La disciplina del Samurái
La editorial Confluencias publica en su colección ‘Conversaciones‘ un libro con entrevistas a Akira Kurosawa, con textos de Donald Richie, Nagisa Oshima y Gabriel García Márquez.PABLO BUJALANCE
El cine contemporáneo sería algo muy distinto (o tal vez, directamente, no sería) sin la obra de Akira Kurosawa (1910-1998). Y no sólo porque genios del stablishment como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola y Steven Spielberg se reivindiquen como alumnos suyos cada vez que tienen ocasión; también, y más aún, porque si en algún realizador tiene sentido la afirmación de que el cine es un arte constituido a partir de la acumulación (¿Asimilación? ¿Interpretación? ¿Traducción? ¿Composición?) de otras artes, ése es Akira Kurosawa. Sus películas son también la obra de un dibujante y un escritor, y en pocos creadores del siglo XX los límites semánticos de la misma palabra obra pueden llegar a ser tan difusos como cargados de intenciones. Es mucho lo que se ha escrito sobre Kurosawa desde que el director abandonó este mundo, pero si alguien echaba de menos su palabra y su voz ahora puede desquitarse a gusto: la editorial Confluencias acaba de poner en circulación el segundo volumen de su colección Conversaciones, un delicioso librito con entrevistas a Akira Kurosawa facturado en Málaga por el equipo de Carlos Pranger. Bajo el sencillo título Akira Kurosawa, aunque significativamente subtitulado No lo comprendo, no lo comprendo, el volumen presenta tres entrevistas de muy alto calado: las que hicieron a Kurosawa el crítico estadounidense y principal analista y exégeta del cine japonés Donald Richie (1960); el realizador Nagisa Oshima, director de El imperio de los sentidos y Feliz Navidad, Mr. Lawrence (1993); y el Premio Nobel Gabriel García Márquez (1991). La editorial Confluencias contó durante el proceso de composición del libro con el asesoramiento de Donald Richie, quien aportó también el texto introductorio antes de que falleciera en enero del año pasado. En una casualidad fatal, Nagisa Oshima murió el mes siguiente. Así que este libro tiene mucho de orfandad, pero también de celebración exultante de la vida a través del cine legado por un creador único, heredero de una milenaria estirpe de samuráis, como patrimonio artístico del corazón humano.

En el texto de Donald Richie (Un recuerdo personal. Kurosawa y yo), tras unas breves líneas a modo de prólogo, el autor desaparece y deja a Kurosawa el protagonismo en primera persona. El director da cuenta así de las películas más importantes que había realizado hasta entonces: El ángel ebrio (1948), Rashomon (1950), El idiota (1951), Vivir (1952), Los siete samuráis (1954), Trono de sangre (1957), Los bajos fondos (1957), La fortaleza escondida (1958), Los canallas duermen en paz (1960) y Yojimbo (1961, aún entonces en fase de producción). Al hablar de estas películas Kurosawa evoca sus comienzos como ayudante de dirección de Kajiro Yamamoto (“¿Sabe con qué película he disfrutado más? Con Caballos, pero de eso hace mucho tiempo, en 1941. Era una película de Yamamoto y yo era el asistente del director, pero no ha habido otra película en la que pusiera tanto interés. El director es como un gran señor, y el ayudante del director es como un criado enamorado en secreto y sin esperanza de la mujer del director”), lamenta la recepción de sus películas tanto en Oriente como en Occidente (“No he dejado de leer en la prensa extranjera artículos que ofrecen una idea falsa sobre mi obra. Pero, por otra parte, la crítica japonesa sigue y seguirá diciendo lo occidental que soy”), la relación tan difícil como fecunda con el actor Toshiro Mifune, la aceptación del fracaso tras el estreno de El idiota y la dependencia financiera, tan largamente soñada, que logró con la puesta en marcha de su propia productora para Los canallas duermen en paz.

La conversación con Nagasi Oshima mantiene ya el esquema habitual de la entrevista y se realiza cuando el realizador es un autor en plenitud, reconocido como el gran Akira Kurosawa y con Hollywood rendido sus pies. Es la entrevista más extensa, la más jugosa y también, posiblemente, la más honesta por parte del entrevistado. Kurosawa esgrime sus recuerdos de juventud sobre la Segunda Guerra Mundial e Hiroshima, así como las circunstancias que le acompañaron en su trabajo: la censura, su empeño titánico en controlar al hilo todos los procesos incluso con los estudios en su contra, su colaboración con el músico Fumio Hayasaka, la creación de dibujos y bocetos como expresión de las intuiciones que se vertirán en la pantalla, la influencia de referentes literarios como Shakespeare y Balzac, el problema de la ambientación histórica y el futuro del cine japonés.

Gabriel García Márquez aporta la entrevista más breve. El texto acusa un tanto la admiración que el escritor siente hacia el cineasta (y viceversa), pero su interés no es inferior al de los dos anteriores. Tras una aproximación a la distinción entre cine, imagen y realidad, así como a la entonces última película de Kurosawa (Rapsodia en agosto), el diálogo aborda una cuestión que parece preocupar especialmente al director: la amnesia generalizada respecto a las tragedias del siglo XX.

El resultado es la posibilidad de establecer una nueva mirada a un cine, el de Kurosawa, que no es otra cosa que el propio Kurosawa. Así lo dijo el mismo realizador: “Si me retratas y restas mis películas, el resultado es cero”. Por si acaso, en estas tres conversaciones late el hombre. Como en un abrazo.