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Sección : Opinión

El nacionalismo y la izquierda

El nacionalismo y la izquierda

De un tiempo a esta parte nos hemos acostumbrado a discutir evidencias. ¿Cómo hemos podido olvidar que la izquierda es internacionalista?

No hay nada peor que olvidar lo evidente, así que de vez en cuando conviene recordarlo. Que lo haga esta vez la filósofa italiana Donatella di Cesare, quien no hace mucho declaró al semanario L’Espresso: “Toda la tradición de la izquierda ha analizado siempre los acontecimientos desde una óptica mundial, muy pocas veces nacional o, peor, nacionalista. La idea de que deba prevalecer el interés de un proletariado nacional, francés o italiano, no ha sido nunca de izquierda. La izquierda es internacionalista o no es”.

¿Cómo es posible que hayamos olvidado esta evidencia? ¿Cómo es posible que la expresión “nacionalismo de izquierdas” no sea considerada entre nosotros una contradicción en términos, un oxímoron, como “matrimonio feliz” o, según el vasco Baroja, “pensamiento navarro”? Es verdad que de un tiempo a esta parte nos hemos aficionado a discutir evidencias; la evidencia, por ejemplo, de que, en democracia, ley y democracia se identifican, porque la ley es la forma jurídica que adopta la democracia. Esto, que lo saben hasta los guardias jurados, porque debe de preguntarse en las oposiciones a guardia jurado, constituye sin embargo el nudo gordiano de la mejor película española filmada desde que Tejero y sus muchachos entraron a tiros en el Parlamento (me refiero, claro está, a la retransmisión del proceso al procés), donde los protagonistas pretenden demostrar que ellos encarnan la democracia y por tanto están por encima de la ley, igual que tratan de demostrarlo a diario en la prensa catalana pensadores corrompidos, con el mismo éxito con que demostrarían que Newton nos la pegó a todos con la ley de la gravedad. ¿De dónde sale en España el engendro del “nacionalismo de izquierdas”? En parte, de donde casi todo lo malo: del franquismo. En esa época siniestra, durante la mayor parte de la cual los antifranquistas de verdad cabían en un autobús (Vázquez Montalbán dixit), cuanto no era franquista era de izquierdas, así que, como los franquistas persiguieron todo nacionalismo que no fuera el español, el nacionalismo catalán o vasco pasó a ser de izquierdas, con lo cual hasta un oligarca como Jordi Pujol pudo ser considerado de izquierdas. Por supuesto, los nacionalistas aseguran que todos somos nacionalistas y que, si no eres nacionalista catalán, eres nacionalista español, como si el nacionalismo fuera una condición inherente al ser humano y no un invento con poco más de 200 años de vida, o como si quien no es del Barça sólo pudiera ser del Real Madridy no del Hércules de Alicante o de la Cultural Leonesa (o no pudiera detestar el fútbol, que es lo que me ocurre cada vez más a mí). Durante años, mientras socavaban en secreto el Estado democrático, preparándose para asaltarlo, los nacionalistas catalanes sostuvieron que Felipe González, digamos, también era un nacionalista, sólo que español. ¿Un nacionalista español? Quiera el cielo que no tengamos que enterarnos todos otra vez de lo que es el nacionalismo español en el poder, ahora que el nacionalismo catalán lo ha resucitado con el nombre de Vox. Por lo demás, hay sedicentes nacionalistas catalanes de izquierdas que dicen que una cosa es el nacionalismo y otra el independentismo, y que ellos son independentistas, no nacionalistas. Esa idea la difundió hace años Rubert de Ventós y, como Rubert era tan listo, algunos niñatos incautos nos la creímos; Dios nos perdone: si algo ha demostrado el procés es que detrás del independentismo está el nacionalismo —su mejor, casi su único carburante— y que detrás del nacionalismo está lo de siempre.

En fin, no hay espacio para más. La próxima vez que recordemos lo evidente hablaremos de los servicios auxiliares del nacionalismo, en Cataluña capitaneados por Ada Colau, que se preocupan mucho porque no toquen una coma de los derechos de los nacionalistas, lo que me parece muy bien, pero miran para otro lado o aplauden cuando los nacionalistas pisotean los derechos de los demás, lo que me parece muy mal. Entre tanto, una última evidencia: en Cataluña como en todas partes urge una izquierda de verdad, inequívocamente antinacionalista e inequívocamente de izquierdas.

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LA RECONQUISTA

La Reconquista
EDUARDO ESTRADA

Los historiadores deberíamos estar hartos de que nos utilicen. Deberíamos protestar, sindicarnos, demandar judicialmente a quienes abusen de nuestro trabajo, salir a cortar una avenida céntrica… Somos pocos, me dirán. Pues movilicemos a nuestros estudiantes, que seguro que estarán encantados. Y es que ya está bien. La función de la historia es conocer el pasado. Investigar, recoger pruebas, organizarlas según un esquema racional y explicar lo que pasó de manera convincente. Y punto.

Pero a poca gente le interesa de verdad conocer lo ocurrido, que en general fue complejo y hasta aburrido. Lo que nos piden es algo mucho más excitante: un relato épico, útil para construir identidad; que demostremos que nuestra nación existe, que la colectividad en la que vivimos inmersos hoy es antiquísima, casi eterna, y que a lo largo de los siglos o milenios ha actuado de manera noble, generosa, sufriendo conflictos siempre debidos a la maldad de los otros; que asignemos en nuestro relato claras identidades de buenos y malos, víctimas y verdugos, vinculando a nuestro grupo actual con los buenos, las víctimas. No, no nos pide eso un niño necesitado de cuentos para dormir. Nos lo piden adultos, muchos adultos. Entre ellos, los más poderosos, los dirigentes políticos. Y es que la nación justifica el Estado, legitima la estructura político-administrativa que controla el territorio que vivimos. Por lo cual es elevada a los altares, venerada como objeto sagrado. Sobre ella no se puede escribir historia (compleja, matizada, para adultos), sino mitos o leyendas, con escasa o nula base empírica, que nos hablen de nuestros padres fundadores, de sus hazañas, de los valores éticos que encarnaron, fundamento perenne de nuestro ser colectivo. Eso es lo que se nos pide. Mito. Algo que puede alcanzar alta calidad literaria y profundidad psicológica. Pero que no es historia.

Todo mito se inicia con una situación idílica, de independencia, gloria y felicidad. Es lo lógico, pues nuestro territorio es incomparablemente más hermoso y feraz que ningún otro (por si acaso, no viajemos demasiado para comprobarlo) y nuestras costumbres y cualidades morales igualmente superiores a las demás. De ahí que nuestros ancestros vivieran, en el origen de los tiempos, libres y felices, hasta que asomaron su nariz los perversos vecinos, envidiosos de nuestros tesoros. Y se produjo así la Caída, de la salida del paraíso, que inició la segunda fase, de decadencia, opresión, desigualdad, injusticia y sufrimiento; o sea, el mundo que conocemos. Pero no os angustiéis, pequeños míos, porque ese mundo terminará el día en que, convencidos de lo intolerable de la situación, actuemos todos unidos y recuperemos el paraíso perdido.

En el caso de Cataluña, ya se sabe, hay que escribir una historia que parta de las glorias medievales, el esplendor alcanzado con Jaume I y Pere el Gran, cuando se construyó “el primer Estado-nación moderno de Europa” (Fontana), que además era independiente (falso). La decadencia llegó con los Trastámara y la unión con Castilla. Empezó entonces el sojuzgamiento, acompañado siempre por la resistencia soterrada del pueblo catalán, o explosiones que terminaron en dolorosa derrota, como en 1640; que hubo escasas represalias contra la lengua o contra las instituciones de autogobierno tras aquella derrota, mejor no mencionarlo. Regodeémonos, en cambio, en la Guerra de Sucesión de 1700-1714, descrita no como guerra civil sino como enfrentamiento de “España contra Cataluña”, y magnifiquemos el papel de “mártires” como Rafael de Casanova (olvidando también la larga vida en libertad de este personaje tras 1714). Así se explican las cosas en el Museo d’Història de Catalunya, por ejemplo, joya de orfebrería mitológica, visitado diariamente por los escolares catalanes. ¿Para aprender historia? No. Para formar su conciencia nacionalista.

Pero el españolismo no se queda atrás, en cuanto puede asomar la oreja. Cuando yo era niño, dábamos una asignatura llamada Formación del Espíritu Nacional, prácticamente un duplicado de la de Historia de España. ¿Para qué enseñaban lo mismo dos veces? Porque era crucial dejar bien sentadas la existencia milenaria de la nación y sus heroicas y repetidas luchas por defender su identidad e independencia, que se remontaban a Viriato, don Pelayo o el Cid Campeador y culminaban con los Reyes Católicos, iniciadores de una edad dorada prolongada por Carlos I y Felipe II. Tras ellos empezaba la decadencia, debida a la pérdida de valores católicos e imitación de modas foráneas. Todo conducía a la gloriosa recuperación de las esencias iniciada por Franco el 18 de julio de 1936. Perfecto ejemplo de una historia al servicio del poder.

Todo eso está hoy superado, me dirán, sólo quedan restos en los nacionalismos periféricos. A nosotros respondemos con madurez y racionalidad, ofreciendo fórmulas identitarias complejas. Pero ahora resulta que no. Que vuelven a alzarse los pendones españolistas. Sin complejos. Vuelve, sobre todo, la Reconquista, la gran gesta nacional. Lo han dicho los líderes de Vox, se aprestan a imitarlos los del PP, y hasta puede que Ciudadanos se sienta tentado, convencidos todos de que las elecciones próximas las va a ganar quien haga ondear con más energía la bandera rojigualda.

Pero permitan que intervenga el historiador. El concepto de Reconquista, y el término mismo, son modernos. Los cronistas de Alfonso III presentaron, sí, la guerra contra los musulmanes como un intento de restablecer la monarquía visigoda. Pero los historiadores (Ocampo, Morales, Mariana) usaron, como mucho, la palabra “restauración”. Nadie habló de reconquistar, sino de tomar, ganar o conquistar, una ciudad a los musulmanes. Sólo a principios del XIX apareció ese término, de la mano de Modesto Lafuente, quien lo refirió a un conjunto de guerras, o a una guerra intermitente, de ocho siglos. Y sólo en la segunda mitad del XIX se consagró el nombre de “Reconquista” para todo aquel periodo histórico.

Pero presentar la “Reconquista” como historia real es crucial para la derecha española, porque expresa la construcción de la nación, en términos de unidad política y monolitismo cultural. En 1492, recuerden, no sólo se rindió el último rey musulmán, sino que fueron expulsados los judíos —unidad religiosa, además de la política—, y el descubrimiento colombino inició la era imperial. Es fecha a celebrar.

Si abandonamos el terreno mítico, sin embargo, todo fue más complejo. Para empezar, nunca hubo una “conquista”, ni mucho menos “reconquista”, de Granada. Fue una entrega pactada, con unas capitulaciones firmadas solemnemente por Fernando e Isabel (en las que se comprometieron, por cierto, a respetar la lengua, religión, vestimenta, costumbres y jueces naturales de los súbditos de Boabdil, algo que incumplieron de manera flagrante poco después). En segundo lugar, ningún historiador serio defendería hoy que la unión territorial lograda por los Reyes Católicos hizo nacer a una “nación” moderna, sino a una “monarquía compleja”, imperial, que acumulaba muchos reinos y señoríos con distintos grados de autogobierno.

Pero no nos esforcemos tanto para explicar la complejidad del pasado. A casi nadie le importa. Lo rentable políticamente son los mitos. Los mitos hacen votar. Y enfrentan también a la gente, la llevan a matarse entre sí.

José Álvarez Junco es historiador.

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MORAL DEL PEDO

La formulación de la moral del pedo la debemos a Rafael Sánchez Ferlosio, químico de la realidad doctorado por la Universidad de Coria. En su día Sánchez Ferlosio explicó que, en un espacio cerrado, el nacionalismo opera siguiendo una dialéctica similar a la de la socialización

 de los gases intestinales. Provoca un efecto inverso en función de si eres sujeto activo de la acción o si por el contrario eres receptor. Mientras que la fragancia que desprenden los evacuados por uno mismo más bien nos pasa desapercibida, en cambio las ventosidades que han sido expulsadas por los demás nos incomodan como una nube tóxica.

Lo experimenté al revisar la presentación de la Plataforma Ciudadana de Albert Rivera. Poco a poco notaba que en mi despacho el tufo se iba haciendo insoportable y al fin, hacia el minuto 47, después que el presentador de la gala anunciase que “ahora viene la sorpresa”, temí perder la conciencia durante la intervención de Marta Sánchez. En el escenario había tres pantallas. En las laterales ondeaba una bandera española. En la pantalla superior, que presidía el escenario, se pasó el fragmento de su actuación del mes de febrero cuando estrenó la letra para su versión del himno nacional. “Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón / y no pido perdón”. En su día incluso la felicitó el presidente Rajoy.

El pasado domingo, al terminar el clip, Sánchez salió al escenario, se puso incluso en pie el ilustrado Francesc de Carreras, y ella pronunció un discurso breve y sentido. “Nunca antes, en mis 37 años de carrera, tanta gente me había dado las gracias”, confesó. La gente aplaudió, ella se emocionó y la gente que ondeaba banderas se levantó para aplaudirla todavía más. ¿La aplaudían por su trayectoria? Diría más bien que ese reconocimiento no era por su prestigiosa carrera sino por haberse atrevido a lanzar ese monumental pedorro kitsch que, inmediatamente después, ella entonó a cappella. “Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí, / honrarte hasta el fin”. A nadie de los presentes les molestó, pero casi todos estarían dispuestos a aceptar que el nacionalismo es la peste. Eso sí, nunca la suya.

ARTÍCULO DE JORDI AMAT EN LA VANGUARDIA

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SOBRE DERECHO PENAL

“Las salvaguardias de la libertad
se han forjado frecuentemente en
controversias que afectaban
a gente no muy agradable”
Juez Felix Frankfurter disintiendo
en el caso U. S. vs Rabinowitch ( 1950)

El valor Justicia, expresado en el artículo 1.1 de la Constitución, inspira los cimientos sobre los que se construye el Estado de Derecho. En esa arquitectura de normas que es el Estado de Derecho el Código Penal ocupa un lugar destacado. Se trata de un instrumento extraordinariamente poderoso para intervenir en las patologías más importantes y peligrosas que puedan suscitarse en el seno de la sociedad. Cómo se estructure la respuesta a esas, cómo se aquilate la proporcionalidad entre conductas punibles, naturaleza y lesión de bienes jurídicos y las sanciones anejas a todo ello, revelará si el legislador se inclina por una respuesta autoritaria o liberal a la hora de configurar el contenido del Código Penal.

Un Código Penal moderno debe olvidar las concepciones clásicas de carácter retributivo e inquisitorial en defensa de una moral social. El pluralismo democrático exige el debate entre ciudadanos, la tolerancia de las discrepancias y la aceptación de comportamientos minoritarios que solo puedan ser perseguidos si socavan gravemente los cimientos del pacto social. De ahí que los Códigos penales más modernos se orienten en relación a dos principios esenciales, el de ultima ratio y el de intervención mínima.

El principio de ultima ratio supone que el Código Penal es el instrumento de corrección de conflictos sociales al que hay que acudir en último extremo. El Código Penal no es sino una pieza más en el universo del ordenamiento jurídico. Cualquier conflicto social, por importante que sea, puede y debe tener acomodo en normas de tipo civil, mercantil, administrativo o laboral. Solo en supuestos de insuficiencia regulatoria, o cuando el conflicto socavara los principios y bienes jurídicos esenciales a esa convivencia, debería recurrirse a la norma penal. De no hacerse así, amén de que se produce el desapoderamiento de esas otras normas, que quedan vacías de sentido, esa decisión lleva a la colonización de esa norma penal por normas de naturaleza civil, administrativa, mercantil o laboral.

Por su parte, el principio de intervención mínima nos indica la necesidad de que se regulen exclusivamente aquellas conductas que revelen un grave atentado a bienes jurídicos cuya naturaleza sea esencial a la convivencia y cuya lesión la ponga en serio peligro de quiebra. De ello se desprende que no todos los bienes jurídicos debieran merecer, si son atacados, su instauración en tipos penales, salvo el caso de ataque directo, por cuanto el ordenamiento jurídico debe ofrecer una tutela normativa que permita la consideración penal como residual.

El Código Penal de 1995 supuso un cambio muy notable respecto al modelo anterior de 1963, con origen en el de 1944. Aunque advertía en su Exposición de Motivos de su adhesión a esos principios, solo lo cumplimentaba a medias. En todo caso, desde su promulgación, ha sido modificado en casi treinta ocasiones, algo sin parangón en nuestro entorno europeo. Esa voracidad de los Gobiernos para modificar la norma penal ya revela la leve consideración que les merece una norma tan esencial.

Las causas de ese desenfreno legislativo no hay que buscarlas en supuestos cambios sociales de calado o convulsiones que nos hayan asolado sino en el empeño en desconocer el principio de intervención mínima. El Código Penal se ha modificado bien a golpe de crónica de sucesos con impacto mediático emocional y perspectivas electoralistas, por la presión de diversos lobbyssociales, por trasponer normativas europeas con desmaño y precipitación, o como reacción a decisiones jurisprudenciales e impulsos de indicación puramente académica. El recurso a la exacerbación de penas como elemento de cruzada ante graves males sociales (valga la cita para los casos de violencia de género o los horribles supuestos que puedan suponer la aplicación de la prisión permanente revisable) pueden tranquilizar conciencias o incluso calmar la agitación ciudadana pero no sirven ni para impedir la comisión de tales crímenes ni como mecanismos de disuasión, como lo revelan las frías estadísticas. Si hay que legislar penalmente ante hechos socialmente muy graves debe hacerse pero entendiendo la respuesta penal no como algo coyuntural, puramente represivo, sino incardinando en una respuesta global extensible a todo el ordenamiento jurídico y tras un examen cuidadoso del origen de esa brecha grave de la convivencia.

La consecuencia de todo ello es que tenemos un Código Penal proteico, híper intervencionista, de naturaleza reactiva y por tanto autoritaria para combatir males sociales evidentes (terrorismo, narcotráfico, delitos sexuales, violencia de género, corrupción política y económica, medio ambiente). Se utiliza como arma de reacción primaria y única sin engarce en la detección y prevención de los problemas y su posible resolución en otras instancias normativas. Esa tendencia se me antoja tan imparable como expansiva. En cuanto se irrita el tejido social, el cirujano penal entra sin contemplaciones en la represión de las conductas entre el temor y el convencimiento de que de esa manera combate el mal social y además recibirá el aplauso de la sociedad. El legislador penal renuncia así a analizar las raíces y causas del conflicto, ponderar los elementos en juego, prever las consecuencias a medio y largo plazo, y trazar un plan que ayude a prevenir y resolver tal conflicto.

Pero además lo hace técnicamente mal, con textos de interpretación inextricable, de extensión desmesurada, reglamentarista hasta el extremo (como sucede con la previsión de la suspensión de condena o la libertad condicional). Esa grave quiebra de la legalidad penal se hace aún más ostensible en la proliferación de tipos penales en blanco que obligan a indagar fuera del proceso penal las normas con las que rellenar el tipo penal, un proceso que se revela en muchos casos intrincado pues las normas tributarias, de siniestralidad laboral o administrativas suelen ser laberínticas.

Otra consecuencia es que el Código Penal acaba acogiendo tipos delictivos fabricados con normas laborales, administrativas o mercantiles extrapenales. Buena parte de la politización de los procesos o la judicialización de la política se apoya en situaciones como las reseñadas, siendo uno de esos tipos, de indudable tradición penal, el de prevaricación administrativa, en el que cada vez es más complicado distinguir hasta dónde estamos considerando un ilícito penal o meramente administrativo. Ese itinerario legislativo ha convertido el texto del Código Penal en un kafkiano sudoku para conocer la norma aplicable más favorable, a la vez que ha generado un caos sistemático en lo relativo a la proporcionalidad de las penas asignadas a unas conductas u otras.

Ha llegado la hora de acometer una labor de saneamiento integral del Código Penal para que éste obedezca a principios de última ratio e intervención mínima. Habida cuenta de su importancia, se le debe sustraer de la mera lucha partidaria, procurando que cada modificación se haga con la debida reflexión y mesura, con el objetivo alcanzar el mayor consenso posible.

Eduardo Torres-Dulce Lifante, profesor de Derecho Penal, fue Fiscal General del Estado entre 2011 y 2014.

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CIEN AÑOS DESPUÉS

JOSE LUIS PARDO

En el año recién terminado han pasado casi inadvertidos los centenarios de la toma del Palacio de Invierno y la presentación del urinario ‘Fuente’. Dos tentativas de subversión en una misma atmósfera: el fin del mundo moderno

Cien años después
RAQUEL MARÍN

Ay, qué pesado, qué pesado

Siempre pensando en el pasado

Se nos ha ido un año tan lleno de convulsiones, contusiones y sainetes que la palpitante y siempre tiránica actualidad ha hecho que nos pasaran casi inadvertidos, entre muchos otros, dos centenarios que en otras circunstancias habrían dado bastante que hablar. Uno, el que a primera vista parece más serio, es el de la toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo por el Ejército Rojo, que dio pie al establecimiento de la URSS. Este hecho extrae ante todo su seriedad, como todas las revoluciones políticas, del elevado número de cadáveres con los que abona el campo de batalla (y que a medida que crece hace más difícil admitir que los que murieron lo hicieron “para nada”), pero le añade a esta gravedad histórica una seriedad moral: la de haber supuesto, para muchísimas personas y durante muchísimo tiempo, un foco de esperanza política que señalaba a la humanidad el camino de su futuro.

¿El que hayamos pasado como de puntillas sobre este centenario se debe solamente a que ya no existe la Unión Soviética y, por lo tanto, el foco ha desaparecido, llevándose con él el prometido final feliz de la historia universal? No creo que este sea el principal motivo, sobre todo porque el final del “socialismo real” ha coincidido con una cierta revitalización del comunismo, al menos como vocablo, que intenta por todos los medios desprenderse de su funesto pasado histórico y engancharse a las nuevas circunstancias. Pienso más bien que la causa fundamental de la ausencia de conmemoración de la revolución de octubre es la infinita vergüenza que produce, sobre todo en el ámbito intelectual y de la opinión en general, el haber permanecido ciegos durante décadas y décadas ante la evidencia hoy irrefutable de lo que fue aquel “socialismo real”, que hoy aún reconocemos en los Estados comunistas residuales como China, Cuba o Corea del Norte y sus adláteres, en los que lejos de ver un estadio “degradado” del proyecto comunista podemos experimentar en vivo la cruda realidad de lo que fue desde el principio aquel “socialismo” en el que ya en 1920, en su visita a Lenin, Fernando de los Ríos vio “las tenebrosidades de un mundo policíaco”. Incluso podría suceder que el alboroto con el que hoy nos escandalizamos ante las “posverdades” que fabrican los gabinetes de prensa especializados en producir “hechos alternativos” para justificar ciertas políticas nos oculte, más o menos interesadamente, la facilidad con la cual durante tanto tiempo las élites culturales y los líderes de opinión occidentales contribuyeron, amparados en una racionalidad moral superior, a negar una siniestra realidad que conocían bien, convirtiéndose en aliados objetivos de los aparatos de propaganda de esos regímenes policíacos.

El otro centenario ha sido el de la presentación, por parte de Marcel Duchamp, de un urinario firmado con el seudónimo de Richard Mutt y bautizado como Fuente a una exposición de artistas independientes en una galería de arte de Nueva York. Comparado con la revolución de octubre, este “atentado simbólico” puede parecer solamente una broma (aunque una broma pesada), como sin duda se lo pareció a muchos de sus contemporáneos, quién sabe si también a su propio autor. Pero el caso es que, andando el tiempo, y mucho después de su desaparición material, ha llegado a ser considerado como la obra de arte más influyente del siglo XX, según dictamen de 500 expertos internacionales en el año 2004. Y ello no sólo porque representa el gesto fundador del arte conceptual, sino porque acaso resume mejor que otras piezas la intención profunda de las vanguardias históricas, convertidas hoy en una suerte de clasicismo del arte contemporáneo. Se diría que no existe entre estos dos hechos revolucionarios más relación que la de que el azar los ha reunido en el mismo año.

Y sin embargo se trata de dos tentativas de subversión inmersas en una misma atmósfera: la que anunciaba, con el telón de fondo de la guerra mundial, el final del mundo moderno (de lo que entonces se llamaba “la sociedad burguesa”) y su sustitución por otro diferente y mejor. En segundo lugar, así como la revolución de octubre no pretendía ser una revolución política entre otras, sino la que pondría fin a la política en cuanto tal (ya que culminaría con la desaparición del Estado, que es el marco que en la modernidad confiere sentido al término “política”), tampoco la revolución vanguardista quería ser una revolución artística más (como lo habrían sido el barroco o el neoclasicismo), sino que aspiraba a terminar con el arte como institución y como esfera diferenciada para diluirlo en la vida común, del mismo modo que el comunismo prometía, en palabras de Lenin, abolir la diferencia entre una cocinera y un jefe de Estado. Por último, el estadio histórico-cultural que ambas revoluciones querían superar es en los dos casos lo que hemos dado en llamar la representación; y aunque no se puedan identificar de forma simple la representación estética y la representación política, ambas aluden a todo un entramado de mediaciones (el parlamento y la separación de poderes en un caso, la autonomía de los valores estéticos y la crítica de arte en el otro) que ese nuevo mundo post-burgués vendría a invalidar mediante el paradigma de la inmediatez. Y a todo ello ha de añadirse que, durante la primera mitad del siglo pasado, las complicidades, connivencias, alianzas y dobles militancias entre los miembros de los ismos políticos y los de los artísticos fueron moneda corriente y hasta casi obligatoria en algunos períodos concretos.

Pero, ¿no se podría objetar que, pese a todo, la revolución de octubre fracasó, mientras que la revolución de Duchamp ha tenido éxito? No es tan seguro. Las dos revoluciones fracasaron en la medida en que el mundo post-moderno del que se consideraban la avanzadilla no llegó a existir o, lo que es peor, sólo pudo hacerlo con los tintes infernales del totalitarismo. Pero ambas nos han dejado como herencia el síndrome de “despreciar al burgués” (hoy convertido en “despreciar al ciudadano”, que después de todo es lo que significaba “burgués”), junto con una desconfianza frente a la representación pública y artística y una nostalgia de la inmediatez estética y política que ha dado lugar a un linaje de artistas incómodos en su propia condición, de la que les gustaría liberarse, y a otro de políticos que habitan las instituciones representativas al mismo tiempo que las ponen en entredicho. Y a lo mejor la discreción con la que hemos atravesado estos dos centenarios tiene que ver con un cierto y comprensible afán de cubrir nuestras vergüenzas que, sin embargo, podría conllevar una desagradable falta de reflexión sobre nuestro pasado y, en definitiva, un déficit de explicación con nosotros mismos y con el porvenir de las sociedades de nuestro tiempo.

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¿DEMOCRACIA CONTRA DEMOCRACIA?

Los tiempos interesantes están convirtiéndose a ojos vista en aquello que suelen ser: tiempos peligrosos. Desde el atentado contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001, se diría que nos hemos adentrado a ciegas en una época convulsa con rasgos propios de la ficción y asistimos extrañados a una sucesión de acontecimientos dignos de una ucronía política: de la crisis económica al Brexit, pasando por Trump y los ensayos nucleares norcoreanos. De hecho, es como si, tras abandonar el curso ordinario de la historia, la ucronía misma se hubiera convertido en nuestra realidad: un teatro del absurdo que tiene por banda sonora la cacofonía diaria de los comentaristas digitales. No es un símil desencaminado, pues hay días en que la política contemporánea parece materializar las fantasías de un troll.

Tiempos peligrosos, por tanto: para la convivencia pacífica, para la legalidad constitucional, para la democracia representativa. Podríamos decir que para la democracia sin adjetivos, pero la democracia es un concepto polisémico cuyo empleo suele requerir adjetivación. Otra cosa es que denominemos «democracia», a secas, al tipo de democracia que se ha convertido en dominante en la modernidad tardía: la representativa o constitucional o liberal. No está claro, sin embargo, que esta democracia equivalga a la democracia, por muy acostumbrados que estemos a ella. Es lo que Carlos Fernández Barbudo, joven investigador español, planteaba recientemente en uno de los famosos «hilos» de Twitter:

Democracia es un concepto político fundamental cuyo significado ha ido variando a lo largo de la historia. Muy mucho. Ante este tipo de conceptos no cabe buscar una definición exacta o auténtica. Cada vez que un actor político intenta definir «democracia», lo que está haciendo es actuar políticamente. ¿Qué significa esto? Pues que está intentando que su definición (aka su cosmovisión ideológica) prevalezca. Definir democracia es intentar mover a la sociedad a los postulados implícitos en esa definición.

Es lo que nos enseña la historia conceptual desarrollada por el historiador alemán Reinhart Koselleck, quien en la obra fundamental dedicada al asunto ‒los varios volúmenes de los Geschichtliche Grundbegriffe‒ rastrea junto a sus colaboradores el registro semántico de los grandes conceptos políticos para identificar sus distintos usos. En el caso de la democracia, evidentemente, la ambigüedad viene de serie: fuera cual fuera la práctica originaria en las sociedades premodernas, incluida la sofisticada Atenas, un régimen político que consiste en «el gobierno del pueblo» deja un margen considerable para la variación organizativa. Y lo que apunta oblicuamente Fernández Barbudo es que esa disputa semántica es la que estamos presenciando en España estos días a cuenta del enfrentamiento entre los partidarios del referéndum que habría de decidir sobre la secesión de Cataluña y quienes defienden una democracia constitucional de corte kelseniano en la que ese referéndum es ilegal. O, si se quiere, entre una democracia representativa y una democracia plebiscitaria.

Distintas declaraciones del presidente de la Generalitat catalana han dejado meridianamente clara su posición en esta disputa. El señor Puigdemont ha dicho, por ejemplo, que la democracia nada tiene que ver con los procedimientos, o que «los catalanes» no viven en una democracia «tal como la entendemos nosotros». Algo que, por lo demás, se puso de manifiesto con la dudosa aprobación en el Parlamento autonómico de una Ley de Transitoriedad que vulnera el orden legal vigente ‒tratando, de hecho, de suplantarlo‒ y se encuentra recurrido ante el Tribunal Constitucional. Frente a los detalles procedimentales se plantaría nada menos que un pueblo, el pueblo catalán, cuya voluntad colectiva valdría más que todas las leyes del mundo. Otras pruebas de esta concepción «alternativa» de la democracia pueden hallarse en el dibujo de la hipotética república catalana que contiene la citada Ley de Transitoriedad, más cercana al llamado «iliberalismo» que al liberalismo en su debilitamiento de la separación de poderes.

Sucede que la contraposición de dos modelos de democracia ‒uno representativo y otro plebiscitario‒ antecede a la crisis catalana. Su origen se encuentra en la irrupción del populismo de derecha e izquierda que trae causa de la crisis y la consiguiente deslegitimación de las democracias liberales. Ante el fracaso de las «elites», se propone el gobierno directo del «pueblo»; como el gobierno directo del pueblo es imposible, su voluntad está mediada por la acción de un líder que la «interpreta» y traduce a políticas concretas. Y que, llegado el caso, realizará en la arquitectura institucional las modificaciones que sean necesarias para facilitar la relación directa entre el líder y el pueblo: eliminación o sometimiento de los órganos contramayoritarios (como el Banco Central), supresión o debilitamiento de la independencia de los tribunales, anulación de la división de poderes, limitaciones a la libertad de expresión, recuperación de la soberanía cedida a tratados internacionales (el Acuerdo de París en el caso norteamericano) u organismos multinacionales (como la Unión Europea), desarrollo de políticas destinadas a reforzar la cultura «propia» frente a contaminaciones exteriores. No todos los populismos son iguales y, por tanto, no todos estos rasgos iliberales habrán de estar presentes en la misma medida. Iliberal es aquí la palabra correcta, pues el populista alega que la democracia representativa es demasiado liberal y demasiado poco popular; razón por la cual procede a restarle liberalismo y a añadirle populismo.

Esta contraposición ha protagonizado el reciente intercambio de textos entre Iñigo Errejón y José María Lassalle en las páginas de El País, a cuenta del reciente libro que el segundo ha dedicado al populismo que el primero, lector atento de Ernesto Laclau, ha admitido en más de una ocasión practicar como actor político (Contra el populismo, Barcelona, Debate, 2017). Este tipo de conversación debería ser más frecuente en España, donde la tradición de las controversias públicas ha ido perdiéndose irremediablemente. En un país tan desapasionado como Alemania son, en cambio, frecuentes y, cosa impensable entre nosotros, a menudo con la participación cruzada de varios medios o alusiones positivas de Der Spiegel a algo que ha dicho el Frankfurter Allgemeine Zeitung.

En su breve pero enjundiosa monografía, Lassalle se refiere al populismo como a un «totalitarismo posmoderno»; uno de baja intensidad que se mantiene dentro de los confines de lo aceptable para la opinión pública. A su juicio, es claro que el populismo actual plantea un modelo de democracia alternativa: negando los patrones institucionales, representativos y legales del modelo vigente mientras ofrece otro que sobredimensiona la faceta popular (el demos de la demokratia) de la democracia. Es aquí donde entran en juego la gente, el pueblo o ‒en el caso catalán‒ la nación. Es un pueblo movilizado permanentemente contra un enemigo; justamente, contra los enemigos del pueblo: ya sean los banqueros, España o, al decir del Daily Mail, los jueces que reconocieron la competencia de la Cámara de los Comunes para votar el futuro acuerdo de salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. El decisionismo soberano de Carl Schmitt tiene aquí más peso que la legalidad que culmina en la Constitución descrita por Hans Kelsen: la movilización popular no puede entretenerse con la letra pequeña de los reglamentos. Pero, como sugiere Lassalle, el pueblo del populismo es representado de una forma particular: no como sujeto, sino como víctima. En buena medida, el discurso del populismo consiste en el señalamiento de los culpables, en la delimitación de un círculo de causantes de la desgracia ajena. Hay donde elegir; quien busca un enemigo a quien culpar de sus males siempre acabará por encontrarlo. En unos casos son las elites y, en otros, el sistema en abstracto; en el caso catalán, la malvada España. Los acentos sentimentales son obvios: basta sentirse víctima para ganarse el derecho a conducirse como una.

Iñigo Errejón afea a Lassalle que nada se diga en el libro sobre las causas que han provocado la ira popular. Más que un fenómeno emocional, viene a decirnos, estamos ante una respuesta racional al fracaso de las elites; elites que han operado en el interior del sistema para servir a sus propios intereses en detrimento de los derechos ciudadanos. En otras palabras, Lassalle «naturalizaría» un fenómeno que Errejón querría politizar, poniendo nombres y apellidos a las decisiones concretas que han conducido al estado de ánimo que canaliza el populismo. Para Errejón, eso es hacer política. El reproche es parcialmente justo: Lassalle dedica poca atención a la concatenación de errores ‒dolosos o no‒ que condujeron al crash de 2008. Pero no es menos cierto que semejante ejercicio de indagación corresponde a disciplinas distintas de la teoría política y que la propia literatura populista ‒a menudo lacaniana‒ se entrega al hermetismo teórico con más entusiasmo que a los datos socioeconómicos. Se advierte aquí un problema intrínseco al populismo, que al victimizar al pueblo niega que el pueblo tenga nada que ver con las políticas públicas desarrolladas por los gobiernos a los que ese mismo pueblo vota, pasando por alto de paso que la conversación pública ‒cada vez más democrática‒ condiciona la acción de los gobiernos y penaliza a aquellos que adoptan medidas impopulares. Dicho esto, es conveniente saber qué demandas ciudadanas responden a injusticias o daños objetivables y cuáles, en cambio, expresan frustración o cólera debido a sucesos impredecibles o que constituyen el efecto colateral de procesos sociales más amplios: desde el cambio en los patrones demográficos a las transformaciones tecnológicas. No porque de esa manera estos cambios queden al margen de la acción política, sino porque la acción política no siempre puede anticiparlos o revertirlos sin producir daños distintos. El populismo suele trazar líneas causales simples allí donde sería más adecuado hablar de una causalidad compleja y actores que gozan de una información limitada sobre el efecto de sus acciones.

Asimismo, Errejón retoma una de las ideas más queridas al populismo, aun no siendo exclusiva del mismo: la de que existen épocas frías y calientes en la historia de las comunidades políticas. En las primeras, reina una aparente normalidad y las instituciones existentes gozan de legitimidad; en las segundas, surgen demandas populares ‒normalmente articuladas por un líder o partido‒ que no encuentran acomodo en esas instituciones y demandan su sustitución o ampliación. Errejón toma la idea de Bonnie Honig de que no hay consenso sin «excedente», o desacuerdo dejado al margen: las épocas fundacionales son aquellas en que retorna lo reprimido en forma de descontento popular. Son los tiempos «redentores» de la democracia, como los denomina Margaret Canovan. En ellos, sostiene Errejón, aparecen el pueblo o la gente que encarnan una «nueva voluntad colectiva». También la inquietud:

Es el momento fundacional de we the people que a los conservadores de distinto signo ideológico fascina cuando está escrito en un código o expuesto en un museo de historia, pero horroriza cuando asoma la cabeza en el presente.

En eso no le falta razón: las disrupciones del orden lucen mejor en los libros de historia y eso hace que el juicio político (o moral) sea más difícil para el observador contemporáneo, pues no acaba de saber qué tiene delante. Bien pueden ser reclamaciones legítimas que delatan fallas en el sistema representativo, bien una deficiente provisión de derechos. Pero también perturbaciones de otro tipo: la frustración derivada de unas expectativas infundadas (a menudo alimentadas por la competición electoral, que, por ejemplo, promete lo que no puede cumplir) o la agitación que produce la acción del líder populista. Ya que éste, mediante su performance, no se dirige un pueblo preexistente, sino que lo crea en el momento de nombrarlo. En cualquier caso, eso que llamamos «pueblo» parece ser

un imposible imprescindible: imposible porque la diversidad de nuestras sociedades ‒afortunadamente‒ nunca se cancela o cierra en una voluntad general plenamente unitaria y permanente, pero al mismo tiempo imprescindible, porque no existen sociedades sin mitos, relatos y metas compartidas.

En este mismo blog hemos descrito el pueblo como una metáfora triunfante pero imposible: una noción que sirve para adscribir la soberanía de que antaño gozaban los reyes al conjunto de los ciudadanos y recabar con ello legitimidad para el orden democrático, pero que no puede jamás actualizarse sino simbólicamente. El pueblo no existe, salvo porque creemos en él. La sociedad es demasiado plural y contiene intereses demasiado diversos para que algo parecido a un pueblo o a una voluntad popular pueda identificarse sin esfuerzo. Si todos los ciudadanos del mundo pudieran justificar racionalmente la existencia del Estado, no nos haría falta el pueblo; pero no es el caso y, por tanto, las alusiones al pueblo ‒o la nación‒ siguen presentes en el discurso político y los textos constitucionales. Qué tipo de orden político se funde sobre qué concepción del pueblo, en cambio, es asunto distinto. ¿No hablaba Hitler del Volk alemán para justificar su expansionismo militar? Más ambiguamente: ¿no ha servido la idea del «pueblo americano» para justificar hechos políticos tan diferentes como el genocidio de los indios, la guerra contra los nazis, el fin de la discriminación racial o el proteccionismo comercial? ¡Que pregunten a Bruce Springsteen, a quien todavía le dura el enfado por la apropiación reaganiana de Born in the USA!

Un problema de los «momentos calientes» es que no todos ellos son democráticos o progresistas: la lucha de Solidaridad contra el comunismo tiene su espejo invertido en el nacionalpopulismo del actual gobierno ultraconservador polaco. Y, sin necesidad de irnos muy lejos, nada más caliente ahora mismo que Cataluña, donde la institucionalidad existente (instaurada por la Constitución) está siendo dinamitada por un movimiento nacionalista que invoca la democracia con objeto de vulnerar la democracia. En la actual fase revolucionaria, el separatismo no duda en hostigar a los alcaldes que no se prestan a ceder dependencias municipales para celebrar el referéndum ilegal; y eso por mencionar apenas una de muchas lindezas que explican el silencio ‒más que espiral, embudo‒ de quienes son contrarios a la secesión.

En su breve réplica, precisamente, Lassalle defiende una legitimación fría de la democracia liberal que haga posible la construcción de un «nosotros» asentado en la diferencia. El populismo haría exactamente lo contrario y Laclau así lo señala: identifica a una parte del pueblo como el único pueblo legítimo. De nuevo, es lo que sucede con claridad de manual en el caso catalán: están los catalanes y están los enemigos de Cataluña, sean malos catalanes o, incluso ‒como leíamos en un tuit este pasado lunes‒, «españoles nacidos en Cataluña».. Aquí el nacionalismo demuestra haber sabido aprovechar las lecciones del populismo, inventándose un pueblo ‒«un solo poble»‒ allí donde hay una pluralidad de ciudadanos con preferencias e intereses diversos. O, si se quiere, inventándose una voluntad popular única allí donde ésta no existe. Su invocación, de hecho, trata de ocultar escandalosas diferencias entre distintos segmentos socioeconómicos: según datos de la propia Generalitat, solo el 41% de los catalanes son separatistas, y en las clases más bajas ese porcentaje baja al 27,6%, elevándose al 38,4% en la media-baja y al 45,6% en la clase media. Todos los pueblos el pueblo.

Seguramente Lassalle sea demasiado optimista y una legitimación puramente racional de las democracias liberales no sea todavía posible. No se equivoca, en cambio, cuando apunta hacia ese ideal y la necesidad de perseguirlo: evitando reforzar una nostalgia por el absoluto que rebrota con inquietante facilidad en el interior de las comunidades humanas. Y quizá, de hecho, podamos responder ahora de otro modo a la cuestión inicial: a la tesis conforme a la cual cuando distintos actores ponen sobre la mesa entendimientos distintos de lo que sea la democracia no hacen sino política o ideología, pues promuevem un modo de hacer democracia sobre los demás. No habría, entonces, democracia «auténtica».

Así es. Pero el atractivo teórico de la proposición parece desvanecerse cuando nos asomamos a la praxis política y vemos en qué consiste la democracia plebiscitaria del populismo que se presenta como una de las alternativas a la democracia liberal-representativa. Es entonces ‒a la vista de lo que sucede en Venezuela, o Polonia, o Cataluña‒, cuando recordamos que estas últimas no han sobrevivido históricamente por casualidad y que la existencia de contrapesos liberales destinados a limitar el alcance del gobierno popular tiene mucho sentido. Sobre todo: preservar el pluralismo social y garantizar los derechos individuales ante cualquier mitomanía colectivista, así como vincular el proceso político a procedimientos inclusivos que otorgan legitimidad a las leyes democráticas. No es poco, y cuando lo perdemos, nos parece mucho.

La democracia, en suma, tiene muchos significados potenciales. Pero renunciar a lo que nos enseña la experiencia histórica sobre el desenvolvimiento de sus distintos modelos es imprudente. Y si nos ha enseñado algo sobre la democracia plebiscitaria (¡no digamos sobre el nacionalismo!), es que resulta preferible leer sobre ella a sufrir las consecuencias de su puesta en práctica. Salvo que uno se aburra y desee vivir en tiempos interesantes, aunque sean ‒también‒ peligrosos.

20/09/2017

manuel arias maldonado

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¿HACIA UN CONFLICTO NUCLEAR?

Corea del Norte-Estados Unidos, hacia un conflicto nuclear

 

Rafael Fraguas ||

Periodista y sociólogo ||

La guerra ideológica y psicológica que antecede a todo conflicto bélico ha estallado ya entre Corea del Norte y Estados Unidos. De su evolución o freno va a depender la viabilidad -o no- de una temible confrontación militar abierta, ya que se libraría, muy probablemente, esgrimiendo el empleo de armas nucleares. El actual conflicto entre Pyongyang y Washington exige hoy, por ello, analizar detenidamente la información que llega de la zona, para poder descubrir qué aspectos son mera propaganda unilateral de cada contendiente y cuáles pertenecen a la realidad objetiva.

 

Corea del Norte es uno de los países más desconocidos de la Tierra. Cuenta con más de 24 millones de habitantes. Ocupa un territorio de 120.000 kilómetros cuadrados, menos de la mitad de la extensión de la península asiática septentrional coreana, situada entre los mares Amarillo y del Japón, con límites terrestres con Rusia y China. Una quinta parte del país, de textura agroindustrial, incluye tierra cultivable. De consistente homogeneidad étnica, el país ha sufrido graves desastres naturales que han refrenado su desarrollo, semejante al de otros países asiáticos evolucionados, hasta mediados los años 70 del siglo anterior.

Su sistema político se define como una República Popular Democrática; cuenta formalmente con varios partidos políticos, siendo el hegemónico el Partido de los Trabajadores, nacional-comunista. Su economía está estatalizada casi al completo, con servicios sanitarios y educativos gratuitos. Su población está alfabetizada al 100%. Su líder es Kim Jong un -hijo menor de Kim Jon il, muerto en 2011-, y nieto de Kim Il Sung, líder histórico carismático, mentor de la idea Zuche. Se trata de una teoría-práctica ideo-política, con elementos del antiimperialismo, el comunismo, el nacionalismo y las religiones ancestrales, con el acento en el carácter de masas del régimen. Posee un ejército considerado entre los más numerosos del mundo: en torno a 1.100.000 efectivos más varios cuerpos paramilitares y voluntarios que multiplican varias veces este contingente.

La información sobre Corea del Norte, siempre excesivamente sesgada y criminalizada por medios occidentales, tropieza de entrada con dos importantes obstáculos políticos, a saber: la impenetrabilidad informativa del régimen de Pyongyang, capital norcoreana; y una actitud estadounidense de apagón informativo o de extremada descalificación al respecto, según los casos, cimentados ambos en el designio hegemónico de Estados Unidos hacia Asia, iniciado en Corea con su presencia militar directa en la península asiática desde 1950, coincidente con el estallido de la llamada Guerra de Corea. Cinco años antes, en agosto de 1945, Estados Unidos había lanzado dos bombas atómicas sobre las populosas ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, bombardeo que causó más de 150.000 muertes instantáneas en dos días consecutivos, hechos que acrecentaron la hostilidad continental, señaladamente la coreana, hacia Washington, que demostró de tal manera su poderío como superpotencia inaugurando la llamada Guerra Fría.

Hasta 1953 y durante tres años, la península septentrional asiática de Corea fue escenario de una cruenta guerra civil con la presencia directa de tropas norteamericanas e internacionales, bajo mandato de la ONU, sobre el territorio coreano, así como por contingentes militares chinos y armamento soviético que apoyaban al  dirigente comunista, Kim Il Sung; este líder guerrillero nacionalista dirigió la lucha popular contra la ocupación japonesa de Corea durante la Segunda Guerra Mundial y fue el  mentor de un rotundo mensaje ideo-político antiestadounidense.

El ascendiente ruso y chino sobre Corea del Norte concede a China y Rusia un evidente margen negociador para disuadir a los Estados Unidos y también a Corea del Norte de una intervención militar-nuclear en la conflictiva península asiática.

La Guerra de Corea (1950-1953) quedó en tablas. La Casa Blanca destituyó en 1951 al general Douglas Mc Arthur, destacado anticomunista y comandante en jefe de las fuerzas allí destacadas, que había pedido al Presidente Harry Salomón Truman, al que profesaba abierta enemistad, arrasar Corea del Norte con armas nucleares. La guerra culminó con la partición del país en dos a lo largo del paralelo 38 y con el establecimiento de un régimen capitalista y pro-estadounidense al Sur, con capital en Seúl, y un régimen comunista al Norte, con capital en Pyongyang, apoyado por Pekín y Moscú. Tras la descomposición de la URSS, China y Rusia han tomado cierta distancia respecto de Pyongyang, pero conservan allí notable ascendiente. Aquella enemistad norcoreana-estadounidense prosigue con intensidad intermitente hasta nuestros días.

 

Escalada

En líneas generales el esquema del conflicto se expresa así: Corea del Norte, a través de su líder desde 2011, Kim Jong Un, despliega una política con la que va escalando los peldaños de una carrera para acrecentar su dotación de armamento nuclear; con plutonio obtenido en su central nuclear de Yongbyon, podría disponer, al menos, de una quincena de armas nucleares; mientras tanto, realiza pruebas con misiles de alcance medio, Nodong, y largo, Tepodong-2; con uno y otros, amaga amenazar enclaves estadounidenses, en principio en el océano Pacífico, como la base militar isleña de Guam, otrora posesión oceánica española; a finales de agosto de este año, Corea del Norte atemorizó a Japón con el lanzamiento y sobrevuelo de un proyectil balístico provisto de una ojiva, presumiblemente del tipo Taepodong-2, por encima del principal aliado de Washington en Asia, el país nipón; el misil cayó sobre el mar a unos 1.080 kilómetros de la costa oriental japonesa.

Y, más recientemente, el 3 de septiembre de 2017, dos movimientos sísmicos consecutivos, de al menos 5,7 y 4,6 grados de intensidad en la escala de Richter, registrados a nivel de la cota del suelo en las inmediaciones del polígono de experimentación nuclear de Punggye-ri, a 350 kilómetros al noreste de la capital norcoreana, permitieron asegurar que Corea del Norte había detonado una bomba de Hidrógeno, en la que sería su sexta prueba con armas nucleares reales. Pyongiang confirmó horas después el experimento, en el que podría haber deflagrado una potencia explosiva de decenas de megatones, según algunos expertos. Empero, tal proximidad de explosiones podría significar o bien un accidente consecutivo a la primera deflagración, o bien un sabotaje para impedir la prosecución de más pruebas de este tipo.

Kim Jong Un inspecciona lo que Pyongyang cataloga como su última bomba de hidrógeno.

 

Precedentes

Estados Unidos había determinado a partir de 2008 un riguroso bloqueo económico y tecnológico sobre Pyongyang, secundado por Corea del Sur, más Japón, Suiza, México y Australia. No obstante, los embargos aceleraron la carrera nuclear norcoreana a la que actualmente asistimos. Washington ha desplegado asimismo consecutivas maniobras militares conjuntas con su aliado surcoreano en las inmediaciones de la frontera con Corea del Norte, mientras se apoya en Japón y moviliza alianzas internacionales para truncar los aparentemente indescifrables planes norcoreanos.

El precedente de la actual escalada nuclear se inició el 9 de octubre de 2006 con la primera prueba nuclear norcoreana, con una potencia estimada entre 0,5 y 0,8 kilotones, aunque se proponía alcanzar otra, de hasta 4 kilotones; de ella dio cuenta al Gobierno de su vecina China con 20 minutos de antelación. Así lo ha escrito Wade L. Huntley, del Simons Centre de Disarmament and Non-Proliferation del Instituto Liu de la Universidad canadiense de Columbia británica.

Ya en 1985, el régimen norcoreano se había adherido al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TPN). Desde el siguiente año, se cree que acumulaba plutonio procedente de la central de Yongbyon, en una cantidad estimada entre 27 y 29 kilos para el año 1994; empero, en el mismo año se firmó un acuerdo-marco entre Estados Unidos y Corea del Norte, que determinó el cierre de la central de Yongbyon y el precinto de las 8.000 barras de combustible allí irradiado. En 1992, Pyongyang y Seúl habían firmado otro acuerdo para mantener la península coreana libre de armas nucleares. El programa nuclear norcoreano quedó así detenido entre los años 1997 y 2002.

En 2002, tras ser acusado el régimen norcoreano de reiniciar un ulterior programa nuclear a base de uranio, el acuerdo con Estados Unidos quedó roto y Corea del Norte abandonó el Tratado de No Proliferación, en el primer caso oficial de salida del TNP por parte de un país miembro. Tras recibir sanciones de la ONU, un año después, Pyongyang decidió poner en marcha de nuevo el reactor de Yungbyon, que iba a ser ampliado hasta una capacidad de 50 megavatios de los 5 iniciales, y comenzó el reprocesamiento del plutonio almacenado hasta entonces.

La posible anteposición de los intereses propiamente japoneses por una paz con Corea del Norte respecto de los intereses estadounidenses en Asia causa dolores de cabeza a la diplomacia norteamericana.

Bloqueo-escalada

El contexto geopolítico en el que se desarrolló esta escalada hasta nuestros días tuvo su origen en distintos hechos. Uno de los principales se atribuía a los efectos internos de los bloqueos económicos y tecnológicos externos impuestos a Corea del Norte por su conducta nuclear, que causaron el agravamiento de una crisis humanitaria sin precedentes tras la pérdida de, al menos, 200.000 de sus habitantes durante una hambruna desencadenada por desastres naturales, cuyos efectos devastadores el boicoteo impuesto desde el exterior impidió paliar.

Tiempo después, los cambios operados por el presidente George Bush en 2008 respecto a Corea del Norte, a la que unilateralmente exigió zanjar su política nuclear y amenazó con nuevos bloqueos financieros y de importaciones, intensificaron sobremanera las tensiones. En 2010, con la llegada al Gobierno de Corea del Sur del ex empresario Lee Myung bak, alcalde de Seúl, este puso fin a diez años de parcial distensión con Corea del Norte mediante una política de colaboración exigua, reducida a contrapartidas muy estrictamente delimitadas.

Desde esas fechas, la acentuación  acelerada de la confrontación con Estados Unidos y Corea del Sur, así como con Japón en menor escala, se ha intensificado. Analistas y observadores se preguntan qué propósito hay, en verdad, detrás de la carrera nuclear norcoreana. Todo el mundo sabe que el empleo de las armas nucleares acarrearía respuestas consecutivas, con desenlaces devastadores e inciertos sobre quienes se decidan a emplearlas. Por ello, todo apunta a que el régimen norcoreano no solo persigue hacerse un lugar -que ya casi ha logrado-, en el club nuclear mundial, junto a las cinco grandes potencias, Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña, más la India, Pakistán e Israel; el régimen de Kim-Jong-un se propone establecer una confrontación asimétrica con el gigante geopolítico estadounidense, lid que permite a quien la despliega mantener en jaque a su superior rival sobre la base de la amenaza de una destrucción mutua, total o parcial, asegurada por el eventual empleo de armas nucleares, todas ellas devastadoras.

Tal asimetría resulta, al cabo, mucho más gravosa para la superpotencia que la afronta, por cuanto que la extensión de los intereses que defiende, en población y recursos, es muy superior a la del adversario, de proporción mucho menor. Por ello, mantener ese desnivel asimétrico proporciona al inductor de este tipo de estratagema un poder creciente respecto de una negociación, poder que solo puede ser conjurado, en este caso, mediante la eliminación de Kim Jong un y la de su régimen, en el cual, aparentemente, no se observan fisuras.

Otro factor a tener en cuenta es la histórica vinculación de Pyongyang con Pekín, que en ocasiones empleó su ascendiente sobre Corea del Norte para amagar, a través suyo, a terceros países, incluido Estados Unidos. China, sin duda, como primera potencia asiática y país fronterizo con  Corea del Norte, se vería involucrada en la contienda, extremo que Washington no parece por el momento desear. Sin embargo, desde la guerra de Vietnam, es constante su política de tensión y rivalidad en torno al bajo vientre marítimo de China, a la cual disputa allí la hegemonía naval en torno a las islas Paracelso y Spratley, de alto valor estratégico para el control del área y del Pacífico central. Taiwan, la antigua isla de Formosa, situada en el Mar de China, aliado de Estados Unidos en la zona, es el reducto del nacionalismo anticomunista chino de Chiang Kai chek, expulsado militarmente del continente por las tropas de Mao Tse tung antes de la proclamación de la República Popular comunista, en 1949.

Por otra parte, la pequeña franja fronteriza de Corea del Norte con la Siberia rusa involucra igualmente en el conflicto a Moscú que, históricamente, mantuvo lazos muy estrechos con Pyongyang. Con todo, el ascendiente ruso y chino sobre Corea del Norte concede a China y Rusia un evidente margen negociador para disuadir a los Estados Unidos y también a Corea del Norte de una intervención militar-nuclear en la conflictiva península asiática. Toda solución al conflicto, pasa asimismo por Pekín y Moscú, ambas potencias nucleares.

A su vez, la posible anteposición de los intereses propiamente japoneses por una paz con Corea del Norte respecto de los intereses estadounidenses en Asia, ahora que Tokio ansía más autonomía respecto de Washington, causa dolores de cabeza a la diplomacia norteamericana: se halla confrontada por un potente impulso aislacionista a la retirada de algunos escenarios internacionales, conforme a los deseos del actual inquilino de la Casa Blanca. Donald Trump afronta en esta crisis una prueba decisiva para su mandato ya que, o bien le puede permitir concentrar energías en un enemigo exterior que mitigue los graves conflictos interiores que encara, o bien le puede arrastrar, si no sortea el trance adecuadamente, hasta una escalada nuclear capaz de acabar no solo con él, su presidencia y su gente, sino también con casi tod@s nosotros.

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Los medios del Movimiento Nacional

No estaba entre mis intenciones escribir sobre la situación en Cataluña. Imaginaba que un lector habitual estaría ya saturado y poco se podía añadir a lo ya dicho. Cambié de opinión a partir de varios artículos que me han conmovido y que parecen exigir cierto grado de compromiso. Basta citar los de Màrius Carol, de Xavier Vidal-Folch y el sensible y rotundo de Isabel Coixet. No podemos callar aunque estemos en pleno agobio veraniego y tengamos la sensación de que vivimos entre camellos pero sin ninguna experiencia de beduinos. Los artículos son un llamamiento a la responsabilidad y dejan una agridulce sensación de que estamos en un callejón de difícil salida a la que nos han llevado los talibanes que nos gobiernan y sus jaleadores, ¡que no supimos desenmascarar a tiempo!
Conozco a Màrius Carol desde hace años; fuimos amigos durante algún tiempo y luego dejamos de serlo. Punto. Me es indiferente que sea el director de este periódico, porque a lo que voy es a que su artículo del sábado –“Turbulencias”- me conmovió y al tiempo me lleno de zozobra. “Cuesta entender lo que está pasando, dice…Quedan días y veremos más cosas que no sorprenderán al mundo, pero sí que nos dejarán sin palabras a los catalanes”. No es una amenaza sino un desconsuelo que pretende aliviar una cita del socorrido Gaziel, que acaba en una frase inexorable: “El separatismo es una ilusión morbosa que encubre una absoluta impotencia”.
Escrito todo esto por quien tiene muchas razones para conocer la situación mejor que yo, no deja de inquietar y de obligarnos a postergar otros textos para asumir lo que se nos viene encima. Cuando el tiempo pase, nadie querrá asumir nada, y repetirán, como en antiguas épocas, “ yo era un disidente al que nadie quería hacer caso”. Los “nadies” en Cataluña se cuentan por miles y kilos de desvergüenza. Como en el resto de España, más o menos. Los muchachos de la CUP, más ignorantes que jóvenes, han cometido una patochada que les define. Un cartel de Franco para desprestigiar a quienes rechazan el referéndum. No hay dictador en la historia de España que haya convocado tantos referéndums como Franco y con un avasallador parecido con este en cuanto a las manipulaciones.
Entre el pasado sábado y éste ha ocurrido algo sumamente grave, dentro de las diversas gravedades de un proceso condenado al fracaso. No como dicen los fantasmas llamándolo “choque de trenes” sino a la ruptura brutal de la sociedad civil ¡No seamos petulantes, aquí no se trata de un choque de trenes, sino del enfrentamiento entre un expreso antiguo y apolillado, frente a un tranvía conducido por reclutas del servicio de transportes! Humildad por favor, abandonemos de una maldita vez el pujolismo de los delincuentes de altura y admitamos que somos un tranvía con aspiraciones de tren bala japonés.
Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los mossos d’Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquin Forn, –podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses
políticos-. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña “Freedom for Catalunya”…Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d’Esquadra es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina.
Estamos en manos de un personal que bordea la ley, y que lo hace con el ánimo de no sólo de incumplirla, sino de imponer la suya, que no es otra que ir a la ruptura y provocar un conflicto no sólo cívico sino violento. Necesitan algún muerto que sirva de símbolo a la asonada. En ocasiones pienso que estamos rememorando las guerras carlistas a los que son tan agradecidos gran parte de estos fanáticos del enfrentamiento. “Un muerto salvaría a Cataluña”, es el lema escondido entre los conspiradores de esta farsa.
Baste decir que Artur Mas confiesa a los suyos que llegará el momento oportuno de ocupar los edificios estratégicos de Barcelona. Seamos serios, con un líder de mando único como Joaquín Forn, eso obligaría a situaciones sin salida y de alto riesgo para vidas y haciendas, no sólo para la ciudadanía pastueña que ve el panorama como si no fuera con ellos.
Nunca se hizo tan evidente, desde los tiempos del franquismo, el dilema de estar con el poder o contra el poder. Y aquí entramos los plumillas. Los fondos destinados a diarios como ‘Ara’, ‘Punt Diari’, TV3, que superan Canal Sur de Andalucía o el canal de Madrid, que ya es decir, cantidades de todos modos exorbitantes que pagamos todos los ciudadanos, desde Cádiz a Girona, y donde sobreviven 7 directivos de TV3 con salarios superiores a los 100.000 euros, podrán parecer una nadería frente a las estafas reiteradas del PP, pero describen un paisaje. Cobrando eso, ¡cómo no voy a ser independentista! ¡Qué simples somos cuando decimos que esos medios no los ve ni los lee nadie! Se equivocan y por eso estamos donde estamos. El columnistatertuliano podrá ser despreciado, y lo merece, pero crea opinión. En muchos casos es su única fuente de información. Son los Jiménez Losantos del Movimiento Nacional catalán. ¿Acaso el viejo “Arriba” del franquismo, o ‘Pueblo’, o las agencias gubernamentales las leía alguien? Pero estaban ahí, presentes, supurando la bilis contra el enemigo. Ayer como hoy. Son una especie de diarios virtuales, anónimos, a los que los idiotas echan una ojeada que les basta para saber por dónde va la cosa. Perdónenme que eche mano de la memoria, mi pariente más querida. ¿Se acuerdan del exilio de Joan Manuel Serrat en México durante el franquismo? ¿Qué cosas venenosas no se dijeron y tanto en los medios de Barcelona como en los de toda España? ¿Quieren que les haga un repaso de las cartas al director en la prensa catalana? Por cierto, que entonces esa bazofia se firmaba; ahora los canallas son anónimos.
Mi viejo amigo el nacionalista vasco Iñaki Anasagasti inventó el feliz término de la “Brunete mediática” para designar ese macizo de la raza castizo de la pluma y la palabra, que embiste contra todo lo que ni le gusta ni entiende. Habría que recuperar ahora los Nuevos Medios del Movimiento Nacional catalán. Te crujen por una disidencia, por una opinión que no sea la de las instituciones corruptas de la Generalitat. ¿Se han fijado en el interés reiterativo en las fotos de Pujol hecho un pimpollo, como si apenas hubiera salido del juzgado o de la Generalitat? Un intocable. Casi siciliano, entre Toto Riina y Berlusconi. Se ha iniciado su recuperación. Los edecanes de antaño
reivindican al Padrino. “¡Hizo tanto por nosotros!” Tanto, tanto que se convirtieron en una familia de comisionistas.
Nos vamos al carajo, señoras y caballeros, pero la diferencia entre Patria y Patrimonio se mantendrá intacta. Es lo que suele ocurrir con este tipo de contrarrevoluciones pletóricas de banderas, que siempre están pensando en el mañana. El presente siempre queda para los sicarios y los tontos inútiles

GREGORIO MORAN

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LA MILITANCIA HA GANADO, AHORA A TRABAJAR

 

Los resultados definitivos de las Primarias del PSOE cierran una larga etapa de enfrentamientos dialécticos y abren un nuevo y esperanzador escenario que culminará con la celebración del 39º Congreso los próximos días 17 y 18 de junio. El Congreso deberá aprobar las resoluciones políticas que marcarán el trabajo partidario de los próximos cuatro años, además de ratificar a Pedro Sánchez como nuevo secretario general y elegir a la comisión ejecutiva federal que tendrá la misión de aplicar las resoluciones congresuales. En un primer análisis de urgencia, lo más destacable de estas Primarias han sido, sobre todo, la espectacular movilización (sin precedentes) de la militancia; el triunfo rotundo e incontestable de Pedro Sánchez (ha superado el 50% de los votos); el esperado y fuerte rechazo al PP (el “No es No”); el fracaso de la apuesta de Susana Díaz (sólo gana en Andalucía) y de muchos Barones y ex responsables partidarios e institucionales; así como de la Gestora, descaradamente partidaria de la candidatura de Susana Díaz. Fuera del PSOE, ha sido muy significativa la participación activa (y verdaderamente intolerable) de algunos medios de comunicación -particularmente de El País-, que ha sido motivo de comentarios extremadamente desfavorables para este diario, en otros momentos referencia para los ciudadanos más progresistas de nuestro país.

Como se pudo comprobar en el reciente debate entre los tres candidatos, la principal crítica que se ha venido haciendo a Pedro Sánchez es que perdió las dos últimas elecciones generales celebradas, siendo secretario general del partido, a pesar de que fue elegido a través de Primarias. Esta crítica (interesada) ha sido rechazada sin paliativos por los militantes, carece de un mínimo rigor, parte de un diagnóstico simplista y equivocado y significa, sobre todo, un insulto a la inteligencia; simplemente, porque todo el mundo sabe que el problema del PSOE viene de muchos años atrás e involucra a muchas personas. La pérdida de Pedro fue la pérdida de todo el PSOE y, por lo tanto, de todos los responsables de las agrupaciones de CCAA y provincias y demostró que lo ocurrido en el PSOE no ha sido diferente de lo acontecido en los partidos socialdemócratas de Grecia, Italia, Reino Unido, España, Holanda y, más recientemente, de Francia y Alemania. La pérdida de votos en estos países tiene relación directa con las políticas socio liberales llevadas a cabo por los partidos o gobiernos socialistas y, particularmente, por la negativa y controvertida gestión de la pasada crisis económica (en mayo de 2010, Zapatero abrazó y aplicó -sin ningún tipo de consulta- las políticas impuestas por Bruselas). La socialdemocracia no ha sido capaz de presentar una alternativa rigurosa y creíble a las políticas de austeridad y, en la práctica, ha convivido con ellas, sin diferenciarse de las políticas de la derecha y de las alternativas que han propuesto los sectores económicos y financieros, que han sido, precisamente, los causantes de la crisis.

En definitiva, el sentir de mucha gente es que los partidos socialdemócratas no han encabezado con eficacia la lucha contra las desigualdades y eso puede explicar que hayan sido abandonados, en buena medida, por el subproletariado. También se han visto abandonados por una clase media asustada y temerosa, ante la posibilidad de que se incrementen los ingresos fiscales para financiar el aumento del gasto social, al margen de que la clase media ha sufrido el rigor y los efectos de la crisis y el desempleo. Por si esto fuera poco, los partidos socialdemócratas han carecido de referencias y de liderazgos creíbles en la UE, han sufrido la desconexión de los sindicatos y el desapego de las fuerzas emergentes, especialmente críticas ante la timorata y ambigua contestación hacia las políticas neoliberales.

En España, el problema resulta más complejo por la aparición de otros partidos políticos, tanto a la derecha del PP (Ciudadanos), como a la izquierda del PSOE (Podemos), lo que ha terminado por consolidar un mapa político a cuatro que, previsiblemente, relegará definitivamente a un lugar secundario al “bipartidismo” (PP-PSOE) que ha gobernado en España en los últimos 37 años. En este marco, no es nada previsible que el PSOE se pueda situar, en unas futuras elecciones, en el entorno del 40% de los votos (mayoría absoluta), lo que le permitiría gobernar en solitario, al margen de quien fuera el secretario general. De confirmarse este supuesto, el PSOE no tiene más que dos alternativas para gobernar o, simplemente, para hacer una oposición real: la primera sería pactar con la derecha (con Ciudadanos y eventualmente con el PP) y la segunda con Podemos y, si es necesario, con Ciudadanos y con los partidos nacionalistas, a pesar de que Podemos y algunas formaciones nacionalistas cada día lo están poniendo más difícil en su carrera hacia la hegemonía dentro de la izquierda y sus actitudes independentistas. Todo lo demás resulta un brindis al sol y nos conduce inexorablemente a la melancolía, cuando no a la mentira, la frustración y al alejamiento de la realidad social y, lo que es peor, de los electores.

En todo caso, el próximo Congreso del PSOE cerrará definitivamente el debate sobre el liderazgo y, por lo tanto, deberá emprender el camino marcado por nuestra memoria histórica y por los principios éticos de nuestros fundadores (resumidos en un concepto muy querido por todos los afiliados: “el pablismo”). Esta descomunal tarea no se hace en dos días, porque la recuperación de la credibilidad y de la confianza perdida requiere tiempo, trabajo, tomar decisiones arriesgadas y mucha paciencia. El futuro está en los jóvenes (actualmente con un futuro incierto y un lastimoso presente), las mujeres, los colectivos marginados y excluidos de la sociedad, los ciudadanos de las grandes ciudades, las gentes de la cultura y de la universidad, así como en las fuerzas emergentes. Paralelamente a todo ello, es el momento de defender las ideas socialdemócratas sin complejos, con entusiasmo e ilusión. Con estas ideas se pueden ganar unas elecciones generales -movilizando a la izquierda sociológica y a los diversos colectivos sociales- sin recurrir a las políticas de centro o terceras vías siempre acomodaticias y nada ilusionantes. Sólo falta un partido fuerte y representativo que las defienda y las explique a todos los niveles de nuestro tejido social. Estamos convencidos de que estas ideas son las más apropiadas para combatir la desigualdad, la pobreza y la exclusión social y, desde luego, para oponerse a la fuerte ofensiva neoliberal que se está produciendo en la actualidad. También son las políticas más eficaces para defender los intereses de los que más han sufrido las consecuencias de la crisis, que son, precisamente, a los que se debe dirigir una política de izquierdas claramente diferenciada de las rancias recetas ya fracasadas que nos ofrece la derecha neoliberal, con el agravante de que en nuestro país estas recetas se han visto muy beneficiadas en su aplicación por la tremenda y escandalosa corrupción montada en torno a la financiación del PP.

Por eso, y después del congreso, las primeras medidas a llevar a cabo deben estar encaminadas a superar los grandes destrozos causados por las políticas de austeridad y, en particular, a derogar la reforma laboral: recuperar la negociación colectiva, los derechos perdidos y aumentar los salarios para que el crecimiento económico llegue a todos los ciudadanos. En todo caso, debemos constatar que no estamos ante una crisis coyuntural. Se trata de una crisis de valores, de una crisis medioambiental y política que nos está conduciendo a un auténtico desmantelamiento de la democracia. Por lo tanto, su solución requiere un cambio radical en los modos de producir, de consumir y de asumir los costes que implica nuestra vida personal, familiar y de relación con los demás seres humanos y con la naturaleza. Esto requiere debatir a fondo, de una vez por todas, sobre “el empleo y el futuro del trabajo” en un mundo globalizado, digital y súper comunicado; también sobre “el reparto del trabajo existente”; la protección social que queremos (pensiones, desempleo, dependencia y renta mínima garantizada); la calidad de nuestros servicios públicos (sanidad educación y servicios sociales); el imponente “desarme y fraude fiscal” que ha beneficiado a unos pocos: grandes empresas, sector financiero (rescatado con dinero público) y escandalosas fortunas. Finalmente, se debe abrir un debate, incluso, sobre la llamada (sin fortuna) “teoría del decrecimiento”, lo que puede ayudarnos a romper el hábito de vivir sólo para trabajar y consumir mucho y mal, lo que representa la principal causa de nuestra descomunal huella ecológica.

En estos grandes debates públicos las ideas socialdemócratas están muy poco representadas, a pesar de que todo el mundo se pregunta: ¿Qué hacer para recuperar la vigencia de dichas ideas? No es fácil responder a esta pregunta; sin embargo, las palabras “trabajo y compromiso” deben formar parte de la respuesta, lo que facilitaría la necesaria convergencia estratégica entre los partidos socialdemócratas, el conjunto del movimiento sindical y las fuerzas emergentes. Esto será mucho más fácil si el PSOE asume liderar este proyecto ilusionante. Dando por hecho que esto sólo será posible si se abren las puertas de las Casas del Pueblo para que entre aire fresco y se potencie la participación y la democracia interna.

Por último, los resultados de las Primarias han demostrado que existen dos sensibilidades o corrientes de opinión en el seno del PSOE que han aflorado con mucha fuerza en la campaña. Por lo tanto, consumada la práctica desaparición de Izquierda Socialista (IS), hay que reflexionar sobre la conveniencia de que se vuelvan a constituir Corrientes de opinión que representen a las sensibilidades del partido. En todo caso, esto requiere que se acepten previamente, sin ninguna reticencia, los resultados de las Primarias y las resoluciones del Congreso, lo que ayudará a consolidar la maltrecha Unidad del partido; esto será mucho más fácil si se cuenta para este propósito con las personas más capaces, inteligentes y honradas. La búsqueda de la Unidad no sólo debe pretender garantizar la lealtad a los órganos de dirección partidarios; se trata también de unir al PSOE respetando la democracia interna con todas las consecuencias y, por lo tanto, defendiendo los valores y las normas éticas de siempre, además de las resoluciones aprobadas mayoritariamente en los congresos. No debemos olvidar que están en juego muchas cosas, entre ellas que los partidos socialdemócratas de los países más avanzados de la UE recuperen la credibilidad y la confianza de los ciudadanos… y eso también afecta, y de manera destacada, al PSOE.

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POPULISMOS BUENOS Y MALOS

En tiempos de incertidumbre, establecer alguna distinción nítida ofrece más ventajas psicológicas que políticas. Reconforta saberse en el lado bueno de la historia y, sobre todo, tener alguien sobre el que desplegar toda la ira (aunque la designación del destinatario no sea del todo acertada y nosotros mismos tengamos algunos reproches que hacernos a nosotros mismos). Esta función de antagonismo consolador la ejercen contraposiciones del estilo de la casta y la gente, el pueblo y el sistema, la trama y los inocentes, el establishment y la periferia, perdedores y ganadores de la crisis, aparatos y bases. Cada una de ellas aporta un matiz a la descripción del combate, todas tienen sus buenas razones, pero también un elemento de debilidad y paradoja, e incluso pueden representar algún peligro amenazante para esa democracia en la que dicen querer profundizar.

Para apaciguar ese temor hay quien ha recurrido a introducir otra entre buenos y malos populismos (lo cual plantea la paradoja de que ya no estaríamos ante una distinción tan rotunda sino un curioso menage à trois que debería obligarnos a disquisiciones más sutiles, que una campaña electoral por supuesto no permite). Además de los malos per se, habría populismos buenos y populismos malos. No han faltado analistas o miembros de la nueva izquierda populista que han reintroducido de este modo la categoría supuestamente periclitada de derecha e izquierda. ¿En qué quedamos? ¿Se había superado la distinción entre izquierda y derecha o la mantenemos a nuestra disposición para usar de ella cuando nos convenga, como hacían otros con el “uso alternativo del derecho”?

En ciertos países, como Portugal, España o Italia, hay un populismo democratizador y progresista, mientras que en otros, como Francia, Alemania u Holanda, el populismo se ha traducido en un movimiento reaccionario. Si alguien recuerda las coincidencias entre unos y otros, provocaría que los aludidos sacaran a pasear todas sus buenas intenciones, pero el problema persiste una vez terminada la jauría digital. Pensemos en el caso de las actuales elecciones presidenciales francesas. No solo se trata de que entre los votantes de cada candidato quienes más tienen a Le Pen como su segunda mejor opción son aquellos que presuntamente menos se le parecen, los de Mélenchon; tampoco me refiero a las evidentes coincidencias programáticas (salida de la UE, posicionamiento geoestratégico, políticas sociales, soberanía nacional), sino a las similitudes de lógica política: ambos comparten una descripción antagonista del espacio político; para ambos está muy claro quién es el pueblo y quién no lo es. Y esto a mí me preocuparía incluso aunque estuviera inequívocamente del lado de los buenos.

Chantal Mouffe vino en apoyo de Jean-Luc Mélenchon durante la campaña electoral al introducir esa distinción entre el populismo de radicalización democrática y el populismo autoritario en un artículo en Le Monde. He tenido diversas ocasiones la posibilidad de discutir con Mouffe esta distinción porque me parece que no es sensible a su potencial antipluralista, como han señalado, entre otros, Pierre Rosanvallon en su magnífico libro Le peuple intruovable, Gérard Grunberg o, más extensamente, Bernard Manin en sus estudios sobre la democracia representativa. Esta estrategia es un instrumento potencial de exclusión. Quienes la utilizan están continuamente tentados de confundir al adversario político con un enemigo del pueblo. Quien dispone del arma privilegiada que identifica con precisión lo “popular”, administra al mismo tiempo la legitimidad. En la medida en que declara como adversarios del pueblo a quienes no comparten una determinada posición política es muy fácil que acaben pensando que los discrepantes no pertenecen a la comunidad política.

En cambio, el pluralismo (que podríamos adjetivar como liberal, republicano o socialdemócrata) insiste en mantener la distinción categórica entre el desacuerdo político y la no pertenencia a la comunidad. Es un principio democrático fundamental que quien discrepa sigue perteneciendo a los nuestros y tiene los mismos derechos a hacer oír su voz que si formara parte de la mayoría. Hay momentos de decisión en los que se reconfiguran minorías y mayorías, mandatos que no proceden del pueblo soberano sino del modesto recuento de votos que determina quién manda y quién debe obedecer por un tiempo, no quien forma parte o no del pueblo. Lo importante es que esta minoría es excluida de las funciones de gobierno pero no de la pertenencia a la colectividad, al pueblo. Esa posición (haber perdido pero no abandonar la comunidad) se traduce en la posibilidad siempre abierta de, bajo determinadas condiciones, revisar e incluso revocar las decisiones adoptadas, lo que viene acompañado por el derecho de la minoría a dejar de serlo en algún momento y convertirse en mayoría. Para que eso sea una posibilidad real, las minorías actuales deben disponer de los medios de supervisión, control y crítica pero, sobre todo, del derecho de no ser considerados como enemigos exteriores o adversarios del pueblo.

Este es el núcleo del debate que me interesa, de lo que resulta verdaderamente preocupante, más allá de las escaramuzas electorales del momento. Los populistas de izquierdas reiteran sus convicciones pluralistas y debemos aceptar la sinceridad de sus convicciones, lo cual es perfectamente compatible con unos conceptos y unas prácticas que las contradicen. El pluralismo es muy exigente y a ninguna mayoría triunfante le gusta que le pongan dificultades. Conocedores de esa tendencia, deberíamos abstenernos de ciertos modos de argumentar y movilizar que pueden afectar a los derechos de quienes no piensan como nosotros.

Del mismo modo que ciertos elitismos expulsan sistemáticamente del “nosotros” que manda a los que cons¡deran ignorantes o el populismo de derechas tiene un concepto del nosotros nacional que excluye a casi todos los de fuera (y a buena parte de los de dentro), el populismo de izquierdas tiene a su disposición, con los términos que pone en circulación (casta, sistema, trama, élites…), de poderosos instrumentos de exclusión masiva.

Íntimamente unido al problema de excusión que lleva implícito un antagonismo así entendido, están los derivados de su simplicidad: su tendencia a ritualizar y gesticular la oposición; su preferencia por los temas de agenda política en los que las diferencias son más llamativas frente a otros con menores desacuerdos; su propensión a quedar embelesados por una cierta magia de las palabras que suele ir unida a una excesiva confianza en el poder de la escenificación; su preferencia por la rotundidad frente a los matices.

Teniendo en cuenta esta simplicidad conceptual y, sobre todo, la desconfianza que producen hacia dentro y hacia fuera, no es extraño que tengan también enormes dificultades para ponerse pactar con otros. ¿Cómo explicas a los tuyos que has acordado algo con quienes no pertenecen al pueblo y que, sin embargo, necesitas para cambiar las cosas, aunque no en la medida en que desearías? Es la paradoja de quienes desean hacerse cargo de la totalidad: que o la consiguen por procedimientos violentos (lo que no parece ser el caso) o se retiran al rincón de la minoría escogida pero improductiva, que mantiene íntegras las esencias pero no ha cambiado nada de esa realidad que tanto les indignaba.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Su último libro es La democracia en Europa (Galaxia-Gutenberg).

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