, se encuentra, ya desde hace unos años, en este grupo de cineastas de la monotonía narrativa, para encontrar la diferencia entre la gama de personajes. Para bien, esto produce en algún espectador el placer del reencuentro.
Entre cruces, idas y venidas, marchas o llegadas, Garrel construye otra vez estos personajes. Una vez elaborado el guión clásico y cerrado, junto con Jean-Claude Carrière, Caroline Deruas y Arlette Langmann, empieza el largo proceso de ensayo con las actrices y los actores. Entre el reparto encontramos caras conocidas y una de nueva y refrescante: la de su hija Esther Garrel, que remite el talento de su familia con una de las interpretaciones del año.
El ensayo, como explica su hija en varias entrevistas, es tedioso, repetitivo y extenso, para así acabar rodando cada plano con una única toma. Este método constante en su forma de crear, permite trabajar las emociones y los detalles de los sujetos profundamente, abocando todo su esfuerzo en las interpretaciones de L’Amant d’un jour.
El film narra la historia de Gilles (Éric Caravaca), un profesor universitario de filosofía que inicia una relación amorosa y empieza a convivir con Ariane (Louise Chevillotte), una de sus estudiantes. Jeanne, su hija de 23 años, que tiene la misma edad que Ariane, se instala en su apartamento debido a la ruptura con su pareja, produciendo así un triangulo sentimental, un drama a tres.

Con una bella y muy delicada película de 16mm en blanco y negro, el autor francés de Les amants reguliérs,J’entends plus la guitare y L’ombre des femmes, edifica una tragicomedia sobre la libertad amorosa y la familia. ¿Cómo debemos reaccionar a nuestros impulsos sexuales, pasionales, al tener construidas unas relaciones de amistad y amor? Esta pregunta presente en todo el film, se resguarda en una idea más general e importante, el principal tema del film: la fidelidad y sus variantes. Desde la amorosa o sentimental, y aquí presente el egoísmo o la preocupación por el otro, pasando por la fidelidad de los secretos familiares. Sin emitir juicio en ningún momento Garrel crea el escenario para que los personajes discutan o se relacionen entre sí, bajo la fuerza de los lazos familiares.
Características comunes en los filmes del director como el tedio o la melancolía reaparecen una vez más por medio del deseo y la familia y son constantes durante todo el metraje. De este guión clásico y a veces teatral, en momentos las discusiones y las conversaciones dejan paso a instantes refrescantes, abstractos. En L’amant d’un jour vuelve a ser una de esas magníficas escenas de baile que a través de los cuerpos y la música Garrel se vuelve frágil, pero muy poético.
El director francés, obsesionado con el gesto y la palabra, volverá a traernos más historias como L’amant d’un jour, tan necesarias en años de velocidad. Y podremos volver a acercarnos a sus rostros en forma de primerísimo primer plano.
Jaume Claret Muxart

En el acto de presentación de Manuel de la Rocha para la candidatura del PSOE al Ayuntamiento de Madrid, hay dos cosas que se me quedaron grabadas: por un lado, el valor de la amistad de compañeros con los que he mantenido proyectos comunes; por otro, que leer a Kant en estos tiempos que corren de desprestigio de la filosofía tiene un punto de emoción. Terminó De la Rocha citando el libro “¿Qué es la ilustración?”, que empieza con la famosa frase “Quien ha empezado, ya ha hecho la mitad: atrévete a saber”. El colectivo Rousseau organizó una conferencia, justamente hace un par de semanas, en la que todos salimos convencidos de que en la vida se es libre cuando uno tiene el valor de usar su propia razón.
Ahora que en San Lorenzo el proyecto de Vecinos se debilita, mientras que el PSOE con Sánchez puede dar dividendos, en la Agrupación Socialista del pueblo que me vio nacer la actual Ejecutiva, salida de las elecciones internas con mucha debilidad, se dedica a hacer buenas las teorías de Robert Michels sobre la tendencia de los partidos a construir cerradas oligarquías para la representación.
Me hubiera gustado presentarme a unas primarias abiertas a la ciudadanía, explicar mis propuestas culturales, mi meritaje (Burdeos) y también lo que se denomina currículum (Premio Jean Jaures, Premio Arturo Pajuelo a la mejor labor cívica y social, articulista en BEZ, en HuffingtonPost, miembro del consejo editorial de la revista Entreletras y, cómo no, colaborador en este medio local). Ah, se me olvidaba, y el militante socialista más antiguo.
No es bueno hablar de uno mismo, y si me pongo como ejemplo -me consta que hay más- es para reseñar que el modelo de “manosear el censo” no es precisamente el que puede ofrecer las mejores potencialidades de la militancia. Tendré que esperar a las primarias cuando el número de habitantes o las disposiciones internas me lo permitan. De momento, a los que vayan a votar las candidaturas que se presenten en la Asamblea Local, sólo les pido que usen su propia razón, analizando las propuestas y quiénes las integran.

El tesoro de Sierra Madre. John Huston (1948). En los años veinte, Fred C. Dobbs (Humphrey Bogart), un sujeto fracasado que malvive en Tampico (Méjico), decide meterse a buscador de oro junto con otros dos socios, tan perdedores como él. Después de trabajar duro en un remoto lugar de La Sierra Madre, el destino los castiga con el éxito. La codicia hará el resto. Dobbs, incapaz de gestionarla, engendrará una locura devastadora para todos, empezando por él mismo. Esta película representa una de las lecciones éticas más incontestables que yo haya visto sobre una pantalla. Eso sí, la mejora (como lección) la novela en la que se basa. Obra de B. Traven, un oscuro escritor de origen alemán, antiguo combatiente de la Gran Guerra y fugitivo de una Alemania cada vez más inhóspita para ciertos tipos. El autor parece haber dado rienda suelta en su novela a todos sus demonio interiores.
Por otro lado, Bogart interpreta de modo magistral uno de los personajes más desquiciados de toda su carrera.
Tener y no tener. To have and have not. Howard Hawks (1944). Aventuras. Estados Unidos. VOS.
Hoy toca una obra maestra, producida y dirigida por el genial Howard Hawks para la Warner en 1944.
Cuenta la leyenda que Hawks y Hemingway estaban de pesca y el director le apostó al escritor que con su peor novela, To have and have not, a la que la crítica había machacado, él era capaz de realizar una gran película. La apuesta desde luego iba en serio, ya que además de dirigirla estaba dispuesto a comprar los derechos y llevar la producción. El escritor solo recogió el guante a la segunda, cuando, otra vez, volvió a necesitar dinero. Y el ubicuo Jack L. Warner apadrinó la operación haciendo un hueco en su estudio. Para el guion se contó con J. Furthman y con el mismísimo William Faulkner, a quien la oportunidad de enmendarle la plana a Hemingway, más conocido y más exitoso, aunque no menos bebedor, que él, le motivaba lo suyo. Y parece que ambos congeniaron bien, cuando se reunieron para colaborar en el barco del primero. De este modo, la película que vamos a ver a continuación, dentro del ciclo Bogart, tal vez sea la única de la historia, cuyo guion ha concitado a dos futuros premios Nobel de Literatura.
Lo cierto es que la novela, justificada por la necesidad de conseguir dinero rápido, en 1937, cuando el autor estaba cubriendo la Guerra Civil Española, como reportero, y dándose la gran vida en el hotel Florida de la Plaza de Callao, junto a Dos Passos, y Kappa, y a otros, pues eso, que la novela (25.000 ejemplares vendidos en el lanzamiento) puede que sea mejor, literariamente, de lo que fue considerada por la crítica del momento; pero de lo que no cabe duda es de que el talento, la habilidad, el oficio, el sentido del humor del director, y la incorporación de la magnética pareja Bogart/Bacall, (novata, 19 años, modelo de revistas de moda), engrandecieron la historia hasta convertirla en una película genial.
Es ineludible comparar Tener y no tener con Casablanca. Obligan a ello el protagonista, la proximidad en el tiempo, el estudio que la produce, el tono exótico de la trama, la ambientación en un territorio francés colonial y el escenario principal de la acción: un local bullicioso y cosmopolita por el que pasa lo más granado de la sociedad pedánea y foránea. La comparación es aun más inevitable cuando ambas las estamos visionando en el intervalo temporal de una semana. Pero realmente son dos historias absolutamente diferentes, en mi opinión, por tres motivos elementales:
El primero es que en Casablanca la excelencia del resultado obedece, sobre todo, a una venturosa casualidad. La improvisación que reinó siempre en su rodaje, más allá, e incluso a pesar, de la extraordinaria habilidad de Michael Curtiz para no perder el norte, bien pudo motivar que aquello hubiera terminado en una pifia monumental. En Tener y no tener, por el contrario, no se deja nada al azar. Cada detalle narrativo parece estar medido para encajar en un mecanismo de alta precisión. Hasta la extravagante ocurrencia de Eddie (Walter Brennan) de pasarse la película preguntando a todo el mundo si alguna vez le ha picado una abeja muerta. Porque ese sinsentido ayuda a construir la solvencia estructural de un secundario decisivo.
El segundo detalle que la diferencia de Casablanca es la relevancia de la historia de amor: aquí es mucho más sencilla. No hay tensión triangular. Na hay un pasado ominoso que la amenace. Solo un simple flechazo entre una chica bella y libre y un hombre resabiado, pero dispuesto a morder el anzuelo con todas las consecuencias. Lógicamente, lo que resulta de planteamiento tan elemental, en el mejor sentido de la palabra, es el puro disfrute de vivir y de querer. Además, la química entre la pareja protagonista es de tal grado que permaneció para siempre entre ellos, ya que Lauren Bacall se convirtió en la cuarta Sra Bogart hasta el final de los días del actor.
Por último, la tercera diferencia radica en que ya en esta entrega poner mal a los funcionarios de Vichy es mucho más barato. Estamos en el 44. La suerte de la guerra ya parece escrita. Los Aliados avanzan por suelo francés metropolitano, y en tales circunstancias, Harry no tendrá ningún inconveniente ni problema en disparar al reflector de la patrullera francesa. Tampoco en dar lecciones de democracia. O en hacer valer sus derechos de ciudadano americano.
Bueno, hay una más. Mientras que en España Casablanca se estrenaba en diciembre de 1946, Tener y no tener no llegó a nuestras pantallas hasta diciembre de treinta años más tarde.
Una vez establecidas las pertinentes diferencias por comparación, les ruego que no me pregunten cuál es mi favorita. Es más, creo que tampoco deben preguntárselo a ustedes mismos. Simplemente disfruten hoy de las elocuentes miradas entre Slim/Bacall y Harry/Bogart.
ALFONSO PELÁEZ