+

Sección : Crítica Literaria

Galdós un genio generoso y poderoso

Un genio generoso y poderoso

ALMUDENA GRANDES  |  FIRMA INVITADA · MERCURIO 203 – 

© Astromujoff

© ASTROMUJOFF

Habría merecido nacer en otro país.En la primera sesión celebrada tras la victoria de Franco en la Guerra Civil, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria acordó solicitar al Registro Civil que eliminara la inscripción del nacimiento de Benito Pérez Galdós en la página correspondiente al 10 de mayo de 1843. Así, el único escritor que podría competir con Cervantes por el título de gran novelista español de todos los tiempos entró en el limbo de la inexistencia oficial.

Es difícil concebir una venganza peor.

En noviembre de 1960, Luis Cernuda escribió dos poemas que reunió después en uno solo bajo el título de “Díptico español”. El poeta, que había abandonado México —donde se sentía “tranquilo, feliz”— para instalarse en los Estados Unidos —donde la existencia le resultó insoportable—, meditó en la soledad del exilio sobre su condición de español. En el primer poema del “Díptico”, titulado “Es lástima que fuera mi tierra”, se describe como “un español sin ganas / que vive como puede bien lejos de su tierra / sin pesar ni nostalgia”. Pero en el segundo, titulado “Bien está que fuera tu tierra”, reconoce que existe una España que aún le resulta “querida y necesaria”. Es el país que Galdós, “su amigo”, le regaló en sus libros. “La real para ti no es esa España obscena y deprimente / en la que regentea hoy la canalla / sino esta España viva y siempre noble / que Galdós en sus libros ha creado. / De aquélla nos consuela y cura ésta”.

Es imposible concebir un homenaje mejor.

En 2018 celebramos el 175 aniversario del nacimiento que no logró borrar el odio de un Ayuntamiento franquista. Es un buen momento para advertir que Galdós, que amó y detestó este país hasta el punto de consagrar toda su obra a la ingrata labor de comprenderlo, no mereció nacer en España. Esta árida estepa no merece al hombre a quien Cernuda describió como un “genio generoso y poderoso” para que, durante décadas, en la que por desgracia seguía siendo la tierra de ambos, su obra fuera ignorada, despreciada, objeto de chascarrillos infames o motivo de bromas sin gracia en reuniones de tantos escritores objetivamente mediocres. En la posteridad, Galdós compartió la amarga suerte de los exiliados republicanos, el triste destino de su propio país.

En 1968, cuando Max Aub, que ya había escrito una espléndida hexalogía sobre la Guerra Civil, El laberinto mágico, adoptando el modelo de los Episodios Nacionales,preguntó a Luis Buñuel por sus influencias, éste respondió que “la de Galdós es la única influencia que yo reconocería, así en general, sobre mí”. Y Cernuda, Aub, Buñuel, no fueron los únicos. Alberti y León, al establecerse como editores en Argentina, inauguraron su catálogo con Galdós. Jorge Guillén escribió en una carta a su amigo Rodolfo Cardona que le parecía muy injusto lo de Don Benito el Garbancero, primero por Galdós, y luego por los garbanzos, con lo ricos que están. Pero ni siquiera el prestigio de los poetas del 27, del cine de Buñuel, de la figura de Aub, ha sido bastante para destruir el anatema que pesa sobre la obra de Galdós en el ámbito literario español.

O quizás sí, porque aquí estoy yo, escribiendo estas palabras. Yo sé, tal vez mejor que nadie, la extraordinaria proeza que representa crear en el último tercio del siglo xix un formato narrativo que sigue siendo perfectamente transitable en el primer tercio del
siglo xxi. Esa hazaña bastaría para asegurar la inmortal grandeza de un escritor que habría merecido nacer en otro país pero, por fortuna para mí y tantos otros lectores, vino a nacer en España.

Bien está, pues, que esta fuera su tierra.

Compártelo:

Galdos y la revista Isidora

 Un nuevo número de la Revista Isidora de Estudios Galdosianos que dirige la profesora Rosa Amor del Olmo, que va a colaborar con EL COLECTIVO ROUSSEAU en unas conferencias en la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial,  ha visto la luz recientemente. Como es habitual, en sus páginas encontramos ensayos de gran interés y calidad, escritos por especialistas en la figura y la obra de Benito Pérez Galdós, así como por autores que abordan la obra y la influencia del célebre autor canario desde ángulos muy diferentes y todos ellos atractivos.

Un deleite para quienes deseen profundizar o simplemente conocer mejor el significado y las claves de la producción literaria y del pensamiento de Galdós. Un escritor al que muchas voces consideran el autor más relevante de nuestras letras después de Cervantes.

Firmas de prestigio están presentes en el sumario de este nº 34 de la Revista Isidora. En primer lugar, el historiador y profesor Dr. Francisco Cánovas compone un ‘Retrato de la sociedad madrileña en las obras de Benito Pérez Galdós‘ a través del cual, podremos realizar un fascinante viaje en el tiempo. Asimismo, el profesor de Historia de la Filosofía Antonio Chazarra propone en su ensayo ‘Que España despierte y adquiera conciencia de sí misma’. Un texto donde el profesor Chazarra reivindica al emblemático escritor canario, porque ‘Digan lo que digan los agoreros, Benito Pérez Galdós sigue interesando y mucho’.

Por otra parte, el profesor de Lengua y Literatura en la Université d´Angers Daniel Gautier contribuye a este nuevo número con una ‘Introducción a Itinerario de un hombre honrado según Galdós’. El tema elegido por Benito Madariaga de Campa, Cronista oficial de Santander y Correspondiente de la Real Academia de Doctores de Madrid, para colaborar en esta ocasión en Isidora, ha sido ‘La Biblioteca de José María de Pereda’ y Domingo César de Ayala de la Universidad de Jaén analiza en estas páginas ‘La construcción ficticia de un personaje real. El ejemplo del Marqués del Duero en las obras galdosianas’. Tres magníficos ensayos que nos aportan nuevas visiones a tener muy en cuenta sobre Galdós y su obra.

Junto a los citados, podemos sumergirnos en otros trabajos hasta completar los 10 ensayos que contiene este número 34 de la Revista Isidora.

Cristina Guillén Arnaiz de la Universidad Autónoma de Barcelona aporta a este elenco un ensayo con un título largo pero muy sugerente: ‘La gata doméstica y la gallina clueca: maternidad social y maternidad natural en Fortunata y Jacinta’. Extenso es también el título del original y riguroso trabajo de Juana Coronado Gómez González de la Universidad Complutense de Madrid: ‘Estudio de las aportaciones del guion de la película Tormento (1974) de Pedro Olea, a los planteamientos de la novela homónima de Benito Pérez Galdós’.

Por otro lado, el Psicoanalista y profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid Félix Recio publica en este nuevo número un espléndido ensayo sobre ‘La mujer y lo real del goce en algunos personajes de Pérez Galdós’. Para Félix Recio ‘Una forma de abordar las novelas de Galdós desde el psicoanálisis, puede ser a través de los tres registros lacanianos: lo simbólico, lo imaginario y lo real…’

Un tema siempre polémico es el que trata el artista multidisciplinar y Doctor en Bellas Artes Teo Mesa, como es ‘El premio Nobel de literatura negado a don Benito Pérez Galdós’. Premio Nobel de Literatura que las intrigas de los sectores más reaccionarios y conservadores de aquel momento obstaculizaron, en favor de un Echegaray cuyos merecimientos literarios no podían compararse, ni entonces ni ahora, con la obra desarrollada por Galdós.

Por último, podemos adentrarnos en un excelente ensayo de Rosa Amor del Olmo, directora de la revista y profesora de la Universidad Antonio de Nebrija, UFV y UNIR, que cierra el sumario de este número 34: ‘El manuscrito de alma y vida, Pastorela y Metateatro’.

En definitiva, quienes se acerquen a las casi 300 páginas de este nuevo número de la Revista Isidora encontrarán, sin duda, espléndidos y muy interesantes trabajos sobre el universo Galdós que no les defraudarán. Una Revista que en palabras de su directora, Rosa Amor, hoy quiere llegar ‘a ese lector culto, entendido que sabe y que quiere saber, a la gente normal, al compañero, al estudiante,…’ Un proyecto que, por su contribución a la divulgación de la obra de Galdós, merece la atención del público lector y también el apoyo de las instituciones para seguir haciendo posible esta publicación de referencia.

Francisco Castañón

 

Compártelo:

Largo proceso, amargo sueño

El libro de Jordi Amat surge de la certeza de que el concepto de Cataluña ha cambiado tras la erupción del soberanismo

Largo proceso, amargo sueño

Jordi Amat ha dedicado buena parte de su trabajo a las relaciones culturales entre Cataluña y España –la simplificación onomástica es obligada- desde un precoz pero muy importante libro sobre los Congresos de Poesía que, a comienzos de los años cincuenta, organizó el empeñoso equipo ministerial de Joaquín Ruiz-Giménez. Es un profesional independiente pero de sólida formación académica (ha trabajado en la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona y es discípulo de Jordi Gracia), en quien, con notoria precocidad, se ha perfilado una manera personal de indagar: sus textos incluyen la historia de su propia investigación y su método de trabajo se ha hecho un estilo. Se siente heredero de otros historiadores independientes, como Josep Benet (de quien prepara una biografía) o Albert Manent, recientemente desaparecidos; su técnica consiste en leerlo todo, ambientarlo vívidamente, tener el lápiz a punto para subrayar síntomas o cristalizaciones de sentido y luego, hablarlo largamente con los interesados. De ahí dimana la explícita implicación personal que es tan imperativa en este libro, El llarg procés. Cultura i política a la Catalunya contemporània (1937-2014).

Este trabajo, como muchos de los suyos, tuvo su origen en un artículo periodístico y maduró como libro al revelarse un camino transitable. Surgió de una colaboración en La VanguardiaMatar al Cobi, cuando Amat tuvo la certeza de que la erupción del soberanismo significaba el final de un concepto de Cataluña, marcado por la alcaldía de Pasqual Maragall y por la Barcelona triunfal, cosmopolita y esnob de 1992. La urgencia de organizarlo como libro sobrevino cuando contempló los vídeos que siguieron a la Diada de 2012, en que un selecto grupo de universitarios e intelectuales catalanes flanqueaba a un político ambicioso y marrullero, Artur Mas, que regresaba con las manos vacías de Madrid y entregaba la gestión de la franquicia del soberanismo a dos “fuerzas cívicas” de orígenes distintos y programas elementales: la novedosa Assemblea Nacional Catalana y el veterano Òmnium Cultural, aquel que por tantos años los catalanistas de izquierda habían llamado “el Mòmium”. “Ara és l’hora”, se dijo, y nadie sabía muy bien de qué, pero los nacionalismos siempre tienden a la certeza anestésica de las tautologías. Y seguramente tampoco importaba mucho a los recién desembarcados en el carrusel de manifestaciones y banderas, ni a los que sintieron sus esperanzas intelectuales redimidas por la sensación de actuar (la “claudicació”, escribe Amat), ni desdichadamente a la mayoría de los despistados políticos del resto del Estado.

Pero, por si acaso interesaba a alguien más responsable, el joven Jordi Amat ha preparado esta espléndida historia intelectual de lo que comenzó en una derrota moral –la de 1939-, que no fue una bancarrota ni social ni económica, y muy pronto generó una voluntarista y modesta fe de vida: la maniobra a varias bandas que implicó a Francesc Cambó, Raimon d’Abadal, Gaziel y, al fin, Eduardo Aunós que se llevó el santo y la limosna. Luego vinieron oportunamente las fiestas sacras en torno a Montserrat, en 1947, y las maniobras en pro de una “modernidad cauta” que se reconoció en hitos de 1952 –la Revista de Ridruejo; la conversión de Destino- y favoreció el desembarco del “titán” Jaume Vicens Vives y su Notícia de Catalunya. En torno a 1960 lo fundamental –la hegemonía de un sólido catalanismo de fondo- estaba hecho: en 1959 se publicó La pell de brau, de Espriu, y la ruidosa defenestración de Galinsoga, director de La Vanguardia, facilitó la aparición de la revista Serra d’Or, primera en lengua catalana.

Entre unos y otros, el “catalanismo progresista” hegemonizó la escena política desde 1962: a su conjuro salieron libros como Nosaltres els valencians, de Joan Fuster, o Els altres catalans, de Francisco Candel, como Poesia catalana del segle XX, la antología de Josep Maria Castellet y Joaquim Molas, y Catalanisme i revolució burguesa, el provocativo libro de Jordi Solé-Tura. Truchimán político-económico de todo el periodo fue un hábil gestor, con aura de mártir y nada de progresista: Jordi Pujol. Pero, desde 1980, su arribada al poder desmontó las bases ideológicas de aquel periodo y comenzó la construcción de otro en el que los buenos negocios convivieron con las venerandas tradiciones (incluida la parroquial), la imagen de la Barcelona avanzada se eclipsó frente a una Cataluña “profunda”, más provinciana y doméstica, y la visión de la historia del país como conflicto moderno se abismó en la configuración escolar de la Historia de Cataluña como destino inmutable: ahora importaban la Marca Hispánica y el abolengo carolingio, las instituciones centenarias, el milenario de la nación, la “derrota” de 1714 y la nueva “derrota” de 1939, sin más matices. Fue la confrontación de dos mentalidades y pocas cosas lo hacen tan patente como lo que dijo Pujol a Joaquim Nadal (y que traduzco): “-Tu eres catalanista, pero Maragall, no. Maragall es hijo de la Institución Libre de Enseñanza, como su padre [Jordi Maragall i Noble]. No piensa como un catalanista”. Años despues, el propio Pujol, con motivo del centenario de Espriu, escribiría sin rebozo que el autor de La pell de brau, el soñador de Sefarad, no tenia razón. Tampoco era un verdadero catalanista, sin duda…

Los retratos –comprensivos unos, admirativos otros- que este libro nos ofrece de Guillermo Díaz-Plaja que opta por “hacerse franquista”, de Maurici Serrahima que lucha por salir de la derrota, de Carles Riba y de Jordi Rubió que en 1950 deciden escribir en Revista, de Salvador Espriu que decide tomar la palabra, son imágenes reconfortantes para entender un problema que debiera regresar desde las banderas desplegadas a las palabras y las razones. Jordi Amat ha hecho todo lo posible porque así sea.

Jordi Amat, El llarg procés. Cultura i política a la Catalunya contemporània (1937-2014), Tusquets, Barcelona, 2015 (Colecció L’Ull de Vidre).

Compártelo:

EL PIE DE LA LETRA

Jaime Gil de Biedma
El pie de la letra. Ensayos completos
Barcelona, Lumen, 2017
704 pp. 23,90 €

Además de ser un gran poeta, Jaime Gil de Biedma fue un magnífico ensayista. En 1980 apareció un volumen que reunía todos sus ensayos, El pie de la letra, con una segunda edición ampliada en 1994. Ahora, la editorial Lumen publica una nueva edición a cargo de Andreu Jaume, quien aporta numerosas novedades respecto a las dos anteriores y sigue muy de cerca la intención del autor. Este dejó en la agencia literaria de Carmen Balcells una carpeta con la indicación precisa «Textos a incluir en una segunda edición de El pie de la letra», escritos todos ellos en la década de los ochenta.

El esquema que sigue esta tercera edición respeta la estructura muy calculada que el libro ya ofrecía en 1980 y en 1994. Un orden que dice mucho del poeta y que va desde una época inicial de aprendizaje, en la que aquel trata de buscar modelos diferentes a los que dominaban por entonces en España, hasta el momento en que ya ha dejado de escribir poemas y se aleja de la necesidad de justificar sus afinidades o sus rechazos. La primera parte de El pie de la letra incluye los textos escritos entre 1955 y 1962. Se abre con el prólogo que Gil de Biedma escribió para su traducción, en Seix Barral, de Función de la poesía y función de la crítica, de T. S. Eliot. Según el editor, Andreu Jaume, la elección de ese estudio es ya «toda una declaración de intenciones». Después de pasar un semestre en Oxford (1953), Gil de Biedma se aproxima con interés cada vez mayor a la poesía inglesa (al propio Eliot, a los metafísicos –John Donne, especialmente−, a W. H. Auden, Stephen Spender o Louis MacNeice) y da un giro importante en sus preferencias, marcadas hasta entonces por los poetas simbolistas franceses y los españoles de la generación del 27, en especial Jorge Guillén. Sobre su poesía publicó Gil de Biedma un ensayo (Cántico: el mundo y la poesía de Jorge Guillén, 1960; es la segunda parte de El pie de la letra) en el que orienta su propia reflexión en una línea muy diferente a la estilística de Dámaso Alonso, Amado Alonso y Carlos Bousoño. Para él, serán decisivos los ensayos La poesía de la experiencia(1957), de Robert Langbaum, al que se refiere por primera vez en el artículo «Sensibilidad infantil, mentalidad adulta» (Ínsula, 1959), y La mano del teñidor (1962), de W. H. Auden. A partir de ellos, Gil de Biedma prestará una atención prioritaria a los aspectos formales y técnicos y, sobre todo, se alejará de criterios esencialistas (algo que ya podemos advertir en el prólogo al ensayo de Eliot).

A partir de aquí puede entenderse mucho mejor la evolución de la poesía de Jaime Gil de Biedma y sus relaciones con la tradición inmediata: desde una clara admiración por Guillén, visible en los poemas juveniles (Según sentencia del tiempo, incluso Las afueras), su aprendizaje lo lleva a otra forma de entender la creación poética que el autor barcelonés define en el prefacio a Compañeros de viaje (1959) («Puestos a escoger entre nuestras concepciones poéticas y la fidelidad a la propia experiencia, finalmente optamos por esta última») y en el poema «Arte poética», del mismo libro: «Palabras, por ejemplo. / Palabras de familia gastadas tibiamente». Por otra parte, el ensayo «Emoción y conciencia en Baudelaire» (1961) revela la importancia que tuvo el autor de Les fleurs du mal en la formación poética de Gil de Biedma. Completan esta primera parte algunos artículos y reseñas publicados en la revista Ínsula a finales de la década de los cincuenta: «De artes poéticas», «Dos novelas de Robbe-Grillet» y una inteligente aproximación al primer libro de poemas de Carlos Barral, Metropolitano, en 1958. «Encuentro con Vicente al modo de Aleixandre» (1958) apareció en Papeles de Son Armadans.

Los textos incluidos en las secciones tercera («Variedades») y cuarta, escritos entre 1964 y 1988, reflejan la amplitud de miras de Jaime Gil de Biedma, que hace la siguiente anotación sobre «Variedades»: en estos trabajos, escribe el autor, «distraigo una obsesión que me tuvo poseído durante años: cómo se hace para hacer un buen poema». El título es muy acertado, pues encontramos en esta sección –y en la siguiente− semblanzas literarias (Alfonso Costafreda, Ángel González, Alberto Jiménez Fraud y Natalia Cossío –«Wellington Place», 1983− o Juan Gil-Albert, en dos ocasiones), presentaciones (Los conjurados, de Borges), reseñas (Mi vida secreta), prólogos (a la poesía de Espronceda, a Joan y Jacint Reventós: Dos infancias y la guerra), conversaciones (un diálogo con Carlos Barral, Juan Marsé y Beatriz de Moura que apareció en la revista Camp de l’Arpa), noticias de estrenos teatrales (desde Chéjov a Els Joglars: La torna y su polémica, en plena Transición). También la narración de una visita a Picasso en los años sesenta («Monstruo en su laberinto»), un divertido repaso de los locales barceloneses en la época de la gauche divine («Revista de bares») e incluso la crítica a un delirante manifiesto que firmaron algunos «intelectuales» contra la enseñanza en catalán (1981).

Encontramos aquí algunos ensayos fundamentales para entender no solamente la perspectiva del escritor, sino la situación de la literatura española en los años sesenta y setenta. Es el caso de «Carta de España (o todo era Nochevieja en España al comenzar 1965)»: el poeta barcelonés constata cómo se han hundido definitivamente las ilusiones de transformar la realidad por parte de los escritores opuestos a un régimen que se ha asentado con los «Veinticinco años de paz», el desarrollismo y los planes de estabilización; una sensación muy similar a la que transmitía el poema de Ángel González «Preámbulo a un silencio», escrito por las mismas fechas. Casi veinte años posterior, «La imitación como mediación, o de mi Edad Media» (1984) aborda la complicidad con Gabriel Ferrater en torno a la literatura medieval, tan distinta del desbordado «líquido verbal» del Renacimiento, la distancia que ambos establecen respecto a ciertos prejuicios consolidados en esa línea imaginaria que podía ir desde Mallarmé hasta los poetas de la generación del 27 y, finalmente, explica con detalle el origen de algunos poemas como «A una dama muy joven, separada», la sextina «Apología y petición» y «Albada».

En diferente sentido tiene su importancia «J. R. J.: notas a un centenario», por el derribo de algunos tópicos casi inamovibles acerca de la trayectoria de Juan Ramón Jiménez. Muy personal –e igualmente desmitificadora− es la semblanza de Ezra Pound, publicada inicialmente en México (1973). Y, por supuesto, destacan los tres artículos centrados en Luis Cernuda. Jaime Gil de Biedma publicó en La Caña Gris un ensayo, «El ejemplo de Luis Cernuda», que era, según él, un gesto de agradecimiento: «Al fin y al cabo, si Luis Cernuda está vivo, si la literatura, entre otras muchas cosas, es una forma de relación personal, ¿por qué no cumplir con un elemental deber de gratitud y educación, acusándole recibo de su obra?» Y, sin embargo, este «acuse de recibo» contenía una buena dosis de crítica, no a la obra de Cernuda, sino al modo de asumir la herencia de la Generación del 27. En 1962, los poetas del medio siglo habían fijado ya suficientemente su proyecto y, a pesar de reconocer el magisterio de aquella importantísima generación, se rebelaban contra ciertos cánones establecidos por ella. La peculiaridad de Cernuda, según Gil de Biedma, residía «en la actitud o tesitura poética del autor implícita en cada verso, en cada poema, que es radicalmente distinta de la de sus compañeros de promoción, y no demasiado frecuente en la historia de la poesía española […]. El poema, sus poemas […] parten de la realidad de la experiencia personal. Son, por así decir, poéticos a posteriori». Cernuda se distancia del principio estético que, desde Mallarmé a los poetas del 27, e incluso a los poetas sociales de la inmediata posguerra, parecía indiscutible: el proceso de formalización o de abstracción de la experiencia, que convierte a esta última «en categoría formal del poema» y la anula «en cuanto experiencia real para resucitarla como cuerpo glorioso, como realidad poética purgada ya de toda contingencia».

Gil de Biedma reconoce la influencia decisiva que han ejercido los poetas del 27 sobre la poesía posterior, una especie de dominio que afecta incluso a quienes quieren reaccionar contra ellos. A la hora de iniciar un proyecto distinto, la trayectoria de Luis Cernuda es «el ejemplo más próximo, la más inmediata cabeza de puente hacia el pasado», porque, según concluye Gil de Biedma, «no influye, enseña» y, sobre todo, «nos ayuda a liberarnos de los grandes poetas del 27». Pero también existen divergencias entre Gil de Biedma y Cernuda, claramente expresadas en uno de los dos ensayos que Gil de Biedma escribe sobre el poeta sevillano en los años setenta, «Como en sí mismo, al fin» (el otro es un estudio previo a la edición de Ocnos Variaciones sobre tema mexicano, 1977). Aquí empieza a cuestionarse la leyenda de malditismo y marginación cultivada, en parte, por el propio Luis Cernuda, es decir, la proyección del poeta como personaje, su «desmesura absorbente», que contrastaba con «su manera de concebir y realizar el poema, muy contemporánea, muy próxima». La ironía, un rasgo importante en la obra de Gil de Biedma, está ausente en Cernuda, que sólo se reconoce en su «dimensión de hijo de dios». Al margen de la distancia que mantiene Gil de Biedma respecto a esa imagen sacralizada −romántica en su origen− del poeta, sus consideraciones sobre la influencia de Cernuda en los poetas de la generación del cincuenta son muy precisas: «No es que, de la mañana a la noche, unos cuantos jóvenes descubriéramos en Cernuda a un gran poeta ignorado –pues ignorado no era, a pesar de cuanto él dijese−, sino que su obra de madurez nos llegaba en el momento justo […]. La proximidad era genuina, consistía en algo más que en personales afinidades –de temperamento poético en Brines, de admiración por la tradición poética inglesa en Valente y en mí−, porque se percibía asimismo en otros poetas contemporáneos nuestros, y desde antes de 1958 […]. El parentesco no resultaba tan sorprendente como nuestras actitudes de entonces lo hacían parecer; si Cernuda asume la realidad de la experiencia común y de la propia identidad vecinal sin reconocerse en ellas, nosotros, en nuestra poesía, intentábamos asumir una y otra, para reconocernos».

Cierra la cuarta sección de El pie de la letra el prólogo que Gil de Biedma escribió para la traducción al catalán que hizo Àlex Susanna de Fours Quartets, de T. S. Eliot, en 1984. Poeta de sensibilidad europea, formado en Baudelaire, Corbière, Laforgue y los simbolistas menores, Eliot es «traducible», pero «nada fácil de traducir» y, añade Gil de Biedma, su obra ha tenido más suerte en las versiones al catalán (Joan Ferraté, el propio Àlex Susanna) que en las versiones al castellano (Vicente Gaos, José María Valverde), «duras y sin ritmo», sujetas en exceso a la literalidad del texto. Gil de Biedma enlaza aquí con su fascinación inicial por Eliot –recuerda que se sabía de memoria los Cuartetos−, explica aspectos históricos y técnico-formales de estos poemas en los que Eliot parece ejercer un «ministerio público de su vida interior» y los compara acertadamente con los Landscapes de tema norteamericano. Después de repasar sus difíciles circunstancias vitales, su conflictivo matrimonio, Gil de Biedma afirma que Eliot llevó a cabo en Four Quartets «una recomposición de sí mismo».

Una de las grandes aportaciones de esta tercera edición de El pie de la letra es el apartado «Textos dispersos», con la inserción de algunos trabajos que se publican aquí por vez primera. «Pedro Salinas en su poesía», un artículo juvenil publicado en Laye (1952), demuestra una sorprendente madurez y un conocimiento a fondo de la poesía de la generación del 27. Salinas definía el amor como una aventura hacia el Absoluto: «Del amor como tema literario» era un capítulo del libro sobre Jorge Guillén que Gil de Biedma suprimió de la primera edición de El pie de la letra por considerarlo demasiado «orteguiano» (en la edición de 1994 figuraba como Apéndice I); además de Guillén, vuelven a aparecer en este capítulo Salinas, Proust y el propio Ortega y Gasset. Muy interesante es el texto inédito (hasta ahora) «Dos buenos libros de poesía: José Agustín Goytisolo y Claudio Rodríguez» (1959), que iba a publicarse en una revista del exilio publicada en Bruselas, Nuevas Ideas. En él se ofrecen las claves de una poesía social no vulgarizada ni panfletaria: «Salmos al viento es el primer exponente de una poesía social en la que el acierto poético, completo y sin reservas, es consecuencia directa de la adopción por el poeta de una posición consistentemente realista». Ese realismo se asienta en la preocupación formal y en el contraste lingüístico a través de cual Goytisolo resuelve el problema del coloquialismo. Sin embargo, y a pesar de que Claudio Rodríguez alcance en Don de la ebriedad «la pasión intensa y sostenida, la precisión en el verso y la deslumbrante belleza» que indudablemente destacan en el panorama de la poesía española de principios de los años cincuenta, al final se imponen «una cierta monotonía y limitación de conjunto»: el libro de Claudio Rodríguez es el resultado de una experiencia adolescente (de nuevo el esquema «sensibilidad infantil/mentalidad adulta»: el autor tenía diecinueve años cuando escribió este libro). La poética escrita para la antología Poesía social (1965), de Leopoldo de Luis, es muy coherente con lo que Gil de Biedma había expuesto en el prólogo a Compañeros de viaje: el autor no cree en la «expresión incondicionada de la subjetividad», sino en la relación con el mundo de la experiencia común, así como en la distancia que ha de establecer el poeta con el lector y consigo mismo. La poesía, según él, «no es comunión, sino conversación, diálogo».

Cierran el volumen algunos textos circunstanciales, como la presentación de la novela La muchacha de las bragas de oro (premio Planeta en 1978), de Juan Marsé, el prólogo a Norte magnético, de Pedro Luis Ugalde (1980), una curiosa presencia –el texto «Aire, nada»− en el catálogo de la exposición «Otros abanicos», la contribución a un homenaje a Ángel Crespo en 1985 y el borrador, en facsímil, de una conferencia sobre Jorge Manrique. Llaman la atención, en este apartado, dos lecturas poéticas realizadas en Oviedo (1981) y en la Residencia de Estudiantes de Madrid (1988), imprescindibles por las reflexiones que va haciendo Gil de Biedma sobre sus poemas. «Lean ustedes a Jorge Guillén» (1984: el año de la muerte del autor de Cántico) enlaza con aquella fascinación inicial que dio origen al ensayo de 1960, pero con una distancia temporal que excluye cualquier atisbo de mitificación. Por último, el texto «Genio y figura: lord Byron» (1988) supone el desplazamiento hacia una frivolidad muy inteligente, bien visible en otros ensayos de Jaime Gil de Biedma, como «Revista de bares». Lord Byron sería «un personaje para las revistas del corazón inventado avant la lettre». «Asusta pensar –añade Jaime Gil− en lo que hubiera hecho Hola con lord Byron; valía él solo por toda una jet set».

Sólo he visto en esta tercera edición de El pie de la letra dos errores. El primero, la fecha del texto «Monstruo en su laberinto»: no puede ser de 1964, puesto que en él se habla del «inminente referéndum en España», que se celebró en diciembre de 1966 (no en 1967, como señala erróneamente una nota). El segundo, cuando se dice en una nota que el valenciano Francisco Brines «es uno de los poetas de la generación del 27» (p. 502). Al margen de estos dos deslices, la edición resulta muy correcta.

Antonio Jiménez Millán es poeta y catedrático de Literaturas Románicas en la Universidad de Málaga. Sus últimos libros son Promesa y desolación. El compromiso en los escritores de la Generación del 27 (Granada, Universidad de Granada, 2001), Inventario del desorden (1994–2002) (Madrid, Visor, 2003), Poesía hispánica peninsular (1980–2005) (Sevilla, Renacimiento, 2006) y Clandestinidad (Madrid, Visor, 2011).

09/07/2018

Compártelo:

TANGO SATÁNICO

 

En una remota región rural de Hungría azotada por el viento y la incesante lluvia,unos pocos miembros de una fallida cooperativa agrícola llevan una vida anodina en un pueblo ya casi fantasmal mientras aguardan impotentes a que un milagro les devuelva el futuro. Hasta que un día reciben la noticia de que, en la carretera que conduce a la aldea, se ha avistado al astuto y carismático Irimiás, desaparecido años atrás y al que daban por muerto. Su simple reaparición infundirá esperanzas en la pequeña comunidad de vecinos, pero también desencadenará acontecimientos desconcertantes y les revelará aspectos que tal vez habrían preferido ignorar. Paródica y mordaz, esta magnífica novela sobre los avatares de la esperanza y el valor de las promesas inspiró la película de culto de Béla Tarr y ya es hoy un clásico contemporáneo.

Compártelo:

Melancolía de la Izquierda


Melancolía de izquierda
24/05/2017 | Michael Löwy

Este brillante ensayo* es un intento de recuperar una tradición ocultada y discreta: la de la “melancolía de izquierda”, un estado de ánimo que no forma parte del relato canónico de la izquierda, más propensa a celebrar los triunfos gloriosos que las derrotas trágicas. Sin embargo, el recuerdo de esas derrotas –junio de 1848, mayo de 1871, enero de 1919, septiembre de 1973– y la solidaridad con los vencidos irrigan la historia revolucionaria como un río subterráneo, invisible. En las antípodas de la resignación, esta melancolía de izquierda es un hilo rojo que cruza la cultura revolucionaria desde Auguste Blanqui hasta Walter Benjamin, pasando por Gustave Courbet y Rosa Luxemburgo, como también el cine crítico. Traverso revela con vigor y de modo contraintuitivo toda la carga subversiva y liberadora del duelo revolucionario.

La historia del socialismo a lo largo de dos siglos ha sido una constelación de derrotas, trágicas, a menudo sangrantes; pero esto no induce a la aceptación del orden establecido, sino todo lo contrario. En su último artículo, de enero de 1919, Rosa Luxemburgo escribió: “La vía al socialismo está pavimentada de derrotas… En ellas hemos fundado nuestra experiencia, nuestros conocimientos, la fuerza y el idealismo que nos animan.” El mismo espíritu anima a Che Guevara cuando, en octubre de 1967, dice a sus asesinos: “Hemos fracasado, pero la revolución es inmortal.” Sin embargo, esta dialéctica de la derrota podía conducir, señala Traverso, a una especie de teodicea seglar, con una fe casi religiosa en la victoria final. Es mejor reconocer, como hizo la propia Rosa Luxemburgo en 1915, que el futuro sigue siendo incierto: “socialismo o barbarie”.

Contrariamente a las derrotas gloriosas del pasado –1848, 1871, 1919–, la de 1989 (la caída del Muro de Berlín, seguida de la restauración del capitalismo) es una derrota oscura que genera desencanto. De ahí el desarrollo, a partir de esos años, de un marxismo melancólico, del que Daniel Bensaid es uno de los representantes más eminentes. Su arte reside, según Enzo Traverso, en la organización del pesimismo (fórmula de Walter Benjamin): asumir un fracaso sin capitular ante el enemigo, sabiendo que un nuevo comienzo adoptará formas inéditas.

La melancolía de izquierda se expresa mejor en las creaciones del imaginario revolucionario que en las controversias teóricas. El libro explorará por tanto esta sensibilidad en el cine, a través de las obras de Chris Marker, Gillo Pontecorvo y Ken Loach. Contrariamente a la historiografía, el cine no aspira a la exactitud, pero muestra la dimensión subjetiva de los acontecimientos, lo que lo convierte en un barómetro de la experiencia revolucionaria. Marxista anticolonialista, Pontecorvo es el realizador por excelencia de las derrotas gloriosas que preparan el futuro, como en La batalla de Argel (1966) o en Queimada (1969), que Edward Said consideraba “una obra maestra”. El mismo juicio puede aplicarse, en cierta medida, a Tierra y libertad, de Ken Loach, que proyecta una mirada melancólica, pero “todo menos resignada”, sobre la revolución española de 1936-1937. Su película quiere ser un monumento a las revoluciones del siglo XX, un monumento épico, pero ni dogmático ni lirico, impregnado de duelo.

Otra obra maestra, Rua Santa-Fé (2007), de Carmen Castillo, es un epitafio dedicado a la memoria de su compañero Miguel Enríquez y de las revoluciones latinoamericanas de la década de 1970. Distinta de la película de Ken Loach, esta es ante todo un documento sensible: Carmen Castillo no indaga en las razones de la derrota, sino en las emociones que esta ha generado, así como en las reacciones de la juventud chilena actual, que “se apropia la memoria de los vencidos”. Las páginas que consagra Enzo Traverso a esta película figuran entre las más logradas del libro.

Las películas de estos tres cineastas, como también las de Theo Angelopoulos o Patricio Guzmán, describen el siglo XX como una edad trágica de revoluciones quebradas y utopías derrotadas. Su melancolía de izquierda expresa el duelo colectivo de una generación.

Traverso dedica un capítulo a lo que denomina “melancolía poscolonial”, que adopta dos formas: l) desencanto ante las descolonizaciones fallidas y 2) decepción ante el desencuentro entre marxismo y anticolonialismo. Analiza con mucha finura los escritos de Marx, destacando tanto su visión eurocéntrica inicial como su progresiva superación a partir de la década de 1860. En el transcurso del siglo XX, la historia del marxismo es indisociable de los movimientos de liberación nacional, por mucho que los marxistas occidentales (Lukács, la Escuela de Fráncfort) hayan ignorado la lucha de los pueblos colonizados. A mi juicio, esta limitación es innegable, pero no creo que haya generado una “melancolía de izquierda”, contrariamente a la primera forma de la “melancolía poscolonial” –la de las independencias fallidas–, de la que Enzo Traverso habla muy poco, pero que ha pesado mucho sobre una generación de militantes anticolonialistas.

El último capítulo del libro está dedicado a nuestro amigo Daniel Bensaid. En la nueva coyuntura creada por los años noventa (restauración del capitalismo en la URSS y Europa del Este), Daniel tratará de repensar la historia a partir de Marx y Trotsky, aunque también de la “galaxia melancólica” –Baudelaire-Blanqui-Péguy-Walter Benjamin–, como el terreno de lo incierto y lo posible, de las arborescencias y las bifurcaciones. Se puede criticar la lectura que hace Bensaid de los escritos de Benjamin –en particular de sus Tesis sobre el concepto de la historia–, porque deja de lado la dimensión teológica y la relación con la utopía. Sin embargo, esta lectura atípica, no convencional, fue una de las primeras en destacar la dimensión política de Benjamin. Más que una interpretación erudita del texto, el ensayo de Bensaid, Walter Benjamin, sentinelle messianique(1990), es una reflexión a partir de Benjamin, a quien utiliza como una brújula para los revolucionarios en la tempestad de 1989-1990. La revolución ya no puede plantearse como “inevitable”: hipótesis estratégica y horizonte regulador, solo puede ser objeto de una apuesta melancólica (la apuesta de Pascal revisada y corregida por el marxista Lucien Goldmann).

En conclusión, Enzo Traverso critica el discurso normativo actual, que presenta el régimen liberal y la economía de mercado como el orden natural del mundo, estigmatizando las utopías del siglo XX. Para este discurso dominante, la melancolía de izquierda es culpable debido a sus vínculos con los compromisos subversivos del pasado. Sin embargo, la propia izquierda ha rechazado a menudo la melancolía para “no desesperar a Billancourt” 1/. Es hora de descubrir esta melancolía rebelde que se diferencia tanto de la resignación como de la “compasión” por las víctimas. Es uno de los atributos de la acción revolucionaria y está inscrita en la historia de todos los movimientos que, desde hace dos siglos, han intentado cambiar el mundo. Porque “es con las derrotas como se transmite la experiencia revolucionaria de una generación a otra”. Creo que el autor de Le Pari mélancolique 2/ (1997) estaría de acuerdo con esta conclusión…

* Mélancolie de gauche : La force d’une tradition cachée (XIXe-XXIe siècle). Enzo Traverso. La Découverte, Paris, 2016

11/04/2017

Artículo publicado originalmente en www.contretemps.eu

Traducción: viento sur

Compártelo:

El marxismo de Gramsci:

NOVEDADES EDITORIALES

El marxismo de Gramsci: nueva publicación de ediciones IPS

El marxismo de Gramsci. Notas de lectura sobre los Cuadernos de la cárcel, de Juan Dal Maso, es el primer título de esta nueva colección , orientada a la publicación de obras de autores actuales que abordan distintas cuestiones sobre teoría, política y de debate marxista.

Partiendo de un enfoque metodológico que destaca la coherencia interna del pensamiento de Gramsci, este trabajo reconstruye algunas de sus principales ideas, como hegemonía, crisis orgánica, revolución pasiva, guerra de posición y guerra de maniobra, el moderno Príncipe, el Estado integral, nacional-popular, entre otras, proponiendo una relectura de la cuestión de la hegemonía y sus relaciones con la teoría de la revolución permanente. Para ello explora los orígenes comunes de ambas teorías, así como diversos elementos de confluencia entre el pensamiento de Gramsci y el de Trotsky. Con una amplia bibliografía, este libro incorpora una valoración crítica de obras de distintos autores de relevancia en los estudios gramscianos a nivel internacional, como Gianni Francioni, Fabio Frosini, Peter D. Thomas, Alvaro Bianchi, Massimo Modonesi, entre otros.

El libro consta de una introducción a la vida y obra de Gramsci, un primer capítulo que propone las categorías de “traducibilidad de los lenguajes” y “nuevo concepto de inmanencia” como criterios de lectura inherentes a la propia construcción de la argumentación gramsciana, es decir que unen los planos de la política, la filosofía, la historia y la economía, buscando una “nueva síntesis” y establecen un nexo entre las reflexiones filosóficas y las políticas de los Cuadernos de la cárcel.

El segundo capítulo retoma las polémicas de Gramsci contra Croce y Bujarin, analizando la relación entre la crítica de Gramsci a Croce y las polémicas contra el reformismo, así como la importancia del “nuevo concepto de inmanencia” que Gramsci esgrime en sus críticas a Bujarin, a la hora de construir conceptos “integrales” es decir que unan los planos de la filosofía, la política, la historia y la economía.

El tercer capítulo está centrado en la cuestión del Estado integral, retomando las definiciones clásicas de Gramsci así como sus relaciones con los puntos de vista de Trotsky sobre las reconfiguraciones del poder estatal en el períodos de entreguerras, con especial énfasis en la cuestión de los sindicatos, recuperando asímismo algunas polémicas “clásicas” sobre el tema y la importancia de la categoría para el pensamiento estratégico marxista.

El cuarto capítulo explora las relaciones entre revolución pasiva, revolución permanente y hegemonía, destacando los puntos de confluencia y las diferencias entre Gramsci y Trotsky, el rol de la cuestión de la revolución permanente en el pensamiento de Gramsci y los términos en que se relacionan las ideas de “guerra de posición” y “guerra de maniobra” en ciertos pasajes claves de los Cuadernos.

El quinto capítulo está centrado en la cuestión de la hegemonía, analizando distintos planos desde los cuales pueden pensarse el concepto: estratégico (ligado a las cuestiones de la guerra civil y la insurrección), en la sociedad de transición y en la sucesión histórica del capitalismo por el socialismo y el comunismo.

El sexto capítulo retoma los debates sobre el moderno Príncipe y la cuestión del partido, explorando las tensiones entre “partido-proceso” y “partido-policía” y las complejidades de la argumentación gramsciana sobre el tema, su relación con la “democracia fabril” y la cuestión político-militar. El séptimo capítulo analiza los puntos de vista de Gramsci sobre la cuestíon del Estado obrero, la transición al socialismo y la extinción del Estado, así como sobre las relaciones entre la categoría gramsciana de “parlamentarismo negro” y la cuestión de la democracia soviética.

El octavo capítulo retoma el itinerario de Gramsci en América Latina, explorando las acepciones del término Occidente en los Cuadernos de la cárcel, los alcances de la categoría “nacional-popular” y los debates recientes sobre el uso del concepto de revolución pasiva para analizar el reciente ciclo de gobiernos “posneoliberales”. En el epílogo se plantean algunas conclusiones generales sobre los aportes y límites del pensamiento de Gramsci para pensar la reconstrucción y renovación del marxismo revolucionario en la actualidad.

Escrito con rigor y concisión, El marxismo de Gramsci es un libro de gran utilidad tanto para quienes recién se inician en la lectura del comunista sardo como para los conocedores de su obra, y para todos aquellos interesados en reflexionar sobre los problemas actuales de la teoría marxista.

Compártelo:

CORRESPONDENCIA

Benito Pérez Galdós
Correspondencia
Madrid, Cátedra, 2016
1.184 pp. 60 €

Desde la Antigüedad grecolatina se han fijado ideas que explican la escritura de cartas, más allá de la estricta proyección de su autor, como un diálogo entre éste y el destinatario cuya presencia se hace notar tanto en lo que puede compartir con el epistológrafo como en la inserción que este último hace de frases y estimaciones directas del lejano receptor. Este espejeo de proyecciones personales se advierte en las colecciones de cartas que los medios de comunicación hacen accesibles, ya sea en las ediciones que sólo recogen las cartas escritas por un único redactor (las ediciones monódicas), ya las ediciones que también recogen las recibidas por él (las ediciones polifónicas). Una variante moderna del género epistolar es la carta aparecida en las publicaciones periódicas («carta abierta» o «carta comunicada»), pues aunque su exhibición coram populo elimina uno de los rasgos característicos de la carta privada, cual es su perfil de confidencia secreta, su transformación periodística llega a su grado máximo de reelaboración en las series de artículos que se ofrecen a los lectores como «cartas»1. Recuérdese, a modo de ejemplo, que la muchas veces citada carta de Benito Pérez Galdós a Francisco Giner de los Ríos en la que le decía que había querido «en esta obra [La desheredada] entrar por nuevo camino o inaugurar mi segunda o tercera manera, como se dice de los pintores» se publicó en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza el 14 de abril de 1882.

La libre disposición pública que las leyes otorgan a los epistolarios escritos en el siglo XIX, junto con el interés histórico y biográfico que muchos de estos textos atesoran, han estimulado la publicación de colecciones de cartas de personas que tuvieron alguna significación en esa centuria y en los primeros años de la siguiente. Situándonos ante los escritores españoles de ese tiempo, hoy disponemos, afortunadamente, de extensas recopilaciones de la correspondencia de algunos autores muy significativos; en ediciones monódicas, recuerdo la de Juan Valera (3.803 cartas)2, la de «Clarín» (486 cartas recogidas por François Botrel en el volumen XII de las Obras Completas del ovetense de 2009) y, en edición polifónica, el impresionante número de las escritas y recibidas por Marcelino Menéndez Pelayo (en edición preparada por Manuel Revuelta Sañudo en los veintitrés volúmenes de su edición de 1982-1991). De otros muchos autores decimonónicos pueden leerse ediciones de epistolarios parciales en trabajos monográficos, epistolarios parciales que para la reconstrucción de la imagen más completa de cada autor deberían seguir el modelo fijado por la actual reunión de la Correspondencia galdosiana.

Esta colección de 1.170 cartas escritas o dictadas3por Pérez Galdós es una edición monódica que proporciona al lector un tejido de confesiones y juicios del escritor canario iluminadores de su recorrido biográfico y su vivencia de las circunstancias por las que transcurrió. Desde la publicación en 1943 de sus cartas a Mesonero Romanos han ido editándose comunicaciones epistolares que don Benito había mantenido con diversos corresponsales, pero hacía falta una reunión de todas las publicadas y de las que podían consultarse, aunque se conservaran inéditas. Esta es la tarea que han realizado los acreditados galdosistas Alan E. Smith y María Ángeles Rodríguez Sánchez con la ayuda de Laurie Lomask. Estos galdosistas han compulsado las versiones impresas con sus fuentes manuscritas, corrigiendo o anotando datos adelantados por los editores anteriores y datando textos cuya fecha no se conocía (para lo que se sirven, entre otras fuentes, del matasellos de la carta en los casos en que se conserva el sobre). Añaden, además, cartas depositadas en el inapreciable fondo bibliográfico de la Casa-Museo Pérez Galdós de Las Palmas y en otras colecciones, con un total de más de cuatrocientas que aún no se habían impreso.

Las ventajas que tiene la organización diacrónica de una correspondencia desvela circunstancias históricas y motivaciones íntimas del autor de las cartas, hasta el punto que puede considerarse como una versión muy verosímil del relato de su vida. Los editores de estas cartas galdosianas afirman que su organización cronológica presenta a Galdós en «la evolución de sus ideas y querencias [y] se manifiesta, digamos, como una trama en el telar, es decir, horizontalmente, en este movimiento a través de las décadas del final del siglo XIX y principios del siglo pasado» (pp. 21-22 de su Introducción)4. Hablan quizás de «décadas» porque la disposición editorial que han hecho distribuye las cartas desde 1860 hasta 1919 en seis apartados e ilustran cada una con una imagen gráfica de Pérez Galdós realizada en el curso de los años que corresponden a cada década, una ayuda iconográfica que también resulta muy útil para relacionar la imagen física del escritor con la proyección biográfica que recoge cada década.

A pesar de que ya en vida del novelista se habían publicado varios apuntes biográficos escritos por quienes, por estar cerca de él, tenían un conocimiento empático de su personalidad, se habían deslizado errores que biógrafos posteriores tuvieron que enmendar y se había difundido una discutible opinión sobre la inaccesible nebulosa de la intimidad galdosiana. «Galdós, como es sabido, no se daba con mucho amor a la correspondencia; además de la poca afición a escribir cartas que le era común con casi todos los españoles, no tenía tiempo», afirmaba José Fernández Montesinos en la «Nota preliminar» que precede al primer volumen (1968) de los tres magistrales que dedicó al novelista. Pedro Ortiz-Armengol, en su documentada biografía del año 1995, sentó las bases de lo que debía ser una biografía, como escribí yo en esta misma revista, vista «desde dentro» y para la que sus cartas podían sentar fundamentos muy seguros.

Del interés de nuestro novelista por la técnica de la comunicación epistolar no puede caber ninguna duda al lector que lo haya saludado, aunque sea de lejos. El accidentado vivir de sus personajes ficticios se refleja, según diferentes novelas, en las cartas que unos escriben a otros. Y ampliando más el recurso a la técnica de representación epistolar, Galdós fue más lejos, pues escribió varias novelas completamente epistolares −La Incógnita (1889) y La Estafeta Romántica (1899)− para solapar la comunicación del «yo» que escribe al «tú» receptor en La Incógnita –los personajes Manolo Infante y «Equis»− con el relato de los mismos acontecimientos contados bajo la forma dialogal en Realidad (1889), forma expositiva esta última que sedujo a Galdós por su proximidad a la representación escénica y, especialmente, porque la expresión en primera persona «nos da la forja expedita y concreta de los caracteres» según escribía en su Prólogo a El Abuelo. Novela en cinco jornadas (1897)5. La conciencia que Galdós fue elaborando sobre las posibilidades comunicativas que posee la carta cuando se inserta en relatos de ficciones no debe diferenciarse de la tensión en que él mismo se explayaba cuando escribía cartas personales con el relato de los accidentes de su vida adaptado a la sensibilidad de su corresponsal.

El trasvase de lo epistolar desde la vida a la literatura también funciona en sentido contrario, desde la literatura hacia la vida, pues en muchos de los textos de esta Correspondencia el lector encuentra que Galdós emplea rasgos característicos de sus novelas. Valgan algunos ejemplos: muletillas lingüísticas que caracterizaban a personajes suyos –el «francamente, naturalmente» de don José Ido del Sagrario−, la denominación «Dr. Miquis» en varias cartas escritas al médico Tolosa Latour, el nombre «Salomé» que aplica en ocasiones a la actriz María Guerrero o su propia firma como «Pedro Minio» en varias. Cabe, incluso, la incorporación de destinatarios de cartas –casos de Ramón de Mesonero Romanos o Nicolás Estébanez− como personajes de alguno de sus relatos e, incluso, un corresponsal real –su jardinero Manuel Rubín− sugiere el trasvase hacia el Maximiliano Rubín de Fortunata y Jacinta.

Las Memorias de un desmemoriado (impresas en La Esfera entre 1915 y 1916) y sus cartas de viajes publicadas en periódicos sólo proporcionan un reducido caudal de información biográfica. Ahora bien, basta el censo de los corresponsales de don Benito para poder trazar un perfil de su evolución vital y de las variadas metas que se proponía en sucesivos momentos de su existir. En los inicios de su actividad literaria, la enciclopedia viviente del madrileñismo que era Mesonero Romanos y, según va asentándose en su carrera, incorpora a coetáneos como «Clarín», Pereda o Menéndez Pelayo6, con quienes mantiene sabrosas comunicaciones de contenido literario; el escritor maduro es receptivo con los jóvenes escritores de novelas y ensayos (Francisco Navarro Ledesma, Arturo Reyes, Ramón Pérez de Ayala) y de teatro (los hermanos Álvarez Quintero o Eduardo Marquina), con los autores catalanes (Narciso Oller, Josep Yxart, Félix Sardá, Francisco Miguel y Badía) y con los para él mucho más jóvenes Ángel Ganivet, Joaquín Costa, Rubén Darío o Miguel de Unamuno. Ahora bien, los políticos (el embajador Fernando León y Castillo, Antonio Maura y algunos republicanos), su familia y, singularmente, sus mujeres (Concha Ruth Morell, Lorenza Cobián, Teodosia Gandarias, Concha Catalá ¡y su hija María!) son destinatarios privilegiados de su correspondencia, especialmente en los escritos enviados a las mujeres citadas, que constituyen el grupo más numeroso de las cartas reunidas en este volumen. La abundante correspondencia amorosa funciona como un sabroso eco del vocabulario de los amantes que se exhibe en sus novelas (Gonzalo Sobejano lo estudió con penetración exegética), al tiempo que profundiza en la explicación de lo que es para él el amor7; la correspondencia con hombres públicos recoge resonancias muy sentidas sobre el vivir de los españoles del momento y las cartas a los hombres de letras expande valiosa información sobre su teoría y su telar literario.

La vida cotidiana y las preocupaciones por lo inmediato aparecen con llamativa frecuencia en las cartas en que se leen comentarios sobre su dependencia de los ingresos que le reportan sus derechos de autor, sus aficiones por plantas y flores, la implicación en sus instalaciones domésticas (la casa santanderina especialmente), su dedicación al cultivo de la música en privado, la actividad parlamentaria como diputado liberal en 1886 y, desde 1907, por la conjunción republicano-socialista, la relación con editores e ilustradores gráficos de sus obras (los hermanos Mélida, fundamentalmente), la búsqueda de publicidad crítica (a través de hispanistas como Alfred Morel-Fatio o Boris de Tannenberg) y, por supuesto, las reacciones que sus cartas suscitaban entre las mujeres que amó en el curso de su existencia. Va de suyo que las noticias sobre su estado físico (las abundantes jaquecas, el proceso de sus dificultades de visión), el intenso trabajo de la escritura8, la satisfacción o el descontento que la recepción de sus obras le generaba y, por supuesto, su visión del tiempo histórico y del país en que vivía. La penetración dentro de la almendra de su intimidad se hace patente, incluso, en terreno tan problemático como el de las creencias religiosas. Precisamente en su correspondencia con José María de Pereda a propósito de la tesis ideológica que muchos lectores encontraban en la novela (cartas del año 1877) confiesa al amigo santanderino vivencias muy personales sobre sus creencias. En una carta del 6 de junio de este año afirma Galdós: «En mí está tan arraigada la duda de ciertas cosas que nada me la puede arrancar. Carezco de fe, carezco de ella en absoluto. He procurado poseerme de ella y no lo he podido conseguir. Al principio no me agradaba semejante estado; pero hoy, vamos viviendo». Y en otra muy cercana seguía confesando: «En dos palabras sintetizaré a V. lo que pienso en este triste asunto de la conciencia, y esto lo digo con convicción profunda y verdadera fe, es a saber: el catolicismo es la más perfecta de las religiones positivas, pero ninguna religión positiva, ni aun el catolicismo, satisface el pensamiento ni el corazón del hombre de nuestros días».

Queda, por descontado, hablar de sus lecturas y de los libros que recomienda a las personas de su círculo más íntimo, dibujando «otra biblioteca galdosiana» paralela a la que ha podido restaurarse en la actual Casa-Museo de Las Palmas. Habla mucho más, claro está, de su entendimiento del arte literario y de cómo lo aplicaba en sus creaciones. Explica, por ejemplo, que la poesía no era su terreno más grato: «En mis verdes primaveras jamás me sedujo la poesía ni la versificación. No recuerdo haber tenido ninguna flaqueza versificante. El teatro sí me gustaba, y aun me entusiasmaba» (carta a «Clarín» del 8 de junio de 1888). Como escritor moderno vinculado a la práctica de lo que en su tiempo se llamó realismo, ofrece noticias tan sabrosas como esta comunicación a Manuel Tolosa Latour (27 de febrero de 1897) en los momentos en los que estaba redactando Misericordia: «No ha podido ir a verte porque las mañanas las paso escribiendo en casa y las tardes buscando y observando pobres, por iglesias, casas de los barrios del Sur, Injurias, etc.»

La atracción teatral será una constante en su carrera literaria, en la que alterna y solapa la actitud mimética propia del novelista con la posición diegética que comporta la escritura de piezas dialogadas. En unas ocasiones relaciona ambos planos para deslindar la influencia que el teatro puede ejercer sobre la narrativa; así explica a Narciso Oller que el vigésimo capítulo de La papallona es un fallo constructivo, pues constituye «un resabio del pícaro arte teatral, que hemos mamado con la leche y que se ha aposentado en la médula de nuestros huesos sin que lo podamos echar de nosotros» (carta de 8 de diciembre de 1884). La estimación va matizándose con el paso del tiempo y va haciéndose patente en sus adaptaciones de novelas y Episodios a la escena y, singularmente, en la combinación de carta y diálogo que trazaba en sus dos novelas de 1889 antes aludidas, por lo que no es de extrañar que el 22 de marzo de 1893 confiese a «Clarín» que «eso de que los dramas parezcan novelas, me tiene a mí sin cuidado». Sus piezas dramáticas, su relación con actores y gentes de la farándula, y la etapa en que tuvo que dirigir la programación del madrileño Teatro Español son aportaciones con las que esta Correspondencia se ilumina la historia del moderno teatro en España.

España y los españoles constituyen, en fin, otro rico filón que regala esta edición de cartas galdosianas. La emoción vivida por el Galdós viajero a lugares emblemáticos del paisaje hispano –Toledo a modo de ejemplo− y su concepción de la identidad nacional explica juicios suyos tan rotundos como este incluido en comunicación a Pereda en septiembre de 1878: «No hay que culpar a los madrileños exclusivamente de faltas comunes a toda esta raza española –digo− privilegiada raza española, tan gangrenada en la cabeza como en las extremidades y que tanta pudre tiene en el corazón como en las uñas». Una emotiva visión que se intensifica en sus epístolas de contenido político – especialmente las escritas en las décadas del siglo XX en coincidencia con su actividad parlamentaria− y en las escasas polémicas en que participó como intelectual comprometido en la enredada discusión sobre la «regeneración» que necesitaba el país.

Esta edición de la Correspondencia, además del extenso repertorio de notas complementarias que informan sobre algún aspecto tocado en las cartas, va acompañada de dos útiles índices: uno de destinatarios y otro de nombres de personas y títulos de obras citados en las cartas. Con todo, y a pesar del cuidado que los editores han puesto en su trabajo, se ha deslizado alguna errata en las transcripciones y, como es inevitable, faltan cartas galdosianas de las que tenemos noticia (como las enviadas al abogado Prieto Mesa de las que informaba Ortiz-Armengol) y hubiera sido deseable que se incorporaran todas las cartas a destinatarios particulares que Galdós estimó conveniente hacer públicas en la prensa, como es el caso de la dirigida el 26 de junio de 1901 a José Estrañi (director del periódico santanderino El Cantábrico) referente a la ruidosa acogida de que estaba siendo objeto su drama Electra.

Leonardo Romero Tobar ha sido catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros son La literatura en su historia (Madrid, Arco/Libros, 2006), Dos liberales o Lo que es entenderse. Hablando con Larra (Madrid, Mare Nostrum, 2007), La lira de ébano. Escritos sobre el romanticismo español (Málaga, Universidad de Málaga, 2010), Maestros amigos (Santander, Universidad de Cantabria, 2013) y Goya en las literaturas (Madrid, Marcial Pons, 2016). Es editor de Temas literarios hispánicos (Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2013).

29/05/2017

Compártelo:

Gramsci según Gramsci, y Gramsci según Podemos por Ramón Vargas-Machuca Ortega

                                                           I. El Gramsci histórico

                                                          ¿Biografía o hagiografía?

En 1966, el sello Laterza publicaba por primera vez el libro que origina estos comentarios. Escrito por el periodista Giuseppe Fiori, este retrato biográfico de la figura de Antonio Gramsci tuvo bastante impacto y popularidad en la Italia de aquel momento. De un lado, difundía de manera atractiva el conocimiento de la personalidad del más notable de los fundadores del Partido Comunista Italiano. De otro, alimentaba la polémica abierta entre la ortodoxia comunista y algunos influyentes miembros del partido, como Pietro Ingrao, que reivindicaban el derecho a disentir en una organización tan jerárquica. A comienzos de esa misma década se había producido en el seno del Partido Comunista de España un debate entre el grupo dirigente en torno a Santiago Carrillo, anclado a una visión más arcaica, y quienes postulaban una visión más actualizada de la realidad española. En el caso español, el desenlace de la polémica fue la expulsión de quienes encabezaban dentro del partido la posición renovadora: Fernando Claudín, Jorge Semprún y Javier Pradera. Se explica que la editorial Península publicara entonces el libro de Fiori, que Jordi Solé Tura tradujo al castellano en 1968. La figura de Gramsci evocaba libertad de pensamiento, autenticidad y fortaleza.

Capitán Swing Libros nos ofreció en 2015 una reimpresión de aquel texto después de cincuenta años. A pesar de que la información disponible sobre la vida y obra de Gramsci se ha multiplicado, la única novedad de tan reciente entrega estriba en algún retoque en el título del libro. Del original y aséptico Vida de Antonio Gramsci se ha pasado en la versión actual a un título con más intención: Antonio Gramsci. Vida de un revolucionario. Uno echa en falta una presentación que, además de ubicar al texto en el momento y la circunstancia de su primera publicación, aportara alguna novedad sobre los avatares de cómo ha evolucionado la curiosidad por Gramsci de entonces a hoy. Esta observación no resta méritos a un estimable y bien contado relato que en su día provocó el interés de muchos por la personalidad de aquel sardo practicante, universitario en Turín, impulsor en la ciudad piamontesa del movimiento de los «consejos de fábrica», dirigente comunista y diputado al que Mussolini tuvo encarcelado durante diez años hasta unos meses antes de su muerte.

El libro de Fiori no pretendía ser una biografía intelectual, sino una semblanza de la singular personalidad de Gramsci, un periodista culto como el propio autor del libro. El relato, de agradable lectura, gusta. Capta el carácter y las circunstancias que modelaron a aquel político e intelectual; destaca su sensibilidad e inteligencia, la preocupación permanente por sus familiares y conocidos próximos; subraya la enorme voluntad y fortaleza que mostró desde pequeño ante su imperfección física («quel sardo gobbo»: «ese sardo jorobado», como lo llamaba Mussolini) y, en general, ante la adversidad. El libro refuerza la imagen del hombre público, pero también la de un ser íntimo y retraído: en una palabra, su humanidad. El autor se nutre de la correspondencia y de otros textos de Gramsci disponibles en los años sesenta. El relato adquiere viveza gracias a los testimonios de la familia, sobre todo de su hermano Gennaro, algunos de sus maestros y compañeros de juego, de escuela y de partido.

El libro de Fiori no pretendía ser una biografía intelectual, sino una semblanza de la singular personalidad
de Gramsci

No sabemos si Fiori había filtrado críticamente esos testimonios. Y es que la pregunta por la génesis de las fuentes (los testimonios, por ejemplo), formulada de manera cada vez más sofisticada, sigue siendo consustancial a la buena práctica historiográfica. ¿Acaso la proximidad, la pertenencia a una misma generación o haber estado involucrado en los mismos procesos históricos relevantes determinan la calidad de un testimonio? Por otra parte, y desde que en 1958 se iniciaron la serie de Congresos de Estudios Gramscianos, fue agrandándose la separación entre estudios técnico-académicos (más sensibles a las cautelas epistémicas) y estudios biográficos sobre la figura de Gramsci. Los primeros se centraban en el análisis y alcance de los conceptos básicos que emergían de los manuscritos gramscianos. Los segundos se orientaban a la difusión del personaje, a resaltar sus virtudes y su capacidad de resistencia frente a la soledad y el aislamiento. Años después, esta dicotomía se difuminó debido a la aparición de nuevos escritos, cartas de Gramsci y testimonios de coetáneos aún no revelados cuando se escribió el libro. Toda esta información sobrevenida aporta datos sobre la dimensión personal del dirigente italiano o sobre las relaciones con sus camaradas más próximos, que matizan e incluso desafían en algunos extremos la vigencia del relato biográfico de Fiori elaborado a comienzos de los años sesenta. No obstante, el libro conserva su principal mérito: el predominio en sus páginas de un Gramsci auténtico.

Sin duda, los nuevos hallazgos documentales han completado desde un punto de vista biográfico el conocimiento de su personalidad, en la que resulta difícil separar, por cierto, la figura del hombre público y su faceta más intima. Sin embargo, el tiempo no ha alterado la validez de algunas aportaciones sustanciales sobre el sentido de las categorías más convencionalmente políticas del repertorio gramsciano, que se consolidaron a partir, sobre todo, de la cuidadosa edición crítica de los Cuadernos de la cárcel a cargo de Valentino Gerratana1. Este tuvo en Antonio Santucci a un gran colaborador y continuador, responsable de la edición más completa de las cartas de Gramsci2. La mejor lección que nos legaron estos y otros estudiosos fue el respeto al Gramsci histórico y comprender su vida y obra en contexto, es decir, situarlo dentro del campo de factores que circunscriben el significado y permiten explicar de modo veraz el alcance de su figura.

El interés por Gramsci

El 27 de abril de 1937 moría Antonio Gramsci. Tenía cuarenta y siete años. Las privaciones sufridas durante los casi diez años de cárcel acabaron con la frágil salud del preso político más temido por Mussolini. Despertaba el interés por su figura y la admiración por su resistencia moral. Convertido en símbolo de la lucha antifascista, era presentado en Italia como «el Gramsci de todos». Pero cada uno de los componentes de ese todo esgrimía títulos para reclamar parte de su herencia. En primer lugar estaba su partido, el Partido Comunista Italiano, depositario principal del legado de su dirigente. Años más tarde surge una contestación izquierdista a la interpretación oficial del PCI en un intento de distanciar la figura de Gramsci de las tesis del leninismo práctico y su secretario general, Palmiro Togliatti, compañero de aquél desde los comienzos. Se insistía en que Gramsci propugnaba durante su etapa turinesa «los consejos de fábrica» como forma de «autogobierno de las masas obreras», algo de lo que dan buena cuenta sus artículos en el periódico Ordine Nuovo (1919-1920), fundado por él y otros amigos. Por su parte, los socialistas italianos veían en Gramsci a un continuador singular del socialismo democrático. También los liberales italianos lo consideraban un renovador progresista de la tradición liberal inaugurada en el Risorgimento. Piero Gobetti, el gran humanista y liberal italiano, que lo había tratado en la época de Turín, admiraba en aquel joven periodista y activista político el «fervor moral, escepticismo pesimista e insaciable necesidad de ser sincero». Con motivo de la primera aparición de las cartas de la cárcel de Gramsci, Benedetto Croce comentaba lo siguiente sobre Gramsci: «Como hombre de pensamiento era uno de los nuestros, de aquellos que en los primeros decenios del siglo en Italia se esforzaron en formarse una mente filosófica e histórica adecuada a los problemas del presente»3.

Todas estas circunstancias alentaban la curiosidad por la trayectoria política e intelectual de Gramsci. Ese interés aumentó en la segunda mitad de los años sesenta y tuvo su punto culminante en la década de los setenta. Se multiplicaron las traducciones de sus escritos a los idiomas más influyentes, hasta el punto de que Gramsci era uno de los autores italianos más citados en el campo de las ciencias sociales. Incluso en el singular mundo académico anglosajón se iniciaba un interés por su obra que se ha mantenido, sobre todo en el seno de la influyente escuela de pensamiento de los Cultural Studies y que se extendió a los Estados Unidos, donde aún perdura. Pero en general, el interés público por la figura de Gramsci declina al finalizar la década de los ochenta.

En el caso de España, el impacto de Gramsci se debió principalmente a la labor realizada por Manuel Sacristán, pionero en la introducción del pensamiento del italiano entre nosotros. La memorable Antología (Madrid, Siglo XXI, 1970) de sus escritos, cuyos textos seleccionó, tradujo y escoltó con valiosas notas, facilitó el acceso a los cuadernos y cartas de la cárcel, así como a otros escritos anteriores de Gramsci. Inspirado por Sacristán, y siguiendo sus pasos, prosiguió la tarea Francisco Fernández Buey, el más potente estudioso de Gramsci en España. Este filósofo de origen palentino afincado en Barcelona afrontó con rigor los problemas candentes que ha suscitado la lectura de Gramsci, la aparición de nuevos escritos y el examen del variopinto universo de sus intérpretes. El conjunto de sus trabajos ha sido concluyente a la hora de establecer el sentido y alcance de las categorías gramscianas, su trascendencia en la tradición comunista, la evolución del personaje y el difícil acoplamiento entre dimensión pública e íntima, aspecto crucial para entender no sólo al singular político e intelectual, sino a un hombre tan sensible como fue aquel ilustre sardo4.

¿Por qué Gramsci ha recobrado en los últimos años actualidad en España después de años de olvido? Como en ocasiones anteriores, más pretextos que buenas razones explican el retorno a la evocación del singular intelectual y político del siglo pasado. Hace años, el filósofo argentino Ernesto Laclau, junto a la politóloga Chantal Mouffe, compusieron una versión «posmoderna» de las categorías de Gramsci publicada originariamente en lengua inglesa en 1985 y traducida al castellano dos años después (Hegemonía y socialismo. Hacia una radicalización de la democracia, Madrid, Siglo XXI, 1987) que les sirvió más tarde como recurso para remozar el populismo peronista practicado por el matrimonio Kirchner y dar una apariencia teórica al tosco «socialismo bolivariano». El «Gramsci de Laclau» lo importa Podemos de la mano de Íñigo Errejón, quien no sólo ha conseguido hacer inteligible esa chocante versión, sino convertirla en soporte doctrinal de su formación política y en uno de sus recursos de seducción. Una vez más, la ingente personalidad de Gramsci, no menos que la presunta versatilidad de sus textos, estimulan una enésima resurrección del interés por el político italiano de entreguerras al precio de hacer decir a Gramsci lo que no dice y aparecer como lo que no es. A esta interpretación dedicaremos la segunda parte de este ensayo.

El destino de ser un interpretado

Desde aquel fervor inicial que suscitó la figura de Gramsci tras su muerte cabía sospechar que ser un interpretado, y en muchos casos a piacere, iba a convertirse en el destino de Gramsci y en un coste para su autenticidad. El atractivo de una personalidad ejemplar para muchos suscita interés, impacta y estimula la difusión del relato de su vida y su obra. Pero, aprovechando la denominada «ambigüedad» de Gramsci, no pocas veces se retuerce también el sentido de sus afirmaciones y se instrumentan en direcciones muy dispares categorías centrales del código gramsciano para emplearlas como marco discursivo y pretexto para legitimar una estrategia. Lamentablemente, Gramsci ha sido más interpretado que leído con respeto. En esa larga historia de interpretaciones, el examen de su dimensión real queda contaminado: ha primado el intento de explotar la autoridad moral de su vida, apropiarse de sus ideas y extraer de su obra lo que en ella no hay. Por algo decía Sacristán en la «Advertencia preliminar» de su Antología que «los textos de Gramsci están mejor sin compañía».

Roma, 21 de enero de 1921

Roma, 21 de enero de 1921

¿Cómo rescatar a Gramsci de hagiógrafos y comentaristas dispuestos a utilizar su figura para un roto o para un descosido? Sólo la observancia de elementales cautelas historiográficas previene contra esos estrategas. Para comprenderlo de modo apropiado, hay que atender a las circunstancias de las que emerge su figura y la producción de su obra, a las convenciones propias de una determinada época, a la urdimbre histórico-lingüística que hace inteligibles las complejas intenciones de Gramsci. El alcance de cualquiera de sus textos no se capta si se prescinde de la situación política del momento, significado inmanente al lenguaje normativo, tipo de discusiones al uso, conceptos y vocabulario político disponibles de los que se valía el autor para polemizar sobre algo y dialogar con alguien5. En resumen, el Gramsci histórico se recupera no obviando su condición radical de «pasado ausente», espacio en el que cobra sentido cabal el personaje, sus textos y proyección, sino que solamente respetando su historicidad podremos rastrear con cierta corrección epistémica, integridad intelectual y decencia moral al Gramsci real. De esta manera se desvanece también la ingenua pretensión de hallar en él un menú de recetas para tratar de modo apropiado un presente cuyos rasgos básicos se desconocen. A los textos de Gramsci podría aplicarse aquello de que «con fecha se entienden todos; sin fecha, ninguno».

Recuperar a un clásico

La trayectoria intelectual y política de Gramsci se desarrolla en el período de entreguerras del pasado siglo. Dos rasgos muy relacionados con su quehacer sobresalen en aquel momento crucial: el auge del extremismo, que alienta el lado más enfático de los idearios políticos; y una mayor fusión entre las masas y la política, entre intelectuales y vida pública. En este marco, y desde una situación personal cada vez más difícil, acomete Gramsci un análisis propio de la sociedad civil y el Estado en Occidente, al tiempo que sondea las posibilidades a largo plazo de la realización del socialismo como proyecto. Ha comprendido el calado del fascismo, la dimensión de la derrota de la revolución en Occidente y lo estéril del seguidismo de la III Internacional.

Su personalidad, su saber singular, así como no pocos de sus textos, dejan entrever que en Gramsci conviven elementos contradictorios. De manera intermitente asoman en su trayectoria intelectual, moral y política tensiones entre criterios epistémicos realistas y la influencia del historicismo especulativo de Benedetto Croce, entre libertarismo y estrategia leninista, entre aprecio a sus maestros liberales y lealtad al socialismo marxista, modelo de «vida buena» cuya implantación considera imprescindible para el progreso y la justicia. A mi juicio, todas esas tensiones se resumen en la que existe entre, de un lado, la inspiración originaria de la Ilustración política, de la que trae razón el socialismo como ideal emancipatorio; y, del otro, el sesgo antidemocrático de las organizaciones de masas y de un movimiento comunista internacional sometido a la voluntad de un autócrata como Stalin.

En los últimos años de su vida, aquel dirigente político confinado desde 1926 hasta 1937 da muestras de una conciencia escindida y un fundado temor al fracaso del proyecto al que, sin embargo, se mantuvo fiel hasta el final. Estas sensaciones se traslucen en lo que piensa y escribe; también en los silencios de aquel resistente encarcelado, que sintió siempre la «insaciable necesidad de ser sincero». En él cuenta mucho el impacto que le producen sus dramáticas circunstancias personales. Su reflexión se desarrolla en condiciones muy precarias: dispone de pocos libros y no tiene posibilidades de contrastar empíricamente una información que le produce perplejidad y desconcierto; percibe que sus compañeros más próximos del partido se distancian; además de sentirse aislado políticamente, apenas tiene comunicación con sus seres más queridos. No sólo avanza su enfermedad: también su escepticismo y pesimismo.

Con Gramsci se cierra una forma de ser en el seno del movimiento obrero. Su manera de acoplar honestidad intelectual y fortaleza moral, lucidez racional y sensibilidad, lo proyectan como una persona auténtica y un dirigente político singular. La reflexión de Gramsci fue el último intento de recomposición del marxismo como pensamiento práctico, un intento original, penetrante, ambiguo y, a la postre, no consumado6. Lo que vino después fue el desierto de lo puramente político. El marxismo como programa pervivió mayormente en sus pesadillas.

Tomarse a Gramsci en serio es tratarlo como lo que es: un clásico en el seno de una tradición política y moral determinada. La actitud hacia él y su obra debe ser la que se adopta con los clásicos del pensamiento político: se les tiene en alta consideración no porque abordan los asuntos de siempre, sino por la forma en que lo hacen, porque saben reflejar conceptualmente la almendra de un debate relevante en un momento significativo o para un grupo social de importancia. Esta deferencia no implica organizar la investigación o examen de la actualidad en torno a las hipótesis de Gramsci ni considerar perennes sus aportaciones estratégicas. Un clásico es aquel de cuyo bagaje no podemos prescindir, pero cuyo proyecto ya no cabe aplicar. Sus aportaciones han resultado cruciales para el progreso del conocimiento; en tanto que circunscritas a unas circunstancias y una época, deben ser consideradas, hasta cierto punto, relativas y superadas.

El saber político de Gramsci

La personalidad de Gramsci y su filosofar se transparentan en un estilo intelectual, impronta que se plasma en la forma de su escritura y en sus textos. Buena parte de sus escritos anteriores a la prisión son artículos en prensa, opiniones sobre cuestiones disputadas o de actualidad, intervenciones en las que no suelen faltar reflexiones sobre las raíces históricas de los problemas. Y los Cuadernos de la cárcel son bocetos, borradores incompletos; evidencian una intención de dejar abiertos los asuntos, de volver una y otra vez sobre ellos y establecer un diálogo empático con su interlocutor. No escribe de manera lineal ni sistemática y sus propuestas resultan inconclusas a propósito. En sus Cartas se transparenta su personalidad y es fácil seguir el rastro de sus circunstancias, de manera más señalada las que distinguen los últimos años de su vida: aislamiento en la prisión, agravamiento de la enfermedad y crisis emocional que le produce la relación con las personas más queridas. En resumen, su estilo es congruente con la clase de saber político que practica y denomina con acierto filosofía de la praxis.

La perspectiva epistemológica de Gramsci se inserta en la tradición ilustrada de la modernidad; de manera particular, se inspira en la vena emancipatoria que procede de Marx y promueve una relación inexcusable entre ciencia, moral y política. A su juicio, el conocimiento científico brinda información solvente y necesaria para configurar una conciencia esclarecida y crítica, que promueva una visión en profundidad, comprensiva y de largo alcance. Con ella pretende desvelarse lo que a primera vista no se ve o se oculta adrede, desmontar prejuicios, dogmas que se tienen por verdades e ilusiones que deslumbran y ciegan. A la postre, unos supuestos epistémicamente valiosos ayudan a conformar un buen juicio político que anteceda a la acción. De esta manera, el vínculo entre teoría y práctica aporta recursos para sortear el desorden intelectual o moral y actuar correctamente. Esta idea es la que enfatiza Gramsci con la tan mentada frase de que «la verdad es revolucionaria».

La perspectiva epistemológica de Gramsci promueve una relación inexcusable entre ciencia, moral y política

Por otro lado, el sintagma «filosofía de la praxis» evoca la centralidad de la acción. Para Gramsci no implica sólo la necesidad de tomar decisiones con determinación, sino también con talento, responsabilidad y teniendo como horizonte los principios. Justamente la criba epistémica marca en aquel contexto histórico una diferencia sustancial con Mussolini en el manejo de la indignación popular como combustible del activismo político. Gramsci sentía aversión hacia el verbalismo que sustituye al análisis. El hecho de que compromiso epistémico, moral y político se complementen empuja a caminar en sentido contrario al populismo: filtra los motivos que inducen a la acción política, calibra los procesos que desencadenan y permite evaluar las consecuencias que resultan de todo ello. El realismo epistémico empuja al realismo moral. En este sentido, Gramsci compartiría el criterio kantiano de que se debe lo que se puede.

Pero, en el horizonte moral de Gramsci, los principios cuentan. El de autonomía moral, entendido como capacidad de autorrealización personal, está ya muy presente en el Gramsci más joven. Es también aspiración primigenia del socialismo, horizonte moral que trata de compatibilizar con el logro de la autonomía colectiva, la libertad política. La emancipación y la democracia son inescindibles de la libertad moral de los individuos. En la mente de Gramsci, el desarrollo valioso de estas distintas dimensiones requiere una conciencia lúcida, es decir, conocimiento racional y disposición crítica. En esta dirección, el saber político de Gramsci esboza una suerte de «política de la ciencia» destinada a que el consentimiento de los ciudadanos sea informado y sus decisiones políticas razonables, algo inherente a la buena democracia, tanto en su versión clásica como moderna. «Sentido común ilustrado», denominaba Gramsci a la aspiración de un progreso intelectual de la mayoría que debería resultar de la difusión del «conocimiento elevado», la alta cultura, de una mayor vinculación, decía él, entre homo sapiens y homo faber. De esta manera, los logros de la racionalidad estarían disponibles para los ciudadanos, influirían en sus motivaciones y decisiones, y contribuirían a superar la disociación entre necesidades de las mayorías y los intereses de unos pocos que hasta ahora determinan las prioridades de las políticas científicas y culturales.

Compatibilizar estas aspiraciones produce tensiones. En primer lugar, por la distancia entre lo que se pretende y lo que resulta, entre fines moralmente plausibles y medios tenidos por indispensables que no pocas veces se contraponen a los principios y metas que se pretenden alcanzar. Con la cautela exigida por esa ambivalencia a la que acabamos de aludir, hay que entender el sentido, y también las contradicciones, de dos categorías del repertorio de Gramsci tan recurrentes como polémicas: la de hegemonía e intelectual. En la intención de Grasmci, ambos conceptos no deben configurarse como vías de adoctrinamiento que aseguren una dominación consentida, sino como recursos pedagógicos que capaciten para no engañarnos ni ser engañados, que fomenten un ejercicio informado tanto del autogobierno de los ciudadanos como de la autorrealización personal. Otra cosa es que, analizados los textos de Gramsci, y comprobada la explotación interesada de estos, ese objetivo de ganar autonomía moral recurriendo al ejercicio de la hegemonía se nos antoje un intento imposible o, más bien, un oxímoron7.

Provisto de este acervo de disposiciones epistémicas y morales, Gramsci dio muestras a lo largo de su vida de gran independencia de criterio y de tener un pensamiento propio. Alguien que mira a los hechos de frente no sólo advierte cuándo éstos cambian, sino hasta qué punto esta circunstancia afecta a opiniones, creencias y rutinas que uno venía sosteniendo. No le faltó lucidez, coraje y libertad para modificar las propias posiciones y cargarse de razones y autoridad moral para exigir de los suyos una actitud análoga. Se ha dicho que Gramsci tenía algo de laico y protestante, de «hereje fecundo» que no busca romper, sino recuperar la inspiración originaria que da razón de las tradiciones en que uno se reconoce. A una actitud análoga se refería Eugenio Garin, gran historiador de la filosofía italiana, cuando afirmaba que la herejía es fecunda «si lo es dentro de una ortodoxia».

II. Gramsci en el relato populista

Los fundadores de Podemos han tenido en Gramsci a uno de sus iconos. Aquel formidable resistente del período de entreguerras simbolizaba el estandarte que les mantenía emocionalmente vinculados a lo mejor de la tradición del socialismo marxista. Pero el Gramsci histórico se parece poco a la interpretación de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe que han secundado los diseñadores de este nuevo partido. Se trata de una interpretación ajena a la que en verdad emerge de los textos, la evolución intelectual y la experiencia personal de Gramsci, así como del contexto en que le tocó vivir. Su legado está en las antípodas de los populismos, que son, a su juicio, fábricas de promesas demagógicas que presagiaban un porvenir sombrío.

Mouffe y Laclau emprendieron el estudio de Gramsci desde supuestos teóricos extraídos de diversos caladeros, como la hermenéutica posheideggeriana, la filosofía del lenguaje del segundo Wittgensteinm o el psicoanálisis8. A su juicio, pensadores posepistémicos y posestructuralistas, como Lacan, Foucault o Derrida, entre otros, captaban acertadamente la naturaleza de lo político y la radicalidad de los antagonismos. Tampoco faltaba a la cita Carl Schmitt, al que la izquierda menos liberal, y por supuesto el peronismo, regresa de cuando en cuando.

A partir de esta variada inspiración consideraban agotadas la perspectiva epistemológica y la tradición política de la Ilustración, de las que Gramsci se sentía continuador. Y concluían que proyectos nacidos de aquélla, como liberalismo político y socialismo, eran ya pasado: «Se ha producido el estallido de esa concepción de la inteligibilidad de lo social»9. Parten del supuesto de que el orden social carece de fundamento. Decae la pretensión ilustrada de instaurar un patrón general de objetividad y de justicia cuyas buenas razones habilitan para confirmar o falsar análisis de la realidad, valorar concepciones del mundo o formas de vida. No hay disponibles criterios básicos o principios independientes con los que calibrar la mayor calidad moral de un proyecto frente a otro; ni tampoco hay reglas objetivas que nos permitan determinar el mayor valor epistémico de unas teorías explicativas o refutar otras.

Vivimos −argumentan− en una realidad posfactual. Apelar a datos relevantes para validar una hipótesis o la pertinencia de una propuesta de cambio social representa propósitos inteligibles solamente en el marco del relato particular que los constituye. La comprensión y alcance de los «hechos» se dirime exclusivamente en el interior de ese marco: son lo que significan en un «encuadre definido por un conjunto de significantes». Se descarta la existencia de procedimientos fiables de contrastación empírica e intersubjetiva que confirmen o desmientan la veracidad de un diagnóstico, un pronóstico, y que nos permitan valorar el mayor o menor realismo de unos programas frente a otros. No hay autoridad epistémica o moral que ayude a justificar la preferencia de un orden legal frente a otro o a legitimar los anclajes institucionales de una comunidad política concreta. Se trata, dicen, de un propósito alimentado por la ilusión de domar el azar y recomponer los fragmentos de una realidad inevitablemente escindida y sin fundamento. Lo que resulta de ese propósito son siempre intentos fallidos de mistificar la condición polémica y maniquea de lo político, que se alza como reflejo amplificado e inevitable de antagonismos irreconciliables.

Esa contraposición no revela meros conflictos de intereses sobre los que pueden alcanzarse acuerdos en forma de compromisos, sino conflictos de identidad, por definición innegociables. Decae, pues, el mito de una sociedad reconciliada, capaz de promover consensos incluyentes y reglas básicas que acepten todos. Esta concepción schmittiana de lo político se contrapone al contractualismo que enarbolaron liberales y socialdemócratas tras la segunda posguerra para levantar el Estado del bienestar en suelo europeo. Su virtualidad, sentencian, está ya agotada10.

Desde esos supuestos, la acción política se configura exclusivamente como recurso estratégico para habérselas con la realidad agónica de lo político. En este «campo de Marte», la acción política se despliega como pugna por la hegemonía de un bando frente a otro o, acudiendo al glosario de Gramsci, como una continua «guerra de posiciones». Mientras unos luchan por mantener el statu quo, otros tratan de imponer una hegemonía alternativa para subvertirlo. La hegemonía se configura como capacidad de un grupo de convertir su proyecto particular en interés general, en un nuevo orden moral y cultural, «la construcción de un nosotros con voluntad de poder, una plebs que exige ser el único populus legítimo».

Marx dirigiendo un congreso

Marx dirigiendo un congreso

La hegemonía se crea dotando del significado conveniente a determinados nombres (libertad, democracia, patria, derechos, autogobierno), símbolos o figuras como Gramsci, que tienen capacidad de arrastre y cuyo crédito generalizado los hace portadores de una supuesta legitimidad. Operan como «significantes» en tanto que tienen capacidad de producir múltiples significados; pueden cargarse de un sentido u otro de pendiendo de quiénes sean sus receptores. Esta operación de rellenar esos «significantes» de uno u otro significado no procura congruencia epistémica ni moral, sino eficacia a la hora de acoplar «superficies discursivas mutuamente contradictorias». Su refutabilidad es exclusivamente estratégica11.

En esta «guerra de posiciones», un movimiento clave es el de configurar el propio bando, identificando al adversario como un outsider integral y constitutivo. El «nosotros» se crea delimitando un «ellos» exterior a la comunidad. Para instituir los bandos, los artífices de la maniobra tratan de apoderarse de las palabras y poner nombre al malestar esencial infligido por los «otros». Deciden así el terreno de la disputa y el modo de teatralizar el antagonismo. Estos movimientos son adecuados si al final se impone el relato propio y se controla la agenda pública. Consolidada esta trinchera discursiva, queda expedito el camino para la conquista del Estado, «fortificación más avanzada» que garantiza el dominio, meta de toda política.

La trampa epistémica

La lucha por la hegemonía se sustancia, así, en una espectacular batalla por la construcción de la realidad utilizando estrategias discursivas. La contienda se convierte en disputa por el sentido, un sentido que no está dado: se construye. Evocando a Wittgenstein, sostienen que los usos y juegos del lenguaje hacen posible nuevas formas de vida. Las estructuras discursivas no son entidades meramente cognoscitivas, sino que tienen capacidad de constituir identidades y órdenes sociales cuya naturaleza es puramente relacional. Su «capacidad articulatoria» es tal que, dando a las palabras un sentido u otro, se construyen una posición u otra, un bando u otro. Y advierten que los elementos de estas prácticas no están determinados por realidades sociales que trasciendan la propia lógica discursiva. Se trata de una articulación contingente y pragmática: depende de quienes sean los receptores, cómo se seleccionen y agrupen y, sobre todo, de cómo se contrapongan12.

También la representación simbólica resulta crucial en la batalla por la hegemonía. La matriz simbólica enlaza los distintos antagonismos constitutivos de lo social, tanto para figurar los puntos de ruptura como los de sutura13. De ahí que Podemos haya hecho de esta dimensión uno de los ejes principales de su estrategia de comunicación. A juicio de sus dirigentes, nada hay tan expresivo como los cambios simbólicos a la hora de expresar el cierre de una época y la fundación de un nuevo horizonte.

Sobre estos pilares se aúpa la reinterpretación de Gramsci que han publicitado los dirigentes de Podemos. Para ellos, la filosofía de la praxis se sustancia en prácticas discursivas que reescriben metafóricamente las relaciones sociales: promueven otra forma de comprensión de la realidad; mutan las categorías de los «viejos idearios» en referencias sociológicas muy llanas y simples, como la gente y la casta, lo viejo y lo nuevo, los de arriba y los de abajo. Este saber práctico viene a crear un sentido común alternativo y nuevas posiciones de sujetos colectivos, un bloque histórico plebeyo que moviliza, recluta, organiza, dirige y uniforma a la comunidad política; y la dota de una nueva identidad bajo la divisa de la «unidad popular».

Como puede comprobarse, las pretensiones de esta construcción discursiva no son nimias: lo mismo fabrica conjeturas y diagnósticos concretos que una comprensión de lo real con alto grado de generalidad o proyectos enfáticos de transformación social. Pero elude someter sus productos a procedimientos reconocidos y fiables de contrastación que confirmen o desmientan la mayor o menor plausibilidad de aquellos, decreta la indisponibilidad de reglas y mecanismos institucionales que puedan evaluar el rendimiento práctico (político-moral) de sus propuestas programáticas. Ningún criterio gnoseológico y norma moral externos están facultados para limitar la capacidad dispositiva de dicha construcción discursiva.

El ventajismo de estos supuestos es tan evidente como tramposo. Si se aceptan, no hay modo de tasar racionalmente ni teoría ni práctica; no hay sistema de mediación entre las particulares estructuras comprensivas y la percepción ajena. De esta manera, los puntos de vista y las acciones de uno quedan blindados. Los demás estamos inhabilitados para juzgarlos. Ni siquiera en el asunto concreto que ha motivado estas páginas cabe apelar a elementales pautas historiográficas para calibrar si la aproximación populista a la figura histórica de Gramsci es distorsión interpretativa o no. Autoliberados de toda restricción normativa, quedan en pie alegatos irrefutables, dedicados a una guerra de palabras, al manejo de emociones y símbolos al servicio de cualquier intención, empeño o aventura. Se comienza especulando con el poder performativo del lenguaje y se «destituye» a la epistemología anulando su función normativa. A partir de ahí, la retórica sustituye a la moral; las estrategias discursivas, al derecho; y las imágenes, a las palabras.

Configurado así el terreno de juego, los competidores políticos con opciones de éxito serán quienes manejen con más destreza los nuevos patrones de intersubjetividad y sociabilidad, las nuevas formas de comunicación política; quienes sepan explotar las oportunidades que proporcionan la coyuntura y alguna circunstancia crucial del momento; quienes difundan con un estilo atractivo y de modo creíble su propio relato, ocupen el escenario mediático e impongan su «marco lingüístico».

Con estos triunfos en la mano, los nuevos decisores políticos de orientación populista presumen de entender el mundo y alardean de estar cambiándolo. Pero su impotencia para mejorarlo es similar a la de los demás. La sucia realidad permanece igual, o empeora. Lamentablemente, en todos los bandos va imponiéndose el que es, desde Aristóteles, el mal de la democracia: la intemperancia de los demagogos. Sin información política contrastada, sin principio de justicia independiente, sin deliberación sobre la base de buenas razones para actuar en un sentido o en otro, no hay política sino espectáculo, sectarismo y regresión al dogma.

Hegemonía versus pluralismo y democracia

La hegemonía en la concepción de Laclau es polivalente: sirve para obtener el consentimiento, conquistar el Estado, encumbrar al líder y perpetuar el bonapartismo mediático en que desembocan estos procesos. En la intención populista, no en la de Gramsci, la hegemonía es medio y fin, trayecto y destino. Se desdobla en dos dimensiones: «poder hobbesiano», es decir, control del Estado; y, también, recurso de legitimación en tanto que sus estructuras discursivas y simbólicas tratan de conseguir el consentimiento de la gente. Se busca que una multitud haga suyo el relato impuesto por el hegemon, sea por convicción, conveniencia, comportamiento gregario o temor a los costes de disentir. Esta segunda faceta de la hegemonía ha multiplicado su potencial gracias a la comunicación mediática convertida en recurso estratégico de primer orden. Sirve para reproducir la hegemonía vigente o la alternativa que aspire a sustituirla14. Claro que un recambio sin violencia o coacción sólo está disponible en nuestras imperfectas democracias, único régimen entre los existentes que tiene más o menos activado el repertorio de derechos y libertades, entre ellos el recurso a la protesta, a la contestación del gobierno, así como expectativas institucionalizadas para reemplazarlo. También los recursos de una democracia liberal pueden convertirse en oportunidades para autodestruirse y mutar en otra cosa. Lo analizó hace mucho tiempo el inolvidable Juan José Linz en su magistral trabajo La quiebra de las democracias.

Toda voluntad hegemónica tiene un sesgo vanguardista. En ella hay siempre, si bien en diversas proporciones, una combinación de paternalismo político y perfeccionismo moral. En el populismo, la conquista del Estado para disponer de su capacidad coactiva es la meta. Su perfeccionismo moral (promoción de un modo de vida buena) es un recurso discursivo, cambiante y circunstancial. Se necesita implantar en la sociedad un relato de «vida buena» creíble, deseable e interiorizado como el verdadero interés, la auténtica subjetividad de un «nosotros», el pueblo. Los contenidos o significados, los adversarios y la contraposición dominante varían a conveniencia; sólo permanece el trajín «deconstructivo y reconstructivo». Esta suma de nominalismo, oportunismo y sobreactuación distrae y suaviza el fondo despótico que todo populismo precisa. La hegemonía como estrategia de imposición reeducadora trata de extender y hacer cada vez más creíble en la opinión pública su «historia» al completo; pero su objetivo es conformar una voluntad colectiva tendente a reducir la heterogeneidad en la convicción de que el gregarismo facilita transformar el relato en imbatible.

Las instituciones se comportan de manera funcional al ejercicio de la hegemonía. De ahí que quienes promueven una hegemonía alternativa busquen desmontar las instituciones existentes

A partir de estas premisas, se comprende que el logro de la hegemonía se anteponga a la construcción institucional. Los principios y las reglas se supeditan al logro de la hegemonía. Para el populismo, las instituciones son algo rudamente instrumental; desconfían de la capacidad de mediación de aquéllas y apuestan por una relación directa entre elite y pueblo. La realidad multiforme de lo social −argumentan− no puede ser encapsulada en un sistema de mediaciones regladas cuya parsimonia desactiva la energía de lo social, lo desvitaliza. Cualquier entramado institucional resulta de un ejercicio continuado de imposición dominante: expresa el paralelogramo de fuerzas en una coyuntura determinada. En suma, las instituciones se comportan de manera funcional al ejercicio de la hegemonía. De ahí que quienes promueven una hegemonía alternativa busquen desmontar las instituciones existentes (propensión «destituyente») o, al menos, «tunearlas». Escogerán una vía u otra en función de un cálculo estratégico de costes y beneficios.

Desactivado el sentido originario de las instituciones15, la movilización popular y el plebiscito operan como recursos preferentes de los movimientos populistas. La mentalidad populista ha querido compatibilizar dos modos de entender la participación política, dos modelos organizativos incongruentes entre sí desde el punto de vista de los principios y modi operandi: de un lado, el modelo libertario, al que en su origen trataban de emular los «círculos» de Podemos; y de otro, el modelo vanguardista que practica Iglesias, intérprete aplicado de Lenin a los ojos de Anguita. Sobre esa combinación hay mucho escrito y desde hace tiempo. También se sabe lo que de ahí resulta: caos o vuelta al punto de partida; en todo caso, un líder encumbrado que expresa en su persona la conexión entre vanguardia y base social. En este último escenario, y como remedo de institucionalidad, sólo queda la figura, única e intocable, del líder. Laclau y sus seguidores lo han dejado patente: el populismo encarnado en el discurso del líder unifica las demandas fragmentadas del mundo social; aporta una visibilidad que se convierte en la más poderosa herramienta comunicativa y en catalizador simbólico de articulación. Se constata que lo del liderazgo va en serio y es claro como significante. Otros significantes como el «nosotros», la gente, los de abajo, el «bloque histórico», la democracia, etc. tienen contornos mucho más borrosos e inciertos.

Por lo hasta aquí analizado, se deduce que el pluralismo estorba al ejercicio de una hegemonía que sirve para ahormar y alinear las diversas iniciativas ciudadanas. El diseño hegemónico del proyecto populista estigmatiza la disidencia, síntoma muy expresivo de su desdén por el pluralismo. Aquélla es expresión de lo otro, lo exterior, de un «ellos» dominante frente a un «nosotros» fetén que se configura como pueblo, sujeto colectivo y cuerpo unitario, homogéneo y armonioso. Sobran las instituciones entendidas como recursos disponibles para acomodar las diferencias de una sociedad pluralista, moderar el uso del poder, mantenerlo controlado y repartido gracias a un sistema de reglas. Para los populistas, estas funciones, así como las coaliciones entre partidos diferentes, son una ficción que mistifica una realidad de antagonismos irreductibles; esos dispositivos tratan ilusamente de mediar o lograr acuerdos inclusivos entre intereses inevitablemente contrapuestos y destinados a estar encapsulados en dos grupos compactos, expresivos de un conflicto invencible que polariza a la sociedad.

Hasta anteayer, los ideólogos del nuevo populismo patrio, en comunión con sus mentores, nos daban cuenta de los elementos de verificación de sus hipótesis y referentes empíricos en que se demostraba su rendimiento: «Un estudio prolongado y un aprendizaje sobre el terreno de los procesos latinoamericanos recientes de ruptura popular (y constituyente), conformación de nuevas mayorías nacionalpopulares para el cambio político, acceso al gobierno y guerra de posiciones en el Estado. Procesos en los que intervenciones virtuosas, en momentos de descomposición del orden tradicional, abrían posibilidades inéditas, casi siempre para estupor y malestar de la izquierda. Algunos de los impulsores de la iniciativa hemos reconocido que, sin aquel aprendizaje, Podemos no habría sido posible». Sin embargo, no parece que algunos de esos procesos, ante la evidencia de algunas muy lamentables consecuencias de su aplicación, estén resultando muy edificantes e inciten a emularlos.

A estas alturas, la experiencia y el estudio acumulados sobre toda pretensión hegemónica en el pasado o el presente dejan una lección para no olvidar: esa manera de ahormar las múltiples y complejas determinaciones de lo real acaba siempre ahogando el espacio de la libertad. Sin el reconocimiento del hecho del pluralismo, sin actitudes deferentes con la moral de las instituciones, sin respeto a las reglas acordadas, el poder se hace cada vez más asimétrico y arbitrario, más autoritario y humillante para unos ciudadanos cada vez más vulnerables e inermes, a merced de los que mandan y manipulan.

Toda esta construcción interpretativa que los promotores de este populismo remiten a Antonio Gramsci escenifica una operación tan alambicada como carente de anclaje valioso desde un punto de vista epistémico y moral. Este sofisticado ejercicio discursivo sobre los conceptos del autor de los Cuadernos de la cárcel tiene tales efectos polisémicos que terminan «deconstruyendo» la figura histórica de Grasmci. Resuelven de modo extemporáneo y ajeno a su forma de pensar dilemas tan dramáticamente experimentados por él como los siguientes: entre autonomía moral de las personas y autogobierno colectivo, libertad y socialismo, hegemonía y democracia, complejidad y simplificación, teoría y praxis, razones y emociones. Interpretar a Gramsci desde un prejuicio posmoderno, posfactual y con intención populista supone desconsiderar los supuestos ilustrados de su propuesta de aggiornamento de la tradición marxista, distorsiona el alcance de sus categorías y provoca un maltrato de las ideas de Gramsci hasta hacerlas irreconocibles. Al proceder al vaciado del Grasmci histórico, se obvia cualquier constricción proveniente de sus escritos, intención y contexto. Para el universo conceptual de estos intérpretes, Gramsci opera como uno de sus múltiples «significantes» a instrumentalizar discursiva, emocional y simbólicamente. Se pierde el sentido genuino de su figura y obra, y también se diluye el valor y el alcance de sus propias contradicciones, de su autenticidad.

Ramón Vargas-Machuca Ortega es catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Cádiz. Es autor de El poder moral de la razón. La filosofía de Gramsci (Madrid, Tecnos, 1982) y, con Miguel Ángel Quintanilla, La utopía racional (Madrid, Espasa, 1989).

14/12/2016

1. Antonio Grasmci, Quaderni del carcere, Turín, Einaudi, 1977, 4 volúmenes.
2. Antonio Gramsci, Lettere (1908-1926), Turín, Einaudi, 1992; Lettere dal carcere (1926-1937), Palermo, Sellerio, 1996.
3. Quaderni della critica, núm. 8 (1947), p. 86.
4. Leyendo a Gramsci, Barcelona, El Viejo Topo, 2001.
5. Fernando Vallespín, «Aspectos metodológicos en la Historia de la Teoría Política», en Fernando Vallespín (ed.), Historia de la Teoría Política, I, Madrid, Alianza, 1990, pp. 30-34.
6. Ramón Vargas-Machuca, El poder moral de la razón. La filosofía de Gramsci, Madrid, Tecnos, 1982.
7. Ramón Vargas-Machuca, «Política y cultura en la interpretación gramsciana de la hegemonía», Sistema, núm. 54-55 (1983), pp. 73-91.
8. Chantal Mouffe, The Return of the Political, Londres, Verso, 1993, p. 21 (existe versión española: El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, trad. de Marco Aurelio Galmarini Barcelona, Paidós, 1999).
9. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, Madrid, Siglo XXI, 1987, p. 156.
10. Chantal Mouffe, op. cit, pp. 131-133.
11. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, op. cit., pp. 82-83 y 156.
12. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, op. cit., pp. 100, 120 y 161-162.
13. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, op. cit., pp. 152-154.
14. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, op. cit., pp. 120-125.
15. Hugh Heclo, Pensar institucionalmente, trad. de Albino Santos, Barcelona, Paidós, 2010.
Compártelo:

Ciudadanismo

El ciudadanismo es, hoy, el resultado de un proceso de regeneración de la socialdemocracia y de la izquierda liberal, al que han ido a ampararse los restos del naufragio de la izquierda que fue revolucionaria. Su meta es conseguir una democratización tranquila de la sociedad que no altere ni amenace los planes de acumulación capitalista, que no cuestione los mecanismos de control real sobre la sociedad y que resulte inofensiva para las agendas políticas oficiales. Su filosofía sostiene que el sistema capitalista puede ser más humano y, en nombre de tal posibilidad, encauza y vuelve “razonables” a las facciones conflictivas de la sociedad convirtiéndolas en “movimientos sociales”, ajenos e incluso hostiles a cualquier cosa que evoque la lucha de clases. Esas corrientes de acción colectiva están a cargo de individuos aislados que se unen para luchar pasándoselo bien y a los que, tarde o temprano, se invitará a “participar”, es decir, a ser copartícipes de su propia dominación.
Las ideas contenidas en este libro no pretenden ser una crítica general al ciudadanismo, sino que se limitan a hacer consideraciones sobre cuestiones concretas, como es la manera como reutiliza sin nombrarlos conceptos básicos del reformismo burgués.

Compártelo: