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Sección : Debates Filosóficos y Políticos

“LA CONFERENCIA”

-globe-teatre                                                              EL DRET A DECIDIR

 

CASA DE LA JUNVENTUD 6 DE FEBRERO 2016

 

Pretendemos en el día de hoy hacer un acto de DEMOCRACIA DELIBERATIVA. En la propaganda que el Pacte Nacional Pel Dret a Decidir, hizo en aquellos días  del 9 de noviembre se decía en letras grandes TOTHOM ÉS NEDESARI PER DONAR SUPOR A L’EXPRESSIÓ DEMOCRÀTICA DEL DRET A DECIDIR, no hay que saber mucho catalán, (todos son necesarios). Pues bien, el cartel anunciador de éste acto tenía el siguiente título EL DRET A DECIDIR, y al hacerlo en catalán ha provocado algunos equívocos. No ha sido fácil anunciar ésta charla, lo catalán no mola,  y  hasta me han dicho que iba a venir uno de Esquerra Republicana.

Pusimos el título  en catalán, por dos motivos: poner de manifiesto que el Dret es  una reivindicación de parte del nacionalismo, para terminar con una reivindicación política de más amplio espectro con el apoyo de una parte de la izquierda, lo que ya se  denomina DUI (declaración unilateral de independencia). Con la ayuda de mi amigo José Antonio analizaremos si la voluntad del Dret, muy asentada hoy en Cataluña, se puede articular como un verdadero derecho “EL DERECHO A DECIDIR” desde el punto de vista jurídico.  Y en eso va a consistir esta charla-debate.

Podíamos empezar citando a Nuria Amat en “querido Orwel”: maestro, le escribo esta carta abierta para decirle que su homenajeada Cataluña vive una situación que le escandalizaría. El nacionalismo separatista nos ha dividido en buenos y malos catalanes. Homenaje a Cataluña fue un libro escrito por Orwel de su paso por el POUM en la guerra civil.Preguntar a un nacionalista la opinión que tienen de su “homenaje”, os sorprendería su respuesta.

Pero como nos gusta la memoria voy a irme a un artículo de La Vanguardia del año 39 por Valls y Taberner, de la Lliga Regionalista, el mismo partido de Gambó, y de Francesc Maciá, que se asomó al balcón de la Generalitat, el 12 de abril, dos días antes de proclamarse la República Española, proclamando el Estat Catalá, integrante de la futura  Federación de Repúblicas Ibéricas. Pues bien, terminado el conflicto armado, los nacionalistas de la Lliga nos decían lo siguiente:

“Cataluña ha seguido una falsa ruta y ha llegado en ser parte de su propio extravío. Esta falsa ruta ha sido el nacionalismo catalanista (…) Deben, pues, cooperar todos los catalanes efusivamente y con la máxima lealtad, sin reservas y sin recelos y sin regateos de ningún género: sin más jefe que el caudillo, forjador de la Nación renaciente, y salvador de nuestra civilización tradicional, al cual debemos gratitud peremne, adhesión inquebrantable y confianza plena amplísima, cual la merece por su genio extraordinario, por su patriotismo insuperable y por abnegación y esfuerzos admirables” Pemán no lo hubiera hecho mejor. Un recorrido por el libro de Javier Pérez Andújar “Catalanes todos” nos ayuda a analizar  la complicidad catalana con el franquismo, de la que se habla hoy muy poco.
Hubo que esperar a la aparición del PSUC, para que se  elaborara una red de ideas y de personas, una  izquierda dispuesta a entrecruzarse con el catalanismo  para impulsar un frente populismo anti dictatorial. Esta red de poder, se supo dotar de plataformas. La emblemática Edicions 62, penetró la Universidad y fue bendecida por sectores comprometidos de la Iglesia y la cultura  -Espriu, Tàpies, Brossa o Joan Oliver. Nacionalismo e izquierda contra franco, quizás ésta sería la explicación de la falta de contundencia de la izquierda actual en el proceso soberanista. Félix Ovejero es de los pocos que se atreve a explicarlo, junto con Gregorio Morán.

Como afirma el profesor Jordi Casassas, era una hegemonía lo bastante fuerte para imponer una interpretación de la cultura nacional. Tenía un discurso trabado y usos ideológicos de la historia. Para entender hoy algunas cosas  hay que hacer referencia a dos  libros polémicos y exitosos, que no gustaron nada al nacionalismo, y que hoy todavía es como nombrar a la bicha. Se trata de  la interpretación de la modernidad literaria de Joaquim Molas y Josep María Castellet en la antología Poesía catalana del segle XX (1963). Se daban a conocer a Carlos Barral, Jaime Gil de Biezma o José Agustín Goytisolo, con eso digo todo, catalanes sí, pero alejados del nacionalismo. Castellet fue premio nacional de las letras españolas.

Jordi Solé Tura hizo una disección de doctrina de Prat de la Riba, también de la Lliga como Vals i Taberner, como ejemplo de ideología burguesa en Catalanisme i revolució burgesa (1967) El  ensayo, de obligada lectura en la Universidad de Barcelona ya que Solé Tura era mi  profesor de políticas, tuvo una recepción conflictiva tanto en el campo nacionalista (Benet o Pujol) como en el comunista .(Fontana, Josep Termes) Fontana inauguró la conferencia Cataluña contra España y Termes, también historiador un premio de Omnium Cultural.

Nadie como Solé facilitó la diferenciación entre nacionalismo y federalismo, distinción que considero de enorme utilidad para afrontar cualquier problema que se plantee en las futuras reformas constitucionales. Jordi Amat, nos dice que la estigmatización de la burguesía en bloque, fue, probablemente, el argumento aglutinante del nacionalismo progresista. La paradoja es que esta estigmatización se iría proyectando, de manera cada vez más maniquea, sobre un personaje -Jordi Pujol, el banquero y el político- que ponía su capital moral y financiero a su favor pero también de la oposición al régimen y la vertebración de una cultura política democrática. No se entendería nada la Cataluña de hoy sin la aportación de Jordi Pujol. Fer País, era su lema, y vaya si lo consiguió.

Durante los años ochenta, en un periodo de crisis económica severa, la dialéctica pujolismo/antipujolismo incorporó nuevas significaciones: (Ernesto Naclaus todavía no estaba de moda)  ruralismo/cosmopolitismo, monolingüismo/bilingüismo, nacionalismo/progresismo, Catalunya/Barcelona y, en último término, catalanismo puro/catalanismo líquido.Era una forma simple de explicación del país que favorecía la lógica de exclusión/inclusión definidora del nacionalismo. Se era de los unos o de los otros. Sin estridencias, la modernización del nacionalismo, ya fuera a través del activismo de la Crida, TV3 o el holding intelectual de Max Cahner, pagado desde la Generalitat ya se había puesto en marcha (la Revista de Catalunya, las Jornades sobre Nacionalisme, la Fundació ACTA,…. Culla, Cardús, Rahola, Villatoro)

Nos cuenta Jordi Amat en su libro EL PROCES, que hace 20 años surgió en la Universidad un documento a modo de libro titulado: HENRY UCELAY DACAL I BORJA DE RIQUER, HISTORIADORS AL SERVEI DEL NACIONALISME ESPAÑOL. No hace falta muchos estudios de catalán para traducirlo: historiadores al servicio del nacionalismo español. El libro era anónimo, revelaba un funcionamiento anómalo del sistema, y funcionó como un verdadero ataque marccanthista contra investigadores y plataformas de primer nivel. La revista L’avenc es sólo un ejemplo.  Historiadores como Antoni Rovira, Ferran Soldevilla, o Jaume Vicens, tenían un peso muy importante en la configuración del catalanismo como pensamiento, y no se podía permitir en consecuencia que se cuestionara el relato homogéneo sobre el cual el nacionalismo había construido la médula de una cultura. El libro contra Borja y Ucelay era una amenaza de exclusión. Si se discutía el relato oficial te convertías en un apestado. El diario el País se recogió la noticia sin grandes titulares.

John H.Elliot, nos cuenta en su libro  “Haciendo Historia” del año 2.012, que cuando escribió La revuelta de los catalanes, percibió que en Cataluña el pasado se escribía a través del prisma del presente y el presente a través del prisma del pasado, por eso se  convirtió en una especie iconoclasta, ansioso de desterrar mitos.

Sabemos que también el nacionalismo español se ha configurado por mitos, pero, que yo sepa, no se hace un manifiesto en contra del libro de Tomás Pérez Vejo:” Historia de la invención de una nación” o el “Mater Dolorosa” de Álvarez Junco, o el de Juan Pablo Fusi. Queda en el subconsciente la historia  de Modesto Lafuente, que  como todos sabéis  ofrece una visión de la historia de España providencialista, unida y cristiana desde sus orígenes, apoyada siempre por la Providencia, pero a nadie se le ocurriría hoy hacer causa por escrito de esa historiografía. Quizás sólo a Esperanza Aguirre.
“La gestación del libelo, por chapucera que fuera, delataba  un temor: el miedo a que el catalanismo -el movimiento patriótico que ha dado forma a la Catalunya contemporánea- en versión nacionalista pudiera caducar en la medida en que las transformaciones de la sociedad se explicaran sin situar como eje central el autodenominado movimiento de construcción nacional” nos cuenta Amat, quien continúa.

 

“Maragall detectó el problema. En octubre de 1993 la prensa informaba de que impulsaba una plataforma de pensamiento y captación de aliados de prestigio llamada Catalunya Segle XXI, que presidirían Josep M. Castellet, Salvador Giner y Encarna Roca. Su propósito, lisa y llanamente, era pensar el postpujolismo .Maragall tenía intuiciones luminosas y ligaba el desafío ideológico a la construcción europea, pero  la elaboración de la alternativa se complicaría desde dentro de la misma izquierda. “Con este partido no haremos nada bueno”, le dijo Maragall a Raimon Obiols después del Congreso de Sitges de febrero de 1994. La conquista de la dirección del PSC por parte de los capitanes, no le gustó demasiado a Maragall.”

Los capitanes (Miquel Iceta, Josep María Sala, Joan Ferrán), en el momento de articular una respuesta a la problemática cuestión nacional, dijeron a los ideólogos del Foro Babel que hacían suyos sus manifiestos. Allí, firmaron  Francesc de Carreras, Miguel Riera, director del Viejo Topo, José Ribas, director de Ajo Blanco, Félix de Azua, escritor, Juan Marcé, autor de últimas tarde con Teresa, Gabriel Jakson, Rosa Regás, Ana María Moix. Aquel grupo de intelectuales, muy conocidos,, que interpelaba a los socialistas catalanes desde una lógica no nacionalista, se constituyó el 13 de diciembre de 1996 en el marco de una conferencia celebrada en el CCCB titulada És possible avui a Catalunya el diàleg sobre llengua, cultura i democràcia? El diálogo entre divergentes no se produjo. Ahora Iceta vuelve a tomar la iniciativa después de que precisamente el derecho a decidir de Pere Navarro  expulsara a su electorado  hacia ciudadans.

En 1996 el Pacto del Majestic daba superpoderes a un Pujol que llevaba más de tres lustros gobernando. Consiguió incluso la dimisión de Alejo Vidal Cuadras.  En 1999 la victoria en votos pero no en escaños del PSC significó el principio del fin del periodo de reformulación. Quizás habría que entender la propuesta de un nuevo Estatut como una salida en falso para huir de aquel callejón sin salida. Las conversaciones entre Maragall y Carod, que se empezaron a frecuentar entonces, ya trabajarían otro paradigma.

Y ahora vamos a una historia mas conocida. El 21 de enero de 2006, el presidente Zapatero y Mas, por entonces líder de la oposición, se reúnen en el palacio de la Moncloa para cerrar un acuerdo sobre El Estatut, objetivo primordial de Maragall (primer gobierno de izquierdas que presidía la Genertalitat). Hacía tan sólo cuatro meses que el Parlament, había aprobado el texto por amplia mayoría, sin contar con el Partido Popular.

Dos meses después de la reunión secreta entre Más y Zapatero, el Congreso de los Diputados aprobaba el texto modificado, y el día 10 lo aprueba el Senado. El siguiente paso era la convocatoria de un referéndum, que se celebró el 18 de junio de ese año, es decir del 2.006.  Pidieron el voto en contra la CUP, ERC, Ciudadanos y el PP. Pero el 31 de julio Federico Trillo, presentó recurso de anticonstitucionalidad, haciéndose pública la sentencia el 28 de junio del 2.010.

Al cabo de pocos meses de la aprobación del estatut se celebraron elecciones autonómicas en Cataluña, el 1 de noviembre del 2.006, y a pesar de ser Mas el candidato más votado el socialista Montilla accedió a la Presidencia en virtud de un pacto entre Esquerra republicana e Iniciativa per Cataluña. “Fets i no paraules”, había sido el lema de la campaña de Montilla. Menos discusión y más gobierno.

En enero del 2007, Vicenç Villataoro, director del diario AVUI, director de la corporación Catalana de  radio y Tv , diputado y fundador de Convergencia, publicó un revelador panfleto de Urgencia titulado L’engany (el engaño) en el que sostenía que aquel nuevo tripartito podía suponer un peligroso punto de inflexión: “una propuesta que supone la abolición del eje nacional como eje político significativo y la consagración de la confrontación entre derechas e izquierdas como relato central de la política catalana”.

En febrero Patricia Gabancho daba a conocer un ensayo de notable éxito “el preu de ser catalans” (el precio de ser catalanes) y cuyo subtítulo dejaba claro de que iba el tema: “una cultura mil-enaria en vies d’extinció” (una cultura milenaria en vías de extinción) En abril Alfons López Tena (que había sido vocal del CGPJ) presentó un trabajo que estuvo en la lista de los más vendidos en Cataluña: Catalunya Sota Espanya. L’opresió nacional en democracia (Cataluña bajo España.La opresión Nacional en democracia). Ferran Mascorell, emblema del magallismo cultural en el Ayuntamiento de Barcelona, empezó a publicar artículos culminando en El Pais con Nous y vells catalanismos (nuevos y viejos catalanismos) su tesis era que el catalanismo histórico había quedado obsoleto y que si no lograba refundarse “Cataluña seguirá desdibujando su personalidad, perdiendo peso especifico en España y muy probablemente también en el mundo. Luego se pasaría de consejero con Mas.

  El Dret a decidir por tanto empezó a circular después de la conferencia de Más, en la legislatura de Montilla, (y esto hay que resaltarlo) que ofreció el 20 de noviembre del 2007 con el título “EL CATALANISME, ENERGIA I ESPERANZA PER A JUN PAIS MILLOR” (el catalanismo, energía y esperanza para un país mejor)  Decía en esa conferencia:

“muchos de los que votamos a favor del referemdum del Estatut lo hicimos conscientes de que representaba un salto hacia adelante en el autogobierno, pero de ninguna manera significaba una estación final del trayecto en el largo camino de Cataluña hacia el autogobierno y las libertades nacionales” fijando a continuación cual era la siguiente estación política para el catalanaismo: EL DERECHO A DECIDIR. Seguía: El derecho a decidir de los catalanes hunde sus raíces en las convicciones y en las creencias más genuinamente democráticas.

Afirmó aquella noche que “el derecho a decidir de un pueblo es el ejercicio de democracia en estado puro. ¿A que demócrata le da miedo esto? ¿A que persona con principios democráticos sólidos y bien fundados le puede molestar que la democracia se manifieste con naturalidad? Si Cataluña es una nación, y lo será mientras los catalanes quieran, y no es simplemente un derivado o un subproducto constitucional, tenemos derecho democrático a decidir lo que mas nos conviene como pueblo” Lógica transparente, toda vez que Cataluña se convierte en Nación, la democracia garantiza per se la posibilidad de votar sobre todo lo que afectase.

Fijaros que esto se proclamó en el 2.007, y la sentencia del Tribunal Constitucional fue el 28 de Junio del 2.010, proclamando que “carecen de eficacia jurídica interpretativa las referencias del preámbulo a Cataluña como nación y a la realidad nacional de Cataluña”

El 10 de julio centenares de miles de personas se manifestaron bajo el lema “Som una nació.Nosaltres decidim. Somos una nación nosotros decidimos. Desde entonces con la colosal agitación de Omnium Cultural y la Asemblea Nacional Catalana no ha cesado, siendo ahora su presidenta la Presidenta del Parlament. Recordemos que Montilla fue zarandeado en esa manifestación.

El Viejo Topo, revista que se dita en Barcelona, ha publicado un libro en tres tomos (falta por salir el tercero) titulado: EL CATALANISMO, DEL ÉXITO AL EXTASIS, en el segundo con el subtítulo de: La intelectualidad del “proceso”, y que firma MARTÍN ALONSO y cuya lectura recomiendo. Para que os hagáis una idea, en el capítulo 8 señala que  las entidades integradas en el Pacto Nacional por el derecho a Decidir son 34 solamente en Badalona, siendo la tercera parte dedicadas a la educación.

Coincide Xavier Domenech, representante de Ahora en Común en el congreso de los Diputados, en su libro Hegemonías (crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos 2.010-2013) al considerar que el proceso que ha llevado a mucha gente a la independencia tiene una base sustantiva en unos aparatos de creación de opinión que desempeñan un papel clave. El pensamiento, por supuesto teórico de Domenech, sería muy interesante de analizar, ya que está influyendo claramente con sus 12 diputados en el conjunto de la organización política Podemos. Hace el siguiente análisis:

Joaquín Maurín, político de los años 30 en la órbita del POUM  (conocido partido troskista) apuntaba que el proceso de emancipación nacional catalana tenía tres fases, en la primera el dominio de los partidos burgueses, en su caso la Lliga de Cambó, (ahora nos llevaría a CIU y Artur Mas) la segunda los partidos de la segunda burguesía, se refería a ERC (no si ahora podría ser igual) y en la tercera los proletarios por supuesto del POUM (ahora sería la CUP) Domenech considera por tanto  que el catalanismo es el espacio hegemónico desde el que se construye todo proyecto con voluntad de mayorías.

Al proceder de Proces Constituent (monja Torcades  y Arcadi Oliveras junto con Vicent Navarro)  considera que desde abajo lo único que se mueve con profundidad es su movimiento  que tiene como objetivo iniciar un proceso constituyente donde el eje social integre al nacional, (y no al revés) a partir de un nuevo eje que sea una transformación global constituyente. Dice lo siguiente en la página 306:

“unas izquierdas que quieran sobrevivir al proceso y hacerlo suyo para devenir en una alternativa de mayorías deben no quedar atrapadas en una lógica institucional, y prepararse en lo que más que probablemente dará en una saturación e implosión del sistema político tradicional. Camino en el que difícilmente encontraran las izquierdas catalanas  procesos de convergencias fuertes con las españolas, más allá de pequeñas y significativas minorías. Actúan en dos espacios políticos con profundas contradicciones y con lógicas diferencias que lo hacen especialmente difícil cuando se refieren a las realidades nacionales. Es más, la voluntad  “pedagógica” catalana a veces es tomada sencillamente como una afrenta por aquellos que no creen que el problema sea de comprensión”

Luego hay políticos que se sitúan fuera del arco parlamentario como Jaime Pastor que equiparan el momento actual con la segunda restauración borbónica, vuelven a la postura de los años en que se pedía el derecho de autodeterminación para acabar con el franquismo. “la monarquía del 78 se fundó precisamente en la negación del derecho de autodeterminación de todos los pueblos de España- que requería, como mínimo un referéndum sobre la forma de Estado- y a fortiori, en la negación del derecho de autodeterminación de las nacionalidades históricas” Olvidan estos autores el Pacto de San Sebastián que dio como consecuencia el Estatuto de Nuria, aprobado incluso antes que las Cortes Republicanas. Muñoz Machado en su libro España y las Españas considera eso como una autodeterminación y lo explica con bastante detalle.

Brevemente una explicación sobre la confusión que se tiene sobre las analogías que se quieren poner sobre los casos de Escocia y Canadá. Mi amigo Cesar Giner de la corriente Mas Izquierda Madrid lo explicaba muy bien en uno de sus artículos:

“La Constitución federal de Canadá es muy especial porque probablemente es la única del mundo que nunca ha sido originariamente aceptada por uno de sus miembros.

La provincia de Quebec no ha aceptado, desde el principio, la Constitución porque consideraba que se basaba en la ruptura de lo que constituía un elemento central del régimen confederal de la época colonial, que era la unanimidad de todas las provincias para modificar cualquier aspecto del régimen legal y colonial de las provincias de la Confederación, y de las relaciones de las provincias con la Confederación.

Quebec identificaba la unanimidad con el derecho de veto a cualquier cambio importante de los artículos de la Confederación que afectasen a los poderes de las provincias, o a sus relaciones con las Instituciones centrales de Canadá.”

Una breve digresión que abunda en la idea anterior en relación con el Reino Unido. El Acta de Unión de 1707 fue una serie de leyes aprobadas por los parlamentos de los reinos de Inglaterra y Escocia, para implementar el Tratado de Unión entre ambos países.

La opinión de la Corte Suprema de Canadá de 20 de agosto de 1998 (Seccession Reference) se emitió a instancias del Gobierno de Canadá que le planteó tres preguntas sobre las pretensiones de secesión unilateral de la provincia de Quebec.

La primera pregunta quería conocer la opinión de la Corte sobre si el Parlamento o el Gobierno de Quebec podían acordar la secesión de la provincia de manera unilateral.

La segunda, planteaba si el Derecho internacional otorgaba al Parlamento o al Gobierno el derecho de acordar unilateralmente la secesión.

Y la tercera, se refería a qué Derecho prevalecería en caso de conflicto entre el Derecho interno de Canadá y el Derecho Internacional si éste último reconociera el derecho de secesión unilateral de Quebec.

La Corte Suprema dijo que el Derecho canadiense no permitía el derecho de secesión unilateral de Quebec. La Corte sostuvo que el Derecho Internacional tampoco otorgaba a Quebec tal derecho. Y por ello, la tercera pregunta quedaba sin objeto.

Pero la respuesta de la Corte Suprema fue mucho más allá de lo que el Gobierno canadiense preguntó, porque reconoció el derecho de Quebec a exigir la apertura de negociaciones sobre la secesión con el Gobierno federal de Canadá siempre que el pueblo de Quebec se pronunciase en referéndum ante una pregunta clara y con una mayoría clara a favor de la independencia. Por ello se aprobó el 29 de junio de 2000 la Clarity Act que reguló cómo debía entenderse esa doble exigencia de claridad.

Esta reflexión de la Corte Suprema tiene una explicación histórica local. Se trata de una suerte de “compensación” del Alto Tribunal canadiense a Quebec porque nunca aceptó la denominada repatriación de la Constitución canadiense, que rompía la más arriba comentada regla de unanimidad de las provincias para las modificaciones sustanciales de la Constitución.

Asímismo, hay que tener en cuenta que la Corte Suprema se refiere a un triple proceso. Primero, la celebración de un referéndum en el que participarían los habitantes de Quebec; segundo, de ser positivo el resultado del referéndum, se podría pedir la apertura de negociaciones al Gobierno de Canadá; y por último, en el caso de que dichas negociaciones pudieran cerrarse con un acuerdo satisfactoria para los negociadores, habría que consultar de nuevo a la ciudadanía si está de acuerdo con el resultado de las negociaciones.

¿Tendría encaje un referéndum de secesión en la Constitución española de 1978? A eso nos va a dar respuesta nuestro amigo José Antonio García Regueiro  ex-letrado del constitucional, y al que voy a ceder la palabra de inmediato.

En el año 1957, en el Orfeó Catalá de México, Anselmo Carretero Jiménez, del que encontraréis una extensa biografía en la página de la Fundación Pablo Iglesias, militante de la Agrupación Socialista de Madrid, impartió una conferencia a los catalanes allí presentes titulada “la personalidad de castilla en el conjunto de los pueblos hispánicos”, he encontrado el libro en el que está publicada la misma en una librería de viejo y comienza diciendo lo siguiente: “Para muchos paisanos vuestros, Castilla es la monarquía extranjera que somete con sus ejércitos a Cataluña, acaba con las libertades catalanas e implanta en vuestra tierra la lengua y las leyes castellanas. Según este punto de vista Castilla es en resumen, un pueblo dominante e imperialista que ha sojuzgado a los demás de España e impuesto en toda ella, por la fuerza de las armas, su idioma su ley, su idea y su cultura.

En el trascurso de esta conferencia trataremos de presentaros la personalidad de castilla tal y como realmente se manifiesta en su desarrollo histórico. Veréis como no se parece en nada a los divulgados retratos que, a grandes rasgos, acabamos de describir, y que en muchos aspectos fundamentales es totalmente opuesta a ellos”. Muchos Carreteros nos hacen falta hoy, al igual que muchos Capamays (Antonio Capmany Suris y Montpaláu, redactor de la Constitución de Cádiz).

Unos apuntes de Félix Alonso para el debate

EL REFERÉNDUM NO ES LA SOLUCIÓN

 referemdum

Cataluña lleva años empantanada en el denominado procés; una apuesta política desconcertante, que la aboca al riesgo de fractura, el bloqueo político y la inacción en otros ámbitos, menos “épicos”, pero de los que en realidad depende el bienestar inmediato de sus ciudadanos. En este contexto tan incómodo es comprensible que resurja el deseo de desenredar la madeja de forma rápida y participativa a través de un referéndum vinculante de independencia.

No es de extrañar que lo reclamen los soberanistas pues, pese a las proclamas de que han “pasado página” y están legitimados para la “desconexión”, forzar un referéndum a la escocesa sigue siendo su gran objetivo estratégico. Significaría alcanzar ya la mitad de su programa máximo (verse reconocidos como comunidad política aparte) y, si triunfase el “no”, el precedente permitiría repetir en el momento propicio para conseguir la otra mitad (una secesión legal aceptada internacionalmente). En cambio, sí resulta más intrigante que esta solución se defienda también por un sector importante de la izquierda no nacionalista en Cataluña y toda España invocando argumentos tanto democráticos (volem votar) como pragmáticos(convé votar).Nosotros discrepamos de ambos.

Para empezar, puede en efecto dudarse del supuesto clamor por el “derecho a decidir”. Se suele repetir que un 80% de los catalanes querría ser consultado sobre su futuro. En realidad, esa evidencia demoscópica se deriva del sesgo simplificador que resulta de preguntar algo así como: “¿Prefiere usted ser tenido en cuenta o ninguneado?”. Sin embargo, cuando las encuestas son más sofisticadas y las posibles respuestas incluyen otras opciones como la negociación entre Gobiernos, entonces las posturas se matizan. Así ocurrió, por ejemplo, en el barómetro de GESOP (febrero 2014), donde solo un 49% se decantaba por el referéndum como solución; esto es, un número algo mayor, pero no muy alejado, de los que prefieren la independencia.

Pero, al margen del debate sobre el verdadero apoyo social al referéndum, conviene detenerse en las dos razones prácticas aducidas por quienes abrazan esta solución aun sin ser independentistas: 1) serviría para aclarar por fin los deseos del pueblo catalán y 2) el mero hecho de celebrarlo reduciría la ansiedad secesionista, contribuyendo así a su derrota.

En este razonamiento se obvia el choque de legitimidades entre la voluntad de la ciudadanía catalana (en realidad, solo de una parte significativa de ella) y el marco constitucional vigente, amén de la contradicción con los deseos del pueblo español, que es en principio el demos sobre el que se fundamenta nuestra democracia, y cuya inmensa mayoría —aquí sí— no tiene interés en ver su país cuestionado, ni eventualmente tener que enfrentarse a las consecuencias sociales, políticas y económicas de su descomposición.Resulta intrigante que esta salida la defienda un sector de la izquierda no nacionalista

Pero no abundemos en este detalle, que partidarios del referéndum consideran irrelevante. Concedamos que esos impactos negativos sobre España —y que se darían incluso si la secesión fuese rechazada— no tienen por qué preocupar a los catalanes. Asumamos que ellos solos conforman el sujeto soberano que puede “autodeterminarse”. Pues bien, tampoco en esas circunstancias la solución para Cataluña estaría en un referéndum que pregunta si se quiere o no la separación. Una fórmula así, con pregunta binaria, tendría aparentemente la ventaja de la claridad del resultado. Pero tiene cuatro grandes inconvenientes democráticos.

El primero es no recoger la preferencia de una bolsa importante de ciudadanos catalanes, probablemente la más abundante, que rechaza el statu quo, pero no quiere la secesión, sino un nuevo pacto para renovar y mejorar el autogobierno. Ese fue justo el problema del precedente escocés, donde la pretensión mayoritaria (másdevolution) no pudo ser votada pues Cameron pretendía evitar una molesta negociación competencial obligando a los escoceses a escoger de manera dramática por el “dentro” o “fuera”.

El segundo inconveniente es que la claridad es imposible en situaciones de potencial empate; y aquí sirve el precedente de Quebec, donde llevan décadas discutiendo agotadoramente qué constituye una “mayoría clara”. Los contorsionismos que se están dando en Cataluña para considerar suficientes los magros resultados del 27-S ilustran que aquí la controversia sería incluso mayor. Y ninguna fórmula, ya sea con dos o más opciones, arrojaría un resultado incuestionable. ¿Cómo íbamos a gestionar por ejemplo que el 48% opte por la independencia, un 24% por el federalismo y un 28% por el statu quo autonómico?Más que ayudar a resolver la fractura social, una consulta polarizaría aún más a la sociedad

Eso lleva al tercer “pero”: un resultado que rechazase por poco la opción secesionista difícilmente la desactivaría (no lo hizo en Quebec, ni en Escocia), y condenaría, bajo presión nacionalista y cálculos estratégicos para que el centro haga ofertas seductoras que mejoren el poder del territorio, a nuevas votaciones (el “neverendum”).

Pero en nuestra opinión es el cuarto inconveniente el más problemático: Cataluña está atravesada por una fractura social y política que difícilmente se puede cruzar tras una deliberación democrática porque refleja identificaciones primigenias. Cuando la población está partida en dos mitades con fuertes identidades culturales, el resultado de un referéndum solo capturaría estados de ánimo contingentes de un pequeño grupo de indecisos cuyo voto es susceptible de oscilar. Cataluña no es un sol poble. Los partidarios del referéndum han construido una imagen mitificada del proceso de Escocia, que no sufre división identitaria, pero han obviado muchos otros casos (como Bélgica, Úlster o Chipre) donde solo las posiciones más sectarias consideran que votar una ruptura puede funcionar como mecanismo legítimo y eficaz para gestionar el conflicto. Cuando existen problemas territoriales con matriz identitaria, un referéndum, lejos de ayudar a resolver la fractura social, polarizaría aún más.

No defendemos un Estado-jaula, que atrapa a una mayoría clara y persistente de ciudadanos que quieren salir de él. Porque si la ruptura fuera irreversible y no identitaria, una democracia avanzada como España tendría que plantearse aceptar la secesión. Pero esa mayoría no aparece, ni se la espera. Por eso la solución no es un referéndum. En realidad no hay solución más allá de sensatas fórmulas de “conllevancia” que trabajosamente se empeñen en construir, con grandes dosis de diálogo y generosidad, sistemas de poder compartido. Por supuesto, los pactos que se alcancen —la reforma federal o un encaje más satisfactorio de las respectivas minorías— podrían refrendarse luego por la ciudadanía. Pero esa no sería ya una votación divisiva.

Pau Marí-Klose es profesor de Sociología en la Universidad de Zaragoza. Ignacio Molina es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.

LA REVUELTA DEL ESPÍRITU

Un día, el prVERINESesident Maragall en una de sus visitas habituales al Círculo de Bellas Artes de Madrid, me comentó que tenía la intención de abrir un centro cultural que, a la vez, fuera una librería de volúmenes editados en catalán. Impresionado por la cantidad de gente que acudía a diario a las exposiciones, representaciones teatrales, conferencias, o seminarios, me adelantó su intención de alquilar un local (recientemente abandonado por Renfe) justo enfrente de la entrada principal del Círculo, que yo entonces dirigía. Lo mismo que el Círculo, daba a la calle de Alcalá y a Marqués de Casa Riera. La razón dada para tomar semejante decisión fue que así nos haría “la competencia” aprovechándose de aquel inmenso fluir. Muchos, antes de entrar en el Círculo, curiosearían por Blanquerna y también quedarían enganchados a sus actividades. A mí me pareció una excelente idea. Así se hizo y allí siguen ambas instituciones hermanas.

Tiempo después, al ser nombrado director del Instituto Cervantes, en mis primeras declaraciones anuncié que, por vez primera, esta institución impartiría además del español clases de las otras tres lenguas oficiales: catalán, euskera y gallego. De nuevo, Maragall me telefoneó para felicitarme por el cargo y me dijo “espero que no le hagáis la competencia al Ramon Llull”. “Por supuesto que no. Por el contrario, colaboraremos estrechamente con él y utilizaremos a sus profesores”, le respondí. Así fue. A partir de ese momento hubo una buena entente, también con la Academia Gallega y con la Vasca. De hecho, pusimos el nombre de Espriu, Aresti y Cunqueiro a las bibliotecas de nuestros centros de Palermo, Lyon y Damasco (este último, hoy desgraciadamente cerrado por la guerra).

Un Instituto Ibérico

Mi idea siempre fue, es y será la de la permanente colaboración entre nuestras lenguas y culturas a través de las instituciones que las representan, porque todas ellas son las que conforman nuestro país. El español es, por su historia, de entre ellas, la más universal. Pero a través de nuestra lengua común se vehiculan las otras tres. Dos de ellas, el catalán y el gallego igualmente latinas y por tanto de no complicado aprendizaje. Se trata de vehicular las lenguas, los escritores, los intelectuales y todas las variadas manifestaciones artísticas que engloban estas culturas. En los Congresos de la Lengua, al menos de aquellos años, siempre hubo una presencia activa de lingüistas, historiadores y escritores que compartían amistosamente sus inquietudes y que explicaban al público argentino de Rosario o al de Cartagena de Indias la variedad y riqueza cultural de nuestro país. De esas reuniones surgió la idea de la creación de un Instituto de las Lenguas Ibéricas, que estaría conformado por la Academia Gallega, la Academia Vasca, el Instituto Ramon Llull, el Cervantes, el Instituto Camoens portugués, la Universidad de Alcalá de Henares y cuantas otras instituciones culturales o lingüísticas quisieran adherirse. La Universidad donde nació Cervantes se ofreció para alojarlo y dotarlo de profesorado, así como de alumnos y actividades. Al principio hubo algunas reticencias por parte del Instituto Camoens y de la Acadèmia Valenciana de la Llengua por la denominación. Sin embargo todo se arregló y se llegaron a producir al menos cuatro o cinco reuniones entre Madrid y Alcalá, pendientes de que las próximas se fueran realizando en las diferentes sedes de cada lengua. Lisboa era la inmediata. Se redactaron los primeros proyectos de estatutos y el propio presidente Zapatero fue advertido mostrando su interés y ofreciendo su ayuda que, sin lugar a dudas, tendría que ser de tipo económico. Creo que este proyecto fracasado, sencillamente porque no tuvo continuidad a mi marcha de la dirección del Instituto para ocuparme del Ministerio de Cultura, fue uno de los mayores intentos para establecer una convivencia ibérica permanente de lenguas y culturas. Un centro donde se enseñarían todas ellas y, sobre todo, se establecería un contacto permanente entre todos los creadores, estudiosos y artistas.

Intercambio de ideas

El mundo de la cultura siempre ha estado en contacto en la Península, porque la cultura también habla un esperanto común, además de las propias lenguas vernáculas. Este esperanto se basa en la convivencia, en el conocimiento, en el intercambio de ideas, en el intercambio de experiencias y sentimientos com
unes al ser humano. La cultura está por ­encima, y más allá, de las batallas partidarias. Pero cuando se la utiliza políticamente de uno u otro lado es entonces cuando surgen los problemas y las suspicacias. A la política sólo le interesa utilizar a la cultura para sus propios fines y no para los de su engrandecimiento y esplendor. Las lenguas de España, en otras épocas, sufrieron los rigores de los tiempos oscuros, pero hoy están perfectamente establecidas y han podido desarrollar una labor creativa como nunca antes había sucedido. ¿Qué pasó con las otras lenguas de Francia, de Alemania o de Italia? ¿Qué papel tiene hoy el gaélico? La convivencia lingüística en nuestro país ha sido casi siempre ejemplar. Que podría ser infinitamente mejor, seguramente, pero las obras de los escritores circulan y la presencia plurilingüística en jurados, premios, actividades e intercambios sigue siendo notable. Quizá en la educación (el gran problema de España desde sus orígenes) se debería insistir en una mayor difusión. Yo siempre comenté que cada niño español debería acabar el bachillerato conociendo, al menos, un mínimo vocabulario en todas las lenguas ibéricas. También sería magnífico que los jóvenes alumnos en sus planes de estudio leyesen a los autores fundamentales de todas las lenguas oficiales. ¿Pero acaso habrán leído a Cervantes o Lorca? Las Humani­dades en los últimos años han sido transterradas y esa grave irres­ponsabilidad gubernamental también ha influido en el conocimiento que todos deberíamos tener de los unos y los otros.

Pero la cultura y las lenguas siguen su camino a pesar del devenir de la política, y hoy nuestra industria cultural es una de las más poderosas del mundo; nos interconecta a todos con todos. Por ejemplo ¿dónde están las grandes editoriales, los grupos de comunicación, las productoras de cine y televisión? Catalunya es un centro crucial en todo este gigantesco eje, tanto peninsular como iberoamericano. Guionistas, actores, directores, productores, editores, escritores y artistas desarrollan su actividad en cualquiera de las lenguas que hemos citado. Todos conformamos un gran mercado (aunque no me gusta nada abusar de esta palabra) de más de 500 millones de personas. Tampoco no nos olvidemos de los más de 50 millones de hispanos en EE.UU., una comunidad cada vez más influyente. Donde hay un hispanoamericano o un iberoamericano, también hay un catalán, un gallego o un vasco, con sus respectivos idiomas y particularismos culturales.

Cultura y política

El mundo de la cultura debería tener el coraje de romper sus lazos con la política de la que siempre ha sido sumisamente dependiente y declararse también ajeno a aquellos que quieren vaciar a la cultura de todos sus valores universales. Del mismo modo, alejarse de quienes han ejercido siempre una amenaza continuada contra el libre pensamiento. El mundo de la cultura debería reorganizarse como otro poder, como un contrapoder para protestar por su utilización partidista. No volver a ser colaboracionistas y recolectores de dádivas bien repartidas. No hay lenguas ni culturas que puedan sobrevivir indemnes a su utilización. Volvamos a manifestarnos como inteligencia crítica y racional, no como masa sentimental. Reemprendamos nuestros contactos como en otras épocas, reemprendamos nuestros debates, reemprendamos nuestros vínculos desde nuestra diversidad. Nos unen más cosas entre nosotros mismos que con los políticos de turno, aniquiladores de diferencias y amantes siempre de la obediente uniformidad. Cumplidos sus fines ¿acaso alguien se puede imaginar que ese “amor de interés” se puede perpetuar? Humanistas y científicos procedentes de todas las ideologías, agrupémonos bajo una causa común: la convivencia, el respeto, la libertad de creación, la independencia respecto al esclavismo económico ejercido por el poder, la utilización de nuestro saber, y dediquemos nuestros esfuerzos a la educación en ideales pacíficos y en la pluralidad. El gran político francés Clemenceau, a finales del siglo XIX, ante los gravísimos sucesos que se habían producido en torno al caso Dreyfus, escribió: “Y es en esta pacífica revuelta del espíritu (francés) donde pondría mis esperanzas de futuro en este momento en que todo nos falta”. El mundo de la cultura no debe rendirse a las fratricidas luchas políticas, porque en todo creador hay un pacifista, un ser libre, independiente y, sobre todo, crítico.

Prestigio cultural y cambio

Sabemos que hoy el prestigio de la cultura no es como el de otras épocas, debido al cambio social que se está produciendo, con la presencia de las nuevas tecnologías y las redes sociales; pero la cultura mantiene su patrimonio y dignidad de siglos en el avance sereno y sensato de la humanidad. Recuperemos el significado simbólico de la palabra intelectual, una fuerza autónoma entre poderes, capaz de mantener la cordura perdida en muchos de los frentes. Estaría bien un manifiesto común que se iniciara como aquel otro “los abajo firmantes” y que pidiera: mayor educación, mayor cultura, mayor espíritu de convivencia y respeto a todas las lenguas, mayor permeabilidad y menor aislacionismo, un intercambio permanente de experiencias, mayor comunicación entre universidades y desterramiento de la mediocridad producida por las subvenciones locales, que tan sólo abocan al páramo cultural. En otras palabras, luchar contra el ensimismamiento de una u otra índole. Reunirnos en una gran asamblea para hablar, pensar y establecer de nuevo una convivencia cultural en plena cohesión europea. No nos desconectemos de nosotros mismos sino que volvamos a enlazarnos en la confianza de lo mejor. No somos instrumentos de otros, sino del ser humano que quiere hablar, dialogar y no entrar en un litigio arrasador de permanentes quejas contra el otro. En Europa, en estos momentos, sólo es extranjero aquél que no conocemos ni tenemos deseo de conocer en momento alguno. Los españoles no somos extranjeros entre nosotros mismos, pero sí tenemos la obligación de conocernos más, tratarnos más, el amor es también un ejercicio cotidiano inabarcable e inacabable, como sabía el rey Lear.

CESAR ANTONIO MOLINA

NACIÓN/FICCIÓN

De esto trata lanación votación. No de que Escocia sea una nación, ya somos una nación: ayer, hoy y mañana (…) En realidad trata (y esta es la cuestión) de romper todos y cada uno de los vínculos con el Reino Unido”. Así comienza el discurso con el que el ex primer ministro Gordon Brown irrumpió hace un año en la campaña para el referéndum escocés, contribuyendo a cambiar el rumbo favorable a la independencia que registraban las encuestas. No pone en duda que Escocia sea una nación —lo da por supuesto— sino que serlo justifique la ruptura con los demás ciudadanos del Reino Unido. Y dedica el resto de su discurso a valorar lo mucho que comparten todos ellos.

El debate suscitado por las declaraciones de Felipe González en las que admitía ser partidario del “reconocimiento de la identidad nacional de Cataluña” remite a esa cuestión. Lo que cuenta no es la definición como nación sino qué consecuencias políticas se pretenda extraer de ese reconocimiento. Desde finales del siglo XIX, los nacionalistas han dado por supuesto que esa condición implica el derecho a tener un Estado propio. Es el llamado “principio de las nacionalidades”, de imposible aplicación dado que en el mundo hay varios miles de lenguas y categorías étnicas susceptibles de ser catalogadas como naciones o nacionalidades. En Europa, más de 200.

Michael Ignatieff, el intelectual canadiense autor de varias obras sobre conflictos étnicos, dedicó seis años de su vida a tratar de llevar sus ideas a la política práctica como diputado y líder del Partido Liberal. En plena campaña por ese liderazgo, un periodista le preguntó a quemarropa si consideraba que Quebec era una nación. “Por supuesto que lo es”, respondió, dando por establecido, como ha explicado en su libro de memorias Fuego y cenizas (Taurus. 2014), que eso no significa derecho a convertirse en un Estado independiente puesto que varias naciones “pueden compartir un Estado”. “Lo que yo rechazaba no era el orgullo sobre la nacionalidad sino la insistencia en dotarse de un Estado y la creencia en que los quebequenses debían elegir entre Quebec y Canadá”, lo que siempre “habían rechazado porque sentían lealtad hacia ambas”.

En la Transición democrática, cuando libertad y autonomía eran dos caras de lo mismo, muchas personas que en absoluto podrían ser consideradas nacionalistas admitían con naturalidad que Cataluña era una nación. Pero hacia finales de los noventa, tras los últimos traspasos de competencias, sectores nacionalistas catalanes y vascosvieron en la reclamación de soberanía la posibilidad de prolongar su agenda de reivindicaciones (y sus carreras políticas).

Desde entonces, para que fuera posible una reforma constitucional que reconociera a Cataluña como nación sería necesario encontrar una formulación que dejara claro que no existe vinculación entre ese reconocimiento y un hipotético derecho de secesión. Y tampoco con la pretensión de que si Catalunya y Euskadi son naciones, España no puede serlo.

(Un nacionalista vasco radical de la generación de los años treinta, Manuel Fernández Etxeberria, Matxari, publicó en los sesenta un libro titulado De Euskadi nación a España ficción).

PATXO UNZUETA, en EL PAIS, 17 de septiempre 2015

¿QUE CABE,PUES,HACER?

EL HOMBRE CORDERO 1VICTOR GÓMEZ PIN

CATEDRÁTICO FILOSOFÎA

UNIVERSITAT AUTÓNOMA DE BARCELONA

 

 

Ciertamente, la acción efectiva de los hombres no siempre se corresponde con las máximas de comportamiento que ellos mismos se habían impuesto. En ocasiones, esta discordancia está motivada por la ausencia de entereza para asumir el precio personal de la fidelidad a las convicciones e incluso por el mero oportunismo. Pero es bien sabido que, a veces, la disparidad no resulta de cobardía o interés egoísta, sino de una polaridad entre el proyecto subjetivo originario y un segundo imperativo moral, derivado de circunstancias que escapan al control del sujeto. Interno desgarro característico de la tragedia clásica al que recientemente se han visto sometidos los protagonistas políticos del actual Gobierno heleno.

 

Quienes no tenemos acceso directo a lo que ocurre entre bastidores en la representación político-financiera, a la hora de interpretar la realidad social nos guiamos por la información que nos deparan ciertos analistas que han merecido nuestra confianza. Tal era exactamente mi caso cuando intentaba esbozar alguna hipótesis sobre lo que estaba en juego en el conflicto de los últimos meses en Grecia. El número de agosto de Le Monde diplomatique en español no constituye un monográfico sobre Grecia, pero la confluencia de una serie de artículos evocadores de esa tremenda batalla le confieren casi ese carácter, haciéndose trasparente que la cuestión interpela en general a los que han apostado por el proyecto de la Europa comunitaria, e incluso hace que se interroguen los que acuden a las urnas con el sentimiento de que su voto tiene, efectivamente, un potencial transformador.

 

En efecto: desde el estremecedor relato de las negociaciones en Bruselas por el ex ministro Yanis Varoufakis hasta la descripción por Serge Halimi de la “Europa que ya no queremos”, pasando por la colección de citas de Renauld Lambert, sintetizadas en una impúdica frase del Financial Times, para quien la reducción de la resistencia griega demuestra que “el sistema ha sido capaz de absorber el virus”, o la descripción por Ignacio Ramonet del “paseo de Canossa” al que sus teóricos “interpares” (¿qué paridad existe entre el reo y los pregoneros de lo ajustado de la sentencia?) condujeron a Tsipras; pocas veces de un periódico ha emergido con tal implacable rigor la interrogación relativa a si “salvo sobre cuestiones secundarias, realmente debemos seguir convocando elecciones en la zona euro e incluso en el conjunto de la unión europea” (Bernard Cassen).

 

He aquí una escena que movería a una respuesta negativa: durante una reunión del Eurogrupo celebrada en febrero tras una intervención relativamente conciliadora del Ministro de Finanzas francés, su colega alemán habría tomado inmediatamente la palabra para exclamar que “no se puede dejar que unas elecciones cambien cualquier cosa”. Las elecciones eran precisamente las que, entonces muy recientes, habían llevado a Syriza al gobierno y el “cualquier cosa” eran razonables propuestas que estaban en el programa electoral de la formación. La anécdota ilustra suficientemente la jerarquía de valores que rige en el Eurogrupo, así como la relación de fuerzas imperante, dando motivos para la inquietante pregunta de Bernard Cassen.

 

El lector recuerda quizás Senderos de gloria, estremecedora película de Stanley Kubrik: tras el fracaso en la toma de una posición sin verdadero interés estratégico pero que servía para justificar la prosecución de una guerra que significaba, de hecho, la ruina de Europa, tres soldados franceses son conducidos al pelotón de fusilamiento ante la impotencia del oficial defensor Dax, consciente de que la condena es exclusivamente para poner en guardia, pour l’exemple. Pues bien, Renaud Lambert recoge estas palabras de Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, en el Financial Times: “Más que el contagio financiero de la crisis griega, es el riesgo de contagio ideológico o político lo que me preocupa”.

 

En el film de Kubrik, el malestar del defensor (protagonizado por Kirk Douglas) por su fracaso quiere ser aliviado con una promoción que Dax rechaza, dando pruebas de una decencia y de una entereza totalmente ajenas a los pretendidos defensores en Bruselas de una actitud flexible: tras una de las reuniones cuyo resultado para los griegos fue una estricta llamada a rendirse, un miembro de alto rango de la delegación francesa se dirige al Ministro heleno excusándose por su pusilánime actitud con el argumento de que “ Francia ya no es lo que era”. Desde luego, el general de Gaulle (por mencionar a un francés conservador) nunca hubiera podido imaginar que los delegados franceses emularían a sus colegas españoles en el papel de palanganeros, que, una vez realizado el trabajo, son felicitados e invitados a relajarse con un cóctel.

 

Pero el cáliz de los dirigentes de Syriza está aún lejos de ser colmado, pues hay otros aspectos de esta reducción de un político del temple de Tsipras que, como decía, nos conciernen como europeos. “No se puede cocinar con guantes blancos” dice un policía de Balzac para justificar los “excesos” con los detenidos… el sacrificio de pruritos morales formaría parte del oficio. Lo terrible es que los responsables políticos que alcanzan el poder pueden llegar a la misma conclusión, animados ante la idea de cambiar un orden social que, simplemente, constituye una máquina de deshumanización: las negociaciones entre Grecia y sus jueces prosiguen al tiempo que, en una isla repleta de turistas, los aspirantes a entrar en Europa se resisten a su concentración en un estadio y, ante la impotencia de la policía local, se piden a Atenas refuerzos antidisturbios. Con certeza, la política migratoria comunitaria repugna profundamente a los dirigentes de Syriza, pero de negarse a seguirla (por ejemplo, dando libre paso a estas personas cuyo objetivo no es permanecer en Grecia), las represalias serían tremendas e inmediatas. Y ello se extiende a otros aspectos, de tal manera que los amenazados de Grexit, de no llegar a ser efectivamente expulsados, han de asumir como propia una política exterior y de defensa no sólo a veces contraria a sus intereses sino, asimismo, al ideario político defendido. Ciertamente, no estamos en la Europa de esa guerra en la que “al llegar la primavera, ya sólo florecen tumbas”, pero ni siquiera es de recibo el tópico de que la Unión Europea ha sido la vía de superación de las guerras. Aparte de las puntuales que se han dado en el propio continente, ¿podemos considerar como exterior a Europa la guerra desencadenada por Sarkozy en Libia? Se intentó justificar la intervención con toda clase de pretextos morales no verificables, que no lograron tapar algún hecho incontestable: Libia daba a Francia la ocasión de mostrar la potencia destructora de los aviones Rafale (en dura competencia entonces con los llamados Euro-fighter), los cuales, adquiridos por una cifra descomunal, hoy exhibe con orgullo el restaurado régimen militar egipcio. La guerra simplemente se ha desplazado a la periferia, guerra explícita a escasa distancia de Italia, mas también guerra implícita en esas escenas tremendas en las fronteras griegas o húngaras, y violencia implícita tras esa imagen de inmigrantes reducidos a una existencia marginal, sin relación con la población del país, condenados a vivir de la venta de baratijas a los pies de la torre Eiffel o en el puente del llamado Maremagnum de Barcelona, canalizada su inteligencia a la cotidiana tarea de urdir tretas para escapar a los cercos policíacos: “no es la mercancía, es la vida”, declaraba un senegalés tras el incidente que costó la vida a uno de sus compatriotas que huía de los Mossos en Salou.

 

De todo esto se sigue la absoluta pertinencia de la interrogación de Bernard Cassen que, por mi parte, ahora radicalizo: la cuestión no es ya la de si merece la pena, con mayor o menor escepticismo ir a votar, sino la de si es moralmente lícito seguir haciéndolo. En concreto, los que hemos votado a proyectos como el de Alexis Tsipras o Ada Colau nos vemos forzados a preguntarnos si la coherencia con la apuesta regeneradora que ambos encarnaban no pasa más bien por apartarse de las urnas. Y, desde luego, esta duda no viene en absoluto motivada por algún tipo de decepción sobre la actitud subjetiva del mandatario griego (o, entre nosotros, de Ada Colau). Al contrario, tengo el sentimiento de que Tsipras, puesto en la alternativa de elegir entre la sumisión o el sacrificio de su pueblo, en la alternativa de hincar la rodilla o mostrarse gallardo… con los cuerpos de sus compatriotas en línea de fuego, eligió noblemente lo primero. Se trata de la terrible impresión de que en las escenas del 13 de julio en Bruselas, el Tsipras “herido, derrotado, humillado”, el Tsipras obligado a “renunciar a su programa de liberación por el cual acababa de ser ratificado ante su pueblo mediante referéndum”, constituía efectivamente ese “Ecce homo” evocado por Ignacio Ramonet, abrumado por el peso de la sentencia y cuya caída en genuflexión era espejo veraz de todos los que, con su “no” en el referéndum, habían apostado por la fuerza del voto, es decir, habían confiado en el poder transformador de la palabra.

 

Y en todo esto el tedioso, por mil veces reiterado, recurso consistente en lanzar el anatema sobre Alemania. Me separo en este punto de algunos de los analistas que aquí evoco. Hay peligro de que (para perezoso consumo de los europeos meridionales pero también de los ciudadanos franceses) Alemania sea erigida en sujeto colectivo de una voluntad consciente de opresión de los países del Sur. Tras la caída del Muro de Berlín, Pierre Aubenque, el gran intérprete francés de Aristóteles y ex decano de la Facultad de Filosofía de Hamburgo –y no precisamente un “rojo”–, se quejaba de que una de las consecuencias del repudio de todo análisis marxista era que el fenómeno del nacionalsocialismo ya no era contemplado como expresión de una inevitable deriva del capitalismo en crisis, deriva que se traducía en las diferentes modalidades de autoritarismo fascista (pétainisme, franquismo, etcétera), sino como la manifestación de un intrínseco rasgo de carácter de los alemanes. En ausencia de razones explicativas, comunes a otros fenómenos, el nazismo se erigía así en mal sin causa, es decir, en mal absoluto. Con las obvias cautelas cabe decir que algo análogo está ocurriendo de nuevo.

 

Y mucho cuidado en este asunto, pues si el sentimiento despectivo hacia el Sur ha retornado en el imaginario europeo, respecto a Alemania se empieza a utilizar la palabra odio. No se le escapa la trascendencia de este hecho a Serge Halimi, que evoca las palabras de Wolfang Streek en este mismo periódico: “En los países mediterráneos y en cierta medida en Francia se odia a Alemania más que nunca desde 1945”. Hace ya un tiempo, yo mismo me sorprendía de una declaración del economista alemán Hans Werner Sinn, según el cual, “nunca como ahora hubo tanto odio en el seno de Europa”.

 

¿Nunca tanto odio? Sin duda, esto es exagerado, pero es cierto que se incrementan las causas sociales de la frustración y, por tanto, de una potencial animadversión que roza el odio; complementada con el estereotipo simétrico que, con relación a los griegos, saliva en Alemania tanto irresponsable: un norte de Europa sobrio y trabajador contra un sur despilfarrador y holgazán… monótona cantinela que se escucha entre los ciudadanos del Véneto, los de Valonia y un largo etcétera. Todo el mundo puede encontrar a su sureño, el cual, en caso de ser inmigrante tiende a ser considerado intrínsecamente indigente, enfermo y contaminante; pero también para casi todo el mundo hay a la vista un nórdico de quien se enfatiza la pretendida altivez intrínseca y hasta el totalitarismo innato, pues la canalización de la propia frustración hacia el otro es la vía adamantina para impedir que se restaure el objetivo de apuntar a la auténtica matriz del mal.

 

Ha habido momentos de mayor desprecio y también de mayor odio pero, en todo caso, la dosis de ambos re-sentimientos es ya demasiado alta en el seno de esa entidad, hoy por hoy quebrada, que es la llamada Unión Europea. Pues ¿cómo puede darse unión cuando proliferan en todas partes discursos que ponen el énfasis en el problema que supondría para el ideal comunitario la idiosincrasia de los otros pueblos a los que precisamente habría que vincularse?

“Con el corazón roto y sometido a una presión inaudita, Alexis Tsipras tuvo que capitular”. Conozco a varias personas que, tras haber celebrado en nuestro país la victoria del “no” en el referéndum griego, sintieron como propia esta humillación a la que se refiere Bernard Cassen. Mas entonces, ante la lúcida descripción de la realidad política que el conjunto de los escritos evocados constituye ¿qué actitud adoptar?

 

No tengo obviamente respuesta positiva, sólo una puesta en guardia sobre la caída en el resentimiento. Vuelvo al film de Kubrik: tras el rechazo a la cínica propuesta de promoción, el oficial Dax acude a una taberna dónde los soldados ebrios se mofan de una muchacha alemana, conminándola a “hablar en una lengua civilizada”; pero el prejuicio racista y lingüístico muta en emoción profunda cuando la muchacha entona una canción alemana evocadora de una quiebra amorosa provocada por la guerra.

 

Cuando un miembro del tribunal nazi, que sentenciaría su fusilamiento el 17 de enero de 1944 en la ciudad de Arras, le pregunta por los motivos subjetivos que le habían movido a la resistencia, el filósofo francés Jean Cavaillès arguye que, marcado por Kant y por Beethoven, con su postura militante sólo había intentado que su vida estuviera a la altura de la enseñanza de sus maestros alemanes. Pero Cavaillès dio también un segundo argumento, ejemplo de corajuda disposición (recordada por el físico Étienne Klein en estas mismas páginas el pasado año) (1): siendo hijo de soldado, había tenido la suerte de saber que sólo en la continuidad de la lucha puede encontrarse antídoto para la humillación de la derrota.

 

 

(1) Étienne Klein, “Un pensamiento explosivo”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2014.

 

LA POLÍTICA DE LAS ALMAS BELLAS

GOETHEUna de las consecuencias más interesantes de las últimas elecciones autonómicas y municipales es que, por fin, las almas bellas van a verse obligadas a enfangarse en el noble cenagal de la política. Le debemos a Goethe, en sus Confesiones de una alma bella,la reintroducción del término en la historia moderna, si bien es Hegel quien nos entrega, desde una perspectiva radicalmente crítica, los caracteres esenciales de esa figura romántica de la conciencia: “Es conciencia que, con el fin de mantener la pureza de los principios en su máxima universalidad […]o en su pura intencionalidad, termina renunciando a la acción, o mostrando un desapego y desinterés por los modos en que la universalidad se puede materializar o encarnar”. El alma bella, para Hegel, se niega a alienarse en el mundo para no perder su íntima pureza, pero eso implica que su existencia se resuelve en un estado de eterna melancolía. Nietzsche, siempre más malévolo, no dejaría de olfatear una inequívoca voluntad de poder, eso sí, reactiva, detrás de esa pretendida inocencia.

Hasta estas últimas elecciones Podemos y Ciudadanos han podido representar el papel de almas bellas. Ambos han estado revoloteando en el éter, siempre cómodo, de la pura teoría. Desde ahora, ambos habrán de enfrentarse a las inevitables contradicciones que conlleva la inscripción en la política efectiva. El grado de intensidad de esas contradicciones será directamente proporcional a la dimensión de negatividad que contengan sus premisas. En Podemos un partido que lleva en su ADN ideológico la negación de los fundamentos de la democracia representativa, la mera participación en un juego que han estado denunciando como una innoble pantomima no solo significa una flagrante contradicción con sus propios principios, sino que, paradójicamente, viene a reforzar el carácter democrático del sistema objeto de sus críticas.

Su segunda contradicción comienza justo en el momento en el que sus representantes, democráticamente elegidos, se vean obligados a abandonar el limbo de maximalismo moral en el que hasta ahora han residido para llegar a acuerdos concretos con otros partidos. Quienes han vendido el cielo como paradigma, tendrán que explicar a sus adeptos el carácter estrictamente terrenal de la política. Aquellos que le negaba el pan y la sal de la legitimidad democrática a los otros partidos, a los bancos, a los representantes del pueblo (“No, nos representan”), instalados en la red de interconexiones e intereses que constituye la condición de posibilidad del poder político tendrán que abjurar de una parte, más o menos grande, de sus principios, con el riesgo inevitable de decepcionar a la parte más fervorosa y virginal de su feligresía. Si se aplica el término “casta” indiscriminadamente, cualquier contacto con otra realidad termina pareciendo una transacción poco digna.

Muy distinto es el caso de Ciudadanos, cuyo punto de partida no desmiente un compromiso inequívoco con la democracia representativa. Sus potenciales contradicciones se circunscriben a la coherencia o no de los acuerdos de gobierno que suscriban. No hay que olvidar que un número bastante significativo de los votos que han ido a este partido proceden de votantes del PP desengañados de su actitud laxa frente a la corrupción interna, su concepción tecnocrática de la política y la arrogancia, en ocasiones soez, que exhiben algunos de sus dirigentes. Por eso, muchos de esos votos flotantes podrían regresar al PP si se convirtieran en instrumentos para la formación de gobiernos de signo ideológico opuesto. Todo ello se complica, por la estructura interna poco consolidada de este partido y por una avalancha de afiliaciones que podría facilitar la irrupción de sorpresas poco gratas en términos de moralidad política.

Sea como fuere, es una buena noticia para la democracia española la alienación de las almas bellas en la arena política. Hegel afirma que el alma bella se proyecta siempre en una comunidad ideal. Inevitablemente, para muchos de los que hasta ahora han estado viviendo en ella van a resultar muy decepcionantes las componendas que exige el juego político. Por eso me atrevo aventurar algo que va contra la inercia de los análisis que dan prematuramente por muerto al bipartidismo. A medida que se acerquen las elecciones generales, la polaridad ideológica y el baño de realidad de los nuevos partidos van a conjugarse en favor de los antiguos.

Manuel Ruiz Zamora es filósofo e historiador del arte.

HAGAN SITIO AL PASADO (del blog de Arias Maldonado)

EL PASADOEn 1937, el director norteamericano Leo McCarey hizo algo peculiar: dirigió dos películas de signo opuesto en un solo año. Por un lado, la irresistible The awful truth, protagonizada por Cary Grant e Irene Dunne, una screwball comedy de tema matrimonial, más exactamente una de las «comedias de recasamiento» analizadas por Stanley Cavell en su conocido estudio sobre el subgénero: una pareja se divorcia y vuelve a casarse1. Mucho más peculiar es, sin embargo, Make way for tomorrow, razonablemente calificada por Orson Welles como una de las películas más tristes de las que hay noticia. En ella, un anciano matrimonio se ve obligado a vender la casa familiar y, ante la negativa de sus hijos, ya con las vidas «hechas», a acogerlos conjuntamente, se reparten entre ellos. Incapaces de adaptarse a las dinámicas de unos hogares donde no son bienvenidos, incurablemente afligidos por su separación, la pareja escapa una tarde para bailar y cenar en el hotel donde celebraron su luna de miel antes de decirse adiós de nuevo, quizá para siempre: como reza el título, dejen paso al futuro. Por supuesto, la Academia de Hollywood dio un Óscar a la comedia y dejó a un lado el drama, ante lo que McCarey replicó que le habían premiado por la película equivocada.

Pues bien, sólo quedan unos años para que la industria cinematográfica occidental pueda hacer un remake de esta última película que conserve más o menos intacto su poder de significación. Es tal el envejecimiento de nuestra población, debido a la combinación de unas bajas tasas de natalidad y, en menor medida, al aumento de la longevidad2, que una versión actualizada del guión habrá de contemplar dentro de poco tiempo una situación casi inversa: unos robustos ancianos que apenas pueden volverse hacia el único de sus hijos, si lo tienen, en busca de cobijo. Pero eso, a su vez, sólo sucederá si el problema de las pensiones y la acelerada reducción de la población activa no hace saltar antes por los aires el entero equilibrio de nuestras economías público-privadas. Ya que, como veremos enseguida, las consecuencias políticas del envejecimiento de las sociedades occidentales, que ya se dejan notar, son superlativas. No importa cuán jóvenes sean los líderes: nuestras democracias van pareciendo cada vez más gerontocracias enmascaradas.

Y es que una de las paradojas de nuestra época, rica en paradojas, es la coexistencia del culto a la juventud y el crecimiento imparable del número de ancianos. Así es, al menos, en las sociedades avanzadas, mientras que la evolución demográfica en los países desarrollados muestra –con algunas excepciones– una sostenida tendencia a la baja. De ahí que la sensibilidad dominante hacia la cuestión demográfica esté ahora cambiando de signo: tras décadas de obsesión con la superpoblación y el agotamiento malthusiano de los recursos, empieza a dibujarse una cierta ansiedad hacia la despoblación gradual del continente europeo. Sucede que, como demuestran las reacciones a la advertencia del gobernador del Banco de España sobre la insostenibilidad del sistema de pensiones, se trata de un debate incómodo que preferimos ignorar. Y el problema no atañe únicamente a las pensiones, sino al aspecto general de nuestras sociedades. En suma, esperábamos con fervor el fin de la superpoblación y ahora no sabemos bien a qué atenernos.

Los datos son concluyentes. En España, hemos pasado de tres millones de pensionistas en 1975 a los nueve de hoy; y aunque la población ocupada ha pasado de 12 a 17 millones, la proporción entre trabajadores y pensionistas ha disminuido: teníamos un pensionista por cada cuatro trabajadores, ahora uno por cada dos. Nuestro dividendo demográfico, que es como se conoce al estado ideal de la pirámide poblacional de una sociedad, caracterizado por la abundancia de jóvenes y la escasez de ancianos, está agotado. Y la situación en el resto de Europa no es muy diferente. En sus últimas proyecciones, la Comisión Europea señala que entre 2013 y 2030 la población activa decrecerá un 6% en la eurozona, un declive especialmente marcado en Alemania, donde el número potencial de trabajadores disminuirá en un 13%. A cambio, la caída en Francia será solamente del 1% y Gran Bretaña experimentará un aumento del 2%. En consecuencia, se producirá un espectacular aumento del número de jubilados, cuya proporción respecto de los menores de sesenta y cinco años pasará del 32% al 45% en 2030. Si combinamos ese dato con el aumento de la esperanza de vida, no hace falta subrayar la redoblada presión que padecerán las arcas públicas.

Fuera de Europa, dejando a un lado ese laboratorio del avejentamiento que es Japón, donde se espera que la actual población de ciento veintisiete millones pase a ser de ochenta y siete a la altura de 2060, la tendencia ha sido la opuesta a la prevista por el ecologismo apocalíptico de los años sesenta y setenta, con la «bomba poblacional» de Paul Ehrlich a la cabeza3. A medida que la revolución de la mujer ha ido produciendo sus efectos perturbadores y que la alfabetización ha aumentado en todo el mundo, se ha reducido casi universalmente el número de hijos por mujer, que, con plena libertad de elección, tiende hacia un número ideal de dos. Es llamativo que esta reducción no haya hecho todavía mella en la opinión pública de los países desarrollados, donde sigue prevaleciendo la impresión contraria: acaso nos falte una ola de películas de ciencia ficción apocalíptica dedicadas al asunto (aunque la notableChildren of Men, dirigida por Alfonso Cuarón en 1996, ya giraba en torno a una nueva natividad). Así, la población en Oriente Medio ha ido declinando gradualmente, aunque en lugares como Egipto ha vuelto a repuntar en los últimos años. África alcanzaba tasas de natalidad entre el 5,5 y el 7,5 a comienzos de los años sesenta, similar a la de países como Brasil, China o Indonesia: todos, ahora, se sitúan entre 1,5 y 3. La diferencia es que los países asiáticos y latinoamericanos han experimentado un cambio paulatino durante medio siglo y en los africanos la caída ha sido súbita y pronunciada desde mediados de los ochenta. Dicho esto, África no ha mostrado un desarrollo estable y hay demógrafos que advierten sobre la posible reversión de su tendencia general a la baja.

Finalmente, si atendemos al dibujo demográfico global, encontramos un claro patrón de envejecimiento. En 2010, el mundo tenía dieciséis personas mayores de sesenta y cinco años por cada cien adultos, una proporción parecida a la de 1980. En 2035, en cambio, Naciones Unidas espera que ese número ascienda a treinta y cinco de cada cien. Ya hemos señalado que Japón es el campeón de la ancianidad: su tasa será nada menos que de sesenta y nueve ancianos por cada cien personas en edad de trabajar, seguida de cerca por los sesenta y seis de Alemania. Incluso Estados Unidos verá aumentar esa tasa un 70%, hasta situarse en el 44%. Y ello pese a que la capacidad de la sociedad norteamericana para atraer inmigrantes de todo el mundo no tiene rival.

Hasta aquí, los datos. Si las hipótesis sobre la convergencia socioeconómica global se confirmasen y, como se sugirió en este mismo blog, acabamos pareciéndonos más a Oslo que a Lagos dentro de doscientos o trescientos años, hay que esperar que las sociedades también converjan alrededor de un mismo patrón demográfico. Será entonces cuando pueda darse por completada globalmente la «transición demográfica» que Paul Demeny, en una obra clásica sobre el tema, describe así:

En las sociedades tradicionales, mortalidad y fertilidad son altas. En las sociedades modernas, fertilidad y mortalidad son bajas. Entre ambas se produce la transición demográfica4.

Es cierto que, como demuestra el fracaso de las proyecciones realizadas en la década de los setenta, no resulta nada fácil acertar en este campo; entre otras razones, porque las predicciones influyen sobre el presente de la realidad cuyo futuro tratan de anticipar. Pareciera que la población es un recurso social –o una constricción para las sociedades– que no se deja manipular fácilmente, ni deja de producir graves efectos secundarios allí donde esa manipulación parece haber sido exitosa. Pensemos en China, donde la política de hijo único implantada por las autoridades como parte de la tarea de modernización social y económica de tan vasto territorio no sólo provocó un monstruoso número de abortos, dada la tentación de ejecutar uno allí donde una niña trataba de venir al mundo, sino que ahora, por esa misma causa, existe una brutal desproporción entre varones y hembras que condena a muchos de aquellos a una soltería irremediable y multiplica con ello el número de violaciones y agresiones sexuales.

Evidentemente, el control político de la población no es algo nuevo. Maria Sophia Quine, en su estudio sobre las políticas demográficas del siglo XX, documenta los intentos que países como Italia, Francia y Alemania llevaron a cabo durante el período de entreguerras con objeto de influir sobre el tamaño y la calidad de sus poblaciones5. En todos estos casos, el debate público estaba fuertemente influido por las aspiraciones nacionales en una época de Angst soberanista, así como por la fe en la ciencia como instrumento de progreso social. La caída de la fertilidad en Europa en los años treinta se tradujo en el miedo a la despoblación y éste, a su vez, en temor a la decadencia nacional:

Como valor cultural, el respeto por las libertades personales de orden sexual y reproductivo fue subordinado a un compromiso con la idea de que los derechos individuales eran secundarios respecto de los de la colectividad.

Para Quine, la eugenesia y el darwinismo social han de situarse en este contexto. Una eugenesia que, como sabemos, fue abrazada por países tan intachables como Suecia, lo que vendría a confirmar una de las principales tesis de la autora británica: que las agendas biopolíticas de los regímenes fascistas no estaban tan alejadas de las desarrolladas, en formas más suaves, por las democracias de la época. De hecho, su fracaso no ha terminado con los intentos públicos por influir en la fertilidad, frecuentemente a petición de unos ciudadanos que demandan las facilidades correspondientes: ayudas a la maternidad, guarderías públicas, protección frente al despido.

Se dejan ver aquí las dos interpretaciones principales que las ciencias sociales, desde al menos el siglo XIX, hacen sobre la función de la población. Más que como un fin en sí mismo, ésta es contemplada como un medio cuya manipulación permite alcanzar otros objetivos sociales. Ni que decir tiene que, en nuestra época, esos objetivos son el crecimiento económico y el bienestar material. Básicamente, la primera de esas orientaciones considera que al progreso social conviene una población reducida, a fin de evitar así los problemas que trae consigo una elevada tasa de crecimiento de la población. Su contraparte, en cambio, subraya las ventajas que proporciona una población de gran tamaño: motor de cambio social, mayor división del trabajo, mercados amplios, más potencia militar6. Distinto es, sin embargo, considerar los problemas que plantea un descenso pronunciado de la misma, que suele entenderse –conforme a una extendida concepción estática de la economía– como una ventaja para los jóvenes que hoy aspiran a ocupar los puestos de trabajo de sus mayores.

Parece establecido, sin embargo, que el impacto económico de una población envejecida es negativo. Tiene su lógica: el crecimiento potencial sólo puede descender si decrece la población activa, a menos que la productividad se multiplique o la edad de jubilación aumente sensiblemente. Hay, así, economistas que ven en la demografía –sobre cuya importancia metasocial no dejan de insistir ecólogos y biólogos– la causa de lo que ha venido en llamarse «estancamiento secular». Más exactamente, el problema puede consistir en el descenso del número de nuevos hogares –con sus inversiones correspondientes– que trae consigo un descenso de la fertilidad7. Y aunque se habla de la inmigración como mecanismo compensatorio, su efecto no es suficiente. De la misma manera, el aumento de la presión fiscal sobre el Estado debida al gasto en pensiones y sanidad no se ve en absoluto compensado por los ahorros en el capítulo educativo. Por lo demás, es evidente que no están adoptándose las reformas necesarias para reducir la carga fiscal que sufre el Estado como consecuencia del envejecimiento de la sociedad: aumentar un par de años la edad de jubilación dista de ser suficiente si una persona pasa quince o veinte años retirada disfrutando de sus entitlements o derechos adquiridos.

Es aquí donde entra en juego el problema democrático, esto es, el problema de la disfuncionalidad de la democracia como mecanismo colectivo de toma de decisionessi un grupo social se encuentra sobrerrepresentado en el proceso mismo de su adopción. Quienes abracen una concepción simplista de la democracia como una totalidad espiritual donde el «pueblo» decide en favor del «interés general» de ese mismo pueblo, se sentirán decepcionados al comprobar que distintos grupos sociales pueden tener intereses dispares y ejercer, de hecho, mayor influencia que quienes albergan intereses «rivales» por la mera fuerza de su número. Ya hay voces que señalan el peso que los pensionistas han tenido en la actual crisis griega, dada la renuencia del Gobierno de Alexis Tsipras a reformar contra los abundantes jubilados de su país. Y también está viva en la memoria la resistencia social contra los modestos aumentos de la edad de jubilación aprobados por los gobiernos francés y español en los últimos años. Las matemáticas poco importan aquí: el frío dato del aumento de la longevidad desde tiempos de Bismarck en nada conmueve a quienes se sienten afectados por la reforma. España es también un caso interesante en otro sentido: si bien el movimiento 15-M empezó enarbolando la bandera del injusto reparto de las cargas intergeneracionales, pronto se impuso la lógica electoral y desapareció todo rastro del conflicto entre viejos y jóvenes, para ser reemplazado por la más imprecisa divisoria entre arriba y abajo. Y legendaria es, por supuesto, la American Association of Retired People, el lobby de los pensionistas norteamericanos, que constituyen –allí como aquí– una disciplinada fuerza electoral siempre presta a defender sus intereses. ¡Cualquiera se atreve!

Se trata de un problema de difícil solución, para el que la imaginación creadora de Adolfo Bioy Casares concibió, allá por 1954, una deriva fantasmagórica. En su novela El sueño de los héroes, el escritor argentino relata la angustia de los jubilados bonaerenses a medida que grupos de jóvenes organizados empiezan a asesinarlos violentamente8. Durante las semanas en que transcurre la acción, el gobierno va retrasando el pago de las pensiones por miedo a las consecuencias que podría desencadenar: «Reconozcamos que para dar la orden de pago hace falta mucho coraje. Una medida impopular, lógicamente resistida», dice un personaje. Hay rumores de que se plantea, como medida compensatoria, dar tierras en el sur a los ancianos. Y otro de los amenazados está seguro de que detrás de la ola de violencia hay sociólogos y planificadores, dispuestos a afrontar «el problema de los viejos inútiles». Una fantasía que apunta hacia la ira del puer robustus cuando se siente relegado en las prioridades públicas.

Es evidente que la fábula de Bioy no encontrará siquiera el más tímido reflejo en la realidad. De hecho, lejos de ser unos «viejos inútiles», los jubilados contemporáneos exhiben una buena salud envidiable. Y esa misma exhibición de buena salud podría conducir en el futuro a una resignificación de la vejez, entendida ahora como el fin de la vida laboral activa. No en vano, el estatus a ella asignado ha experimentado muchos cambios históricos, más de los que suele admitir el cliché que asocia ancianidad y sabiduría en las sociedades premodernas9. En ese mismo sentido, no cabe duda de que son decisiones sociales las que han categorizado como «prejubilados» a personas que no pasaban de los cincuenta y cinco años u obliga a los profesionales de la sociedad del conocimiento a jubilarse a los setenta, aun en contra de su voluntad. Hay, pues, una definición social de la vejez. Y nuestra comprensión actual de la misma habrá de cambiar en el futuro próximo si queremos sobrevivir a un mundo crecientemente envejecido.

A decir verdad, los efectos de la geriatrización de la sociedad son ya visibles por doquier. Si la producción cinematográfica va adaptándose al nuevo público creando comedias y dramas que reflejan los conflictos propios de las décadas finales de la vida, abundan también las ofertas de viaje para los jubilados, y las tiendas de audífonos ocupan los espacios antes dedicados a la venta de discos. Hay que pensar también en el aumento de los conductores ancianos y el contraste cada vez mayor entre distintos estilos de conducción en las carreteras. Más aún, podemos anticipar también una sociedad de hijos únicos, donde tener hermanos será una rareza y donde, como se ha señalado al comienzo, no sólo será un problema el cuidado de los padres en su ancianidad, sino la propia madurez y vejez de esos hijos únicos privados del colchón psicológico familiar que proporciona la familia extendida. «Help the aged / Because one day you’ll be just like them», cantaba Jarvis Cocker, líder de Pulp, en su cínico hitde 1997. Así es. Y, si bien se piensa, no deja de ser irónico que una de las causas mayores del envejecimiento de la población occidental sea el empeño que ponemos, desde las revoluciones de la década de los sesenta, en apurar el dulce cáliz de la juventud. Tal como puso de manifiesto Ramón González Férriz en su ensayo sobre esos movimientos sociales, aquella «revolución divertida» provocó cambios morales que, indirectamente, han tenido unas consecuencias económicas y políticas distintas de las perseguidas por sus protagonistas10. De la libertad sexual a los hijos sin hijos: toda fiesta tiene un día después.

No obstante, ya se ha señalado la poca fiabilidad que han mostrado hasta ahora las proyecciones demográficas. Por su propia naturaleza, las estimaciones de este tipo pueden verse fácilmente afectadas por procesos sociales imprevisibles. Por ejemplo, Suecia, vanguardia habitual en los procesos sociales asociados a la composición familiar, ha conocido últimamente un repunte en el número de matrimonios, si bien matrimonio y natalidad no van necesariamente unidos en este repunte de la venerable institución11. Hay también factores que presionan en sentido contrario: la competencia global por el trabajo empuja a las familias a concentrar sus recursos en uno o dos vástagos, para evitar perjudicar sus opciones futuras de empleo. Y no se avizora un giro moral colectivo que reduzca la importancia que hoy concedemos a las biografías experimentales, donde el tiempo de libre disposición individual –durante al menos la veintena– ocupa un papel central en nuestro sentido de la identidad personal. En otras palabras, parece improbable el regreso de la Gran Familia premoderna; así como la repetición de un baby boom como el sobrevenido durante la posguerra. De ahí que parezca más razonable empezar a pensar en serio sobre el impacto del envejecimiento colectivo sobre la estructura económica, las prestaciones públicas y el funcionamiento de las democracias representativas. Porque es verdad que los jóvenes se echan a la calle, pero quienes van a votar son quienes ya han dejado de serlo: el mayor ejército desarmado del mundo contemporáneo.

01/07/2015

1. Stanley Cavell, Pursuits of Happiness. The Hollywood Comedy of Remarriage, Cambridge, Harvard University Press, 1981.
2. La demografía matemática tiene demostrado que el envejecimiento de la población se debe más a las bajas tasas de natalidad que al aumento de la esperanza de vida. Véase Ansley J. Coale, The Growth and Structure of Human Populations, Princeton, Princeton University Press, 1972.
3. Paul Ehrlich, The Population Bomb, Nueva York, Sierra Club, 1969.
4. Paul Demeny, «Early Fertility Decline in Austria-Hungary. A Lesson in Demographic Transition», en David Glass y Roger Revelle (eds.), Population and Social Change , Londres, Edward Arnold, 1972.
5. Maria Sophia Quine, Population politics, Nueva York, Routledge, 1996.
6. Elwood Carlson, «Population», en William Outhwaite (ed.), Modern Social Thought, Malden, Blackwell, 2006.
7. Diane J. Macunovich, «The Role of Demographics in Precipitating Economic Downturns», Journal of Population Economics, vol. 25 núm. 3 (2012), pp. 783-807.
8. Adolfo Bioy Casares, El sueño de los héroes, Madrid, Alianza, 2014.
9. Peter Laslett, «Societal Development and Aging», en Robert Binstock y Ethel Shanas (eds.), Handbook of Ageing and Social Sciences, Nueva York, Van Rostrand Reinhold, 1976.
10. Ramón González Férriz, La revolución divertida, Barcelona, Debate, 2012.
11. Sofi Ohlsson-Wijk, «Sweden’s Marriage Revival. An Analysis of the New-Millenium Long-term Decline to Increasing Popularity», en Population Studies, vol. 65, núm. 2 (2011), pp. 183-200.

COMPASIÓN POR LOS POLÍTICOS

COMPASION POR LOS POLÍTICOS        COMPASIÓN POR LOS POLITICOS

                 Hans Magnus Enzensberger
Quizá haya llegado la hora de decir definitivamente adiós a la costumbre de denostar a los políticos. Cuando pasa siempre cuando ya no queda más que desenmascarar, el destape se convierte en una rutina industrial. La única utilidad que tiene es aumentar las tiradas y los índices de audiencia. Pero incluso esa utilidad marginal decrece rápidamente.Esa expresión que se denomina la clase política no proporciona una visión precisamente agradable. Se le atribuye incapacidad de juicio, de pensar a corto plazo, ignorancia de concepción, aferramiento al poder, avidez, mentalidad; de autoabastecimiento, corrupción y arrogancia.

La indignación moral ordinaria oscurece, más que aclara, los verdaderos problemas. No se entiende por ejemplo, porque los políticos habrían de ser más zotes que el resto de los mortales. Sin embargo se ha puesto una y otra vez, de manifiesto que ni las señales más inequívocas ni las derrotas electorales más graves bastan para aleccionar al personal político.

¿De que manera y con que fin se hace un político? Una ojeada al carrera del personal de Bonn, París o Madrid muestra que los políticos profesionales son por lo regular, personas sin oficio. Ya en la adolescencia pasan sus días en una organización escolar o universitaria. Sólo quien desatiende sus estudios universitarios, por tanto, quien aprende lo menos posible, llega a convertirse en portavoz, en delegado en presidente.

Pues una vez que se ha analizado como se forma un político y las criticas y la visión de la sociedad sobre éstos, va siendo por tanto, la hora de hablar de la miseria de los políticos, en lugar de dedicarse a insultarlos. Esa miseria es de naturaleza existencial. Por expresada con un cierto phatos: la entrada a la política supone el adiós a la vida.

Lo primero que llama la atención en la existencia de estos estigmatizadores es el increíble aburrimiento al que se someten. La política como oficio es el reino del retorno del mismo. Quien haya tenido que participar en una de sus reuniones sabe de la paralización que se apodera. Ahora bien, la actividad primordial de un político consiste, sin duda alguna, en participar en tales sesiones. Un político profesional emplea años, posiblemente decenios de su vida en reuniones.

En el segundo lugar basta echar un vistazo a la oficina o incluso al buzón de un diputado para medir en que emplea la mayor parte del tiempo restante: el la lectura de una riada inacabable de documentos, proyectos de ley, planes presupuestarios, textos, etc.

En tercer lugar, no es ya sólo que se le escape mucho, que tampoco le está permitido decir nada. Como mucho puede decir, en un círculo muy íntimo, lo que piensa; cuando piensa. Pero, por otra parte, tampoco puede callarse, más bien se le exige que hable permanentemente, aunque no es el encargado de formular ese torrente de palabras, hay especialistas para ello. La pérdida del lenguaje es una de las muchas mermas que conlleva el oficio.

Pero las humillaciones continuas no solo le vienen al político profesional del exterior También en sus congéneres se ve sometido a humillaciones que no puede evitar. Uno se pregunta qué es lo que le capacita para soportar los rituales del orden jerárquico del gallinero, el penetrante olor a grupo que lo penetra todo, la tan justamente llamada coerción de fracción; en una palabra los gestos de sumisión que el medio exige.
En quinto lugar, al político profesional se le impone otra penitencia: la pérdida total de la soberanía sobre su tiempo. La única percepción que le sigue estando permitida cuando está despierto es cumplir con sus citas. Su calendario está parcelado, total y minuciosamente, para los meses, si no para los años siguientes.

Cuanto más sube, más radicalmente se interrumpen sus contactos sociales. Lo que ocurre “fuera, en el país” le resulta prácticamente desconocido. No tiene idea alguna de lo que cuesta medio kilo de azúcar o una caña de cerveza, cómo se prorroga un pasaporte o se sella un billete de metro.

Como modelo de esa desnaturalización forzosa puede servir a la vista de Estado. Tras un largo viaje en su avión privado, el jefe, acompañado siempre por la misma cohorte de consejeros, se dirige, atravesando a toda prisa las calles vacías de la ciudad, de la que todo cuanto ve es la escolta policial, hacia el palacio presidencial, que constituye una copia de todos los demás palacios presidenciales. A continuación tienen que oír discursos, hablar, comer, hablar, oír discursos, comer, oír discursos. Al día siguiente lo devuelven al aeropuerto sin que haya adquirido la más mínima impresión de la región que ha visitado. El funcionario de seguridad es, al mismo tiempo su carcelero.

El que recomienda ponerse -aunque sólo sea a modo de prueba- en la situación de un político profesional debe prepararse a recibir dos objeciones, tan evidentes que se aconseja afrontarlas. Por un lado se Objetará que el placer del poder es lo que compensa al político profesional de todas las contrariedades a las que esta expuesto.
Ese juicio que se goza del daño ajeno no tiene en cuenta que la carrera política funciona como una nasa. Tan fácil como resulta entrar en ella, tan escasa es la posibilidad de escaparse de ella. Al que se haya dejado atrapar tiene que parecerle como si sólo tuviera una salida: el camino hacia arriba.

Con seguridad, la mayoría de nosotros cree que seria un lujo exagerado mostrar compasión con personas que se describen, sin ponerse rojos de vergüenza, como lideres políticos. Pero como todos los grupos marginales, como los alcohólicos, los jugadores, los skinheads, también ellos merecen esa compasión analítica que es necesaria para comprender su miseria.

Primeramente, no podemos generalizar la lectura y aplicarla a nuestro país, porque el contexto es muy diferente en Alemania en comparación con México.
Consideramos que no tenemos porque tener compasión por ningún político de cualquier país que sea, porque ellos asumen la responsabilidad de la dirección o el puesto por su propia convicción y decisión. Es como si quisiéramos compadecer a un ingeniero por su trabajo, por ver y estudiar tantas matemáticas. Los trabajos u oficios implican esfuerzo y por lo tanto tienen su remuneración. Creo que el único modo de compadecerlos es que no fueran remunerados por su trabajo, pero la realidad no es así, sino todo lo contrario.

LA BANALIZACION DEL BIEN

buenismoDurante los últimos años, la conversación pública en nuestro país ha estado marcada por el signo de la remoralización del lenguaje político. Esta tendencia, no exenta de tonalidades sentimentales, fue inaugurada con la eclosión del movimiento 15-M, que, por ejemplo, llamaba a rescatar a las personas en lugar de a los bancos, para verse después reforzada con el ascenso electoral de Podemos, partido que ha intentado traducir en votos aquella entusiasta movilización colectiva. Simultáneamente, una ola de activismo ha recorrido el país, con especial protagonismo para los llamadospreferentistas (personas que firmaron con sus bancos inversiones finalmente ruinosas bajo, alegan, persuasión engañosa) y desahuciados (inquilinos sometidos a un proceso de evicción por impago de hipoteca). Bien puede considerarse culminación de este proceso –al menos hasta ahora– la victoria en las elecciones al Ayuntamiento de Barcelona de Ada Colau, principal dirigente de la activa Plataforma de Afectados por la Hipoteca . La remoralización aludida se ha visto confirmada con sus primeras declaraciones de enjundia tras la victoria electoral. En relación con un hipotético referéndum de independencia, Colau ha apuntado que «si hay que desobedecer leyes injustas, se desobedecen», para añadir, con un lenguaje marcadamente rousseauniano, y al hilo de sus planes para la ciudad condal, un aviso a navegantes: «Sólo deben tenerme miedo los corruptos y los grandes especuladores que atentan contra el bien común». Un lenguaje de pureza revolucionaria que ha hecho furor en España, hasta el punto de que incluso los más diestros apparatchik lo han hecho propio.

Sin embargo, me interesa menos detenerme en los salaces detalles que en las hondas raíces de una moralización que no carece de peligros. Sobre todo, por ir acompañada de una sentimentalización que, bajo la sincera máscara de la bondad, puede esconder una confusión que conduzca a males mayores que aquellos que pretenden evitarse. Por tanto, no me referiré aquí al plan de gobierno de Ada Colau, cuyo propósito general de limitar el impacto del turismo de masas, a fin de evitar la carnavalización de nuestras ciudades mediterráneas, goza, al margen del acierto o desacierto de sus medidas concretas para lograrlo, de mis cautas simpatías. Más bien quiero reflexionar sobre el vínculo entre la política y la bondad. Y, para hacerlo, recurriré a las páginas que dedica al respecto Hannah Arendt cuando, en Sobre la revolución (1963), se enfrenta al problema –o paradoja– de la violencia revolucionaria1.

No obstante, acaso convenga hacer una previa matización. Y es que no todos los hipotecados, ni todos los preferentistas, son iguales. Se ha procedido a incluir dentro de la categoría de los primeros a todos aquellos que dejan de pagar una hipoteca, entendidos como víctimas abstractas de la crisis, aun en el caso de que no lo sean y con independencia de su personal contribución a ese estado de cosas que hemos convenido en llamar «burbuja inmobiliaria». Igualmente han pasado a ser preferentistas dignos de protección pública todos aquellos que declaren haber sido «engañados» por su banco o caja, lo hayan sido o no, y sea cual sea el contenido concreto de ese engaño. Semejante atribución de culpas plantea no pocos problemas, en al menos dos planos. Por una parte, está el nada desdeñable asunto de la responsabilidad de algunos hipotecados en su destino y su relación con quienes, habiendo decidido no hipotecarse cuando los demás lo hacían, han terminado pagando también las consecuencias del desastre colectivo. ¿Debe el prudente pagar hoy por el temerario de ayer? Por otra parte, está el problema de las motivaciones individuales. Si el preferentista actuaba movido por el afán de ganancia, ¿qué lo diferencia de las corporaciones que son ahora objeto de su crítica? Nótese que este razonamiento no condona la persuasión engañosa utilizada por algunos operadores bancarios, sino que se limita a subrayar que la inocencia que aducen ahora los perjudicados por las inversiones fracasadas dista de estar probada.

Dicho esto, ¿qué problemas plantea la bondad compasiva como fundamento de la acción política? Es más, ¿cómo es posible que la bondad pueda plantear problema alguno? ¿No debería, por el contrario, resolverlos todos?

Recuérdese que tal era precisamente el tema de Nazarín (1958), una de las mejores películas de Luis Buñuel, adaptación de la novela homónima de Benito Pérez Galdós escrita junto a Julio Alejandro y protagonizada por Francisco Rabal. Da éste vida a un devotísimo sacerdote católico que, en el paupérrimo México del interior durante la dictadura de Porfirio Díaz, dedica su vida a hacer el bien ayudando desinteresadamente a los demás. Básicamente, la película es una sardónica meditación sobre un hipotético regreso de Jesús a la tierra, que incluye trasuntos de episodios evangélicos tan reconocibles como la negación de Pedro, el buen ladrón, los fariseos o María Magdalena. Según el propio Buñuel, la película trata sobre «la imposibilidad de hacer el bien o, dicho de otra manera, sobre las calamitosas consecuencias que trae consigo intentar hacer entre los hombres un bien que no es de este mundo. Así, por ejemplo, suspendido por la jerarquía local tras auxiliar a una prostituta, Nazarín sale a los campos sin su hábito y pide limosna, pero, debido a su juventud, nadie lo ayuda y le exigen trabajar. Dispuesto a hacerlo, se emplea en un tajo a cambio de la manutención, pero con ello actúa sin saberlo como esquirol en perjuicio de sus compañeros, quienes, al enterarse, lo agreden y expulsan, lo que provoca la intervención del capataz. En la distancia, mientras arranca una rama de olivo de un árbol, Nazarín oye distraídamente varios disparos. Paulatinamente, tras varios episodios similares, el sacerdote aprenderá a aceptar a los seres humanos tal como son, abandonando su idea preconcebida de la caridad2. Este proceso precipita una crisis de conciencia al final de la película, cuando suenan los legendarios tambores de Calanda sobre los créditos de cierre y contemplamos el rostro de un angustiado Nazarín.

De alguna manera, la hipótesis de un regreso –una segunda venida– de Jesús de Nazaret es explorada también por Fiódor Dostoievski y Hermann Melville en, respectivamente, la parábola del Gran Inquisidor contenida en Los hermanos Karamázov (1879-1880) y la nouvelle póstuma Billy Budd (1924)3. Para Arendt, es a ellos –«a los poetas»– a quienes hay que recurrir para comprender el problema que plantea la bondad absoluta en el curso de los asuntos humanos después de la Revolución Francesa. O, lo que es igual, tras una revolución que trajo consigo la sangrienta paradoja del asesinato en nombre de la bondad.

Arendt observa que Robespierre lleva al terreno de la acción política las tesis que Rousseau había introducido en la esfera del pensamiento, tesis que anticipan en gran medida –en plena era ilustrada– los argumentos románticos. Si el hombre es pervertido por la sociedad, es la razón la que lo hace egoísta, impidiendo su naturalidentificación con los dolientes. Por el contrario, la compasión, que incluye el desapego de uno mismo, nos permite abismarnos en el sufrimiento ajeno y confirma el lazo natural existente entre los seres humanos, ese lazo que sólo «los ricos» habrían perdido: «Si no tienen pan, que coman pasteles». Aunque la cita es seguramente apócrifa y puede también entenderse como el resultado del aislamiento epistemológico de María Antonieta, su valor expresivo no ha perdido vigencia. De ahí que Robespierre creyera que sólo la compasión hacia los malheureux o desfavorecidos podía, y de hecho debía, unir a las diferentes clases sociales. Nada que no hayamos oído últimamente.

Pero volvamos a Melville y Dostoievski; recordemos sucintamente los argumentos de ambas narraciones. En Billy Budd, el protagonista del mismo nombre embarca en el navío británico Bellipotent a la altura de 1797, cuando la marina de ese país se veía amenazada por los revolucionarios franceses. Por motivos inexplicados, el popular Billy se gana la animadversión de John Claggard, maestro armero, quien lo acusa falsamente ante el capitán de inspirar un motín. Tras convocarlos el capitán Vere, Haggard formula sus acusaciones ante Billy, quien padece un tartamudeo que le impide explicarse; tras sufrir un ataque, mata accidentalmente a Haggard. A pesar de estar convencido de su inocencia moral, el capitán se ve obligado a juzgar a Billy y lo condena a muerte, conforme a la legislación vigente en tiempo de guerra: «¡Herido de muerte por un ángel de Dios! ¡Pero el ángel debe ser ahorcado!» Antes de su ejecución, socráticamente, Billy dice: «Dios bendiga al capitán Vere», consigna repetida a coro por la tripulación. Siguen tres capítulos de fuentes diversas que arrojan sombras de ambigüedad sobre el relato precedente, pero ese interesante camino de reflexión metaliteraria no es aquí de nuestra incumbencia.

En cuanto a «El Gran Inquisidor», parábola incluida en Los hermanos Karamázov, describe explícitamente el regreso de Jesús de Nazaret a la tierra en –of all places– la Sevilla de los tiempos de la Inquisición. Tras realizar algunos milagros, Jesús es detenido y entabla un diálogo con el Gran Inquisidor del título. Sobre todo, éste reprocha a Jesús haber proporcionado a los seres humanos una libertad que no saben manejar: la mayoría, con este ambiguo don en las manos, está condenada a sufrir. Le afea así no haber cedido a las tentaciones de Satán, entre ellas la de convertir las piedras en hogazas de pan, con el conocido argumento de que «no sólo de pan vive el hombre»; para el inquisidor, no puede demandarse virtud de hombres a los que ya se ha alimentado. Ante estas acusaciones, Jesús calla y se limita a besar al inquisidor, quien lo libera a condición de que se marche para no volver.

En ambos relatos, la virtud es muda. Para Arendt, se trata de una poderosa metáfora de la inhumanidad que caracteriza a la bondad absoluta. Billy Budd es para la filósofa alemana una obra sobre «la bondad allende la virtud y el mal allende el vicio». Esto viene demostrado por el hecho de que ni siquiera el asesinato de Claggard responde a un acto de maldad, sino más bien a la violenta afirmación de la bondad ante la depravación natural del armero. Pero el capitán no tiene más remedio que condenarlo, puesto que tanto las leyes como las instituciones se quiebran no sólo bajo la presión del mal elemental, sino también bajo el impacto de la inocencia absoluta: «La tragedia es que la ley está hecha para los hombres, no para ángeles ni demonios». Hay, pues, que desconfiar de los absolutos. Y, en el caso de Dostoievski, la elocuencia del inquisidor esconde la despersonalización de los dolientes –en este caso, la humanidad en su conjunto– y su transformación en un «agregado» general que deja de constituir, por esa misma razón, un objeto viable para la compasión: ésta sólo puede abarcar lo particular, no sentirse concernida por abstracciones desencarnadas. Nos conmueve el perro que agoniza, no la idea del perro agonizante.

Para Arendt, la compasión abole la distancia siempre presente en los intercambios humanos; se parece, en esto, al amor. Por esa misma razón, es incapaz de fundar instituciones duraderas y resulta políticamente irrelevante, porque es en el espacio entre hombres –en la distancia entre ellos– donde aquéllas tienen sentido. Billy y Jesús son incapaces de, o se niegan a, desarrollar discursos argumentativos; su silencio está llamado a hablar por sí mismo, a servir de defensa ante el mundo a la vista de la carga de razón que posee su postura. Pero una bondad que se sitúa más allá de la virtud, incapaz, por tanto, de comprender las tentaciones a las que otros pueden sucumbir, es incapaz de aprender el arte de la persuasión pública y recurre con mayor facilidad –debido a esa carga de razón que se le aparece como indiscutible a la vista de la impecable moralidad de sus motivaciones– a los atajos de la fuerza:

Como norma, no es la compasión la que está llamada a cambiar las condiciones mundanas con objeto de reducir el sufrimiento humano, pero, si lo hace, prescindirá de los cansinos procesos de persuasión, negociación y compromiso que constituyen los procesos mismos de la política y la ley, para, en su lugar, prestar voz a los sufrientes mismos, que demandarán una acción rápida y directa, esto es, una acción por medios violentos.

Es el caso, sugiere, de Robespierre, cuya virtud presenta el serio defecto de no admitir ninguna limitación, argumento contrario al de un Montesquieu, para quien incluso la virtud debe tenerlas. Es tal la fuerza de la bondad convencida de su propia razón que puede ser ciega a sus acciones o a las consecuencias de sus acciones. En este sentido, pensemos en cómo la absoluta prohibición de los desahucios podría hacer colapsar el mercado de compra y alquiler, dificultando, de hecho, la concesión de ulteriores hipotecas, o cómo la socialización de las pérdidas de los preferentistas supondría un injusto perjuicio –por medio de la tributación– para quienes rehuyeron la tentación del enriquecimiento fácil. Y no hace falta recordar las funestas consecuencias que ha traído consigo, en la historia de la especie, la virtud ensoberbecida: desde el calvinismo que ahoga la vida hasta el terrorismo que acaba con ella. De alguna manera, podríamos añadir, por eso existe la política: para salvarnos de la moral.

Arendt también aborda un problema que antes ha quedado insinuado, que es el que podríamos englobar bajo la rúbrica del arribismo de la virtud. Ante el refinamiento civilizatorio del principio que dicta que el acusador presente una prueba de cargo contra el acusado, inocente mientras no se demuestre lo contrario, la inocencia virtuosa no puede ser probada, sino sólo aceptada como un acto de fe. Pero esa fe –se apresura a añadir nuestra filósofa– no puede sostenerse en la palabra dada por el presunto inocente, por la sencilla razón de que éste puede –máxime si le conviene– mentir. O mentirse a sí mismo, como dicen ahora tantos que se sienten «engañados» a pesar de que no lo fueron. Lo que no impide que muchos, por desgracia, sí lo fueran.

Antes de apresurarnos a abrazar la compasión como fundamento de la acción política, pues, pensémoslo dos veces. Y veamos Nazarín. Porque un exceso de virtud puede resultar perjudicial.

del blog de Manuel ARIAS MALDONADO

03/06/2015

1. Hannah Arendt, On violence, Nueva York, Penguin, 2006.
2. Observación de Agustín Sánchez Vidal en Luis Buñuel, Madrid, Cátedra, 1991, p. 213.
3. Fiódor Dostoievski, Los hermanos Karamázov, trad. de Augusto Vidal, Madrid, Cátedra, 2005. Hermann Melville, Benito Cereno; Billy Budd; Bartleby, el escribiente, trad. de Nicanor Anochea y José María Valverde, Barcelona, Orbis, 1987.

CONTROL Y POLÍTICA (alejandro nadal)

POLITICA Y ECONOMIA  La idea de que el mercado libre surge    ‘naturalmente’ (y su corolario que cualquier intervención  estatal sobre las relaciones de mercado es ‘artificial’) es falsa  y peligrosa. La realidad es que el mercado es una criatura del  poder del estado. Los arquitectos de la nueva generación de  acuerdos comerciales lo saben bien.

Hoy se están negociando en secreto los dos acuerdos comerciales más grandes de la historia del neoliberalismo: el Acuerdo transpacífico de asociación económica (ATP) y la Asociación transatlántica para el comercio y la inversión (ATCI). Son acuerdos extraños porque después de la gran orgía de liberalización comercial de los años noventa es difícil concebir qué más se puede hacer para “abrir las puertas del libre comercio”. La retórica sobre “desatar las fuerzas del crecimiento económico” se antoja anacrónica en el contexto de una globalización neoliberal que desembocó en el estancamiento y la crisis. Y es que los nuevos acuerdos no tienen casi nada que ver con el “libre comercio” y casi todo con el objetivo de acrecentar y consolidar el poder de las corporaciones gigantes que dominan la economía del planeta.

La separación entre poder y política es hoy más clara que nunca. El poder de las grandes corporaciones es real, mientras que la política se deja para asuntos más o menos secundarios de la vida pública. Los partidos pueden o no debatir temas triviales, pero las grandes corporaciones son las dueñas del poder y lo hacen sentir a través de su control sobre sus espacios de rentabilidad en materia de salud, alimentación o medio ambiente.

Datos de la Organización Mundial de Comercio (OMC) revelan que el 80 por ciento de las importaciones de Japón no tiene ningún gravamen arancelario. Para países como Malasia o Chile, Francia o Perú, los datos arrojan un cuadro similar: los aranceles se encuentran en niveles históricamente bajos. Es más, muchas barreras no tradicionales también se eliminaron desde la Ronda Uruguay (1986-1994) y nadie puede afirmar hoy que constituyen un obstáculo para el libre comercio.

Si la apertura comercial ya es un hecho en los países de la cuenca del Pacífico y de Europa, ¿cuál es la finalidad de estos nuevos tratados comerciales?

El objetivo debe verse no en términos de eliminar obstáculos, sino en función de acrecentar el poderío de las grandes corporaciones y empresas transnacionales que hoy son responsables de una buena parte del flujo de intercambios comerciales internacionales. Esas entidades no tienen raíces y no son responsables ante nadie. Son ejes de concentración de un poder que les permite orientar y manipular espacios legislativos, así como servirse de organismos regulatorios en el ejecutivo en muchos, por no decir todos los países del mundo, e incluso a nivel multilateral.

Es importante recordar que la crisis global no sólo afecta al sector financiero. La crisis afecta tasas de rentabilidad y cubre con una nube de incertidumbre el futuro de cualquier inversión en los sectores extractivos, manufacturas y servicios. Por eso los nuevos acuerdos comerciales se concentran en capítulos relacionados con la posibilidad de extender las rentas cuasi-monopólicas que les dan los altos coeficientes de concentración en los mercados mundiales de todo tipo de productos. Lo que realmente interesa a las empresas transnacionales que promueven la nueva agenda de la liberalización comercial es permitir el despliegue de su comportamiento estratégico.

El capítulo sobre patentes del acuerdo del ATP permitirá extender la duración de patentes (más allá de los veinte años que hoy se han acordado en casi todos los países) y ampliar el ámbito de los objetos patentables. Esta extensión de los poderes monopólicos que confieren las patentes tiene repercusiones graves sobre la regulación en el sector salud, la alimentación y el medio ambiente. Además, los abusos de las corporaciones se multiplicarán en materia laboral y en todo lo que tenga que ver con su capacidad para mantener y extender sus rentas monopólicas. Los nuevos acuerdos abrirán el camino a los cultivos transgénicos, eliminarán regulaciones que estorban elfracking y quitarán obstáculos a la especulación financiera.

Lo más importante en los nuevos acuerdos tiene que ver con el espacio extra judicial que se abre a las corporaciones. Éstas podrán demandar a gobiernos cuando sientan que alguna medida o regulación afecta negativamente la rentabilidad de sus inversiones. Esto recordará a los gobiernos quien manda. Definitivamente la democracia y el mercado nacional no sólo no son aliados, sino que son enemigos.

La disociación entre poder y política es una tendencia robusta que no hemos podido contener. En este contexto es especialmente interesante el análisis de sociólogos como Zygmunt Bauman y especialmente su interés en aquél célebre pasaje de los Cuadernos de la cárcel de Gramsci: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos”. Nuestro análisis hace pensar que al final del interregno no habrá lugar para eso que llamamos democracia. Estamos viendo ya nacer un nuevo tipo de estado diseñado para, entre otras cosas, mejor servir a las grandes corporaciones transnacionales.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de Sinpermiso