Artículos de Opinión

05 PM | 16 Nov

Cataluña: paz por territorios

Para salir del bucle nihilista en el que estamos hace falta restablecer toda la presencia del Estado que sea compatible con una autonomía y una Constitución reformadas. No hay que dar otro paso atrás y ceder a la presión independentista

Cataluña: paz por territorios
EULOGIA MERLE

Paz por territorios fue la fórmula acuñada por la Conferencia de Paz celebrada en Madrid en octubre de 1991 para encauzar el problema palestino mediante una transacción que parecía razonable: los palestinos renunciaban a la destrucción del Estado de Israel y este cedía una parte de su territorio para que sus adversarios pudieran disponer de una administración propia. A simple vista, la aplicación del caso palestino al problema catalán no hace más que confundir las cosas, más aún que otras analogías al uso, como el paralelismo con Quebec o con Escocia. Ni hay un problema de ocupación por la fuerza, ni —de momento— un conflicto entre comunidades enfrentadas, ni es fácil identificar al soberanismo catalán con uno de los bandos en litigio en el problema de Oriente Próximo. Al contrario, en ese magma heterogéneo que es el independentismo se puede reconocer un sector prosionista, vinculado al catalanismo histórico, y otro propalestino en la CUP. El símil, sin embargo, tiene alguna utilidad para intentar dar una respuesta a las dos grandes preguntas que plantea la crisis institucional en Cataluña: cómo hemos llegado a esto y cómo podríamos salir de aquí.

El modelo autonómico establecido por la Transición supuso en parte el regreso a la fórmula ensayada por la Segunda República. El nacionalismo catalán, representado entonces por Esquerra Republicana, abdicaba de la independencia y el Estado aceptaba reducir su presencia en Cataluña al ceder a las instituciones autonómicas buena parte de sus competencias. El nacionalismo ofrecía la paz al Estado, abandonando cualquier pretensión secesionista, y este renunciaba a ejercer como tal en aquella parte del territorio nacional. Paz por territorios. No se puede decir que el experimento de la Segunda República colmara las esperanzas que sus dirigentes depositaron en el Estatuto de Autonomía de 1932. Dos años después de su aprobación, la Generalitat se sublevaba contra un Gobierno republicano que cumplía todas las formalidades constitucionales. Ya en la Guerra Civil, Manuel Azaña señaló la necesidad imperiosa de que la República recuperara las competencias que había perdido en Cataluña por la deslealtad y la política de hechos consumados del Gobierno de Companys. Así lo declaró Azaña ante el presidente Negrín y sus ministros en mayo de 1937: “Les dije que el Gobierno estaba obligado a trazarse con urgencia una política catalana, que no puede ser la de inhibirse y abandonarlo todo. (…) El Gobierno debe restablecer en Cataluña su autoridad en todo lo que le compete”.

El pacto de la Transición se inspiró en gran medida en eso que el propio Azaña llamó “la musa del escarmiento”, la voluntad de no incurrir en viejos errores que podían tener las mismas consecuencias que en los años treinta. Los pocos representantes activos de la generación de la República, como Tarradellas, lo entendieron perfectamente: “Mai mès un trenta-quatre” (“nunca más un 34”). El procedimiento empleado por la Segunda República para resolver el problema catalán tenía esta vez a su favor el efecto pedagógico de la musa del escarmiento y el convencimiento de que las dos partes respetarían un principio no escrito del pacto estatutario, que podría expresarse mediante la fórmula paz por territorios. El nacionalismo catalán renunciaba a su programa máximo —la independencia— y el Estado a estar presente en los ámbitos fundamentales de la vida pública catalana. Ocurrió, sin embargo, que la solución autonómica creaba una dinámica expansiva difícil de contener y que, pasado cierto tiempo, las nuevas generaciones nacionalistas se sintieron desligadas del pacto fundacional de la autonomía catalana. De esta forma, el repliegue del Estado, en vez de servir de garantía a la vigencia del pacto, fue una tentación constante a su incumplimiento. Sólo un impensable alarde de lealtad por parte del nacionalismo y su renuncia voluntaria a más altos empeños podían impedir la ruptura del marco estatutario, porque el Estado carecía de capacidad de coacción o hacía dejación de ella para no irritar al catalanismo, a menudo, necesario para contar con mayoría en las Cortes. No era sólo la ausencia de instituciones que no tenían competencias que ejercer en el territorio catalán, sino su falta de autoridad para hacer cumplir la ley y las sentencias judiciales. Frente a un Estado en retirada emergía una Administración autonómica que se jactaba, con razón, de estar creando unas “estructuras de Estado”. Cuando se elaboró el segundo Estatuto, su principal artífice, Pasqual Maragall, anunció que, tras su aprobación, el Estado tendría una presencia “marginal” en Cataluña. No se podía decir más claro.

Era cuestión de tiempo que el orden constitucional quedara reducido a la impotencia y fuera sustituido por una estructura de poder alternativa desarrollada por las instituciones autonómicas y sustentada en una formidable capacidad de movilización propia de un régimen totalitario, reforzada por un movimiento populista de apariencia asamblearia. Esa multiplicidad de impulsos, desde arriba y desde abajo, explica la sorprendente disfuncionalidad de la declarada y suspendida República catalana, mitad ácrata, mitad totalitaria, business friendly y anticapitalista al mismo tiempo, incapaz en todo caso de crear un marco de convivencia estable y pacífico ni siquiera para la Cataluña independentista. Se entiende que ante la perspectiva de vivir bajo ese proyecto de Estado fallido el mundo empresarial esté buscando amparo en territorios más seguros.

Poco importa a estas alturas si todo respondió a un plan preconcebido o ha sido fruto de una inercia natural del nacionalismo, que se encontró el campo despejado para hacer realidad sus ensoñaciones identitarias. El hecho es que la transacción paz por territorios nos ha traído adonde estamos. El Estado cumplió su parte al abandonar virtualmente el territorio catalán, fiándolo todo a la buena fe del nacionalismo, que aprovechó ese vacío para hacer de la autonomía un Estado embrionario, a punto de ver la luz tras una larga gestación.

Los últimos acontecimientos han puesto de manifiesto el agotamiento del pacto autonómico en Cataluña según se concibió en la Transición, como una renuncia al programa máximo de cada parte. La retirada del Estado ha alimentado el irredentismo en vez de apaciguarlo. Si hay una forma de salir del bucle nihilista al que se ha llegado en Cataluña es restableciendo toda la presencia del Estado que sea compatible con una autonomía y una Constitución reformadas. Por el contrario, conviene evitar la tentación de dar un nuevo paso atrás y ceder a la presión independentista, porque ese intento de apaciguamiento, en vez de traernos la paz, aunque fuera una paz deshonrosa, nos situaría ante una nueva exigencia: esta vez, los países catalanes. Y de esta forma, al final, no tendríamos ni paz ni territorio.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid.

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06 PM | 20 Ago

ABU NUWAS

Siempre que se produce un atentado en nombre de Alá pienso en Abu Nuwas. Incluso ahora que el zarpazo terrorista que todos temíamos (aunque queríamos pensar que no se produciría) ha sangrado el corazón de Barcelona. ¡Tantos muertos, tantos heridos, tanta impotencia, tanta tristeza!

Abu Nuwas era un poeta persa partidario del vino y la sensualidad, que vivió entre los siglos VIII y IX. Durante el califato abásida, la severa cultura musulmana convivía no sin tirantez con otras tradiciones culturales. Abu Nuwas fue tan famoso que incluso aparece en los cuentos de Las mil y una noches. Considerado un clásico, tiene (o tenía) una escultura dedicada en Bagdad, en la que aparece alzando una copa de vino. Su poesía fue muy célebre en el mundo árabe, pero me temo que ahora está prohibida en muchos de aquellos países, como el cruasán en Irak (fue inventado por los pasteleros de Viena para celebrar la derrota del asedio de los turcos sobre la ciudad: de ahí la forma de media luna).

Durante siglos, Abu Nuwas fue incluso estudiado en la escuelas árabes, aunque se censuraban sus versos homoeróticos y satíricos contra el Ramadán y en favor del vino. Publicados en castellano por Cátedra, uno de sus poemas suena así: “Siéntate junto al narciso, deja atrás las espinas, / túmbate al lado del mirto, olvídate de las zarzas, / y por la mañana empieza a beber el vino. /¡Que ninguna prohibición te lo impida! / Quien combate los placeres que el vino acompaña / vive una extenuante vida de aflicción”.

Abu Nuwas describe a los perseguidores del vino como “los cuervos negros de la división”. Y sugiere que no son las ­creencias o las ideas las que causan división, pues tan sólo divide quien quiere imponer sus creencias a los demás. Los rigoristas de su época no se conformaban absteniéndose de beber vino, tal como el Corán prescribe: pretendían que el vino fuera prohibido a todo el mundo. Este es el cuervo que separa: el que exige obediencia, el que impone su verdad, si es necesario violentamente. Como ven, Abu Nuwas ya previó en el siglo VIII la evolución malhumorada y impositiva del islam, que ahora está llena de exigencias sorprendentes: en las relaciones diplomáticas se da por hecho que, en presencia de musulmanes, no se puede servir vino.

En el mundo actual, tan mezclado, es de sentido común aceptar que ninguna ideología y ninguna religión pueden aspirar al predominio. Es de sentido común, pero una parte muy significativa del islam (y no sólo la violenta) no lo acepta. Y aquí está el problema. ¿Qué hacer para favorecer que los creyentes islámicos (serán cada vez más entre nosotros) incorporen a su pensamiento la primacía de la sociedad civil sobre la religiosa? ¿Tratándolos con paternalismo políticamente correcto y repitiendo de nuevo que el terrorismo islamista y la religión de Mahoma no tienen nada que ver? ¿O tratándolos como adultos, esto es, vigilando que no se les discrimine por sus creencias, pero a la vez cuestionando sus creencias como se cuestionan en democracia todas las otras religiones e ideologías?

ANTONIO PUIGVERD, viernes 18 de agosto La Vanguardia

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08 PM | 29 Abr

¿Murió de éxito la socialdemocracia?

TARDES PARA EL DIÁLOGO.

6º sesión, 10 de mayo, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.

 

¿Murió de éxito la socialdemocracia?

En El espíritu del 45  ̶ memorable documental de Ken Loach ̶  se nos cuenta la ola de nacionalizaciones en los servicios básicos (carbón, ferrocarriles, electricidad, agua, salud pública, vivienda, etc.) acometida por los gobiernos británicos a lo largo de los diez años  siguientes al final de la Segunda Guerra Mundial. Su objetivo era rescatar a las clases más humildes de la miseria generalizada en la que habían estado viviendo durante las décadas previas. Si organizándose bien habían derrotado al nazismo, ¿por qué no iban a poder hacer lo mismo con la pobreza y el abandono de millones de ciudadanos?

En Francia se denominan “Los Treinta Gloriosos” a los años que van desde el 45 al 75 del siglo pasado. El caso alemán es un tanto peculiar: ocupado, dividido y a la vez fuertemente estimulado económicamente, en Alemania Occidental también se alcanzaron cuotas envidiables de igualdad y derechos sociales. Por su parte las sociedades escandinavas de la época eran consideradas casi como el súmmum del bienestar, la protección social y la igualdad de oportunidades.

Este fenómeno político es conocido como socialdemoracia y se inspira en la ideología política (del mismo nombre) surgida en el siglo XIX entre los partidos obreros reformistas de la Europa Central, quienes pretendían alcanzar una sociedad sin clases por una vía gradual y democrática, con renuncia expresa a la revolución. Si sus realizaciones de mayor calado y extensión no comenzaron a lograrse hasta después de la IIWW, solo es porque tras la victoria llegó inmediatamente la Guerra Fría y entonces el Bloque Occidental Capitalista echó mano de la socialdemoracia como instrumento de oposición a la URSS y al correspondiente eventual peligro de extensión de la Revolución Proletaria.

A mediados de la década de los setenta cuando las clases populares ya han alcanzado un nivel de riqueza y bienestar considerable saltan una serie de factores que dan al traste con tan magnífico invento. Algunos de estos factores son (solo enumero; los órdenes de prelación y causalidad son los que tendremos que debatir):

Fuerte sacudida del sistema capitalista como consecuencia de la crisis del petróleo del 73.

Pérdida de conciencia de clase en una gran masa de gente que hasta entonces eran y se sentían                 proletarios, asumían sus intereses de clase y aspiraban a una cultura y a una forma de vivir    solidaria y reivindicativa.

Surgimiento de poderosos focos de pensamiento en think tank´s y universidades americanas                 (notoriamente La Escuela de Chicago) que generalizan una ideología neoliberal disfrazada de             Ciencia Económica. Este nuevo planteamiento fundamentado en el liberalismo           exclusivamente              económico recomienda el adelgazamiento del Estado hasta tallas de auténtica    anorexia.

Más tarde viene la “Tercera Vía” y todos sabemos lo que pasó: Fracasos electorales de los partidos socialdemócratas, disgregación social, privatización de las empresas rentables y de las pérdidas de las fracasadas, y culpabilización del individuo por sus frustraciones personales debidas a no esforzarse lo suficiente.

Os espero para que entre todos averigüemos si realmente el éxito mató a la socialdemocracia.

AP

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