Artículos de Opinión

12 AM | 10 Oct

JOAQUIN JORDA

Cuando ya la enfermedad le había dado su primer, siniestro zarpazo, Joaquim Jordà nos sorprendió a todos con lo único que jamás esperamos de él: se puso en manos de un chamán mexicano y de una bruja de Toulouse para que intentaran paliar sus males. Así era, así fue: imprevisible, siempre dispuesto a probar; a contramano de todos y de (casi) todo.

Lo cierto es que cuando nació, en el seno de una familia muy pudiente (era hijo de un notario falangista, jefe provincial del Movimiento en la provincia de Girona) a la que quiso poco, nada hacía prever los derroteros que tomó su vida: militante comunista clandestino desde sus tiempos en la universidad, estudiante de cine en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas y principal ideólogo de la autoproclamada Escuela de Barcelona (EdB), Jordà fue un hombre de su tiempo, interrogador, siempre molesto para cualquier poder establecido, incluido el de sus propios amigos convertidos, en democracia, en gestores de lo público.

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08 PM | 23 Sep

Léolo, el cine que nos interpela (Living in fantasy)

El jueves,18 de septiembre, asistimos en la Casa de Cultura a la proyección de «Léolo», de Jean Claude Lauzon. Se ha repuesto en los cines Renoir de Madrid el pasado mes de agosto de 2025, y ahora hemos podido verla aquí, en S.L. De El Escorial.

Esta película estrenada en el año 1992 es un acontecimiento, una manera de disfrutar del cine que va más allá de lo convencional, tanto por el lugar donde la hemos visto, como por la película misma.
Sirva de acompañamiento a lo anterior, unas palabras de nuestro admirado y denostado, por igual, Carlos Boyero. En una entrevista de 2008 dice: «Es de las experiencias más fuertes que he tenido en una sala de cine. «Léolo» no se parece a nada, es la poesía más desgarrada hecha cine».

Conviene saber que el guion de «Léolo» está basado en una libérrima adaptación de la novela «El valle de los avasallados», de Réjean Ducharme, autor quebequés.
La novela trata de “una niña prodigio, disertadora, políglota, actriz, intérprete de diversos instrumentos, bailarina, experta en montar y desmontar armas de un solo vistazo. Desgraciada, lúcida, destinada al suicidio o dispuesta a envejecer… Pero la edición es un puñetero desastre. Un desastre mayúsculo. ¡Un tsunami en la imprenta! ¡El apocalipsis bibliográfico! ¡El Doctor Hyde de Guttemberg! ¡Gadafi revisando galeradas!» Nos dice «alguien» en su crítica de la novela en la revista digital «Un libro al día».
Hay algunos ecos en la descripción de la niña protagonista de «L’avalée des avalés» que se escuchan en el personaje de Léolo.

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06 PM | 04 Sep

LEÓLO, el Rimbaud del cine. EL PROXIMO DÍA 18

Hace 30 años que un inolvidable personaje cinematográfico, de nombre Leólo, descubría la poesía y decidía que Italia era demasiado bonita como para pertenecer solo a los italianos, que la frente de su amada se extendía hasta el día siguiente de su barbilla y, lo más importante: que porque soñaba, él no lo estaba. Que no estaba loco, o sea. Y esto lo aclaro para quien no haya tenido aún el privilegio de gozar de la segunda y, a la par, última obra del malogrado Jean-Claude Lauzon, fallecido ahora hace 25 años.

El cineasta canadiense decidió despreciar entonces la frecuentemente aborrecible lógica del público al inyectar en sus venas el veneno de lo poético. Léolo brotó en las pantallas de medio mundo con la misma violencia con que una cinta de celuloide oxidado rebanaría el cuello de la vulgaridad, salpicando el patio de butacas con espumillón de sangre, desordenando los cánones cinematográficos y desorientando a los críticos asalariados y a los espectadores acomodados. 

Muchos, quizás demasiados, han intentado desentrañar por escrito lo que no podría explicarse más que arrancándonos el corazón y mostrándolo a aquel que pretenda apresar con palabras cada uno de los pequeños milagros que se esconden en esta inolvidable película. Porque Léolo habita el flujo sanguíneo de todos los que, alguna vez, soñamos que la vida puede organizarse con el desorden de belleza y transgresión de la poesía. 

‘Léolo’ habita la sangre de todos los que, alguna vez, soñamos que la vida puede organizarse con la transgresión de la poesía

En Léolo asistimos al nacimiento, esplendor e inmolación de un novísimo Rimbaud de la vida: un niño al que solo llaman Leo Lauzon aquellos que no pueden creer más que en su propia verdad. Un crío engendrado por un tomate siciliano y expuesto al sufrimiento de la dieta de vitaminas e inodoro a que le somete su familia; un joven que descansa el flujo vario de sus pensamientos entre los enormes pechos de una progenitora que con la fuerza de un gran barco navega un océano enfermo; un chaval que escucha la gloria quebrada de Jacques Brel en los surcos de un vinilo al que le falta un pedazo de negra melancolía; un poeta que desordena la vida a su alrededor y precisa de alguien que rescate sus palabras para que podamos apropiarnos de la gloria de su certeza; un retoño de aquel Rimbaud, ya digo, que embadurnara también el subconsciente frenopático del Leopoldo María Panero que, aún infante, ya se preguntaba «cuando se apaga la luz… ¿a dónde va lo claro?»; una criatura, al fin, que decide enfrentar la duda que nos asalta a no pocos de los que juntamos palabras: ¿escribir para enloquecer o enloquecer para escribir? Afortunadamente, Léolo nos da la clave: «Porque sueño, yo no lo estoy». Y nos hace comprender que incluso en la más execrable podredumbre puede germinar la floresta locuaz y homicida de la belleza. Y es que Léolo fue criticada por grotesca, desagradable y de mal gusto. 

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04 PM | 23 Ago

La agonía de la libertad

“¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? ¿Adónde nos ha transportado el sueño?“. Las inquietantes preguntas con las que Thomas Mann termina su novela del siglo, La montaña mágica, son también las nuestras. Como si nos hubiésemos despertado de un letargo muy dulce, en vista de la reciente deriva de los acontecimientos del mundo, hemos de reconocer que sentimos una perplejidad fundamental: una gran guerra persistente en Europa, una profunda conmoción de la Unión transatlántica, el innegable deterioro de los principios democráticos, el debilitamiento casi generalizado del centro liberal; el rearme en todos los frentes… Vemos que, si partimos de la experiencia que supuso el gran año de apertura de 1989, así no se habían pensado las cosas, ni planeado, ni esperado.

Precisamente en cuestiones de cultura política el diagnóstico tiene que preceder a la terapia. Al menos así rezaba el principio por el que se guio el escritor y premio Nobel Thomas Mann, quien fue cobrando conciencia política ante los acontecimientos de su tiempo, y del cual se cumplen en este verano 150 años de su nacimiento. De hecho, Mann entendió en retrospectiva sus tres grandes novelas de época, las que le dieron fama mundial, Los Buddenbrooks (1901), La montaña mágica (1924) y Doctor Faustus (1947), como una trilogía sobre el camino de la nación media alemana a la oscuridad: su camino a un nacionalismo bélico y, en definitiva, a un nacionalsocialismo aniquilador del mundo. En palabras de Mann, estas obras tratan de la posibilidad siempre latente, anunciada ya desde varias generaciones anteriores, de que configuraciones culturales enteras retrocedan hasta desembocar en el “primitivismo más arcaico”. Esta amenaza se cierne otra vez sobre Europa. ¿Qué hacer?

¿Un tercer camino? Al igual que todo su entorno cultural de entonces, también Mann se preparó para evitar lo peor en la década de 1920 mediante la búsqueda intelectual y espiritual de un tercer camino. Libre de conservadurismos nacionales estrechos de miras, este camino, según esperaba Mann, permitiría renunciar al liberalismo puramente mercantilista y violento (encarnado para Mann en el ejemplo de la Edad de oro de Estados Unidos antes del cambio al siglo XX), así como a los experimentos de uniformización e igualitarismo que se maquillaban como “revoluciones en nombre del pueblo” (Mann los asociaba especialmente con lo que él denominaba una “Semiasia no latina”). Si no se lograba abrir un tercer camino que condujese a una democratización verdaderamente consciente y autodeterminada, Centroeuropa caería bajo la influencia de dos principios políticos, idénticos en esencia pese a su apariencia disímil: por una parte, el de “a cada uno lo suyo” y por otra, el de “para todos lo mismo”. Pero, sobre todo, bajo tales principios radicales, tal y como Mann hace diagnosticar al narrador de su gran novela bisagra La montaña mágica, pronto tendrá que aparecer el “liberalismo”, “con el que ya no se saca a ningún perro de detrás de la estufa”, es decir, con eso ya no se atrae a nadie. Casi se tiene la impresión de que hemos llegado a este punto.

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12 PM | 09 Ago

Veinticinco años cultivando saber

Félix Alonso.

Hace veinticinco años, y así quedó constatado en nuestro primer libro Cine de Autor, (una recopilación con comentarios críticos de las películas proyectadas en la desaparecida sala Juan Negrín). En la presentación del libro, datado en 2012, decíamos que: “un grupo de amigos creamos una asociación que tenía como objetivo la defensa del medio ambiente y el fomento de la participación cultural”. Fue Rousseau nuestra inspiración, pues nadie como él se preocupó tanto del estudio de la naturaleza, y las relaciones sociales de los hombres, junto con Montesquieu y Voltaire, iluminador de la Revolución Francesa, cuyos nobles objetivos eran crear una sociedad mejor, ajena a consideraciones religiosas y apoyada en las premisas de igualdad, libertad y fraternidad. Se pretendía pues, una plena humanización del orden político orientada por la diosa razón y por el ideal de progreso constante. Ya barruntábamos en aquellos años que el neoliberalismo se iba a convertir en el motor de las dinámicas actuales. Pensábamos, y pensamos ahora con mas fuerza si cabe, que por mediación de la cultura y bajo la consigna de Kant “atrévete a saber” nuestras tertulias crecerían a lo largo del tiempo, hasta incluso ser hegemónicas. Nos creíamos a Gramsci.

A lo largo de estos años hemos sufrido derrotas, la más importante, la clausura de la sala Juan Negrín. Hicimos una carta abierta, aún sin respuesta, a los autores del agravio. Por otro lado, hoy mismo, se cumplen cuatro años de nuestra participación en la remodelación del salón de actos de la Casa de Cultura de El Escorial, se votó por el cine, y a pesar de las dificultades y del parón a que nos hemos visto sometidos, seguro que nuestra determinación nos hará volver. Ya estamos preparando unas jornadas sobre el cine en el expresionismo alemán de la mano de Fritz Lang.

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