TRILOGIA BEFORE
Estamos esperando a que termine la proyección del viernes ANTES DEL ANOCHECER para hacer la crítica .Podéis consultar en DOCUMENTACION
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Quizá nos convendría seguir el ejemplo de Montaigne para entender las razones de los que no piensan como nosotros
De vez en cuando, cuando la cabeza me lo pide, como quien se retira a un lugar apartado para descansar y desintoxicarse, dedico unos días a releer los Ensayos de Montaigne. Es una especie de festival privado, que comienza y termina cuando a mí me apetece, sin duración fija ni periodicidad regular. Sigo así el consejo de Jules Renard, otro francés que también es bueno tener a mano: “Escoge a tu hombre. Relee, reléelo para hacerlo tuyo, para digerirlo. Comprender es igualar”. Aspiro a entender a Montaigne cada vez mejor y a hacerlo cada vez más mío, pero no a igualarlo, claro. Mi ambición no llega tan lejos. ¡Quién pudiera igualar a Montaigne!
Los Ensayos son mi manual de autoayuda preferido. Hojearlos, entretenerme con los párrafos que he marcado y las frases que he subrayado en lecturas anteriores, releer unas páginas aquí y otras allá, es una manera de recordarme a mí mismo cuatro cosas básicas que me gustaría tener siempre presentes. Es un libro que se puede abrir por cualquier lugar con la seguridad de que no perderemos el tiempo. Montaigne siempre tiene algo que decirnos. Me gustan las contradicciones en las que cae, sus dudas, su manera de decir una cosa y la contraria. Me distraen las anécdotas que cuenta, los ejemplos que pone, el lenguaje que utiliza, directo, hablando al papel como habla al primero que se encuentra.
Abandonado a sus divagaciones, al arte sublime de “rester soi même”, de ser plenamente él mismo, en diálogo permanente con los clásicos latinos, Montaigne es siempre igual y siempre nuevo. En las páginas de los Ensayos reencuentro a Josep Pla, que no se cansaba de leerlos, y a Friedrich Nietzsche, que también les sacó todo el jugo que pudo. Pero, sobre todo, me reencuentro a mí mismo en frases y páginas que me dicen más cada vez que las releo, como esos platos que sólo desvelan todos sus secretos a los que los han saboreado muchas veces.
Cada adicto tiene su Montaigne. El mío es el que dice que el azar tiene un papel siempre mayor de lo que creemos en los hechos humanos y que los males son siempre peores imaginados, cuando los tememos, que en la realidad si nos ocurren. El que nos recuerda que el placer consiste en buscar, no en encontrar. El que prefiere ser viejo menos tiempo que serlo antes de tiempo y nos aconseja retener con los dientes si es necesario la costumbre de los placeres de la vida, sin dejar que los años nos los vayan arrebatando uno tras otro. El que dice que los libros son la mejor provisión para el viaje de la vida y nos describe su estudio, con una galería de cien pasos de largo para poder caminar, porque la cabeza no le funciona si los pies no le dan cuerda. El que considera un infeliz a quien, en su casa, no tiene un lugar para estar solo, para rendirse pleitesía, para esconderse. El que se ríe de los políticos y de los poderosos diciendo que son como monos que trepan a un árbol, de rama en rama, y no paran de subir hasta que llegan a la rama más alta y, cuando llegan, enseñan el culo. El que asegura que no conoce mejor escuela vital que exponerse a otras maneras de vivir y probar la infinita variedad de la naturaleza humana. El que piensa que la clave de un buen matrimonio reside más en la amistad que en el amor. El que observa que cada uno considera barbarie lo que no es hábito suyo e insiste en que el mundo es un vaivén perpetuo en el que todo se mueve sin descanso. El que cree que la maldad chupa la mayor parte de su propia ponzoña y se envenena con ella.
Estos días, releyéndolo, no he podido evitar preguntarme qué habría pensado Montaigne de nuestros quebraderos de cabeza actuales. ¿Hubiera sido independentista? ¿O habría sido partidario de dejar las cosas como están? Montaigne vivió tiempos turbulentos, con una Francia dividida por las guerras de religión, y era católico pero no se adhirió nunca a ningún grupo ni a ningún partido. Siempre se mantuvo independiente. No escogía a sus amigos en función de su religión o de su forma de pensar sino de sus méritos. En su biblioteca, tenía pintada una frase de Plinio: “No hay ninguna razón que no tenga una contraria”.
No seré yo, pues, quien aventure cuál habría sido su posición. Pero me parece que, fuera la que fuera, no la habría abrazado de una forma extrema, ni sin ver las razones de las demás. “Más de una vez -escribe-, me he dedicado con mucho gusto, como ejercicio y distracción, a defender una opinión contraria a la mía, y la inteligencia, aplicándose a ella y volviéndose hacia esa parte, se me adhiere hasta tal punto que dejo de ver la razón de mi opinión anterior y me aparto de ella”. Quizá nos convendría a todos seguir su ejemplo de vez en cuando. Aunque sólo sea para comprender mejor las razones de los que no piensan como nosotros, que también las tienen.
Algunas aclaraciones sobre la renta básica, ahora que el debate está más de actualidad.
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