+

Sección : Debates de Actualidad

CON PERMISO DE KAFKA. eL PROCÉS

Kafka en Cataluña

«El proceso resulta aparentemente incomprensible y una inagotable fuente de sorpresas e incredulidad. […] A pesar de estar viviendo en un Estado de derecho, en paz y con todas las leyes en vigor, el proceso se desencadena fatalmente». ¿Estamos hablando de Cataluña y el proceso catalán? ¡No, por favor, no sean suspicaces! Jordi Canal está haciendo una breve glosa de una de las obras maestras de Franz Kafka titulada como ustedes saben ‒¡también es coincidencia!‒ El proceso. Escrita entre agosto de 1914 y enero de 1915, en un mundo que literalmente se desmoronaba –los inicios de la Gran Guerra‒, permaneció inédita hasta la muerte del autor, siendo publicada póstumamente en 1925. Todos hemos sufrido y sentido la angustia de Josef K, no tanto por lo que le pasa como por no entender cabalmente todo aquello que está pasándole. Tanto es así que la dimensión trágica de la obra queda relegada a un segundo plano por la incomprensión y la incredulidad y se convierte en un fresco tragicómico. Llega un momento en el que no podemos reprimir una risa nerviosa. Según indican algunas fuentes, las personas que asistieron a una primera lectura del texto por parte del autor se rieron bastante. No me extraña. Hasta a los acontecimientos más siniestros les exigimos una cierta lógica. Y si no, no podemos evitar reírnos.

«Los viejos consensos y puentes han sido dinamitados, y el mundo real y las verdades han desaparecido para dejar paso a otro mundo virtual y soñado y a las posverdades. Las palabras –votar, decidir, democracia‒ ya no significan lo mismo que antes. Lo racional ha perdido definitivamente la batalla frente a las emociones». ¿Seguimos hablando de Kafka o hemos recalado casi imperceptiblemente en Orwell? Ni una cosa ni otra. Estamos hablando, ahora sí, de Cataluña en el año 2016, 2017 y 2018. Un lugar de la Europa más desarrollada, una comunidad en la que rige plenamente (¿todavía?) el Estado de derecho, donde reinaba la paz y el imperio de la ley, con las más amplias libertades ciudadanas y una prosperidad envidiable hasta para los estándares occidentales. En las páginas iniciales de su obra, Jordi Canal juega con esa analogía, procés/proceso kafkiano, que desemboca en la paradoja o contraposición: conflicto visceral/orden racional. En el fondo, lo que late en esas correspondencias es una profunda inquietud –por más que vivamos en un mundo de orden, «nunca podemos saber lo que ocurrirá mañana»‒, ya convertida desgraciadamente en constatación: «Ahora sabemos que cosas que nunca creíamos que pasarían, pasan».

Hablar de Cataluña hoy día es, naturalmente, hablar del procés, un tema sobre el que ya se ha dicho casi todo, sin que la inflación de discursos, artículos, análisis y libros haya contribuido aparentemente –por lo menos, a las alturas en que escribo‒ a una canalización racional del enfrentamiento ni, por supuesto, a un acercamiento de posturas que permita dar una salida civilizada a la colisión en forma de pactos o acuerdos mínimos. Más bien sucede todo lo contrario: un enconamiento de las posiciones que hace completamente inútiles los argumentos racionales porque las posiciones están decididas de antemano. Cualquier actor en esta farsa está ya señalado antes incluso de abrir la boca o escribir una palabra. Mientras no se logre romper este círculo vicioso –y no se atisba hoy por hoy esa ruptura‒, la solución pacífica será poco menos que quimérica. Ello nos aboca a otro escenario que, en principio, nadie quiere contemplar, pero que la fuerza de los hechos puede convertir en inexorable, como ha pasado tantas veces en la historia. No ayuda en nada ejercer de agorero o ponerse catastrofista, pero no podemos cerrar los ojos. Dice Canal: «En estos momentos no conocemos, lógicamente, el desenlace. No obstante, acabe como acabe, si pensamos en los efectos que ha tenido y tendrá todavía sobre la sociedad catalana y la española en general, podemos afirmar ya, sin tapujos, que el proceso terminará mal. Muy mal» (p. 23).

Para Canal, la principal falacia interpretativa del nacionalismo catalán es su «obsesión» por leer el pasado «siempre en una clave absolutamente presentista»

Jordi Canal ‒un historiador de larga trayectoria, sobradamente conocido por sus estudios sobre el carlismo y el nacionalismo catalán‒ se ha planteado aquí no tanto una historia académica o aséptica como un ensayo interpretativo potenciado por la fuerza de su experiencia personal, es decir, su condición de espectador privilegiado de los acontecimientos. Asume por ello con naturalidad la irrupción del yo en un análisis que no por ello renuncia a la mirada objetiva: «No pienso […] que el uso de la primera persona y la presencia del yo en el relato supongan una merma de la objetividad» (p. 26). Su ensayo no aporta apenas novedades de enfoque o contenido ‒¿quién podría ser original a estas alturas sobre este tema?‒ pero, a cambio, construye un análisis tan completo, ordenado, claro y preciso de lo ya sabido que el resultado es uno de los mejores volúmenes que se ha publicado en los últimos meses sobre el nacionalismo catalán (no sólo el procés). Ha estructurado el libro en tres grandes bloques: el primero, «Tiempos de nacionalismo», trata de los orígenes y desarrollo del catalanismo a lo largo del siglo XX. Es el más histórico de todos en el sentido convencional. El segundo, «Anatomía del procés» disecciona los acontecimientos recientes, ya en el pospujolismo, cuando sus sucesores en el gobierno de la Generalitat abren la «caja de Pandora». El tercero, «Historias, símbolos y colores de la patria», se detiene en el relato nacionalista del pasado y en la construcción cultural de la catalanidad. Esto es, los grandes símbolos que la definen, desde la bandera a la Diada, pasando por canciones, fiestas, danzas, celebraciones e himnos. Cinco breves notas componen el epílogo. El lector puede colegir de esa sucinta exposición que Canal toca tantos asuntos que una mera relación de ellos haría interminable este artículo. Me limitaré, pues, a señalar aquellas cuestiones que, por un motivo u otro, me parecen más significativas para reflejar el contenido del libro.

Para Canal, la principal falacia interpretativa del nacionalismo catalán es su «obsesión» –cito textualmente‒ por leer el pasado «siempre en una clave absolutamente presentista». El historiador no puede por menos de decir «¡Protesto!» «La Generalitat de Cataluña de 2017 o de 2018 nada tiene que ver, excepto el nombre, con la institución homónima anterior a 1714. Es hija o nieta, esencialmente, de la de 1931» (pp. 34-35). Segunda gran estafa: el nacionalismo catalán presenta a Cataluña como nación y a España sólo como Estado, regateándole su condición nacional. Como ya se sabe cuál es la concepción del mundo de un nacionalista, la anterior contraposición permite distinguir «lo natural» (nación catalana) frente a la artificialidad impuesta (Estado español). Tercera tergiversación de la historia: en contra de la reinterpretación histórica actual, el catalanismo fue durante buena parte de la época contemporánea, como movimiento cultural y a veces hasta como movimiento político, absolutamente compatible con España (con la inserción de Cataluña en el conjunto español). Complementariamente, «el nacionalismo español tuvo en Cataluña, en la primera mitad del siglo XIX, una de sus principales bases» (p. 58). Recuerda, por último, Canal, en línea con los historiadores y estudiosos del nacionalismo, que todo «nacionalismo es una construcción, y la nación, una construcción de los nacionalistas». En contra de lo que pretenden ahora los nacionalistas, antes del siglo XX no existía «ninguna nación llamada Cataluña». Hubo que construirla. Y el «proceso de nacionalización se hizo contra la nación española» (pp. 63-64).

Esa fue la gran tarea de Jordi Pujol y del pujolismo (Canal tiene el pudor de no insistir en la otra actividad paralela del president, el saqueo de las arcas públicas para su beneficio familiar y el partido). Se trataba, por decirlo en términos caros a Pujol y que, por su difusión y éxito, retratan toda una forma de ejercer la política, de «fer país». En esa tarea, los aspectos educacionales y culturales devienen en prioritarios. Pero el control de la enseñanza y el férreo dominio de todos los medios de comunicación no habrían cosechado tanto éxito de no haber mediado la instauración y difusión de una neolengua absolutamente eficaz para los anhelos nacionalistas. El concepto de «normalización» es aquí fundamental. La imposición del catalán y el desplazamiento del castellano se ejecutaban con puño de hierro en guante de seda, en «beneficio de todos», por impulsos democráticos, para integrar y no segregar, etc. Canal reconoce que la izquierda teóricamente no nacionalista colaboró activamente, hasta el punto de que terminó haciendo suyo el empeño con celo digno de mejor causa. Mientras, la derecha callaba de forma vergonzante, temerosa de que toda defensa del castellano pudiera ser tachada de franquista, facha o fascista. Canal no sólo reconoce el éxito de la política pujolista, sino que con un fair play que respeto pero que no suscribo, eleva al patriarca a la condición de estadista (el único, junto con Tarradellas, dice, que ha dado la autonomía catalana).

Desde Carlton J. H. Hayes, se ha dicho muchas veces que el nacionalismo es una religión. Canal menciona y cita a Hayes no sólo para caracterizar el nacionalismo, sino para sacar las consecuencias pertinentes: el nacionalismo, como toda religión, es social, necesita ritos públicos y aspira y promete la salvación de la comunidad elegida. Como buena parte de los movimientos religiosos, es sumamente sectario, absolutamente intolerante con otras creencias y con toda crítica que cuestione sus objetivos y métodos. Desde el punto de vista individual o psicológico, el nacionalismo no atañe sólo a la voluntad, sino que implica al intelecto, la imaginación y las emociones. En términos más concretos, el procés supone para mucha gente un modo de vida y, sobre todo, algo que da sentido a sus vidas. Por eso, tanto a escala individual como colectiva, son imprescindibles «inmensas performances, imponentes actos litúrgicos o procesiones monstruo y desbordantes». La crisis del comienzo del milenio, con «una inusual coincidencia de elementos» (políticos, económicos, sociales y culturales) perfilará «el escenario de fondo del proceso independentista»: la tormenta perfecta. No me detendré en los nombres propios y avatares concretos, suficientemente conocidos y que, en cualquier caso, forman parte básicamente de la crónica periodística. Sí destacaré, en cambio, algunos elementos del análisis de fondo del movimiento independentista.

La profunda nacionalización a la que ha sido sometida la sociedad catalana en diversas etapas desde 1980 (¡casi cuatro décadas: como el período franquista!) ha dado como su resultado más tangible que el independentismo, minoritario en el catalanismo a lo largo de todo el siglo XX, se haya convertido en hegemónico. Dice Canal que «por encima de todo, me parece fundamental tener en cuenta que los jóvenes catalanes […] han sido educados en la escuela autonomista». Suele entenderse mal este análisis y propicia que siempre salga alguien subrayando los límites del adoctrinamiento, como nos pasó a quienes sufrimos en tiempos de la dictadura la Formación del Espíritu Nacional, que tan escasamente caló en nuestras conciencias, si es que no produjo un efecto opuesto. Canal subraya que no está hablando «exactamente de adoctrinamiento, aunque algo haya de ello, sino de integración activa en un universo hipernacionalizado que se cuela en los libros de texto, en las actividades lectivas y en los juegos». Se conforma un nacionalismo cotidiano, alimentado con elementos tan triviales como efectivos: «pancartas, carteles, lazos, pintadas o trabajos manuales», todo un universo machaconamente nacionalista y nacionalizador fuera del cual no hay vida posible.

A todo ello hay que añadir el papel que desempeñan los medios de comunicación, asunto sobre el que no me voy a extender por ser suficientemente conocido. La degradación –no sólo política, sino incluso moral, con el enaltecimiento del terrorismo‒ de TV3 y Catalunya Ràdio, por citar referencias incuestionables, no ha constituido hasta el momento razón suficiente para que se les llame, como mínimo, al respeto del orden constitucional, ya que no a la pluralidad de informaciones y contenidos. La vida cotidiana de cientos de miles de catalanes transcurre en un espacio en el que el nacionalismo es tan «natural» como el aire que se respira. «Uno de los grandes éxitos» de este proceso, enfatiza Canal, es «la aceptación como evidentes, por parte de numerosos catalanes, de cosas que distan mucho de serlo». Análisis, argumentos o simples creencias convertidas en eslóganes dogmáticos: el famoso «España nos roba», pero también «la culpa es de Madrid», «Cataluña es más moderna», «España no nos quiere», «derecho a decidir», «democracia es votar» y muchas otras del mismo estilo (p. 222). Las redes sociales han posibilitado un campo amplísimo para señalar al discrepante de esas verdades establecidas: desde la descalificación a la denuncia, pasando, naturalmente, por el insulto y la intimidación.

Cuando Canal escribe su análisis (finales de 2017 y comienzos del presente año), aún puede decir que «la famosa no violencia del proceso catalán es cierta solamente a medias». Detecta «poca violencia física, pero muchísima simbólica o moral». Denuncia que las ocupaciones de los espacios públicos no han sido precisamente amables, que existen vetos y listas negras, que los piquetes no se andan con remilgos. Como resultado de esas presiones se ha instalado el miedo en una parte de la sociedad catalana (adivinen cuál). Para una parte importante de la población, es vital no significarse para no perder el trabajo, o para que sus vecinos no les humillen, o para que sus hijos no sean marginados en las escuelas. Tienen que callar o disimular y, aun así, no suele ser suficiente, porque el fanatismo mal tolera a los tibios o discretos. Canal escribe en unos momentos en los que estas tendencias están ya arraigadas pero se mantienen en un tono relativamente contenido para no deslucir la propaganda idílica de un proceso democrático, pacífico, ejemplar. Sin embargo, a estas alturas ya puede establecerse ‒desgraciadamente con un escaso margen de error‒ que el proceso de batasunización de la política y la sociedad catalanas es imparable. Las consecuencias son imprevisibles, pero siempre serán nefastas. A este respecto, se echa en falta que partidos e instituciones se pronuncien con claridad y determinación. Pues no se subraya que la capacidad de resistencia de los constitucionalistas es, por fuerza, limitada, aunque sólo sea por razones temporales. Si ya es imposible exigirle a un ciudadano que se comporte como un héroe, más inviable aún es pedirle que lo sea a tiempo completo, de manera indefinida y arrastrando al peligro a su familia. Para el ciudadano común, para la vida cotidiana, no se activan los mecanismos más elementales del Estado de derecho, los que permiten vivir en paz, libertad y seguridad. De seguir así, la contienda estará inexorablemente perdida. Será únicamente cuestión de tiempo. Y ellos lo saben.

El tercer bloque del libro es una disección magistral de la reescritura nacionalista de la historia, la reelaboración sectaria de las tradiciones y el uso partidista de todo tipo de símbolos culturales para componer una sostenida «apelación a las emociones» que genere un universo nacional de «identidad, pertenencia y cohesión» de «los propios» (catalanes) frente a «los otros» (españoles), caracterizados en el mejor de los casos por su incomprensión y, más habitualmente, por su hostilidad. Como dije en el caso de los acontecimientos políticos concretos, tampoco puedo detenerme en este ámbito, que requeriría un amplio apartado expositivo. Y para quienes echen de menos una crítica de los mecanismos que ha puesto en marcha el gobierno de la nación y el Estado de derecho para responder a este desafío que algunos llaman «golpe de Estado posmoderno», les recuerdo que el libro de Jordi Canal se centra en el nacionalismo catalán y el proceso independentista, no en lo que en algunos hemos diagnosticado como crisis del régimen constitucional de 1978.

La perspectiva de un independentismo que se ha echado al monte no proporciona precisamente una perspectiva tranquilizadora

Aun así, es inevitable que el libro termine con unas consideraciones que no afectan tan solo a uno de los contendientes, el nacionalismo catalán, sino que se amplían al marco español. Haré en este punto una confesión personal que me ha supuesto en los últimos meses muchas desavenencias con amigos, colegas y contertulios en general: frente al mayoritario «lo peor ha pasado» –en referencia a la crisis de octubre de 2017‒, siempre he sostenido que ello sería, en todo caso, cierto si preferimos el diagnóstico de un cáncer avanzado y con metástasis a un infarto agudo de miocardio. Es verdad que con el infarto –la declaración unilateral de independencia‒ se nos va el paciente, pero no es menos cierto que la perspectiva de un independentismo que se ha echado al monte no proporciona precisamente una perspectiva tranquilizadora. Magra satisfacción me produce también por ello que el autor coincida con mi apreciación personal: tras las elecciones del 21-D, escribe, «muchas cosas han seguido igual o incluso han empeorado en Cataluña» (p. 377). Cita Canal todo el catálogo de desafíos independentistas, alude a la vulneración de la legalidad vigente (añado que poco menos que impune en muchos ámbitos, como el orden público) y destaca, en especial, el esfuerzo que ya a estas alturas puede darse por conseguido (¡una victoria más!) de internacionalizar el conflicto. Sostuve, por mi parte, desde el principio que dicha internacionalización –ante la que el Estado no impulsó, por decirlo suavemente, todos los mecanismos que estaban a su disposición‒ era a largo plazo, junto con la judicialización de la política, uno de los mayores peligros de esta crisis. Creo que, a estas alturas, ya nadie puede ponerlo en duda. Con todo ello el independentismo va extendiendo su relato, como ahora se dice, allende las fronteras, a la par que siembra un victimismo siempre rentable en última instancia. Mientras, mantiene o intensifica el control del espacio público (¿dónde quedó la primavera constitucionalista?), alardea de su hegemonía en el ámbito educativo y reta al Estado desde el dominio absoluto de los grandes medios (televisión, radio y prensa). ¡Y todo ello con el artículo 155 de la Constitución activado! ¿Para qué ha servido?

Suele usarse con frecuencia el término aceleración para caracterizar la marcha de los acontecimientos en este mundo que vivimos y, muy en especial, para singularizar la dinámica política. Casi convertido en tópico, este planteamiento del ritmo vertiginoso de la vida pública es difícilmente cuestionable ante situaciones como las aquí descritas. Cuando habíamos aceptado, por la fuerza de los hechos, que en cuestión de semanas las cosas podían mutar hasta extremos a priori difícilmente concebibles, hete aquí que la susodicha aceleración nos arroja a un panorama de cambios progresivamente más bruscos y radicales. Unas transformaciones que, como todo el mundo sabe, no han dejado títere con cabeza o, por decirlo en términos más concretos, han afectados a los tres niveles posibles del conflicto: primero, al propio campo del independentismo, con un reordenamiento de líderes como consecuencia de las actuaciones judiciales; segundo, a las relaciones entre la Comunidad Autónoma y el Gobierno de la nación, con la constitución de un nuevo Govern y el levantamiento del artículo 155; y, en tercer lugar, la caída del gabinete de Mariano Rajoy y su sustitución –mediante moción de censura‒ por una alternativa de heterogénea composición, en la que no cabe ignorar el peso de los partidos independentistas. Sea como fuere la ulterior evolución de los acontecimientos, el conflicto dista mucho de presentar un cariz tranquilizador o meramente encarrilado.

Canal escribe cuando la opinión pública no sabía nada aún de Quim Torra y de su ideario (?) político, pero eso a la larga resulta casi irrelevante. Pues su análisis sigue teniendo la misma vigencia ahora que hace seis meses: «La aventura independentista ha llegado tan lejos como consecuencia de los silencios, la infravaloración o la incredulidad de aquellos que podían haber reaccionado mucho antes, desde el Gobierno de Mariano Rajoy a la Unión Europea, pasando por las oposiciones, los intelectuales o los empresarios». Y añade un matiz esencial desde mi punto de vista: «Los proyectos alternativos mínimamente convincentes e ilusionantes han brillado por su ausencia». En efecto: «¡Es la política, estúpidos!», es la política lo que ha fallado o, mejor dicho, lo que ha faltado clamorosamente. Y así nos va. Y así están las cosas, en ese impasse kafkiano en el que nadie atisba solución alguna, pues el presente no puede ser más inestable, ya no podemos volver al pasado y el futuro se adivina tenebroso. En los compases finales de su magnífica obra, Canal vuelve a remitirse a Kafka y al señor K, cuando dice que «lo único que puedo hacer es mantener el sentido común hasta el final». El autor se agarra a ese clavo ardiendo y califica ese llamamiento al sentido común de «programa auténticamente revolucionario» en estos tiempos. No quiero ponerlo en duda, pero no deja de ser una apelación retórica. Y el hecho de que el mero sentido común sea inviable nos muestra el punto al que hemos llegado. Patético. Kafka en Cataluña, ciertamente.

Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid, Marcial Pons, 2014).

04/07/2018

Compártelo:

14 de junio, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.

TARDES PARA EL DIÁLOGO.

 

Socialdemocracia II ¿Cuáles son los valores éticos sobre los que debe renacer?

 

La próxima sesión será la última de la temporada. Con ella nos despediremos hasta septiembre. Y si no hay inconveniente, continuaremos debatiendo sobre la Socialdemocracia.

El repaso histórico de la sesión anterior permitió censar y acordar los logros más relevantes alcanzados por este sistema/ideología en los países donde ejerció el gobierno durante la segunda mitad del siglo pasado. Pero también se llegó a la conclusión de un cierto agotamiento del mismo, traducido en la pérdida de apoyos electorales de los partidos que lo representan, y en una evidente desnaturalización de los conceptos ideológicos que la han sustentado durante su época gloriosa.

Sin embargo parece que no todo está perdido y la realidad nos muestra como un anhelo, en la calle, por conseguir que renazca esa forma política de entender y solucionar los problemas de la mayoría, que posibilitó avances sociales y cuotas de bienestar y seguridad desconocidos con anterioridad.

Durante el debate uno de los contertulios lanzó una pregunta que me pareció extraordinariamente atinada (¡Eduardo, Dios te bendiga!): ¿puede relanzarse la socialdemocracia sobre la plataforma de valores éticos nuevos? Creo que la búsqueda de respuestas a esta cuestión es más que suficiente para que dediquemos la siguiente tarde al asunto.

Además, en la de mayo nos quedamos ayunos, por ausencia, de la opinión de algunos de los más conspicuos debatientes (y conspicuas, claro) sobre un universo tan candente y tan de actualidad.

Por todo ello considero que la discusión no está agotada y que el segundo miércoles de junio bien valdrá la pena que sigamos buscando ángulos de enfoque nuevos y diferentes que apunten con curiosidad y criterio a ese concepto tan versátil, complejo y, a veces, pervertido, que venimos llamando SOCIALDEMOCRACIA.

Os espero.

AP

Compártelo:

TARDES PARA EL DIÁLOGO (tercera sesión)

3º sesión, 8 de febrero, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.

 

¿El crecimiento de la riqueza supone más riqueza para todos?

 

Como todo el mundo sabe, Davos es la estación invernal suiza donde Thomas Mann ambientó La Montaña Mágica. Desde hace veintitantos años también es donde se reúnen a mediados de enero, cada año, lo más florido de las élites con poder. Los que mandan de verdad. Sakira incluida. El Foro Económico Mundial. Este año están allí desde el día San Antón. Esa reunión y algunos datos que allí se están manejando me inspiran, hoy, la pregunta que incite al próximo debate.

Esta será la cuestión:

¿El incremento de la riqueza dentro de un espacio económico determinado, supone una mejora automática para todos sus miembros?

Si prescindimos de los signos de interrogación lo que queda de esa frase es una de las afirmaciones menos contestadas de los últimos cuarenta años. Tan incontestada, que yo mismo al escribirla puse en primera instancia: es una de las verdades. Nada de afirmación, directamente verdad.

Que el incremento de la riqueza global supone una mejora para todos está asumido como axioma desde cualquier ámbito del espectro político. Y así vemos como todo debate político remite ineludiblemente a las tasas de crecimiento interanual del PIB, o al déficit que ocasionan u ocasionarán los Presupuestos Generales del Estado, resultando palpable que lo único que cuenta es la consolidación de totales y dando por hecho que si el PIB crece todos crecemos, o que si reducimos el déficit fiscal a cero, todos estaremos menos endeudados. Y está asumido, incluso, desde posiciones de izquierdas con posibilidades o con experiencia de gobierno. El mismísimo José Mugica, quizá el referente más auténtico de la izquierda gobernante, se mostró, durante su mandato, como un actor convencido de primar el crecimiento de la riqueza como paso previo al reparto.

Pero no es posible despachar la cuestión de cualquier modo. Branco Milanovic de PwC (sí, sí, de PwC, la mayor de las Big Four) ha afirmado en Davos que los mayores beneficios de la globalización han ido a parar a una pequeña élite, cada vez más rica.

Es cierto que cada año se rescata de la miseria a sesenta millones de personas en todo el planeta. También es innegable la incorporación de amplias bolsas de población a cuotas de consumo, incluso de bienestar, que políticas abiertamente neoliberales han facilitado en países emergentes de Latinoamérica y Asia.

Pero esa es la tesis. Ahora seamos dialécticos.

Antítesis: al mismo tiempo ocurres que:

  1. En USA los ingresos del 50% de la población más pobre están congelados en los últimos treinta años. Por su parte, los del 1% más rico han aumentado un 300% en el mismo periodo. (Piketty dixit).
  2. Aquí el PIB en 2016 creció un 3.3% (Sin confirmar por ahora) mientras que el salario medio de los veinticuatro mil y pico -que ni siquiera es el modal- sigue disminuyendo en términos reales.
  3. En el último año en España ha crecido el número de millonarios en 7000 individuos. No hay que engañarse. Esto no indica que sea fácil hacerse millonarios. El número de ejecuciones hipotecarias iniciadas en el segundo semestre del mismo año es el doble. Más de 14000. Por tanto tienes ocho veces más posibilidades de que te echen de tu casa que de hacerte millonario.
  4. Ocho hombres (a quienes todos conocemos) poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, 3600 millones de personas (a quienes no conoce ni Dios). Datos del informe Oxfam; salvo los de a quién conocemos y a quién dejamos de conocer.

 

Creo que es suficiente para que en la próxima sesión todos tratemos de buscar la síntesis. Seamos, pues, dialécticos.

Os espero.

Alfonso Peláez

 

Compártelo:

27-S, DESDE LA ÓPTICA DE PODEMOS

27-SPor qué Podemos tenía razón… y aún así (o por ello) fracasó
La cuestión nacional y la democrático-social en el horizonte inmediato de España

Este breve artículo pretende analizar los resultados del pasado 27 de Septiembre desde una óptica de clase, algo que de por sí ya supone salirse del marco realizado para tales elecciones y efectivamente plasmado con éxito en ellas. Y, lo que en realidad es lo mismo, esbozar salidas a la “cuestión territorial” para que ésta no cree efectos nocivos para el cambio popular y democrático que tiene que vivir el conjunto de España, y para asegurar la convivencia –en base al derecho a decidir y a la posibilidad de realización de todas las opciones políticas- entre los distintos pueblos que componen el Estado.

Todo ello en base a la convicción de que nuestro país vive en la actualidad varias disyuntivas que se pueden resolver o no en sentido democrático. La convivencia y la distribución de los recursos entre los sectores privilegiados del país y la mayoría social es uno de ellos; el derecho a decidir de los pueblos que lo habitan –especialmente el catalán, pero no sólo- otro.

Puesto que somos muchos los que estamos por el avance democrático de todos ellos, es clave que no se perjudiquen unos a otros o -diciéndolo coloquialmente- que no se pongan palos en las ruedas.

Algunos datos sobre los resultados del 27 de Septiembre que pueden tener importancia:

– El independentismo anticapitalista y socialista que representa la Candidatura d´Unitat Popular supone casi el 20% del total (exactamente, los 335.520 votos obtenidos por ella son el 17’18% de los 1.952.582 votos obtenidos en conjunto por las dos listas independentistas). Esto supone un sector minoritario aunque sin duda significativo.

JuntsPel Sí gana en Pedralbes, el barrio más rico de Barcelona, y Ciutadans en Villabona, el más pobre. Además, Ciutadans gana en 10 ciudades del área metropolitana de Barcelona y queda segunda en todas las demás menos en Badalona. Algunas de esas ciudades eran feudos tradicionales del PSC, como L´Hospitalet de Llobregat, El Prat o Sant Adrià. En L´Hospitalet Ciutadans pasa del 10´5% de las elecciones del 2012 al 23´6%; en El Prat, del 10´7 al 23´5%; en Sant Adrià, del 10´3 al 24´1%: un crecimiento en todos ellos de más del 100%. Ciutadans también superó a toda la izquierda y a Junts Pel Sí en el distrito de NouBarris, el más pobre de la ciudad.

– Hay poco espacio para lo que podríamos llamar el “no independentismo de izquierdas”, con un PSC y Catalunya Sí Que Es Pot que suman juntos 884.845 votos y el 21´65%del total.

– El Partido Popular queda reducido al penúltimo lugar, en una posición que se muestra sorprendente para el partido que gobierna España y que, al fin y al cabo, constituye el interlocutor con el gobierno de Cataluña y el encargado de “responder” o “atender” a la situación política que allí se vive.

Conclusiones que se pueden sacar de estos datos:

  • Hay una parte considerable de las clases populares (al menos en la provincia de Barcelona, la más poblada de las cuatro) que no sólo no participa del Procés sino que, si atendemos al voto a Ciutadans y el discurso claro y explícito de este partido contra las demandas de autogobierno, lo llega a ver como amenaza e imposición. Este hecho no debería ocultárselo nadie que quiera construir un futuro en Catalunya para y con las clases populares. Las elecciones han mostrado que parte de estos sectores no es que no estén con la CUP, es que tampoco han estado (al menos en estas elecciones autonómicas, cosa distinta podría pasar en las generales) con la marca de Podemos en Catalunya.
  • En el bloque que se ha dado en llamar como “no independentistas” (y su mera enunciación y agrupación –el Partido Popular junto a la marca de Podemos- muestra el grado de éxito de Convergència y su socio en la campaña Esquerra Republicana a la hora de convertir las elecciones en monotemáticas) prima la derecha sobre la izquierda, y por tanto las opciones inmovilistas frente a las que, con mayor o menor timidez y mayor o menor acierto, pretender dar alguna respuesta al sentir de prácticamente la mitad de la sociedad catalana: frente a ese 21´65% del PSC + CSQEP, el Partido Popular + Ciutadans obtienen cinco puntos más, el 26´41%.
  • Hemos visto por tanto que cuando se activa (al menos hasta límites como los de este 27S) el eje nacional, una parte importante de la sociedad no catalanista (ciudades y barrios populares incluidos) se alinea con la derecha.
  • Podemos tenía razón en el análisis que realizaba: hay mucha sociedad catalana que no está inmensa en el Procés y que le preocupan otras cosas. Lo que quizá no supo calcular la dirección -ni tampoco el resto de integrantes de Catalunya Sí Que Es Pot– es el éxito de la polarización en torno al eje nacional, que iba a provocar que, quienes veían elProcés como una amenaza, aun siendo de izquierdas votaran antes a la opción clara y nítida contra la independencia que a una fuerza de izquierdas con un discurso intermedio y “responsable” (en palabras de Iglesias) respecto al conflicto.

De hecho, paradójicamente, Catalunya Sí Que Es Pot (y por tanto Podemos) se encuentra ubicada en la única gran mayoría porcentual que se puede sacar de las elecciones: la de quien quiere cambio (más de 70%, contando los votos de Unió) frente al inmovilismo (el 26% de PP + Ciutadans).

  • Llegados a este punto, el referéndum vinculante parece la única opción legítima y democrática que desatasque la situación: sumando votos (restando esta vez los votos del PSC, y añadiendo los de Unió), más del 58% de los catalanes están a favor.Este sería previsiblemente el único modo de resolución del conflicto, pero para ello el Gobierno salido de las elecciones generales de Diciembre tendría que aceptar tal premisa [1] 

Más allá de la cuestión territorial –que el partido que gobernaba en la Generalitat más sus socios de Esquerra Republicana convirtieron con éxito en el único “issue” o tema de la campaña-, un análisis que podríamos llamar de clase (en este punto las denominaciones de los partidos en el eje izquierda-derecha ciertamente nos aportan poco), que suponía de hecho la base de este análisis, se muestra esencial para quienes estamos interesados en el agrupamiento de las fuerzas populares, en Catalunya y en el conjunto de España.

  • Como decíamos, la CUP representa en el independentismo un sector minoritario pero significativo, con bases aparentemente sólidas, que se considera así mismo anticapitalista y socialista. Este sector parece no parar de crecer, desde que se presentaron en 2012 y por primera vez al Parlament, que sacaron 126.219 votos y 3 escaños, pasando por las últimas elecciones municipales, que consiguieron 221.746 votos y se convirtieron en la cuarta fuerza de Cataluña, hasta las elecciones autonómicas (y plebiscitarias) de este 27S, en que alcanzaron los 335.520 votos.
  • Es previsible que si no hay cambio alguno en las políticas del Gobierno central después de Diciembre y el Procés continúa, mientras que a la izquierda independentista más que probablemente le siga yendo bien (al menos todo lo que le dejen las posibles futuras contradicciones, veremos cómo se resuelve la elección del President de laGeneralitat), siga disminuyendo, por mostrarse raro y de dudosa finalidad, el espacio político “por el derecho a decidir” que sin embargo representaba la posibilidad de establecer mecanismos para la resolución del conflicto territorial.
  • Por otra parte, el voto en los enclaves de izquierdas y trabajadores a Ciutadans parece dejar claro que la llamada izquierda independentista –la CUP-, y pese a sus principios y sus interpelaciones claramente de izquierdas, no tiene posibilidad a corto ni a medio plazo de atraer a esos sectores populares que, aun pudiendo estar cerca de ella en “el eje social”, se decantan por el españolismo cuando se tensa la cuestión nacional. Pero hemos visto que tampoco la izquierda no independentista va a tener posibilidades en este marco de polarización nacional.
  • Por tanto, entre medias de las dos expresiones políticas que, podríamos decir, están indiscutiblemente por el derecho a decidir, por los derechos sociales y por romper con la austeridad(y que suman, juntos, un porcentaje de más del 17% de los apoyos), se encuentra el eje nacional.
  • Si sigue en marcha el proceso hacia la independencia con el muro de hormigón situado en Madrid, se va a producir la clásica relación dialéctica de nuestro país aumento del independentismo – agitación de la derecha españolista. Un proceso que:
  1. Empeora la convivencia entre las distintas sociedades o “pueblos” que habitan el Estado español;
  2. Identifica a buena parte de la población trabajadora de España (y como hemos visto, ¡también de Catalunya!) con las posiciones de los sectores privilegiados españoles y españolistas, y
  3. Perjudica a todos aquellos sectores políticos de buena parte del Estado que no sacan partida de tal empeoramiento de la convivencia (como sí hace la derecha) y que están por el cambio popular en la mayor parte del Estado, cambio cuyas posibilidades van a tener el 20 de Diciembre un punto de inflexión.

Unas breves conclusiones:

  • De todo esto no se deriva que el eje nacional no esté justificado o “sólo incordie”, sino que hay que encauzarlo para que sus efectos nocivos para la posibilidad de cambio progresista en el Estado sean los menos posibles, y para que cambie el sentido de sus beneficios y perjuicios. Beneficios: al independentismo en general -también a parte de la oligarquía catalana, y sin duda a la élite política que más que presumiblemente ha estado gobernando Cataluña de forma clientelar durante largas décadas, con el caso vergonzoso del tres per cent– y a la derecha españolista, que reaviva con esto uno de sus ejes de movilización tradicionales, y que agrupa fácilmente a su electorado entorno a él, mientras carga contra la izquierda por su previsible “blandura” frente al tema. Al actor tradicional de la derecha española hay que sumar el auge que ha supuesto estas elecciones para Ciudadanos y la inyección de moral de cara a las elecciones generales del próximo Diciembre. Uno de los mayores enemigos de las posibilidades de cambio que están depositadas en esa fecha es que esta marca consiga obtener parte del voto de la frustración, del “esto no puede seguir así” y de cabreo ante la corrupción para llevarlo hacia la nada de un gatopardismo de “que todo cambie para que no cambie nada”. Y perjuicios: a todos aquellos sectores políticos de la mayor parte del Estado que no sacan partido del empeoramiento de la convivencia (como sí hace la derecha) y que están por el cambio popular y democrático en el conjunto de España.
  • Pudiera parecer paradójico pero la apuesta (además de valiente) más útil para asegurar la convivencia en nuestro “país de países” y para evitar las consecuencias que arriba hemos visto con datos,es apostar firmemente por el derecho a decidir de los sujetos políticos de España que así lo reclaman desde hace tiempo.

Podemos se muestra clave en este tiempo político de inflexión con varias crisis en marcha: creemos que sólo él está en disposición de protagonizar la posición arriba descrita. De asegurar, además de un nuevo pacto social que equilibre la balanza entre los privilegiados y la mayoría trabajadora del país, la convivencia entre sus distintos pueblos con el derecho incluido a decidir su futuro en cuanto sujetos políticos.

Nota:

[1] Pablo Iglesias parecía decirlo claro esta semana en la valoración de las elecciones catalanas: “Si nosotros ganamos, referéndum”.

Guillermo Errejón Galván es sociólogo y militante de Podemos

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

Compártelo:

ELECCIONES PORTUGUESAS

OPINIÃO

A maldição do arco de governação

Se a direita teve dificuldade em revalidar a sua maioria absoluta, as maiorias absolutas à esquerda tornaram-se simplesmente implausíveis.

Nos últimos meses, e ainda mais nas últimas semanas, percorri o país várias vezes. Falei certamente com milhares de pessoas de todas as idades, de todas as regiões e condições.

Coisas que ouvi: “cortaram-me na pensão”, “aumentaram-me os impostos”, “cortaram-me na pensão e aumentaram-me os impostos”, “perdi o emprego e fiquei para trás nas prestações da casa”, “o meu filho teve de voltar para casa”, “a minha filha emigrou”. Das ruas vazias do interior aos transportes sobrelotados das áreas metropolitanas, o mesmo quadro de desesperança.

O grande erro de qualquer oposição é pensar que isto basta. Que é possível abordar um ato eleitoral com uma estratégia simplesmente baseada no descontentamento com a governação cessante. Sem explicar qual é o programa político e — acima de tudo — qual é a maioria para o implementar, não é possível transformar o descontentamento em alternativa.

É com essa ambivalência que olho para os resultados destas eleições. A direita — a confirmar-se a perda da sua maioria absoluta — deixou de ter, por si só, capacidade governativa. Deixará, assim, de ter legitimidade para prosseguir as suas políticas. Mas isto apenas na condição de os mandatos da esquerda se juntarem em torno de um compromisso convergente e consequente de governação. É a essa responsabilidade histórica que os partidos da esquerda serão em breve chamados. Dizer que se rejeita a maioria de direita sem propor uma alternativa será, mais uma vez, falhar à chamada.

Se a direita teve dificuldade em revalidar a sua maioria absoluta, as maiorias absolutas à esquerda tornaram-se simplesmente implausíveis. Neste quadro, só existe uma forma de a esquerda voltar a governar de forma estável e maioritária: acabar, de uma vez por todas, com o conceito de “arco da governação”.

A esquerda à esquerda do PS teve neste domingo possivelmente o melhor resultado da sua história — com destaque e mérito para o excelente resultado do Bloco de Esquerda. Esse é um dado essencial de que todos os atores políticos, a começar pelo Presidente da República, devem tomar nota desse facto. Não é mais possível excluir partidos que representam um quinto dos portugueses da possibilidade de governar o país.

O Partido Socialista, na reflexão que fizer nos próximos dias, passará provavelmente pelo dilema já bem conhecido dos seus homólogos europeus. Se ceder ao canto da sereia do Bloco Central, perderá legitimidade como oposição à austeridade. Se se abrir a soluções políticas com o Bloco de Esquerda e o Partido Comunista Português, terá sem dúvida de enfrentar uma barragem de críticas das áreas mais conservadoras da política portuguesa. Mas só assim poderá encarar de frente o grande problema estrutural da democracia portuguesa.

Por outro lado, é verdade que essa exclusão tem, em primeiro lugar, partido dos próprios Bloco de Esquerda e Partido Comunista Português. Durante estas eleições deram sinais de que isto poderia mudar. Resta saber se levam a sério aquilo que disseram. Caso contrário, continuaremos a viver sob a maldição do arco da governação.

Quanto a mim, fui candidato de uma candidatura cidadã, democrática e aberta, de que muito me orgulho pela verdade com que falou aos cidadãos, mas que não atingiu os resultados que para ela desejámos. A ela dedicarei a minha próxima crónica.

PUBLICO HOY  RUI TAVARES

Compártelo: