10 PM | 19 May

Confusiones

 

 

 

Cuando llegan estas fechas, y la feria taurina de San Isidro se convierte en actualidad, surge a mi alrededor la crítica de considerar el rito como algo salvaje y disparatado. Aún recuerdo a mi sobrina el verano pasado que para fastidiarme se enfundó una camiseta con el típico lema: «Toros ni Arte ni cultura».

 

Para estas ocasiones consulto el libro de Victor Gómez Pin que además de ser de Barcelona, lo cual molesta cantidad a los antitaurinos, es catedrático de Filosofía, que lleva por título ni mas ni menos que el siguiente: «LA ESCUELA MAS SOBRIA DE VIDA.Tauromaquia como exigencia ética. ¿Debe Europa repudiar Ronda?, esta es la pregunta que se hace el autor, y encuentra la respuesta en Proust, la tauromaquia es la condición de «escuela mas sobria de vida y verdadero juicio final»,no hay duda, el toreo está indisolublemente unido a la ética y la estética.

Hoy he tenido que asistir  a una comida de jubilación, y antes de que se produjera el discurso enlatado del jefe he pedido a los asistentes que si preferían cambiar el rollo del jefe por un cuento de Mario Benedetti, que en esos momentos estaba siendo enterrado en Montevideo, yo estaba convencido que el cambio no tenía discusión y me metí la mano en la chaqueta para leer el cuento de los delfines que esta en libro de Buzón del tiempo.Desolación, todos seguían al jefe y me tuve que guardar nuevamente el libro en la chaqueta. ¿conocían a Benedetti? esa fue mi gran pregunta cuando terminó la comida, por supuesto con cubatas y mus incluido.    

19 de mayo de 2009  

 

 

 

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04 PM | 18 May

La crueldad de Dante

 

 

 

 

 

 

 

 La decisión del presidente Obama de dar a conocer los documentos sobre las prácticas interrogatorias de Guantánamo y Abu Ghraib y, al mismo tiempo, no ordenar la investigación de quienes llevaron a cabo tales prácticas, me recordó un caso bien anterior, en el que el sistema legal es también utilizado para justificar la tortura, y en el cual el torturador tampoco es condenado por sus acciones. Ocurre casi al final del viaje al infierno de Dante, en el Canto XXXII de su Comedia.

No puede haber seguridad en una sociedad que rehúsa investigar y condenar actos de tortura

Siguiendo a Virgilio por los varios círculos infernales, Dante llega al lago glacial en el que las almas de los traidores son presas hasta el cuello en el hielo. Entre las terribles cabezas que gritan y maldicen, Dante cree reconocer la de un cierto Bocca degli Abati, culpable de haber traicionado a los suyos y haberse aliado al enemigo. Dante pide a la inclinada cabeza que le diga su nombre y, como es ya su costumbre a lo largo del mágico descenso, promete al pecador fama póstuma en sus versos cuando vuelva al mundo de los vivos. Bocca le contesta que lo que desea es precisamente lo contrario, y le dice a Dante que se vaya y no lo fastidie más.

Furioso ante el insulto, Dante coge a Bocca por el pescuezo y le dice que, a menos que confiese su nombre, le arrancará cada pelo de la cabeza. «Aún si me dejases calvo», le contesta el desdichado, «no te diría quien soy, no te mostraría mi cara/ aunque mil veces me azotases». Entonces Dante le arranca «otro puñado de pelo», haciendo que Bocca lance aullidos de dolor. Mientras tanto, Virgilio, encargado por la voluntad divina de guiar al poeta, observa y guarda silencio.

Podemos interpretar ese silencio de Virgilio como aprobación. Varios círculos antes, en el Canto VIII, cuando los dos poetas navegan a través del Río Estigio, Dante, viendo cómo uno de los condenados se alza de las aguas inmundas, le pregunta, como siempre, de quién se trata. El alma pecaminosa no le da su nombre, sólo le dice que es «uno que llora» y Dante, sin conmoverse, lo maldice ferozmente. Virgilio, sonriente, toma a Dante en sus brazos y lo alaba con las palabras que San Lucas usó para alabar a Cristo. Entonces Dante, alentado por la reacción de su maestro, le dice que nada le daría mayor placer que ver al condenado volver a hundirse en el fango atroz. Virgilio le dice que así ocurrirá, y el episodio concluye con Dante agradeciendo a Dios la concesión de su deseo.

A través de los siglos, los comentadores de Dante han intentado justificar estos actos como ejemplos de «noble indignación» u «honorable cólera», que no es un pecado como la ira (según Santo Tomás de Aquino, uno de las fuentes intelectuales de Dante), sino una virtud nacida de una «causa justa». El problema, claro está, reside en la lectura del adjetivo «justo». En el caso de Dante, «justo» se refiere a su comprensión de la incuestionable justicia de Dios. Sentir compasión por los condenados es «injusto» porque significa oponerse a la imponderable voluntad divina.

Tan sólo tres cantos antes, Dante cae desmayado de piedad cuando el alma de Francesca, condenada a girar para siempre en el vendaval que castiga la lujuria, le cuenta su triste caso. Pero ahora, más avanzado en su ejemplar descenso, Dante ha perdido su flaqueza sentimental y su fe en la autoridad es más robusta.

Según la teología dantesca, el sistema legal impuesto por Dios no puede ser tachado ni de erróneo ni de cruel; por lo tanto, todo lo que decrete debe ser «justo» aun cuando se halle más allá del entendimiento humano. Las acciones de Dante -la tortura deliberada del prisionero preso en el hielo, su sórdido deseo de ver al otro prisionero ahogarse en el lodo- deben ser entendidas (dicen los comentadores) como una humilde obediencia a la Ley y a una incuestionable Autoridad Mayor.

Un argumento similar es propuesto hoy en día por quienes argumentan contra la investigación y condena de los torturadores. Y sin embargo, habrá pocos lectores de Dante que no sientan, al leer esos pasajes infernales, un mal sabor de boca. Quizás sea porque, si la justificación de la aparente crueldad dantesca yace en la naturaleza de la voluntad divina, entonces, en lugar de sentir que las acciones de Dante son redimidas por la fe, el lector siente que la fe es envilecida por las acciones de Dante.

De la misma manera, el implícito perdón a los torturadores, sólo porque los abusos ocurrieron en un pasado inmutable y bajo la autoridad y ley de otra administración, en lugar de alimentar la fe en la política del Gobierno actual, la envilece. Peor aún: tácitamente aceptada por la Administración de Obama, la vieja excusa de «sólo obedecí las órdenes» adquirirá renovado crédito y servirá de antecedente para futuras exoneraciones.

G. K. Chesterton dijo alguna vez: «Obviamente, no puede haber seguridad en una sociedad en la que el comentario de un juez de la Corte Suprema, diciendo que asesinar está mal, sea visto como un epigrama original y deslumbrante». Lo mismo puede decirse de una sociedad que, bajo no importa qué circunstancias, rehúsa investigar y condenar infames actos de tortura.

Alberto Manguel es escritor y crítico literario argentino.

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04 PM | 18 May

Mario Benedetti

 

 

 

 

 

Chau número tres

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.

Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.

Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.

Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.

Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.

Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.

Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.

Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.

Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

 

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10 PM | 14 May

Terror

 

 

 

 Mañana viernes ponemos Vampyr de Dreyer, una película de terror basada en el clásico Carmilla de Sheridan Le Fanús, un viaje a medio camino entre lo real y lo sobrenatural. Pero el verdadero terror lo he descubierto leyendo un artículo de Rafael Argullol en el que nos da cuenta del informe de la diputada danesa Marguete Auken sobre «el impacto de la urbanización extensiva en España…(lo podéis ver en descargas).Parece mentira que ese estropicio se halla producido en tiempos de democracia.Pondremos la última de Bresson que se titula el dinero, para que veamos como éste es capaz de saquear las conciencias, y lo dañino que resulta que se instale como la ética principal de las vidas.

                                                   Con la lectura de cuarenta y cuatro años infinitos, una biografía en torno a Bartolome de las Casas, también he tenido ocasión de encontrarme con otro cuento de terror.En el norte de Santo Domingo a orillas del río Camin estaba situada la ciudad y corte de la reina Anacaona.Ovando, el gobernador, se fue a ver a la reina con trescientos hombres de a pie y setenta de a caballo.Los indios recibieron a Ovando con gran alegría y fiesta, aposentando a Ovando en el caney, dándole viandas de pescado y carne y pan cazabí,  bailes y músicas para escuchar.Un domingo después el gobernador aparentó corresponder a la celebración con un juego de cañas.Mandó llamar a Anacaona y a todos los indos de su corte y cuando esperaban sus palabras se tocó una pieza de oro que llevaba sobre el pecho (esa era la señal) maniataron a la reina y mataron a todos los indios.

                                             Cuando recuperemos la actividad de poner documentales los jueves tengo ganas de que todos los amigos puedan ver «escadrons de la mort, l’ecole francaise» de Marie-Monique Robin «esta película explica cómo Francia y su armada formaron a los oficiales de las Juntas en los métodos de lucha «anti-subversiva», que los franceses adquirieron durante las guerras en Indochina y Argelia. Escuadrones de la muerte es un film duro, sin vueltas, pero que concientiza al espectador sin necesidad de declamaciones ni estridencias. Le basta con la convicción mostrada a lo largo del relato»

                                       Como veis el terror no solo está en Vampyr

 14 de mayo de 2009.

                                               

 

                                                       

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04 PM | 11 May

Los peces de la amargura-FERNANDO ARAMBURU

 Los peces de la amargura, la última colección de cuentos de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959). Formalmente incluye relatos en primera persona (‘Lo mejor eran los pájaros’, por ejemplo) y cuentos narrados por una voz omnisciente (‘Enemigo del pueblo’, ‘Los peces de la amargura’, etcétera); uno está escrito en forma epistolar (‘Informe desde Creta’) y otro podría considerarse más un sainete beckettiano que un cuento (‘Después de las llamas’). Desde el punto de vista de los contenidos, todos traen a un primer plano el clima de violencia social que se ha vivido en el País Vasco durante las últimas décadas, con el terrorismo de la organización ETA como telón de fondo.

En algunos relatos los personajes sufrieron daños colaterales en acciones terroristas. Es el caso del que da título a la colección, ‘Los peces de la amargura’, y de ‘Después de las llamas’, que la cierra con un guiño de humor. Entre éstos también se encuentra el interludio macabro de ‘La colcha quemada’, que refleja la miseria espiritual de los que se lavan las manos. En otros relatos los daños son directos e irreparables. ‘Enemigo del pueblo’ narra un linchamiento moral, y en ‘El hijo de todos los muertos’ un adolescente averigua cómo mataron a su padre y cae en la cuenta de que su compañera de iniciaciones amorosas es hermana de una de las asesinas. Esta asesina, cumplida la pena, recibe un sentido homenaje -con acordeón y trajes regionales- organizado por la cosa abertzale. ‘Maritxu’ y ‘Golpes en la puerta’ muestran respectivamente el vía crucis que pasa la madre de un etarra y el relato que hace un terrorista de cómo llegó a serlo.

No son retratos alentadores. Pero reflejan la regresión que se ha producido, en buena parte del territorio, al modelo represivo del primer franquismo -o de cualquier populismo nacionalista-: delaciones, amenazas, insultos, depuraciones raciales, exclusión social, consignas homicidas (¡ETA mátalos!), chismorreos convertidos en acusaciones y acusaciones convertidas en sentencias. En resumen, historias terribles que despiertan el hechizo que sienten los hombres ante la representación compulsiva del horror.

El valor histórico de estos diez

relatos reside en que documentan la sociedad de castas identitarias modelada en el País Vasco por el nacionalismo. Para quienes se interesen -hoy y dentro de cien años- por la vida cotidiana en Euskadi a finales del siglo XX y principios del XXI, no tendrá precio. Su valor literario, hay que insistir, descansa en la representación sobrecogedora de los conflictos que ha traído consigo la imposición de este modelo social. Los peces de la amargura, con la humildad deliberada de su costumbrismo lingüístico, transmite magistralmente la resignación y la culpa inducida en los parias; y también la desgracia de los educados en el odio asesino y en el mesianismo de «salvar a Euskal Herria». A Fernando Aramburu le debemos esta crónica templada y llena de futuro, tan humilde como soberbia y tan esencial como imprescindible

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