Todo el mundo sabe que para ser un buen cinéfilo (de mierda) es importante entender el cine como una disciplina artística, y no únicamente como una industria. Y para entender el cine como un arte, hay que conocer a los artistas y disfrutar de sus obras. Todo esto que digo es clasista y fácilmente rebatible; pero hay algo de cierto en que, para conseguir nuestro ansiado carnet de cinéfilo, debes tragarte algunos tostones. No estoy hablando de verte “El caballo de Turin” una vez por semana ni de conocer toda la filmografía de Bergman, aunque sí que es conveniente que sepas recurrir a autores que no sean Nolan o Fincher.
Si pretendes, por tanto, introducirte un pelín más en este apasionante mundo del séptimo arte y atravesar la férrea barrera de lo comprensible, “El sacrificio de un ciervo sagrado” de Yorgos Lanthimos es tu película.
El Joker: entre la reacción y la vanguardia
Por Vladimir Carrillo Rozo*.- / Febrero 2020
Si los criminales más interesantes pueden ser algo filósofos y todo el que decide pensar a profundidad sobre el dolor del mundo y la pobre condición humana, en algún momento, puede hacerse consciente de las traicioneras trampas de su mente; entonces pensar, sobre todo desde el sufrimiento, debe de ser una de las cosas más peligrosas de cuantas pueden emprenderse. Sin embargo, vivimos en un mundo donde incluso la anarquía y la afección mental están cuantificadas. Como diría el Joker, todo el mundo está tranquilo si las cosas marchan según lo previsto, aunque lo previsto sea una masacre.
Si nadie hubiera aprendido a leer, muy pocos se habrían enamorado.
La Rochefoucauld
Hace unos días, dos señores de mediana edad entraban en la exposición que la Biblioteca Nacional ha dedicado a Benito Pérez Galdós. Uno le decía al otro: “¿Te sabes aquel en que [don Benito] le decía a la gallega esa?”. Seguía uno de los habituales chistes verdes sobre la relación entre Galdós y Pardo Bazán. Es francamente curioso que en este país esa relación amorosa entre estos dos grandes escritores del siglo XIX sea objeto manido de chascarrillos más o menos rijosos. Los amores de Madame de Stäel y Benjamin Constant, los de Elizabeth Barrett Browning y Robert Browning, o los de George Sand con Frédéric Chopin y Alfred de Musset, han recibido desde luego otro tipo de atención y forman parte de la historia literaria o, incluso, de la historia tout court de sus respectivos países.
Nazarín (1959)
21 Enero 2015
La fe de un gran hombre
nazarin-0Don Nazario, el cura retratado por Buñuel es, ante todo, un tipo a carta cabal, un hombre íntegro e incapaz de traicionar sus convicciones. Se vuelca en cuerpo y alma a socorrer a sus semejantes que son pobres de misericordia. Acciones con las que, pese a todo, no logra arreglar el mundo, porque lo estructural resiste a las actuaciones individuales. Late así en el cine de esta época, y en especial en el de Buñuel, una desasosegante ambivalencia entre cultura y naturaleza, ficción y realidad, política y acción.
Antes de que Hollywood diera la bendición al cine coreano, por mediación de Parásitos, me costaba mucho trabajo convencer a mis amigos para que me acompañaran a ver las mejores producciones que se dieron cita el año pasado en el Centro Cultural de Corea del Sur con el apoyo del KOFIC (Korean Film Council). Allí pudimos ver el portentoso retrato femenino de: “En la playa sola de la noche” de Hong Sang-Soo, el objeto sorprendente sobre el rio Han en The Host, o las vicisitudes en medio de la guerra de Corea del soldado rebelde Ro Ki-soo. Hollywood ha conseguido que cuando invite a ver una peli de estas características ya no me puedan decir que no practican esa religión. La sala Juan Negrín y la de la Escuela Medinaceli de San Lorenzo de El Escorial han sido testigos de la proyección de mucho cine asiático, por el Colectivp-Rousseau, pero ambas salas, por diferentes motivos, han dejado de funcionar desgraciadamente.