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Sección : Críticas

Armonías de Werckmesister

David Vericat
© cinema esencial (marzo 2016)

En una pequeña ciudad, en un tiempo y lugar desconocidos, los habitantes se muestran inquietos por la llegada de un misterioso circo ambulante que amenaza con alterar la convivencia en las calles. Nadie sabe a ciencia cierta si los rumores que acompañan a la atracción del misterioso príncipe que viaja junto al cadáver de una enorme ballena son certeros, pero el nerviosismo y el desasosiego van haciendo mella en la multitud, siempre supersticiosa y fácilmente manipulable: “El mundo se está volviendo completamente loco. Pronto pasará algo malo. Y para rematar, pronto llegará el circo. Han traído esa horrible ballena, y ese príncipe. Al parecer él tiene tres ojos. Dicen que lo llevan de ciudad en ciudad y suelta ese monstruoso discurso ateo. Nadie lo entiende. Cuentan que en la plaza del mercado de Sarkad, cuando se acercaba el príncipe, el reloj de la iglesia que llevaba años parado volvió a funcionar. Y el árbol del álamo se cayó. Se abrió una gran grieta y sus raíces salieron del hormigón. La gente tiene miedo. Nadie se atreve a salir de casa de noche…”

A diferencia de muchas otras obras fílmicas de denuncia política con discurso autocomplaciente y de cómoda adhesión por parte del espectador, Armonías de Werckmesister (y el cine de Béla Tarr por extensión), huye de la afirmación fácil y se refugia en la duda y la pregunta, en este caso como mecanismo de mera aproximación a la sinrazón de los totalitarismos. ¿Cómo operan el miedo, la ignorancia o la superstición a la hora de hacer posible el caos y el consiguiente establecimiento de un régimen totalitario? En poco más de cuarenta y ocho horas, el joven János (Lars Rudolph), verá cómo los vecinos que en un principio celebraban su ingenua pero elocuente explicación sobre el funcionamiento del sistema solar (en la extraordinaria secuencia que abre la película – fotograma 1) se multiplicarán en forma de hordas salvajes al servicio de los siniestros designios de una autoridad militar que aprovecha (o provoca) el terror colectivo para ejercer el poder e instaurar su dominio absolutista.

Fiel a un estilo personal e intransferible, Béla Tarr rueda esta epopeya del terror colectivo a base de secuencias de una única toma en las que la cámara se desplaza con un movimiento constante mediante el cual el director, lejos de renunciar al montaje, recurre a una complejísima planificación para proponer un nuevo encuadre a cada momento, articulando una suerte de montaje interno que sustituye al plano-contraplano por el travelling continuo. Treinta y cuatro secuencias estructuradas todas ellas, pues, en una sola toma (a excepción de una única secuencia compuesta excepcionalmente por dos tomas, como veremos más adelante) que se conforman por sí solas como constelaciones fílmicas en el vasto universo de la película. Como Ozu, como Dreyer, como Bresson, Béla Tarr alcanza la trascendencia a partir de su incorruptible compromiso formal.

Poesía visual al servicio de una historia aparentemente sencilla y gracias a la potencia de unas imágenes de hipnótico magnetismo: la amenazante sombra del gigantesco remolque que transporta la ballena a su llegada a la ciudad (justo después de la secuencia en la que János narraba el terror sobrevenido por las tinieblas de un eclipse en su recreación cósmica); las imágenes del protagonista caminando entre los silenciosos grupos de ciudadanos reunidos en la plaza alrededor del carromato circense (fotograma 2); la fantasmagórica sombra de la silueta del príncipe, de quien únicamente escuchamos su terrible amenaza (“Lo destruiremos todo. Ha llegado el momento” – fotograma 3); y, cómo no, la fascinante imagen del enorme ojo del escualo ante el que se detiene, primero, el joven János (en su visita a la atracción) y, al final de la película, el profesor György Eszter (Peter Fitz), ambos intentando en vano obtener alguna respuesta acerca del insondable misterio de la existencia…

Eszter, un musicólogo obsesionado por volver a “aquellos tiempos más afortunados en los que los instrumentos puramente afinados sólo podían ser tocados en algunos tonos” (asumiendo que las armonías divinas eran propiedad de los dioses), intenta demostrar la falsedad sobre la que descansan las grandes obras maestras de la música clásica, a partir del momento en que, en el siglo XVII, Andreas Werckmeister dividió la octava de la armonía de los dioses en doce partes iguales, los doce tonos medios, posibilitando el desarrollo de los instrumentos basados en el llamado temperamento igual (el plano secuencia en el que escuchamos los razonamientos que Eszter dicta en un magnetófono es significativamente un doble travelling circular de 360 grados alrededor del personaje, primero en una dirección y seguidamente en la dirección opuesta, perfecta plasmación de las teorías regresivas del musicólogo). Eszter plantea, en definitiva, la necesidad de revisar y poner en duda ciertos apriorismos (“aquella música, su armonía, eco y encanto paralizante, está completamente basada en un fundamento falso”), siendo conscientes igualmente de que “esa afinación natural [a la que deberíamos regresar] tiene sus límites, que definitivamente excluyen el uso de ciertas cimas demasiado elevadas”. La traslación de las teorías del musicólogo al escenario político le convierten en el personaje idóneo para llevar a cabo (aun sin quererlo) el plan de las autoridades, y así, será reclutado por su exesposa, Tünde (Hanna Schygulla), como líder de la Organización Ciudad Limpia para obtener el apoyo de ciertos ciudadanos y conseguir que todo “permanezca como está”.

Es justamente en el momento de la primera aparición de Tünde, cuando Tarr rompe por primera y única vez planificación basada en una única toma por cada secuencia: después de que vemos a Janos calentar una lata de comida y empezar a comer, el protagonista se gira hacia la entrada y, en lugar de panoramizar para filmar la llegada de Tünde (un movimiento harto sencillo de la tónica general de la película), el director opta por introducir por corte el plano de la misma entrando en la estancia. La irrupción del elemento desestabilizador se visualiza pues mediante la transgresión de la unidad formal imperante en toda la película.

Desatado el caos a manos de las autoridades policiales, la multitud avanza en silencio con el objetivo de saquear todo lo que encuentra a su paso. Irrumpe en un hospital y ataca indiscriminadamente a los pacientes. Es el reino de la sinrazón en el que se imponen el terror y la violencia. Nada tiene una explicación racional, nada exige una justificación moral. Únicamente cabe no cuestionar, no preguntar, y unirse a la multitud en su frenético avance…. Hasta que Tarr nos sitúa frente a la terrible imagen de un anciano, desnudo e indefenso, el rostro abatido, la mirada perdida, prácticamente sin vida (fotograma 4). La misma mirada inerte de János en el hospital, una vez sofocada la anarquía y restablecido el orden (fotograma 5). Una mirada hacia los confines más profundos del alma humana. La mirada del enorme ojo de la ballena ante el que se detiene el viejo Eszter (fotograma 6), buscando en vano una respuesta.

1. El sistema solar según János Valuska

2. Reunidos alrededor de la misteriosa atracción circense

3. “Lo destruiremos todo. Ha llegado el momento”

4. La imagen de la sinrazón

5. János, con la mirada inerte

6. Eszter, buscando en vano una respuesta
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ROMA

UNA RUTA BIOGRÁFICA: ROMA (FEDERICO FELLINI, 1972)

Hermosísimas estampas romanas de palacios, fuentes, callejuelas y plazas, mientras suenan las campanas a la intensa luz del mediodía, o en silencio y en penumbra, en la plena soledad y quietud de la noche. Turistas que desembarcan de sus coloridos autocares y se apelotonan en los principales parques y monumentos romanos. Interminables fiestas y verbenas por las que desfila lo más elegante y lo más grotesco de la sociedad romana. Hippies que salpican las escalinatas de la Plaza de España o que se arremolinan alrededor de las fuentes para llenar las noches de música y calor humano. Conversaciones sobre el paso del tiempo, la vejez, el sentido de la vida… ¿Paolo Sorrentino y La gran belleza (La grande bellezza, 2013)? No: Federico Fellini. El maestro de Rímini inspiró a Sorrentino por partida triple –La gran belleza = La dolce vita (1961) + Satyricon (1969) + Roma (1972)-, en particular a través de este paseo personal y biográfico por la Ciudad Eterna a caballo entre la memoria, el documental, la nostalgia y el recuerdo, entre los sueños, la magia y la realidad desnuda, con un tema musical (excepcional, obra de Nino Rota) repetido con distintos arreglos como hilo conductor, y con la mirada tras la lente del director de fotografía Giuseppe Rotunno.

Fellini recorre para ello la historia de la ciudad desde una perspectiva personal. La Roma de los Césares, la de los Papas y la proclamada por Mussolini como Tercera Roma se dan la mano con la Roma de Fellini (que bautiza así la película), la que él conoció y en la que vivió desde su llegada para trabajar como viñetista, dibujante e ilustrador en plena Segunda Guerra Mundial. Desde la distancia de provincias (sus primeros recuerdos de la ciudad se remontan a una piedra de la carretera que marcaba la distancia hasta la capital y a las enseñanzas escolares, exaltadas por la propaganda fascista, sobre las glorias de la Roma imperial, en especial, el paso del Rubicón por César y su muerte a traición) al momento del rodaje, comienzos de los años setenta, Fellini presenta su particular guía de viajes romana, envuelta en la belleza de su condición de museo vivo al aire libre y en la espontaneidad anárquica e irritante de su diario caos vital. Un paseo personal en el que no faltan las cenas al aire libre, las visitas a los burdeles (la abundancia de soldados de permiso, el trabajo en cadena, las redadas y los locales reservados a las máximas autoridades civiles, militares y quién sabe qué más…), las verbenas populares y la observación subrepticia de las costumbres del pueblo llano y de la aristocracia arruinada. Construida sobre fragmentos que recrean escenas concretas, la mirada de Fellini se extiende sobre las autopistas que dan acceso a la ciudad, con esos flancos en los que se amontonan las áreas de servicio abandonadas o las fábricas desmanteladas, convertidas en amasijo de cemento y hierro, o por el interior de los ricos y decadentes palacios de las familias venidas a menos, de una opulencia ajada y trasnochada, en una síntesis de caricia amable y retrato crítico aunque sardónicamente benevolente.

La película atesora un puñado de momentos inolvidables y de imágenes cautivadoras: en lo más alto del podio, el episodio en el que, durante las obras de construcción de una nueva línea de metro, los obreros localizan una antigua casa romana decorada con hermosísimas pinturas perfectamente conservadas. El deambular de los periodistas y de los obreros por los anegados túneles subterráneos, observados por rostros y miradas de miles de años de edad y su súbita degradación al entrar en contacto con el oxígeno del exterior se cuentan entre los momentos más hermosos y sublimes del cine de los setenta, una manera eficaz y líricamente evocadora de sugerir la fugacidad de la vida y del peso de la huella de la historia. Otros frescos son más vitalistas y humanos, están dedicados a la observación de la fauna romana: así, las comidas populares, las verbenas y los festejos callejeros, con sus tipos humanos y el mosaico de sus relaciones, siempre con el amor y el sexo como protagonistas. Fellini, sin embargo, no los retrata siempre en su ecosistema propio, sino que recrea en estudio una barriada popular de Roma para situar en ella una representación de la vida colectiva tal cual él la recuerda o concibe, y combina estos montajes con otros en que sí utiliza escenarios reales, callejas, terrazas y plazas en cuyos escenarios y mesas suena la música, corre el vino y humean los colmados platos de pasta. La mujer romana es la presencia más habitual y agradecida en las distintas fases de metraje, así como la técnica, la tecnología, en particular, la de los medios de locomoción (desde el tren y el tranvía a los vehículos a motor de distintas épocas), que actúan de contraste entre el mundo viejo y el nuevo, de abrazo del tiempo en torno a la ciudad.Fellini retrata incluso a su propio equipo filmando las autopistas que dan acceso al casco urbano, los embotellamientos en hora punta, la acumulación nocturna de vehículos rodeando el Coliseo. O, en su magistral final, la pandilla de moteros que recorre los principales monumentos del centro de la ciudad, que rompe con sus motores el silencio de la noche como en una advertencia del paso del tiempo, como llevándose todo lo temporal y lo efímero, como abandonando a sus espeldas un inmutable cementerio viviente, congelado en el tiempo.

Otro impagable momento es el desfile de moda eclesiástica, fragmento de gran barroquismo visual en el que Fellini vuelca esa mirada suya tan particular, entre la realidad y la ensoñación, para la que en esta ocasión utiliza como marco un antiguo palacio oculto a las miradas del público y del ciudadano medio. Entre la penumbra de los retratos cubiertos de polvo estalla el esplendor y la pompa formal del catolicismo romano, del lujo y las sedas, del absurdo grotesco de la adaptación a los nuevos tiempos (las casullas y las mitras cubiertas de neones de colorines), la religión como espectáculo, como circo de la fe. Otra imagen igualmente bella y evocadora: entre los cientos, miles de vehículos que sitian Roma en una jornada laborable, intentando alcanzar el núcleo urbano o huir de él, un caballo blanco que avanza entre las lentas hileras de coches que se encaminan hacia un cuello de botella, hacia una trampa del tiempo inmóvil.

El amor de Fellini por el circo también tiene su espacio a través del teatro de variedades, esas interminables funciones en las que los cantantes, bailarines, cómicos y artistas visuales (ahí aparece Alvaro Vitali, por ejemplo, jugando a imitar a Fred Astaire, con un breve y simpático número musical) entretenían el hambre y las decepciones de la guerra y la posguerra. El público, los territorios humanos de una sociedad rota y desesperada, en la que aún queda lugar para el amor y para el humor… Y la radio, los partes de guerra y las voces y las melodías. Y Roma, su arquitectura, sus estatuas, sus olores, sus canciones y sus silencios como escenario, y los platos de pasta, y la ropa tendida de lado a lado de la calle, y el fútbol, y sus voces, y mitos italianos, en versión felliniana, como la Mamma o la Gradisca

Carente de trama y, por tanto, sin protagonistas, la película se erige sobre la acumulación de estas estampas, más o menos dinámicas, más bellas o más grotescas, en algún momento incluso siniestras, en las que el grupo, la masa, es protagonista, y que responden a la reconstrucción que Federico Fellini hace de su memoria de Roma y de su experiencia como habitante de ella. Entre la multitud, repleta de esos rostros característicos y de esas frases sueltas mirando a cámara con que Fellini solía salpicar su cine de esa época, caras extrañas, a veces incluso siniestras, sin embargo, un puñado de nombres conocidos en breves apariciones, en algún caso decorativas y en otros objeto de una atención particular: Marcello Mastroianni, Alberto Sordi, el propio Fellini (retratado como director de su propia película, que se rueda a la vez que se cuenta, o viceversa), Cassandra Peterson, el escritor Gore Vidal (descubridor, junto a Tennessee Williams, de los encantos de la ciudad tras su liberación por las tropas americanas en junio de 1944), el rockero Elliott Murphy (tan relacionado, por cierto, con Aragón, a pesar de llevar afincado en París más de cuarenta años) o, sobre todo, la aparición estelar de la gran Anna Magnani, romana de pura cepa, habitante de su centro neurálgico, aparición que Sorrentino también “fusiló”, en el fondo y en la forma, (con Fanny Ardant como rostro a homenajear), en su película de 2013.

Un tributo apasionado y tierno a Roma, ciudad de adopción de Fellini y uno de los más relevantes pilares de nuestra cultura, nuestra historia y nuestra sociedad, que encierra todo lo que de contradictorio, hermoso, sublime, ordinario y detestable contiene el alma humana, que huye de las referencias al teatro y a la novela para construirse sobre la poesía y la música, con un lenguaje puramente audiovisual, creando frescos en movimiento y delicadas melodías que conforman un universo humano y pétreo, de vida y sueños, que es el nuestro.

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EL HILO INVISIBLE

Desirée de Fez 

Si te asomas a El hilo invisible solo puedes salir ganando. Ganas si te gusta el cine de Paul Thomas Anderson. Ganas si te gusta el cine que se alimenta del mejor cine sin caer en el pastiche referencial. Ganas si te gusta el cine que emplea con maestría sus herramientas, incluso las más olvidadas, para contarte una historia. Y ganas, sin más rodeos, si te gusta el cine. La nueva película del autor de Pozos de ambición (2007) es una maravilla. Por su abrumadora perfección y su voluntaria impostura, los primeros acordes parecen indicar que estamos ante un ejercicio de estilo puro y duro.

Desconfiar de esa excelencia puede impedir ver más allá. Si eso sucede no es un gran problema: El hilo invisible sería una obra monumental incluso vaciada de contenido. Pero la realidad es que trasciende la clase magistral de puesta en escena cinematográfica, y no solo porque en el cine de Paul Thomas Anderson el dispositivo formal (de los elementos en escena a la manera de filmarlos, de planificar y mover la cámara) siempre esté al servicio de una emoción, sea esta expresa o reprimida.

Ambientada en Londres en los 50, la mejor película nominada este año al Oscar cuenta la historia de Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis), un prestigioso modisto que trabaja para la realeza y la alta sociedad y no permite que nada ni nadie se interpongan entre su inspiración y sus telas. La presentación del personaje, supuestamente inspirado en el modisto Cristóbal Balenciaga, y de su universo cerrado y autosuficiente, un atelier impoluto donde las costureras trabajan en silencio y las clientas se prueban sus vestidos, es un vals deslumbrante inspirado por el cine de Max Ophüls. Es una barbaridad: el andar musical de los personajes por las escaleras y las estancias, el movimiento de la cámara al perseguirlos, la exaltación silenciosa del detalle, el sonido de las telas sobre los cuerpos…

Lo que consigue Paul Thomas Anderson en unos minutos ya le sitúa en otra liga. En esa presentación de Woodcock ya vemos el hilo invisible, vemos cómo, por elección personal, su manera de seducir y, por extensión, de relacionarse con el mundo pasa exclusivamente por la práctica de su oficio. Por eso, cuando conoce a Alma (Vicky Krieps), la joven camarera que llama su atención, lo primero que hace es vestirla y lo segundo, convertirla en su modelo. El director de Magnolia (1999) explica la historia de un modisto, pero la moda no es solo el escenario de su historia.

La idea del cortejo, de una seducción casi mística y fantasmal a través de la ropa, está presente todo el rato. Como lo están también las dinámicas de poder asociadas a las pruebas de las prendas: Woodcock vuelve poderosas y a la vez dependientes de su genio a las mujeres que visten sus diseños. Quizá por eso las escenas en las que los personajes se revelan más frágiles, vulnerables y humanos no visten sus mejores galas, sino sus ropas de andar por casa.

Insisto en que la sublime expresión formal del cortejo mediante las telas justificaría ya la existencia de El hilo invisible (a la que, por otro lado, no hay que llegar esperando una película convencional sobre el mundo de la moda). Pero la realidad es que es un filme aún más complejo y donde se encuentran muchas constantes del cine de Paul Thomas Anderson. Como en Pozos de ambición o The Master (2012), el director reincide en el retrato de un personaje ambicioso, obsesivo, megalómano. El hilo invisible conecta con sus filmes verbalmente más austeros.

No se apoya tanto en la palabra (aunque sus pocos diálogos son de una precisión y de un revelador que desarman) como en la extraordinaria interpretación de Daniel Day-Lewis: ¿cómo puede pasar así de la afectación al secreto? En los gestos de Woodcock, en sus silencios (y su exigencia del silencio ajeno) y, una vez más, en la forma de vestir a sus clientas está la crónica de un deseo de importar, de trascender, que se tiñe de obsesión.

Daniel Day-Lewis en El hilo invisible.

Daniel Day-Lewis en El hilo invisible.

Las otras constantes de Paul Thomas Anderson presentes en El hilo invisibleson el intento de forzar vínculos afectivos y/o familiares prácticamente imposibles y la transmisión de conocimiento, temas que aquí lleva al siguiente nivel. Los personajes del cine del director suelen adoptar el rol de maestros por su propio beneficio. Aquí no sucede eso exactamente, lo que da ese personaje de naturaleza egoísta una complejidad aún mayor. Y el lazo que se establece entre el protagonista y Alma es romántico, pero no está para nada lejos de las relaciones artificiales, simuladas y abocadas al fracaso entre padres e hijos de Sidney (1996) o Pozos de ambición.

El cambio está en que aquí el autor plantea remedios al descalabro de ese vínculo, lo que le lleva a componer un personaje femenino inmenso (como inmensa está Vicky Krieps), con muchas caras, a jugar lúcida y perversamente con los roles de género y las relaciones de poder, y a adentrarse de forma tan fascinante como (al menos para mí) inesperada en los senderos del thriller y, en cierto sentido, del terror. Género este último en el que ojalá Paul Thomas Anderson decida meterse de lleno algún día.

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la strada

duna Ruiz de Martín – La República Cultural

Suena una melodía con aroma triste, pero sin dar tiempo a que se encojan las emociones, el ritmo nos lleva hasta un circo. Sobre unas notas y otras, leemos los nombres que han hecho de La Strada una película inolvidable, un hito de Federico Fellini. Durante los dos minutos que duran los créditos, Nino Rota, el compositor de la banda sonora, ha avisado al ánimo de que aquí se mezcla todo, que el drama manda, pero también iremos a la feria a sonreír.

¡Gesolmina, Gesolmina!” (con el cantarín acento italiano y la voz aflautada de unos niños) son las palabras que nos llevan hasta ella, la hipnótica Giulietta Masina, que interpreta el personaje más dulce, inocente y expresivo, que para mí ha dado el séptimo arte. Anthony Quinn es el zafio Zampanó, el ser más opuesto a ella sobre la faz de la Tierra. Chocan, desde el primer instante, la curiosidad e imaginación en la mirada de ella, la apatía y cruda realidad en la de él. El gigante (desde la perspectiva de Masina y la mía, lo es) paga por adelantado, y Gesolmina abandona feliz y expectante, su hogar. ¡Va a convertirse en artista! O eso sueña.

Fellini, maestro del neorrealismo italiano, nos adentra en las carreteras y caminos de una Italia empobrecida por la guerra a través de Zampanó, un artista ambulante burdo, machista y beligerante, y Gesolmina, una joven sin mayor mundo que el que ha escuchado narrar, a quien compra por 10.000 liras para que le ayude en sus espectáculos. El director, también guionista, crea dos personajes muy diferentes entre sí, hace convivir en un destartalado carromato la dulzura y la brusquedad, las ganas de vivir y conocer, y la incomunicación. Son bagajes que pesan demasiado, y uno termina cargándose de más, siempre.

Ahora, si me permitís, voy a sumergirme en las imágenes de esta delicia de largometraje…

¡É arrivato Zampanó!”. Y suena el tambor. Soy incapaz de no sonreír recordando la escena en que Gesolmina inicia su aprendizaje. Es terrible, porque el bruto titiritero la trata cual perro; pero inspira tanta ternura, tanta… Sonrío (después de abofetearle a él mentalmente), no puedo evitarlo.

Zampanó no regala ni una sonrisa, ni una. Ella las pone todas. Con el dibujo de sus labios y con los ojos. ¡Ay laMassina plantando tomates en mitad del viaje! Con esta ocurrencia esboza un gesto divertido hasta la tosquedaz personificada.

El mundo interior de Gesolmina va evolucionando, y lo sabes por como -y donde- fija la mirada, por como se encoge de hombros, por como camina. La inocencia que transmite cuando Zampanó está con otras mujeres, esa timidez de quien es testigo de una conversación o escena que le ruboriza, después torna en amarga resignación, en saberse diferente, que no peor. Ella es especial, es pura, pertenece a otro mundo que sólo entienden sus iguales. En este punto recuerdo un fragmento de la novela También esto pasará, de Milena Busquets, que dice “[…] lo que vemos nos define absolutamente. Y amamos instintivamente a los que ven lo mismo que nosotros, y les reconocemos al instante” y en La Strada se ve tal cual. En una boda, donde la inconfundible mirada de Fellini nos presenta desde dentro las arraigadas costumbres italianas, un grupo de niños arrastra a Gesolmina, su igual, para que haga reír al niño enfermo que se esconde en una de las habitaciones. Los pelos de punta ante este recuerdo, ante la magia que se crea entre dos que se miran en el mismo espejo y se reconocen.

El flequillito rubio encuadra unos ojos que empiezan a darse cuenta de que Zampanó es mala gente, que no la merece. Y pregunta, con más interrogante que rabia, ¿por qué? No teme preguntar, no le asusta, ¡qué privilegio! Y llora y ríe sin disimulo, porque no siente la necesidad de disimular, ¿para qué? Una de las grandezas de este personaje es la transparencia, la ausencia de mentira en cada gesto, la simpleza que nos hace más humanos.

Cedo parte de mi admiración incondicional por Gesolmina al papel que interpreta Richard Basehart, “Il Matto” (El Loco), un trapecista del que me declaro enamorada. En torno a él he tenido conversaciones enfrentadas, hay quienes le aplauden, como yo, y quienes le tachan de farsante sutil. A estos hoy no les hago ni caso. Creo que es un espíritu que vibra en consonancia con Gesolmina, pero con ese punto machista de todos los hombres de Fellini, de los italianos que retrata el neorrealismo. Hay quienes apuntan a que “Il Matto” engaña a la joven, la incita con maldad a ver en Zampanó amor, a ilusionarse. Yo lo que veo es un acto de bondad, hacia ella, porque le da una razón de ser, de estar, un propósito; y hacia el patán Zampanó. Si Gesolmina se va… ¿quién quedará? “Il Matto es juego, la vitalidad que concede la ligereza, es el complemento perfecto para aquellos ojos vibrantes que se van apagando ante el desprecio. Cuando habla con la bella Masina me acuerdo de aquellas mañanas en que mi padre me sentaba frente a los títeres del Retiro y yo gritaba a voces, levantándome, lo que quería que sucediera “¡sal corriendo, sal corriendo! ¡la bruja está detrás!” Pues aquí igual. Le digo a Gesolmina, desesperada, la decisión que debe tomar, pero no me hace caso; y lo peor de todo es darme cuenta de que quizás yo tampoco me lo haría.

Se acerca el final, y de nuevo cobra protagonismo una melodía, la que tararea la dulce muchacha, la que quiere aprender a tocar la trompeta. Después, la mujer tendiendo la ropa, el helado cerca del mar, los borrachos, el darse cuenta mal y tarde. Del final de esta joya del cine ni quiero ni debo decir más. Hay que sentir ese fundido a negro, es la única manera de llevarse La Strada grabada en la piel.

 

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EL LARGO CAMINO DE LA RENOVACION

¿Quién es (era) Stuart Hall? Sería difícil hacerse una idea si se buscan referencias en los medios españoles más allá de los escasos obituarios a su muerte, el 10 de febrero de 2014, a los 82 años. Bastaría con decir que el sociólogo de origen jamaicano, nacido en 1932, fue uno de los impulsores de los estudios culturales en el Reino Unido, y uno de los fundadores de la New Left Review, la publicación que desde los sesenta recoge a los principales pensadores de la nueva izquierda europea que le da nombre. Pero fue también uno de los responsables de imbricar la teoría marxista aplicada al análisis cultural con las luchas feministas y de las personas racializadas.

En España, sin embargo, no se publicada ninguna obra suya desde 1970, cuando Anagrama editó Los hippies: una contracultura. Y ahora Lengua de Trapo, en su nueva etapa, lanza El largo camino de la renovación. El thatcherismo y la crisis de la izquierda, una colección de ensayos en la que analiza cómo la Dama de Hierro utilizó los puntos flacos de la socialdemocracia para, explica el sello, “levantar una ideología populista-autoritaria y crear una nueva hegemonía“. Los textos abarcan desde los disturbios en las ciudades hasta la Guerra de las Malvinas. “Hemos elegido este volumen en particular”, dicen los editores, “por su potencial para explicar el momento de rearme del pensamiento conservador y neoliberal que vivimos en nuestro país”.

En los días posteriores a los disturbios de Tottenham, si querías captar durante horas la atención de cualquier periodista, bastaba con tratar asuntos tan esenciales como la localización exacta de las pasarelas en el Broadwater Farm Estate, quién fue realmente el que difundió primero la noticia de que Cynthia Jarrett había muerto, o cuál es el precio exacto en la calle de la cocaína tras la que iba la policía cuando empezó a cercar la zona hace unas semanas. Pero nadie mostró el más mínimo interés por conocer el contexto social y político.
Solo llegaron a plantearse algunas cuestiones más amplias varios días después de que volviera la calma. Para entonces, sin embargo, ya se había asentado firmemente la visión dominante de los disturbios. En lo que toca al gobierno, el asunto redundó en su beneficio en cuanto fue asimilado como una cuestión relativa a la ley y el orden. Al igual que con la huelga minera, en cuanto prevalece la perspectiva de la-ley-y-el-orden, el resto de cuestiones más complejas se debilitan hasta la insignificancia. A cualquiera que las plantea se le coloca el sambenito de ser un «buenista ingenuo» o, peor, un secreto simpatizante de la violencia. Todo se concentra en una pregunta en blanco y negro: «¿quién infringió la ley?».

Detrás de esa pancarta se reúnen los justos y los moralistas. Bajo ese lema, se anuncia el recrudecimiento: la fuerza ya puede salir a relucir legítimamente. Los representantes de la Policía Metropolitana y los jefes de policía regionales pueden asustarse entre ellos y asustar a los espectadores aireando sus fantasías privadas por televisión. Los carros lanza-agua y las pelotas de goma han podido incorporarse silenciosamente al repertorio habitual de la vigilancia policial. Podemos oír en la radio y ver en televisión a personas inteligentes como Sir Kenneth Newman convenciéndose a sí mismas de que esa es una respuesta adecuada al problema del malestar social en las ciudades británicas.

Puede que durante unas pocas horas la policía no supiera cómo reaccionar en Tottenham. Pero en el país en su conjunto, donde estos problemas están ya instalados de una forma u otra, el gobierno, la derecha y la causa del racismo han ganado por goleada. Otra lucida victoria.

Los medios, conscientemente o no, han jugado un papel esencial a la hora de garantizar esa victoria. Los días posteriores a los sucesos de Brixton y Tottenham, me contactaron distintos periodistas para decirme: «Por supuesto que hay desempleo, pero todo eso ya lo hemos oído antes. Tiene que haber otras razones». Nadie puede vencer la infatigable ignorancia de los medios cuando van en busca de novedades. Incluso los periodistas serios parecen presa fácil de la ilusión de que porque hayan aparecido una o dos veces en portada noticias sobre las causas sociales y económicas subyacentes de la tensión en las ciudades del interior, se puede decir que se ha hecho algo al respecto.

Parece entonces que es una simpleza decir que, ya que en realidad no se ha hecho nada en absoluto –de hecho, las cosas han ido a peor, no al revés, desde que la reticente mirada periodística apuntó en esa dirección–, la posibilidad de una explosión es más próxima en lugar de hacerse más remota.

Repito el juicio sumario que he hecho más arriba. La derecha, en un sentido amplio, ganó en Tottenham, independientemente de las victorias simbólicas que la gente crea que se consiguieron por la noche. Y con «derecha» me refiero, específicamente, al gobierno presidido por Margaret Thatcher y su equipo de toque popular; a las fuerzas dentro de la policía (y no toda la policía, por cierto) desencadenadas por las políticas y el tono de ese gobierno, impulsadas por un puñado de simplificaciones racistas simples y ciegas, que llevaban esperando desde el informe Scarman2 a tener otra vez su oportunidad; a los silenciosos –y no tan silenciosos– ocupantes de los bancos traseros de los torys que han aprovechado todas y cada una de las ocasiones que han tenido en los últimos años para dirigir a sus electores hacia posturas más abiertamente antinegros y a favor de la repatriación; al núcleo duro de los racistas callejeros, que han estado abriéndose camino como gusanos por las grietas y fisuras de una estructura social que se desintegraba rápidamente, y a las reservas latentes de xenofobia inglesista que el thatcherismo ha estado espoleando y alentando desde la guerra de las Malvinas.

Esta coalición, o formación, compleja, es el núcleo social del racismo en el país. Y lejos de haber estado escondido bajo tierra hasta las últimas semanas, ha venido experimentando un aumento de popularidad y un crecimiento de su alcance estable e implacable durante todo el gobierno de Thatcher. Independientemente de que Thatcher y sus colegas lo quieran reconocer como propio, se trata del rostro inaceptable del thatcherismo y una parte tan central de sus valores y el clima y la influencia que ejercen sobre el país como los filetes de ternera con zanahoria, o lo que sea que se coma ahora los domingos en Finchley. En el único sentido en que importa –el sentido político–, el thatcherismo provocó los disturbios; tan claramente como produjo los altercados de los skinheads en las gradas de fútbol hace unos meses, ansiando dar su merecido a los italianos igual que la flota ansiaba dar su merecido a los argentinos. Todos envueltos hasta la cabeza en la bandera británica.

Lo digo de esta forma cruda y simple porque, incluso entre los comentaristas negros, la tendencia ha sido la de señalar a la policía antes que a sus jefes políticos. Ruego no se me malinterprete. Existe la policía racista. En ciudades del interior, a pesar del Informe Scarman y de la policía comunitaria, poco a poco se ha convertido en lo más habitual. Cualquier hombre o mujer negra al que se vea cerca de un policía, sea cual sea la razón, se lo ve inmediatamente como alguien bajo sospecha, y como alguien que probablemente va a estar en problemas, por no decir que será víctima del abuso policial, antes de ser puesto en libertad.

Apenas importa que él o ella sea, de hecho, una de tantas personas interceptadas e interrogadas por el simple hecho de que, siendo negros, tienen que ser sospechosos de algo. Podrían estar simplemente preguntando, o, lo que parece impensable, denunciando un crimen o tratando en vano de convencer a la policía de que haga algo al respecto. No importa. Un incidente de ese tipo será interpretado inmediatamente por la comunidad negra como un problema, porque problemas de ese tipo son ahora la norma; la habitual y rutinaria experiencia del control policial cada día y cada noche en los barrios negros.

La pura verdad es que, en las comunidades negras, ahora mismo el control policial está fuera de servicio. El hecho de que un ejemplo de negligencia ocasional en una parte de Londres desencadenara una revuelta no parece que en ninguna medida haya hecho que la policía –aunque fuera mirando por su propio interés– se haya comportado de una forma más prudente en otras partes de la ciudad durante la semana siguiente. La ética policial en estas zonas se ha vuelto impenetrable, impermeable a cualquier influencia exterior. Parece que han olvidado que existen otras formas de entrar en la casa de una persona negra que no pasan por echar la puerta abajo.

Aislados de la realidad por todo el clima de la-ley-y-el-orden, con el aumento considerable de su poder, con un Ministerio del Interior a su servicio que justifica cada movimiento que hacen, con un ritmo y unos objetivos de trabajo impuestos por los jefes de la policía regional más matones y justicieros, sencillamente se han pasado de la raya; son fanáticos. Cada uno de sus movimientos se empapa en las aguas efímeras de la adulación servil de la Primera Ministra. Se han convertido, como muchos previmos hace diez años, en los chicos de Thatcher: la vanguardia de la crisis en las ciudades británicas.
Cualquier periodista que busque un relato de los disturbios podría dedicarse provechosamente a recomponer el patrón de qué es exactamente lo que, en las últimas semanas, hizo que uno de tantos actos policiales racistas fortuitos prendiera los materiales inflamables que se acumulaban en nuestras ciudades del interior.

Por lo tanto, no hay duda del lugar central que ocupa en todo este relato el historial terrorífico y aún sin concluir de las acciones policiales racistas. Pero desde mi punto de vista, la culpa de que los disturbios se hayan extendido rápidamente por las ciudades del interior en los últimos meses no puede ser única y exclusivamente de la policía.

Lo cierto es que Inglaterra tiene una historia larga y distinguida de revueltas rurales y urbanas. Y esa historia sigue un patrón inconfundible. Ocurre entre un sector de la población excluido de la vida política, económica y cultural de la sociedad. Es el resultado de un periodo largo y penoso de creciente pobreza y abandono, hasta que la gente empieza a sentirse como si fueran invisibles para la sociedad en su conjunto: viviendo en la espalda del mundo.

Cuando se aprietan las tuercas, se sueltan los frágiles lazos que unen débilmente a esas comunidades con la sociedad dominante. Aquellos que no tienen interés para la sociedad, no le deben nada a esta. Lo único que pueden perder es su pobreza y su exclusión. En ese momento, los disturbios ya han comenzado aunque nadie haya lanzado todavía ningún ladrillo; ya está a punto la fuerza que crea revueltas y disturbios, la explosión espontánea de ira, enfado y frustración que fluye imparable como la lava cuando todo comienza. Nadie, ni el mejor historiador, analista social o comisario general de policía, puede predecir exactamente qué acontecimiento concreto desencadenará esa explosión. Pero el hecho es que, un día o una noche, algo –importante o trivial–, pondrá en marcha el proceso con la inevitabilidad con que la noche sigue al día.

Esa es la posición a la que los desposeídos, que se acumulan en las grietas de la recuperación del Ministro de Hacienda, Nigel Lawson, han sido arrastrados sin remordimientos durante los últimos años. Siempre han sido pobres y desfavorecidos. Pero ahora, en la Inglaterra de Thatcher, que sean pobres, es lo correcto y apropiado, porque, si no, ¿de qué otra forma van a endurecer su fibra moral, adquirir autosuficiencia, dejar de apoyarse en el estado del bienestar, subirse a la bici y bajarse de la lista de parados de Norman Tebbitt, «hacer que Inglaterra vuelva al trabajo» o «emprender un pequeño negocio»?

Miles de esas personas a lo largo y ancho del país no han tenido un trabajo de ningún tipo, ni lo tendrán en los próximos cinco años. ¿Qué interés, me pregunto, se supone que pueden tener en el país, que les haga sentirse atados a sus leyes y costumbres o percibir estas como irrompibles? Muchos de ellos son jóvenes, y ya que el trabajo duro ha sido durante años la disciplina de las clases trabajadoras, no es difícil imaginar por qué su compromiso con la «Inglaterra obrera» es tan débil. Cuando Inglaterra haga algo por ellos, se les podrá convencer de que hagan algo por Inglaterra. Hasta entonces…

Y, en la parte baja de este montón, están los negros. Los desposeídos, los excluidos, la «brecha de lo ajeno» de Thatcher. He aquí la receta de Norman Tebbit para poder dar un empujón a esa brecha con el otro: cortar cualquier gasto del gobierno que sustente a las ciudades del interior y destruir las frágiles asociaciones y actividades que proveían a estas zonas de una débil posibilidad de actividad autónoma; castigar a las autoridades locales que podrían ser presionadas para que hicieran algo y matar de hambre a sus redes de apoyo material mediante la limitación del gasto. Después, ampliar los poderes de la policía, situándolos virtualmente como una fuente alternativa de autoridad moral y social en esas zonas, y empezar a penetrar en la comunidad, en las casas de la gente, en una persecución implacable de los criminales

En la situación actual ya no es posible luchar contra el racismo, en la medida en que tiene su propia dinámica social autónoma, situada entre la gente blanca y la policía de un lado, y los negros del otro. El problema del racismo emana de todas y cada una de las decisiones políticas que se han tomado en Inglaterra desde que surgió la nueva derecha.

Los propios negros han intentado aislar a veces el asunto de la raza de cuestiones más amplias de la política social británica; como si la gente negra no tuviera nada que ver con los impuestos, la limitación del gasto público, el monetarismo y el factor Malvinas hasta que afecta directamente a las comunidades negras. Si alguna vez existió esta separación, hace mucho que desapareció. En Policing the Crisis, un libro que escribimos algunos de nosotros cuando el thatcherismo no era más que un resplandor diminuto en el ojo de Sir Keith Joseph, defendimos que la raza estaba profunda e íntimamente interconectada con todas las facetas de una crisis social británica que incluía a todos; y que ya no era posible que los negros tuvieran una estrategia política vinculada a la dimensión de ese proceso que les afectaba sin tener también una política para la sociedad como un todo. Este argumento ha adoptado una fuerza inconmensurable a lo largo de los años. Los disturbios de 1985 lo han colocado directamente delante de cada puerta.

Sigue siendo extraordinariamente difícil pronosticar las formas exactas en que se dará la respuesta política negra. Pero me parece innegable que la crisis de Tottenham es ahora también una crisis de y para los políticos negros. Mantener la fe en aquellos que, atenazados por una opresión incesante, resisten espontáneamente, acabará mereciendo la pena. Pero no es suficiente cuando amanece al día siguiente, porque lo único que eso significa es que, tarde o temprano, las tropas al frente de la lucha, con sus armas superiores y sus respuestas sofisticadas, acorralarán en una noche oscura a algunos de nuestros jóvenes en algún punto de una de esas pasarelas peatonales y se vengarán de lo ocurrido en Tottenham.

Desde mi punto de vista, nunca ha sido tan urgente la necesidad de una respuesta política negra radical y minuciosa como ahora, cuando empieza el contragolpe por los sucesos de Broadwater Farm Estate y la maquinaria de la-ley-y-el-orden vuelve a estar a punto.


1. El título original, «Cold Comfort Farm», hace referencia a Broadwater Farm, un área de Tottenham, en Londres Norte, que incluye un complejo residencial, el Broadwater Farm Estate, inspirado en las viviendas sociales de Le Corbusier y construido en 1967, con una planta baja no residencial (por los riesgos de inundación por la crecida del río Moselle) y un sistema de pasarelas que unen los distintos bloques de edificios a la altura de la primera planta. Durante los años 70, la crisis azotó con especial dureza a esta zona y el Broadwater Farm Estate pasó a ser conocido por sus índices de criminalidad, por lo que se propuso en varias ocasiones su demolición, provocando una abierta y continuada confrontación entre los residentes y las autoridades. Desde 1981 hubo distintos intentos de rehabilitar la zona, todos ellos baldíos. El 5 de octubre de 1985, la ciudadana afrocaribeña Cynthia Jarrett murió de un ataque al corazón durante un registro policial en su domicilio; al día siguiente, se convocó una manifestación a la puerta de la oficina de policía de Tottenham que derivó en una noche de enfrentamientos entre los manifestantes y la policía, y que se sumaba a los disturbios de la semana anterior en Brixton tras la muerte de otra mujer negra por un disparo durante otro registro policial. (Nota del t.)
2. Tras los anteriores disturbios en Brixton, que se extendieron durante tres días de abril de 1981, el Ministro del Interior encargó al juez Leslie Scarman un informe sobre la actividad policial, publicado en noviembre de ese año, en la que señaló un uso desproporcionado e indiscriminado de la fuerza policial contra la población negra y la interrelación entre los factores económicos y las protestas violentas. Como consecuencia última de este informe, en 1984 se promulgó una ley para regular los códigos de conducta de la policía y limitar los abusos. (Nota del t.)
publicado en INFOLIBRE
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EL CONFORMISTA

Marcello Clerici cena en la casa de Giulia, su novia. Pero en la velada hay tensión. La madre de la joven recibe un mensaje anónimo que la preocupa: le dicen que no permita que su hija se case con él, que el padre de Clerici sufre una complicación neurosiquiátrica de origen sifilítico y que es posible que el hijo la haya adquirido de manera congénita. El hombre calma a ambas mujeres, les asegura que la enfermedad de su padre tiene otro origen, y para que estén aún más tranquilas afirma que se someterá a exámenes. La madre de Giulia respira aliviada y le cuenta a manera de confidencia ingenua que en la infancia su hija sufrió de paperas, escarlatina… “enfermedades profundamente morales”, como anota él, para dar por terminada la perorata de su futura suegra.

Puede que este filósofo de 34 años no tenga una sífilis, pero tiene una enfermedad que lo corroe a él y a una parte de la sociedad italiana de esos tiempos fascistas en los que se sitúa este filme. Una enfermedad del espíritu que lo hace obsecuente con el poder, para así salvar su pellejo a cualquier costo. Una enfermedad que convirtió a muchos italianos en ciegos, sordos, mudos y sobre todo en indiferentes. Una dolencia que Bernardo Bertolucci describe magistralmente –y no exento de dolor- en El conformista (Il Conformista, 1970), según la novela homónima de Alberto Moravia publicada en 1951 y que el director italiano transforma en una obra de grandes pretensiones estéticas y narrativas, las que a cabalidad satisface.

El conformista (Il Conformista, 1970)

Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

El filme es la historia de un hombre pusilánime, hijo de una madre morfinómana y un padre con enfermedad mental y por ello criado en un ambiente donde -según él- no era posible ser normal. Además en su adolescencia tuvo un encuentro ambiguo y violento con un hombre, lo que le dejó un complejo de culpa que lo hace sentir distinto. Y ser distinto en esos tiempos no era bueno. Para remediarlo, Clerici (un magnífico Jean-Louis Trintignant) quiere casarse con una mujer del común y quiere ser fascista; es más, quiere ser de la policía secreta y perseguir a los antifascistas. ¿Una súbita convicción? Esa palabra no cabe en su vocabulario. Es sólo miedo a ser señalado o juzgado como diferente. Quiere perderse en la masa anónima, quiere encajar. Ese es su sueño.

Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

Para contarnos sus avatares, Bertolucci recurre a una estructura narrativa de continuos y a veces inesperados flashbacks que se desprenden a lo largo de una larga ruta terrestre que Clerici hace una mañana de invierno en un auto. Su desplazamiento lineal lo lleva, sin embargo, hacia atrás en el tiempo, cuando mueve sus contactos para ser aceptado en el Partido, cuando ultimando los detalles de su boda con Giulia ha de confesarse ante un sacerdote y allí describe lo que le pasó con Lino, un chofer pedófilo que quiso seducirlo. Seguimos junto a él en el momento que viaja a París de luna de miel, pero encubierto lleva una misión: liquidar a un exiliado antifascista, antiguo profesor universitario suyo. A medida que el viaje avanza -y sus planes pasan de presunto rescatador heroico a testigo impotente- vamos atando todos los cabos de una historia que se torna repentinamente compleja por la aparición de un personaje tan enigmático y resuelto, que para el reprimido Clerici –anhelante de tener una personalidad tan contundente- resulta irresistible: se trata de Anna, la joven esposa francesa de Quadri, el catedrático que nuestro dubitativo protagonista debe asesinar.

Jean-Louis Trintignant en El conformista (Il Conformista, 1970)

Jean-Louis Trintignant en El conformista (Il Conformista, 1970)

La aparición de Anna (interpretada con un inocultable y andrógino dejo a Marlene Dietrich por la francesa Dominique Sanda) rompe el esquema mental que nos habíamos trazado con los eventos que el filme relataba hasta entonces y que apuntaban al fracaso de una prueba de fuego que los miembros del Partido le habían dado a nuestro protagonista para probar su valor y compromiso, y que dadas su cobardía y falta de claridad ideológica no era difícil pensar que estaba condenado a fallar para ser, a su vez, liquidado por Manganiello, un agente encubierto que le han asignado para velar por que cumpla su misión (personaje que podría ser una proyección mental de Clerici, pues no lo vemos u oímos en relación con nadie más en el filme). Pero este hombre se siente muy afectado por esta hermosa mujer que de antemano descubre sus planes, trata de convencerlo –entregándosele- de que no le haga daño a su esposo e incluso seduce a Giulia (la bella Stefania Sandrelli), como muestra de su naturaleza inaferrable. ¿Cambiará Anna los planes del asesinato? ¿Lo que siente por ella logrará estremecer a Clerici y –por primera vez- dejará de cumplir las órdenes de los demás? ¿Se sacudirá de años de represión, indecisión y temor? ¿Traicionará su naturaleza cobarde? El filme está ahí, deseoso de resolver cada una de estas preguntas.

Sin embargo no deben esperarse milagros. En un momento dado del filme Clerici y Quadri hablan del mito de la caverna de Platón y entendemos que los personajes de este filme son como los prisioneros de esa caverna, gente que sólo ve sombras y reflejos y no la realidad. Tan confusos como convencidos de estar disfrutando de comodidad, seguridad y ventajas, ven sólo lo que les ponen frente a sus ojos, incapaces de entender que hay otra realidad, más completa, más compleja, donde es posible pensar, opinar, disentir. Donde, a lo mejor, es posible correr el riesgo de ser libres. El componente de inseguridad, temor y pasiva ignorancia que nutrió al fascismo, contado a través de una metáfora milenaria que la película resuelve con unas imágenes que lo dicen todo.

El conformista (Il Conformsita, 1970)

Jean-Louis Trintignant y Dominique Sanda en El conformista (Il Conformista, 1970)

La descripción de todos estos hechos, brillantemente ejecutada por un Bertolucci que aún no cumplía treinta años de edad, dio lugar a un filme asombroso no sólo por su sofisticada estructura narrativa, sino además por su belleza y riesgo estéticos, obra del dotado cinematografista Vittorio Storaro y de la labor de paciente artesano del director de arte Ferdinando Scarfiotti, que juntos logran un largometraje que es cúmulo de sorpresas visuales, donde la cámara –convertida en uno más de los personajes- se toma unas libertades que parecen a veces desafiar los límites espaciales y físicos, mientras llena los espacios de luz, sombra y colores, en un juego que se complace en su propia belleza de ángulos expresionistas, largas sombras y atrevidas composiciones. Una intensa y simbólica descarga cromática de azules, rojos, verdes y amarillos se vive aquí, en medio de impresionantes locaciones romanas de corte fascista que contrastan con ambientaciones parisinas de gran lujo y festiva alegría. Un disfrute formal que a más de cuatro décadas de su estreno todavía luce moderno, desafiando los años gracias al cuidado puesto a sus esmerados valores de producción, alineados todos al servicio de un relato que se funda y se apoya –curiosamente- en un personaje ambiguo, vacío y falso como Clerici.

El conformista (Il Conformista, 1970)

El conformista (Il Conformista, 1970)

Falso, esa es la palabra exacta. Cuando el filme empieza lo vemos acostado en el lado de una cama e iluminado por una luz roja intermitente, cual personaje de film noir esperando una llamada que lo mueva a la acción. A su lado duerme una sensual mujer desnuda a la que ni siquiera mira. Parece uno de esos detectives hard boiled de las novelas de Raymond Chandler, pero en realidad es un cobarde que no provoca sino desprecio. Bertoluccci -que siempre lo ve desde fuera y desde una enorme distancia- no siente cariño por él (cómo realmente no lo siente por ninguno de los personajes: se nota que no quería que viéramos a alguien como víctima en ninguno de los bandos). Este director -en esa época un hombre de ideas marxistas, de radicalismo de izquierda y seguidor del análisis freudiano- quiere a través del personaje mostrarnos lo que el marxismo pensaba de la naturaleza del fascismo.

Los dogmas tradicionales veían al fascismo como la forma más extrema del capitalismo, donde por medio de un estado totalitario las clases superiores mantenían oprimido al pueblo; las nuevas ideas marxistas, basadas en el pensamiento de Wilhelm Reich, explicaban el fascismo mediante la represión sexual. Como vemos, el filme muestra ambas tendencias: los políticos y dirigentes fascistas italianos son de clase alta y trabajan en edificios de suntuosa y hasta tenebrosa arquitectura; mientras Clerici desea ser fascista para reprimir del todo sus impulsos sexuales latentemente homosexuales y de los cuales parece sentir culpa. Bertolucci, sin embargo, no se queda en esta idea casi cliché, sino que la extiende para cubrir las enormes contradicciones de los seguidores del fascismo: “el caos, las distorsiones grotescas, la histeria de la personalidad y sus confusiones políticas” (1).

El conformista (Il Conformista, 1970)

Jean-Louis Trintignant y Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

Las ideas de Bertolucci también van en consonancia con las de uno de sus ídolos y mentores, Jean-Luc Godard, de alguna forma inspirador político y hasta estético del filme, y quien fue extrañamente homenajeado por Bertolucci, tal como él director italiano lo recuerda: “Por encima de todo, El conformista es una historia acerca de Godard y yo. Cuando le di al personaje del profesor [Quadri] el número de teléfono y la dirección de Godard lo hice como una broma, pero después de eso me dije, ‘Bien, quizá todo tenga algún significado… yo soy Marcello [Clerici] y hago películas fascistas y quiero matar a Godard que es un revolucionario, hace películas revolucionarias y fue mi maestro’…” (2). Es probable que la broma haya ido demasiado lejos y que Godard se haya molestado por ello, tal como recuerda anecdóticamente Bertolucci en una entrevista con Stuart Jeffries publicada en el periódico inglés The Guardian (22 de febrero de 2008) y en la que describe como la noche del estreno del filme en París en 1970 esperaba a que Godard saliera de la función y le diera su opinión. La cita era en las afueras de la farmacia Saint Germain y hasta allá llegó Godard a la medianoche: “Él no me dijo nada. Me dio una nota y luego se fue. Veo que era un retrato de Mao con algo escrito con el puño y letra de Godard. La nota decía: ‘Tienes que luchar contra el individualismo y el capitalismo’. Esa fue su reacción a mi película” (3). No era de extrañarse tal respuesta, pues ese momento corresponde a un periodo particularmente radical de Godard en lo político y El conformista con su complejidad formal está lejos del cine que el director francés hacía en ese momento y que era el único que interpretaba como válido. “Yo ya había concluido el período en el que ser capaz de comunicarse sería considerado un pecado mortal. Él no” (4), se lamentaba Bertolucci que sentía una admiración reverencial por el realizador francés.

El conformista (Il Conformista, 1970)

Dominique Sanda y Stefania Sandrelli en El conformista (Il Conformista, 1970)

Puede estar tranquilo, a diferencia de algunas obras de Godard realizadas en esos años, estrechamente ancladas a un tiempo y a un lugar, y que por ende han envejecido mal, El conformista continúa maravillando. Crónica de un desasosiego espiritual que devino en una tragedia moral que afectó el destino de muchos seres, fue para Bertoluccci constatación de sus enormes capacidades como artista y expresión de un momento particularmente brillante de su incipiente obra, que continuaría manifestándose en filmes posteriores como Último tango en París (Ultimo tango a Parigi, 1972), Novecento(1976), La luna (1979) y El último emperador (The Last Emperor, 1987). Ante semejantes alturas el declive que ha experimentado su filmografía en los últimos años se antoja aún más incomprensible y doloroso. Pase lo que pase y cuando el juicio de la historia llegue, hemos de recordar que Bertolucci nos legó con El conformista una película fundamental, desproporcionada en su exquisita belleza y en su capacidad inaudita de lacerar nuestras conformes y amodorradas conciencias.

Referencias:

1. Robert Philip Kolker, Bernardo Bertolucci, Nueva York, Oxford University Press, 1985, p. 94

2. Marilyn Goldin, “Bertolucci on The Conformist”, en: T. Jefferson Kline, Bruce Sklarew, Fabien S. Gerard, eds., Bernardo Bertolucci: Interviews, Jackson, University Press of Mississippi, 2000, p.67

3. Stuart Jeffries, “Films are a way to kill my father”, sitio web: The Guardian, disponible en: http://www.guardian.co.uk/film/2008/feb/22/1, consulta: noviembre 29 de 2012

4. Ibíd.

Publicado originalmente en la revista Kinetoscopio No. 91 (Medellín, vol. 20, 2010). Págs. 116-120
©Centro Colombo Americano de Medellín, 2010

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.

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Secretos y mentiras

Secretos y mentiras (Secrets & Lies, 1996), de Mike Leigh.

“Secretos y mentiras. Todos sufrimos. ¿Por qué no podemos compartir el dolor?”

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Tras la muerte de su madre adoptiva, Hortense Cumberbatch (Marianne Jean-Baptiste), una joven optometrista negra, decide emprender la búsqueda de su madre biológica, que resulta ser Cynthia Rose Purley (Brenda Blethyn), una mujer blanca de clase obrera.

Mike Leigh, soberbio escultor en celuloide de personajes hechos de carne, piel y huesos, erigió con Secrets & Lies un magistral monumento al drama contemporáneo. Una historia en la que los secretos de unos y otros acarrean mentiras y un sinfín de dolorosas emociones inherentes a la tragicómica naturaleza del ser humano. Siguiendo el singular “método Leigh”, buena parte del guión, firmado por él mismo, se construyó de manera improvisada a partir del contacto de los distintos miembros del reparto con los rasgos personales y circunstanciales de sus personajes. La película se alzó con la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1996.

Encontramos al comienzo de Secretos y mentiras dos segmentos de trama que terminan por confluir con el transcurso de los minutos. Por un lado está la línea narrativa que sigue a los personajes de Maurice (Timothy Spall) y su mujer Monica (Phyllis Logan); y a los de Cynthia y su hija Roxanne (Claire Rushbrook). Maurice, exitoso fotógrafo de eventos sociales y escenas familiares con estudio propio, y Cynthia, la histérica trabajadora de una fábrica de cartones, son hermanos, pero últimamente andan algo distanciados. El inminente veintiún cumpleaños de Roxanne, barrendera del ayuntamiento de personalidad aún más ordinaria que la de su progenitora, por la que Maurice y su esposa Monica siempre han sentido un cariño especial dada la imposibilidad de ambos de tener hijos, supone una excelente oportunidad para reactivar las desgastadas relaciones de la familia. Por otro lado está la línea argumental que sigue a Hortense, la joven negra que después de la muerte de sus padres adoptivos, inicia la búsqueda de su madre biológica, que, como ya hemos dicho, no es otra que Cynthia.

Con una puesta en escena sobria y realista, intencionadamente feúcha si se quiere, en la que predominan los tonos grisáceos y pálidos de la fotografía de Dick Pope, Leigh opta por una narración esencialmente de interiores, en la que destacan secuencias como aquella de la cafetería en la que Cynthia se da cuenta de que es en verdad la madre de Hortense, filmada por el director británico mediante un plano medio corto ininterrumpido de unos ocho minutos de duración, o aquella otra durante la celebración de la fiesta de cumpleaños de Roxanne en la casa de Maurice, tras el larguísimo plano del almuerzo familiar en el patio, en la que los personajes exorcizan parte de sus secretos alcanzándose unas cotas de intensidad dramática pocas veces vistas en una pantalla de cine.

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Más allá del mayor o menor talento que puedan tener sus intérpretes (Leigh siempre ha sabido rodearse muy bien al respecto), el autor de Another year es uno de los mejores directores de actores del mundo, lo que da lugar en cada uno de sus trabajos a interpretaciones brillantísimas: la de David Thewlis en Indefenso (Naked, 1993), la de Imelda Staunton en El secreto de Vera Drake (Vera Drake, 2004), la de Lesley Manville en Another year (2010), la de Timothy Spall en Mr. Turner (2014), o la de Brenda Blethyn aquí; tragicómica en el sentido más pleno de la palabra, ya que lo mismo te hace reír que llorar.

Cinta clave en la cinematografía de los noventa, Secrets & Lies constituye una de las tres obras maestras que jalonan la trayectoria de uno de los realizadores vivos más importantes.

del BLOG esculpiendo el tiempo RICARDO PEREZ QUIÑONES

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Lola montes

Lola Montes

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Ophuls construye la narración de ‘Lola Montes’ (1955) haciendo visible que estamos en el terreno de la representación, como evidencia de que la vida de Lola (Martine Carol) se ha convertido, para los demás, en un mero escenario, donde sus emociones quedan desdibujadas. Presentada, en la primera secuencia, por el director de pista del circo (Peter Ustinov) como la próxima ‘atracción’, la narración, fragmentada y sin orden temporal, de su pasado (de la selección que se realiza del mismo), se alterna con la progresión del número circense. El relato de su vida, guiado por el director de pista, es parte de esa representación, y pasajes de su vida son visualizados mientras que otros son escenificados en la arena del circo. Una vida que se ha convertido en ficción, en relato, interpuesta y mediatizada por el interés del narrador y las expectativas de los interrogantes espectadores. Y Lola Montes, la mujer que siente, ya no es más que una figura, o personaje, cual mariposa clavada con un alfiler. La vida de Lola es presentada por el director como una ‘serie de escándalos de una femme fatale’. Ese es su estigma, por su condición de ‘diferente’ por que la mujer real, como su exuberante y visceral danza, es alguien que vivía sin cortapisas, de modo espontáneo, sus deseos y emociones, sin, por ejemplo, hacer discriminación de la posición del hombre que deseaba. No buscaba escándalo alguno sino que actuaba de acuerdo a su apetencia ( el escándalo está en la rígida mirada de la sociedad).
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Una mujer indómita, por ello, que se salía del papel adjudicado a la mujer en aquella época (estamos entre 1830 y 1850), ya que daba rienda suelta a su deseo sin rubor y sin plegarlo a las conveniencias de imagen social (y por ello vulnerable a las insidiosas especulaciones, como hacen los periodistas, sobre su número de amantes, de nuevo reflejando que no importa la cualidad o calidad de la vivencia sino su representación o número; o cómo señala uno, cualquier hombre que había estado con ella cinco minutos ya hacía ostentación de haber sido su amante: estigma y ostentación parecen ir unidas como reflejo de una hipocresía). Lola ha sido fiel ante todo a su deseo, sin querer plegarse a voluntades ajenas (como sufrió con su posesivo y agresivo primer marido). Ni impone, ni se deja imponer. Y es capaz de rasgarse el corsé delante de un rey, como desgarra cualquier corsé social que quiera someterla.Lola procuraba vivir sus emociones. Por eso, se la anula, cual ejemplo de elemento perturbador (aun, de nuevo, envidiado) convirtiendo su vida en una escenificación deshabitada cual mero número circense ( y qué más preclaro ejemplo que aquel que, a través de la ascensión en una escala de acróbatas, va narrando la sucesión de amantes según su ascensión en la posición social que detentaba el amante). Lola Montes, la mujer que amaba libremente, se convierte en una mera acróbata del amor en los ojos de los demás.
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En ‘Lola Montes’ (1955), encontramos, como en otras obras de Max Ophuls, superficies, cortinajes, cristales adornados o emborronados por el vaho, u objetos que se interponen en la visión, reveladores ya sea de la ofuscación de la mirada de quien proyecta como del condicionamiento de unas reglas o hábitos sociales de carácter escénico, cuyo cristal ahoga o desvitaliza la emoción (sino la desgarra y la mata). Incluso, como en ‘Lola Montes’ pueden ser cuerdas que penden, y oscilan, entre la cámara y los personajes, como las conversaciones de Lola con el rey Ludwig (en un escenario tras una de sus representaciones de danza española) o el tubo de la estufe que se interpone en el encuadre en la posterior con el estudiante (dentro del carruaje), tras que tenga que abandonar el país por la insurrección. Una cuerda que nos recuerda que estamos en una vida escenificada, y hecha escenario, y que condiciona la vivencia de sus emociones, pues la vida misma es representación. E interposiciones que unen la vivencia con dos personajes tan contrapuestos, ya que había sido fugaz amante del estudiante ( al recogerle en la carretera con su carruaje) antes de serlo del mismo rey. Y los espejos. En especial queda evidenciado ese desdoblamiento o escisión en la secuencia en la que el director de pista la visita para proponerle que se convierta en ‘fenómeno’ de circo. Y, por supuesto, como destacado rasgo de estilo, sus incomparables movimientos de cámara, pura musicalidad.
DEL BLG EL CINE DE  SOLARIS
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BERTOLUCCI

Elogio de la belleza

Para acercarse con la mirada limpia a la antaño descomunal figura de Bernardo Bertolucci, hoy ciertamente ajada —y no sólo por la enfermedad que le tiene lamentablemente confinado a una silla de ruedas desde hace años— conviene tener presente una, en apariencia, perogrullada: Bertolucci es un artista, italiano de Parma. Y si uno tiene un mínimo conocimiento de la cinematografía de ese país, que ha escrito una de las páginas más gloriosas de la Historia del Cine, no le costará en exceso recordar la facilidad con que la mera contemplación de un escenario, estancia o rostro, sin más aditivos, evoca poesía, luz, vida. Esta cualidad única del encuadre, que hermana a Rossellini con Antonioni, Fellini con Pasolini, De Sica con el propio Visconti surge de la concreción socio-cultural de una identidad, de irrenunciable calado histórico, a la que de ninguna manera dan significado conceptos de vuelo tan corto como nación, patria o pueblo: Italia es en sí misma, con sus mieles y sus hieles, una oda a la belleza sin igual en la vieja Europa, y este substrato en el que han crecido sus creadores explica como ningún otro elemento esa presteza para captar todo lo que, de bello y sugerente, tiene esa cotidianeidad en la que, de manera natural, se insertan las ficciones.

Pero claro, para aprehender un concepto tan subjetivo como Belleza no podemos dejar de lado las fluctuaciones inherentes a la dinámica social, sobretodo en su vertiente educativa; y la conclusión a este respecto es demoledora: desde que no se nos enseña, da igual la vía, para apreciar e integrar en nuestras vidas la experiencia estética, lo que viene ocurriendo desde hace tiempo y está alcanzando su punto de no retorno en la actualidad, la exaltación de lo bello no sólo ha dejado de ser un fin en sí mismo sino que ha sido —¿totalmente?— desprovisto de su finalidad explicativa, substraída por una visión de lo real donde el naturalismo más descarnado, que rima en demasiadas ocasiones con feísmo y desagrado, goza de una consideración mucho mayor como vía para reflejar el mundo que vivimos/padecemos. Ante esta tesitura nadie debería sorprenderse del desdén con que son tratadas, da igual que hablemos de público o crítica, aquellas obras que tratan de subjetivar una cierta visión del ser humano a través de la poesía (cinematográfica), como nos recordaba con su proverbial lucidez Diego Salgado a propósito de la magistral To the Wonder (íd., Terrence Malick, 2013).

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A este implacable axioma ha sucumbido, entre otros, Bertolucci, desde que con la multipremiada El último emperador (The Last Emperor, 1987) diera comienzo una nueva etapa en su filmografía, caracterizada por la decidida exploración de nuevos terrenos temáticos y estilísticos, cortocircuitando con, se diría, plena conciencia de ello los logros más reconocibles de sus títulos precedentes, aquellos que le otorgaron reconocimiento internacional en la década de los setenta. Que el prestigio crítico es sumamente voluble lo sabemos todos los que, de una manera u otra, estamos en la pomada. Lo que no suele decirse alto y claro es que en demasiadas ocasiones se asienta en una imperdonable dejación de funciones, derivada de la estigmatización de aquello que no se ajusta a un canon sólidamente establecido, prorrogado en sucesivas derivaciones progresivamente más acríticas y autocomplacientes. Esta concepción de la autoría tan dogmática como perezosa resultaba un traje demasiado estrecho para un cineasta esencialmente inquieto, con lo que el distanciamiento con la plana mayor del cahierismo, inevitable, estaba cantado.

Quede claro que un servidor es el primero en considerar los logros de películas como El cielo protector (The Sheltering Sky, 1989) o Pequeño Buda (Little Buddha, 1993) muy alejados de los atesorados por El último tango en Paris (Ultimo tango a Parigi, 1972) o La luna (íd., 1979), sin ir más lejos. Pero ello no debería ser motivo para una enmienda a la totalidad, máxime cuando ambos filmes, al igual que otros posteriores a los que dedicaremos mayor atención en unas líneas, responden a una decidida exploración de la gran temática matriz del cine de Bernardo Bertolucci, la que le emparenta, como comentábamos más arriba, con las grandes figuras del cinema italiano, hermanándole por añadidura con la mirada, sensual y revulsiva, de Pier Paolo Pasolini: la obtención de la verdad, de haberla, a través de la plasmación fílmica de la belleza, sea de rostros y cuerpos, arquitecturas y paisajes, músicas y decorados. Si bien la visión tragicómica de la existencia, el compromiso político de izquierdas, la sexualidad frontal y expeditiva no concursan en este viaje exótico de la mano de Vittorio Storaro y Ryuichi Sakamoto, la contemplación apasionada, a ratos serena de unas realidades subyugantes para el trinomio personajes/director/espectadores deviene principal, irrenunciable leitmotiv.

Una estética de lo liviano

Con Belleza robada (Stealing Beauty, 1996) da comienzo la última etapa, mucho nos tememos, del cine de Bernardo Bertolucci, caracterizada por un progresivo ensimismamiento creativo que llega a su culmen con la recién estrenada Tú y Yo (Io e te, 2012). Por más que los resabios maximalistas de sus anteriores trabajos se dejen notar en un reparto internacional de relumbrón, el retrato amable de esa trasnochada comunidad de artistas alejados del mundanal ruido a la que llega, pletórica de vitalidad, Lucy (Liv Tyler) para ponerlo todo patas arriba tiene en su absoluta falta de pretensiones, sea o no deliberada, su mayor virtud. Asumiendo de partida un carácter ligero y juguetón, crónica de un descubrimiento/desvirgamiento anunciado, resulta del todo disfrutable la serena evocación de la Toscana, que le debe tanto al ajustado trabajo fotográfico del siempre excelente Darius Khondji como a la meritoria labor de codificación del espacio, 100% reconocible pero no en exceso estereotipado. Un paisaje de suaves colinas, villas ajadas por el paso del tiempo y residentes foráneos en busca de inspiración (vital) que la cámara recorre con parsimonia, permitiendo la contemplación sosegada.

Del paisanaje aflora el moribundo Alex (Jeremy Irons), que encontrará en la desbordante sensualidad de Lucy un reconfortante bálsamo para su enfermedad. La mirada extasiada de Alex se convierte así en la mirada desde dentro del propio Bertolucci, pues viene a recalcar narrativamente lo que el encuadre resalta una y otra vez: la rotunda belleza de Lucy/Liv Tyler —tan fuera de lugar protagonista como actriz—, pletórica de carnalidad y sugerencia, moviliza a toda la troupe de artistas/vividores alrededor suyo, pues les hace añorar lo que ya no tienen, aquello que encarna en última instancia su deseable cuerpo: juventud, inocencia, sencillez. El alcance de esta reflexión, máxime en un título tan liviano como Belleza robada, será el que cada cual quiera conferirle, pero la maestría del director italiano estriba en que esta emane con naturalidad de cada secuencia, poso amargo de tanta agradable dulzura. Sólo por este indudable mérito extravagancias tan chirriantes como mezclar a Portishead con un luminoso paseo en bicicleta, caiga quién caiga, merecen ser perdonadas. Y comprendidas.

Asediada (Besieged, 1999) es tachada de obra menor, y quizá lo sea en base a planteamiento de producción, no así en resultados creativos. Recuperando los personajes introspectivos y desencantados de antaño, de diferente edad y extracción social pero movidos por un poderoso impulso vital, la unidad de espacio —un vetustopalazzo romano— determina el encierro a solas consigo mismos de los dos protagonistas, puntuado de encuentros tensos primero, progresivamente más cercanos con el fluir de los días. Ante las dificultades idiomáticas hablaran los rostros, gestos y, ante todo, la música. Porque esta película no sería la inolvidable historia de amor en que a sotto voce se convierte sin el fondo sonoro de un melancólico piano que, pieza a pieza, va derribando las barreras que separan a Shandurai (Thandie Newton) y Mr. Kinsky (David Thewlis), conectándoles emocionalmente. A este respecto, la espléndida secuencia en que la emigrante descubre a su pesar, en pleno concierto para los chicos del barrio, que la curiosidad por el artista se ha convertido en algo más profundo, algo que no puede permitirse, concreta de modo admirablemente cinematográfico —esto es, a través de imagen, sonido y movimiento— la lucha interna de la protagonista, que no remitirá con su pueril fuga, a la carrera, por las calles de Roma. La música, elicitadora de una pasión prohibida, sigue reverberando en sus oídos.

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La consecución de estos logros dan muestra de un Bernardo Bertolucci en plenas facultades, obteniendo el máximo partido de una economía de medios expresivos que, autoimpuesta o no, juega totalmente a favor de la generación de una atmósfera íntima, donde los diversos elementos del encuadre, sea el delicado rostro de Thandie Newton, la escalera en espiral que comunica las diversas estancias —una poderosísima metáfora visual del lugar que ocupan ambos protagonistas en el escalafón social, así como de lo que les une y separa— o las panorámicas sobre los tejados de Plaza de España, visualizadas como un respiro para Shandurai —y espectador— ante tanta tensión ambiental, responden a una unidad de estilo que, partiendo de la repetición cíclica de los mismos elementos, con leves variaciones, conduce pausadamente la narración hasta el desenlace final; el anhelado encuentro carnal que, de modo coherente con una love storyapenas explicitada, será pudorosamente escamoteado a nuestros ojos. Por detalles como este Asediada es un prodigio de sutileza, emoción, elegancia.

Mirando hacia atrás sin ira

Supongo que cumplidos los sesenta uno se ha ganado a pulso el derecho a revisar su pasado y, si encima es un artista con varias décadas de cine a sus espaldas reivindicarlo —¿reivindicarse?— como le venga en gana. Si ya Belleza robada proyectaba una mirada nostálgica hacia una utópica comuna ciertamente demodéSoñadores (The Dreamers, 2003) supone una valiente inmersión en el substrato emocional de un tiempo tan idealizado —y por ello mismo, equívoco— como Mayo del 68. Y enfatizo lo de valienteporque en el fascinante tapiz que Bertolucci nos brinda tiene cabida, aunque de ninguna manera ostente el foco de la historia, el (cuestionable) posibilismo ideológico que se sumó a la revuelta, los polvos que tan sólo unos años después llevarían a los lodos de El último tango en Paris. Desde una franqueza digna de todos los elogios, los tres jóvenes que protagonizan la historia, esos soñadores del título —ciertamente irónico— son mostrados en la generosa amplitud de sus contradicciones, cachorros perdidos en un mundo que no es el suyo. En el caso del ingenuo Matthew (Michael Pitt), porque su deslumbramiento hacia el Paris de la cinefilia y los bulevares no trasciende en ningún momento el tópico previsible en un turista norteamericano seducido por una realidad tan mitificada como embriagadora.

En el de Isabelle (Eva Green) y Theo (Louis Garrel), genuinos representantes de la élite cultural francesa más aburguesada, por ser dos incorformistas a los que sus padres pagan las facturas y proveen de vino caro y techos altos. La mirada crítica emana con naturalidad del propio diseño de personajes, pero como señalábamos más arriba no se apodera (afortunadamente) del relato, sino que dialoga sin estridencias con la evocación de la juventud, los juegos morbosos, la transgresión sexual. Si Soñadores funciona a la perfección como exquisita recapitulación de toda una filmografía previa es porque, en un contexto histórico al que los personajes no son —ni pueden ser— ajenos, su sensibilidad política de izquierdas se plasma a través de sus cuerpos, evidentes objetos de deseo. Más allá del placer voyeurístico que cada cual pueda experimentar con la contemplación de un cuerpo bello y deseable, los numerosos escarceos sexuales de los protagonistas, en la fina línea que separa lo erótico de lo pornográfico, muestran más de sus rugosas interioridades que las encendidas divagaciones sobre cine, música o Vietnam. De la contemplación idealizada de Lucy y Shandurai, sensual pero platónica, hemos pasado a una Isabelle —y Matt, Theo— profundamente carnal, sexualizada. Liberadora. El director de La luna se reencuentra consigo mismo.

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Todo apuntaba a que la última secuencia de Soñadores —con el pobre Matthew descubriendo a su pesar como el fin de las utopías conduce a la barricada, o séase a la violencia— pondría punto y final a la obra de Bernardo Bertolucci. Pero la enfermedad, el olvido y, supone uno, las dificultades de financiación no le han impedido volver a la gran pantalla, casi una década después, con un filme que, si algo demuestra, es la lucidez de un maestro con un universo ficcional tan personal que, incluso reducido a su mínima expresión, resulta absolutamente reconocible. En la estela de Asediada, pero limitando aún más el espacio ficcional, Tú y yo encierra a dos outsiders en un trastero lleno de ecos del pasado para darles la oportunidad de conocerse, encariñarse, ayudarse a seguir adelante. Por más que el acercamiento a la difícil realidad de los dos protagonistas —marcada por la adolescencia de él, la drogadicción de ella— no esté exento de crudeza, también hay sitio para la poesía: la que emana del rostro de Lorenzo (Jacopo Olmo) y Olivia (Tea Falco), auténticos y por ello mismo bellos, pese a los estragos del acné y la heroína.

En la intensa mirada azul del chaval brilla al término de Tú y yo la esperanza, tras la  iniciática reclusión que le ha devuelto a la parrilla de salida. Así que no la perdamos nosotros en Bertolucci; confiemos en que su ímpetu creador le impulse, pese a tanto molino de viento, a seguir abriendo ventanas a ese mundo suyo que tanto se parece al nuestro, donde la belleza y la fealdad, lo maravilloso y lo terrible son las dos caras de la misma moneda, facetas del hecho mismo de existir. Siendo de pleno derecho el epígono de los grandes cineastas italianos, parece una jugada del destino que aquél que aprendió de Pasolini a reflejar la realidad desde la más rabiosa autenticidad llegue al final de sus días atado, como Antonioni, a una silla de ruedas. Ya sea sólo o con ayuda de algún correligionario, uno espera, desea, necesita que siga rodando películas. Da igual que sean pequeñas, o grandes. No está el patio para renunciar, tan pronto, a otro de los grandes.

 

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No envejeceremos juntos

Pialat por Marlène Jobert (No envejeceremos juntos)

 

Conocía a Pialat porque, por aquel entonces, él todavía era muy amigo de Claude Berri y yo vivía con Claude. Cenábamos juntos a menudo. Acepté rodar No envejeceremos juntos primero porque me habían gustado mucho La infancia desnuda y La maison des bois, pero sobre todo porque adoré el guión. Los diálogos eran justos, precisos. Me parecían de una gran autenticidad y con razón: habiendo conocido a Colette, la inspiradora de Catherine, mi personaje en la película, sabía hasta qué punto esta historia era autobiográfica. Contrariamente a lo que se piensa a menudo, prácticamente no había improvisación. El texto estaba escrito y muy bien escrito. En plató, entre Pialat y yo, después de algunos días de ajuste, fue bastante bien. A mí mi personaje me parecía demasiado blando, pero eso era lo que él quería. Así que se lo di. Confié en él. Para mí cuando a un actor le gusta el cine de un director, tiene que tener en él una confianza ciega. Aquel año rodé cinco películas en catorce meses: estaba especialmente feliz de hacer esta porque para mí era algo diferente. Me gustaba, así que no quería pelear. 

Para Jean Yanne fue más difícil. No le gustaba interpretar a ese personaje excesivo. Es más, estaba en total desacuerdo con lo que Pialat le hacía decir. Había muchas fricciones. Al cabo de tres semanas de rodaje todo el mundo quería parar. 

Sí, Pialat tenía carácter, pero había que aceptarlo. Yo pensaba en el resultado, me parecía que merecía la pena. Había que comprender cómo funcionaba: le horrorizaban los cumplidos. No le gustaba hacerlos ni que se los hiciesen. Por pudor, sin duda. Si los hacía tenía miedo de no parecer sincero. Después de una escena no manifestaba su satisfacción con palabras, pero llegué a descubrir en sus ojos una especie de sonrisa oculta. Había que detectar. Como estaba muy concentrado en su desacuerdo con Jean a mí me dejaba en paz. Sólo tuvimos un problema, ridículo, sobre la elección de un bañador. El quería que llevase un bañador a cuadros vichy rosas y blancos. A mí me parecía que estaba pasado de moda. Estaba tan pasado de moda que la estilista no consiguió encontrar uno. Finalmente él renunció. La principal crisis del rodaje tuvo lugar un fin de semana. Como rodábamos en Camargue había previsto pasar el fin de semana en en casa de mis padres, cerca de Toulon. El viernes los productores, Jean-Pierre Rassam y Jacques Dorfmann vieron los brutos y no les gustó nada. Furioso, Pialat me dijo que no volviese el lunes. Durante el fin de semana reflexioné  y me dije que tenía que volver. Me presenté allí y el rodaje continuó. La película fue presentada en Cannes. Las críticas fueron estupendas. Sigue siendo una de mis mejores películas. ¿Lo que aprendí de él como actriz? A no actuar, sino a ser. Luego Maurice y yo no guardamos el contacto. Como ya no vivía con Claude Berri no tenía ocasión de verle. Y además era tan taciturno en la vida, con una insatisfacción desgarradora, eternamente enfadado. Y en primer lugar consigo sí mismo. 

 

 

Testimonio recogido por Olivier Nicklaus, para Les Inrockuptibles Hors Série, Maurice Pialat. Traducción Pablo García Canga

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