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Sección : Crítica Literaria

PARTIDOS POLITICOS

El artículo 6 de la Constitución Española recoge que la estructura interna y el funcionamiento de los partidos políticos deberán ser democráticos. Si las formaciones del 75 caminaban con meridiana firmeza sobre este terreno, sus renuevos, con el paso de los años, han ido perdiendo estabilidad. Y los partidos de reciente creación, nacidos, entre otros motivos, por lo que parecía una falta de representatividad grave, han caído en los mismos vicios. Las estructuras organizativas en torno a las que se organiza la política son insatisfactorias, lo que genera más desafección y allana el terreno para que surjan nuevas formaciones que canalicen ese descontento.

La gran recesión de 2007 culminó con la reorganización de los sistemas de partidos en países como Francia, España, Italia o Alemania. Además de un descenso de la calidad de la política, se aprecia una creciente reducción del número de afiliados a los partidos, la decadencia o desaparición de algunas formaciones históricas y el recurso a fórmulas alternativas con estéticas de movimientos sociales o de corte personalista. Esta es la tesis inicial que defienden José Antonio Gómez Yáñez, doctor en Sociología y profesor asociado en la Universidad Carlos III, y Joan Navarro, licenciado en Sociología y vicepresidente de Asuntos Públicos de Llorente y Cuenca, en su obra, Desprivatizar los partidos.

Los partidos políticos no son ajenos a esta realidad, de modo que reaccionan modificando sus modelos organizativos para fortalecer sus liderazgos. Esto, señalan los autores, «aleja las estructuras partidarias de sus afiliados, de sus electores, de los votantes en general, complicando la política y limitando los cauces de participación y de expresión de preferencias». Para los autores, apostar por liderazgos sin contrapesos internos no solo es una regresión democrática, también una operación arriesgada para la propia supervivencia de las formaciones.

El 15-M, que llevó a las calles a miles de indignados de toda España, popularizó aquel grito de ‘¡No nos representan!’ que llegó en forma de susurro a unos representantes que comenzaban a hablar de ‘regeneración democrática’. Con los años, comprobamos que de regeneración, poco; de democrática, quizá menos.

Los partidos celebran primarias como si fuesen el culmen de la creación participativa, cuando, en realidad, son «una manera de arrasar con todos los equilibrios de poder internos, como explica Yáñez, o, simplemente un caos: Podemos, dividido en plataformas; Ciudadanos, envuelto en un escándalo de pucherazo; el PP, escorado a la derecha y con un futuro electoral negro tras la mimetización de su mensaje con el de Vox (recordemos, además, que Casado sumó las fuerzas de todos los perdedores para competir finalmente contra Soraya Sáenz de Santamaría); y el PSOE, con una brecha abierta entre susanistas y sanchistas que no ha cerrado del todo.

«Los partidos del 75 sí representaban a la ciudadanía. Hicieron bien su trabajo, tenían grandes dosis de democracia interna, solo así fue posible el tránsito de una dictadura a una democracia», señala Yáñez. Ahora bien, «aquello fue degenerando por los propios mecanismos de los partidos políticos, que son bastante malos, e impiden a las formaciones reflexionar sobre la sociedad». Estos entes «tienen que albergar órganos ejecutivos, de control y que generen política. Necesitan un entramado donde 100 o 150 personas tengan poder. Esto debe ser invulnerable», explica el sociólogo.

Los partidos políticos españoles, aseguran los autores en el libro, se encuentran «entre los más cerrados de Europa: celebran sus congresos en los plazos más dilatados (cuatro años), sus parlamentos internos (los órganos previstos para controlar a sus órganos de dirección) son ineficaces, las candidaturas a las elecciones y la composición de los órganos internos se deciden por procedimientos de cooptación». Esto explica, al menos en parte, las causas del distanciamiento con el que la ciudadanía vive la participación política.

Para Joan Navarro, es imposible desligar la democracia de los partidos políticos; sin embargo, defiende, no le damos importancia «a lo que ocurre dentro de ellos porque la visión que tenemos es de que esto es una asociación privada. Nos importa lo que propone el partido, quién es el líder, quiénes los diputados, pero no lo que pasa en su seno. Sin embargo, son los partidos los que agregan las preferencias individuales a partir de sus ofertas electorales, los que preseleccionan y forman a los cargos públicos, etc. Por tanto, de ellos depende tanto el sufragio pasivo como el activo, dos pilares básicos de la Constitución. Además, solo alrededor de ellos es posible desarrollar el derecho de participación efectiva de los ciudadanos en la política», explica el vicepresidente de Asuntos Públicos Llorente y Cuenca.

¿Soluciones?

Los partidos políticos no deberían operar como instituciones privadas. Como sugiere el título del libro, para un mejor funcionamiento de las formaciones, lo apropiado es desprivatizarlos. Los partidos, que también se financian con dinero público, deben guarecerse bajo una legislación que equilibre el poder interno, controlando y abriendo cauces para que la ciudadanía «concurra eficazmente con ellos a la tarea constitucional de ser articuladores de la formación de la voluntad popular», explican los autores en la obra.

Entre las medidas propuestas por Yáñez y Navarro, se encuentran las siguientes: democratización de la organización y el funcionamiento interno de los partidos políticos, donde los estatutos establezcan congresos cada dos años para elegir cargos directivos y reuniones de los órganos de control de las direcciones y los parlamentos internos cada cuatro mese; dotar de mayor capacidad de participación de los afiliados mediante ‘elecciones internas directas’ para cargos internos; incrementar el control eficaz del funcionamiento de los partidos y la protección de los derechos de afiliados y ciudadanos; impulsar la transparencia mediante la apertura de datos; considerar los programas electorales como ‘contratos con la ciudadanía, con rendición de cuentas periódica; reconocer la libertad de conciencia de los representantes; y, entre otros punto, limitar a cuatro años los mandatos de los encargados de las cuentas de los partidos.

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EL LARGO CAMINO DE LA RENOVACION

¿Quién es (era) Stuart Hall? Sería difícil hacerse una idea si se buscan referencias en los medios españoles más allá de los escasos obituarios a su muerte, el 10 de febrero de 2014, a los 82 años. Bastaría con decir que el sociólogo de origen jamaicano, nacido en 1932, fue uno de los impulsores de los estudios culturales en el Reino Unido, y uno de los fundadores de la New Left Review, la publicación que desde los sesenta recoge a los principales pensadores de la nueva izquierda europea que le da nombre. Pero fue también uno de los responsables de imbricar la teoría marxista aplicada al análisis cultural con las luchas feministas y de las personas racializadas.

En España, sin embargo, no se publicada ninguna obra suya desde 1970, cuando Anagrama editó Los hippies: una contracultura. Y ahora Lengua de Trapo, en su nueva etapa, lanza El largo camino de la renovación. El thatcherismo y la crisis de la izquierda, una colección de ensayos en la que analiza cómo la Dama de Hierro utilizó los puntos flacos de la socialdemocracia para, explica el sello, “levantar una ideología populista-autoritaria y crear una nueva hegemonía“. Los textos abarcan desde los disturbios en las ciudades hasta la Guerra de las Malvinas. “Hemos elegido este volumen en particular”, dicen los editores, “por su potencial para explicar el momento de rearme del pensamiento conservador y neoliberal que vivimos en nuestro país”.

En los días posteriores a los disturbios de Tottenham, si querías captar durante horas la atención de cualquier periodista, bastaba con tratar asuntos tan esenciales como la localización exacta de las pasarelas en el Broadwater Farm Estate, quién fue realmente el que difundió primero la noticia de que Cynthia Jarrett había muerto, o cuál es el precio exacto en la calle de la cocaína tras la que iba la policía cuando empezó a cercar la zona hace unas semanas. Pero nadie mostró el más mínimo interés por conocer el contexto social y político.
Solo llegaron a plantearse algunas cuestiones más amplias varios días después de que volviera la calma. Para entonces, sin embargo, ya se había asentado firmemente la visión dominante de los disturbios. En lo que toca al gobierno, el asunto redundó en su beneficio en cuanto fue asimilado como una cuestión relativa a la ley y el orden. Al igual que con la huelga minera, en cuanto prevalece la perspectiva de la-ley-y-el-orden, el resto de cuestiones más complejas se debilitan hasta la insignificancia. A cualquiera que las plantea se le coloca el sambenito de ser un «buenista ingenuo» o, peor, un secreto simpatizante de la violencia. Todo se concentra en una pregunta en blanco y negro: «¿quién infringió la ley?».

Detrás de esa pancarta se reúnen los justos y los moralistas. Bajo ese lema, se anuncia el recrudecimiento: la fuerza ya puede salir a relucir legítimamente. Los representantes de la Policía Metropolitana y los jefes de policía regionales pueden asustarse entre ellos y asustar a los espectadores aireando sus fantasías privadas por televisión. Los carros lanza-agua y las pelotas de goma han podido incorporarse silenciosamente al repertorio habitual de la vigilancia policial. Podemos oír en la radio y ver en televisión a personas inteligentes como Sir Kenneth Newman convenciéndose a sí mismas de que esa es una respuesta adecuada al problema del malestar social en las ciudades británicas.

Puede que durante unas pocas horas la policía no supiera cómo reaccionar en Tottenham. Pero en el país en su conjunto, donde estos problemas están ya instalados de una forma u otra, el gobierno, la derecha y la causa del racismo han ganado por goleada. Otra lucida victoria.

Los medios, conscientemente o no, han jugado un papel esencial a la hora de garantizar esa victoria. Los días posteriores a los sucesos de Brixton y Tottenham, me contactaron distintos periodistas para decirme: «Por supuesto que hay desempleo, pero todo eso ya lo hemos oído antes. Tiene que haber otras razones». Nadie puede vencer la infatigable ignorancia de los medios cuando van en busca de novedades. Incluso los periodistas serios parecen presa fácil de la ilusión de que porque hayan aparecido una o dos veces en portada noticias sobre las causas sociales y económicas subyacentes de la tensión en las ciudades del interior, se puede decir que se ha hecho algo al respecto.

Parece entonces que es una simpleza decir que, ya que en realidad no se ha hecho nada en absoluto –de hecho, las cosas han ido a peor, no al revés, desde que la reticente mirada periodística apuntó en esa dirección–, la posibilidad de una explosión es más próxima en lugar de hacerse más remota.

Repito el juicio sumario que he hecho más arriba. La derecha, en un sentido amplio, ganó en Tottenham, independientemente de las victorias simbólicas que la gente crea que se consiguieron por la noche. Y con «derecha» me refiero, específicamente, al gobierno presidido por Margaret Thatcher y su equipo de toque popular; a las fuerzas dentro de la policía (y no toda la policía, por cierto) desencadenadas por las políticas y el tono de ese gobierno, impulsadas por un puñado de simplificaciones racistas simples y ciegas, que llevaban esperando desde el informe Scarman2 a tener otra vez su oportunidad; a los silenciosos –y no tan silenciosos– ocupantes de los bancos traseros de los torys que han aprovechado todas y cada una de las ocasiones que han tenido en los últimos años para dirigir a sus electores hacia posturas más abiertamente antinegros y a favor de la repatriación; al núcleo duro de los racistas callejeros, que han estado abriéndose camino como gusanos por las grietas y fisuras de una estructura social que se desintegraba rápidamente, y a las reservas latentes de xenofobia inglesista que el thatcherismo ha estado espoleando y alentando desde la guerra de las Malvinas.

Esta coalición, o formación, compleja, es el núcleo social del racismo en el país. Y lejos de haber estado escondido bajo tierra hasta las últimas semanas, ha venido experimentando un aumento de popularidad y un crecimiento de su alcance estable e implacable durante todo el gobierno de Thatcher. Independientemente de que Thatcher y sus colegas lo quieran reconocer como propio, se trata del rostro inaceptable del thatcherismo y una parte tan central de sus valores y el clima y la influencia que ejercen sobre el país como los filetes de ternera con zanahoria, o lo que sea que se coma ahora los domingos en Finchley. En el único sentido en que importa –el sentido político–, el thatcherismo provocó los disturbios; tan claramente como produjo los altercados de los skinheads en las gradas de fútbol hace unos meses, ansiando dar su merecido a los italianos igual que la flota ansiaba dar su merecido a los argentinos. Todos envueltos hasta la cabeza en la bandera británica.

Lo digo de esta forma cruda y simple porque, incluso entre los comentaristas negros, la tendencia ha sido la de señalar a la policía antes que a sus jefes políticos. Ruego no se me malinterprete. Existe la policía racista. En ciudades del interior, a pesar del Informe Scarman y de la policía comunitaria, poco a poco se ha convertido en lo más habitual. Cualquier hombre o mujer negra al que se vea cerca de un policía, sea cual sea la razón, se lo ve inmediatamente como alguien bajo sospecha, y como alguien que probablemente va a estar en problemas, por no decir que será víctima del abuso policial, antes de ser puesto en libertad.

Apenas importa que él o ella sea, de hecho, una de tantas personas interceptadas e interrogadas por el simple hecho de que, siendo negros, tienen que ser sospechosos de algo. Podrían estar simplemente preguntando, o, lo que parece impensable, denunciando un crimen o tratando en vano de convencer a la policía de que haga algo al respecto. No importa. Un incidente de ese tipo será interpretado inmediatamente por la comunidad negra como un problema, porque problemas de ese tipo son ahora la norma; la habitual y rutinaria experiencia del control policial cada día y cada noche en los barrios negros.

La pura verdad es que, en las comunidades negras, ahora mismo el control policial está fuera de servicio. El hecho de que un ejemplo de negligencia ocasional en una parte de Londres desencadenara una revuelta no parece que en ninguna medida haya hecho que la policía –aunque fuera mirando por su propio interés– se haya comportado de una forma más prudente en otras partes de la ciudad durante la semana siguiente. La ética policial en estas zonas se ha vuelto impenetrable, impermeable a cualquier influencia exterior. Parece que han olvidado que existen otras formas de entrar en la casa de una persona negra que no pasan por echar la puerta abajo.

Aislados de la realidad por todo el clima de la-ley-y-el-orden, con el aumento considerable de su poder, con un Ministerio del Interior a su servicio que justifica cada movimiento que hacen, con un ritmo y unos objetivos de trabajo impuestos por los jefes de la policía regional más matones y justicieros, sencillamente se han pasado de la raya; son fanáticos. Cada uno de sus movimientos se empapa en las aguas efímeras de la adulación servil de la Primera Ministra. Se han convertido, como muchos previmos hace diez años, en los chicos de Thatcher: la vanguardia de la crisis en las ciudades británicas.
Cualquier periodista que busque un relato de los disturbios podría dedicarse provechosamente a recomponer el patrón de qué es exactamente lo que, en las últimas semanas, hizo que uno de tantos actos policiales racistas fortuitos prendiera los materiales inflamables que se acumulaban en nuestras ciudades del interior.

Por lo tanto, no hay duda del lugar central que ocupa en todo este relato el historial terrorífico y aún sin concluir de las acciones policiales racistas. Pero desde mi punto de vista, la culpa de que los disturbios se hayan extendido rápidamente por las ciudades del interior en los últimos meses no puede ser única y exclusivamente de la policía.

Lo cierto es que Inglaterra tiene una historia larga y distinguida de revueltas rurales y urbanas. Y esa historia sigue un patrón inconfundible. Ocurre entre un sector de la población excluido de la vida política, económica y cultural de la sociedad. Es el resultado de un periodo largo y penoso de creciente pobreza y abandono, hasta que la gente empieza a sentirse como si fueran invisibles para la sociedad en su conjunto: viviendo en la espalda del mundo.

Cuando se aprietan las tuercas, se sueltan los frágiles lazos que unen débilmente a esas comunidades con la sociedad dominante. Aquellos que no tienen interés para la sociedad, no le deben nada a esta. Lo único que pueden perder es su pobreza y su exclusión. En ese momento, los disturbios ya han comenzado aunque nadie haya lanzado todavía ningún ladrillo; ya está a punto la fuerza que crea revueltas y disturbios, la explosión espontánea de ira, enfado y frustración que fluye imparable como la lava cuando todo comienza. Nadie, ni el mejor historiador, analista social o comisario general de policía, puede predecir exactamente qué acontecimiento concreto desencadenará esa explosión. Pero el hecho es que, un día o una noche, algo –importante o trivial–, pondrá en marcha el proceso con la inevitabilidad con que la noche sigue al día.

Esa es la posición a la que los desposeídos, que se acumulan en las grietas de la recuperación del Ministro de Hacienda, Nigel Lawson, han sido arrastrados sin remordimientos durante los últimos años. Siempre han sido pobres y desfavorecidos. Pero ahora, en la Inglaterra de Thatcher, que sean pobres, es lo correcto y apropiado, porque, si no, ¿de qué otra forma van a endurecer su fibra moral, adquirir autosuficiencia, dejar de apoyarse en el estado del bienestar, subirse a la bici y bajarse de la lista de parados de Norman Tebbitt, «hacer que Inglaterra vuelva al trabajo» o «emprender un pequeño negocio»?

Miles de esas personas a lo largo y ancho del país no han tenido un trabajo de ningún tipo, ni lo tendrán en los próximos cinco años. ¿Qué interés, me pregunto, se supone que pueden tener en el país, que les haga sentirse atados a sus leyes y costumbres o percibir estas como irrompibles? Muchos de ellos son jóvenes, y ya que el trabajo duro ha sido durante años la disciplina de las clases trabajadoras, no es difícil imaginar por qué su compromiso con la «Inglaterra obrera» es tan débil. Cuando Inglaterra haga algo por ellos, se les podrá convencer de que hagan algo por Inglaterra. Hasta entonces…

Y, en la parte baja de este montón, están los negros. Los desposeídos, los excluidos, la «brecha de lo ajeno» de Thatcher. He aquí la receta de Norman Tebbit para poder dar un empujón a esa brecha con el otro: cortar cualquier gasto del gobierno que sustente a las ciudades del interior y destruir las frágiles asociaciones y actividades que proveían a estas zonas de una débil posibilidad de actividad autónoma; castigar a las autoridades locales que podrían ser presionadas para que hicieran algo y matar de hambre a sus redes de apoyo material mediante la limitación del gasto. Después, ampliar los poderes de la policía, situándolos virtualmente como una fuente alternativa de autoridad moral y social en esas zonas, y empezar a penetrar en la comunidad, en las casas de la gente, en una persecución implacable de los criminales

En la situación actual ya no es posible luchar contra el racismo, en la medida en que tiene su propia dinámica social autónoma, situada entre la gente blanca y la policía de un lado, y los negros del otro. El problema del racismo emana de todas y cada una de las decisiones políticas que se han tomado en Inglaterra desde que surgió la nueva derecha.

Los propios negros han intentado aislar a veces el asunto de la raza de cuestiones más amplias de la política social británica; como si la gente negra no tuviera nada que ver con los impuestos, la limitación del gasto público, el monetarismo y el factor Malvinas hasta que afecta directamente a las comunidades negras. Si alguna vez existió esta separación, hace mucho que desapareció. En Policing the Crisis, un libro que escribimos algunos de nosotros cuando el thatcherismo no era más que un resplandor diminuto en el ojo de Sir Keith Joseph, defendimos que la raza estaba profunda e íntimamente interconectada con todas las facetas de una crisis social británica que incluía a todos; y que ya no era posible que los negros tuvieran una estrategia política vinculada a la dimensión de ese proceso que les afectaba sin tener también una política para la sociedad como un todo. Este argumento ha adoptado una fuerza inconmensurable a lo largo de los años. Los disturbios de 1985 lo han colocado directamente delante de cada puerta.

Sigue siendo extraordinariamente difícil pronosticar las formas exactas en que se dará la respuesta política negra. Pero me parece innegable que la crisis de Tottenham es ahora también una crisis de y para los políticos negros. Mantener la fe en aquellos que, atenazados por una opresión incesante, resisten espontáneamente, acabará mereciendo la pena. Pero no es suficiente cuando amanece al día siguiente, porque lo único que eso significa es que, tarde o temprano, las tropas al frente de la lucha, con sus armas superiores y sus respuestas sofisticadas, acorralarán en una noche oscura a algunos de nuestros jóvenes en algún punto de una de esas pasarelas peatonales y se vengarán de lo ocurrido en Tottenham.

Desde mi punto de vista, nunca ha sido tan urgente la necesidad de una respuesta política negra radical y minuciosa como ahora, cuando empieza el contragolpe por los sucesos de Broadwater Farm Estate y la maquinaria de la-ley-y-el-orden vuelve a estar a punto.


1. El título original, «Cold Comfort Farm», hace referencia a Broadwater Farm, un área de Tottenham, en Londres Norte, que incluye un complejo residencial, el Broadwater Farm Estate, inspirado en las viviendas sociales de Le Corbusier y construido en 1967, con una planta baja no residencial (por los riesgos de inundación por la crecida del río Moselle) y un sistema de pasarelas que unen los distintos bloques de edificios a la altura de la primera planta. Durante los años 70, la crisis azotó con especial dureza a esta zona y el Broadwater Farm Estate pasó a ser conocido por sus índices de criminalidad, por lo que se propuso en varias ocasiones su demolición, provocando una abierta y continuada confrontación entre los residentes y las autoridades. Desde 1981 hubo distintos intentos de rehabilitar la zona, todos ellos baldíos. El 5 de octubre de 1985, la ciudadana afrocaribeña Cynthia Jarrett murió de un ataque al corazón durante un registro policial en su domicilio; al día siguiente, se convocó una manifestación a la puerta de la oficina de policía de Tottenham que derivó en una noche de enfrentamientos entre los manifestantes y la policía, y que se sumaba a los disturbios de la semana anterior en Brixton tras la muerte de otra mujer negra por un disparo durante otro registro policial. (Nota del t.)
2. Tras los anteriores disturbios en Brixton, que se extendieron durante tres días de abril de 1981, el Ministro del Interior encargó al juez Leslie Scarman un informe sobre la actividad policial, publicado en noviembre de ese año, en la que señaló un uso desproporcionado e indiscriminado de la fuerza policial contra la población negra y la interrelación entre los factores económicos y las protestas violentas. Como consecuencia última de este informe, en 1984 se promulgó una ley para regular los códigos de conducta de la policía y limitar los abusos. (Nota del t.)
publicado en INFOLIBRE
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Galdós un genio generoso y poderoso

Un genio generoso y poderoso

ALMUDENA GRANDES  |  FIRMA INVITADA · MERCURIO 203 – 

© Astromujoff

© ASTROMUJOFF

Habría merecido nacer en otro país.En la primera sesión celebrada tras la victoria de Franco en la Guerra Civil, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria acordó solicitar al Registro Civil que eliminara la inscripción del nacimiento de Benito Pérez Galdós en la página correspondiente al 10 de mayo de 1843. Así, el único escritor que podría competir con Cervantes por el título de gran novelista español de todos los tiempos entró en el limbo de la inexistencia oficial.

Es difícil concebir una venganza peor.

En noviembre de 1960, Luis Cernuda escribió dos poemas que reunió después en uno solo bajo el título de “Díptico español”. El poeta, que había abandonado México —donde se sentía “tranquilo, feliz”— para instalarse en los Estados Unidos —donde la existencia le resultó insoportable—, meditó en la soledad del exilio sobre su condición de español. En el primer poema del “Díptico”, titulado “Es lástima que fuera mi tierra”, se describe como “un español sin ganas / que vive como puede bien lejos de su tierra / sin pesar ni nostalgia”. Pero en el segundo, titulado “Bien está que fuera tu tierra”, reconoce que existe una España que aún le resulta “querida y necesaria”. Es el país que Galdós, “su amigo”, le regaló en sus libros. “La real para ti no es esa España obscena y deprimente / en la que regentea hoy la canalla / sino esta España viva y siempre noble / que Galdós en sus libros ha creado. / De aquélla nos consuela y cura ésta”.

Es imposible concebir un homenaje mejor.

En 2018 celebramos el 175 aniversario del nacimiento que no logró borrar el odio de un Ayuntamiento franquista. Es un buen momento para advertir que Galdós, que amó y detestó este país hasta el punto de consagrar toda su obra a la ingrata labor de comprenderlo, no mereció nacer en España. Esta árida estepa no merece al hombre a quien Cernuda describió como un “genio generoso y poderoso” para que, durante décadas, en la que por desgracia seguía siendo la tierra de ambos, su obra fuera ignorada, despreciada, objeto de chascarrillos infames o motivo de bromas sin gracia en reuniones de tantos escritores objetivamente mediocres. En la posteridad, Galdós compartió la amarga suerte de los exiliados republicanos, el triste destino de su propio país.

En 1968, cuando Max Aub, que ya había escrito una espléndida hexalogía sobre la Guerra Civil, El laberinto mágico, adoptando el modelo de los Episodios Nacionales,preguntó a Luis Buñuel por sus influencias, éste respondió que “la de Galdós es la única influencia que yo reconocería, así en general, sobre mí”. Y Cernuda, Aub, Buñuel, no fueron los únicos. Alberti y León, al establecerse como editores en Argentina, inauguraron su catálogo con Galdós. Jorge Guillén escribió en una carta a su amigo Rodolfo Cardona que le parecía muy injusto lo de Don Benito el Garbancero, primero por Galdós, y luego por los garbanzos, con lo ricos que están. Pero ni siquiera el prestigio de los poetas del 27, del cine de Buñuel, de la figura de Aub, ha sido bastante para destruir el anatema que pesa sobre la obra de Galdós en el ámbito literario español.

O quizás sí, porque aquí estoy yo, escribiendo estas palabras. Yo sé, tal vez mejor que nadie, la extraordinaria proeza que representa crear en el último tercio del siglo xix un formato narrativo que sigue siendo perfectamente transitable en el primer tercio del
siglo xxi. Esa hazaña bastaría para asegurar la inmortal grandeza de un escritor que habría merecido nacer en otro país pero, por fortuna para mí y tantos otros lectores, vino a nacer en España.

Bien está, pues, que esta fuera su tierra.

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Galdos y la revista Isidora

 Un nuevo número de la Revista Isidora de Estudios Galdosianos que dirige la profesora Rosa Amor del Olmo, que va a colaborar con EL COLECTIVO ROUSSEAU en unas conferencias en la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial,  ha visto la luz recientemente. Como es habitual, en sus páginas encontramos ensayos de gran interés y calidad, escritos por especialistas en la figura y la obra de Benito Pérez Galdós, así como por autores que abordan la obra y la influencia del célebre autor canario desde ángulos muy diferentes y todos ellos atractivos.

Un deleite para quienes deseen profundizar o simplemente conocer mejor el significado y las claves de la producción literaria y del pensamiento de Galdós. Un escritor al que muchas voces consideran el autor más relevante de nuestras letras después de Cervantes.

Firmas de prestigio están presentes en el sumario de este nº 34 de la Revista Isidora. En primer lugar, el historiador y profesor Dr. Francisco Cánovas compone un ‘Retrato de la sociedad madrileña en las obras de Benito Pérez Galdós‘ a través del cual, podremos realizar un fascinante viaje en el tiempo. Asimismo, el profesor de Historia de la Filosofía Antonio Chazarra propone en su ensayo ‘Que España despierte y adquiera conciencia de sí misma’. Un texto donde el profesor Chazarra reivindica al emblemático escritor canario, porque ‘Digan lo que digan los agoreros, Benito Pérez Galdós sigue interesando y mucho’.

Por otra parte, el profesor de Lengua y Literatura en la Université d´Angers Daniel Gautier contribuye a este nuevo número con una ‘Introducción a Itinerario de un hombre honrado según Galdós’. El tema elegido por Benito Madariaga de Campa, Cronista oficial de Santander y Correspondiente de la Real Academia de Doctores de Madrid, para colaborar en esta ocasión en Isidora, ha sido ‘La Biblioteca de José María de Pereda’ y Domingo César de Ayala de la Universidad de Jaén analiza en estas páginas ‘La construcción ficticia de un personaje real. El ejemplo del Marqués del Duero en las obras galdosianas’. Tres magníficos ensayos que nos aportan nuevas visiones a tener muy en cuenta sobre Galdós y su obra.

Junto a los citados, podemos sumergirnos en otros trabajos hasta completar los 10 ensayos que contiene este número 34 de la Revista Isidora.

Cristina Guillén Arnaiz de la Universidad Autónoma de Barcelona aporta a este elenco un ensayo con un título largo pero muy sugerente: ‘La gata doméstica y la gallina clueca: maternidad social y maternidad natural en Fortunata y Jacinta’. Extenso es también el título del original y riguroso trabajo de Juana Coronado Gómez González de la Universidad Complutense de Madrid: ‘Estudio de las aportaciones del guion de la película Tormento (1974) de Pedro Olea, a los planteamientos de la novela homónima de Benito Pérez Galdós’.

Por otro lado, el Psicoanalista y profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid Félix Recio publica en este nuevo número un espléndido ensayo sobre ‘La mujer y lo real del goce en algunos personajes de Pérez Galdós’. Para Félix Recio ‘Una forma de abordar las novelas de Galdós desde el psicoanálisis, puede ser a través de los tres registros lacanianos: lo simbólico, lo imaginario y lo real…’

Un tema siempre polémico es el que trata el artista multidisciplinar y Doctor en Bellas Artes Teo Mesa, como es ‘El premio Nobel de literatura negado a don Benito Pérez Galdós’. Premio Nobel de Literatura que las intrigas de los sectores más reaccionarios y conservadores de aquel momento obstaculizaron, en favor de un Echegaray cuyos merecimientos literarios no podían compararse, ni entonces ni ahora, con la obra desarrollada por Galdós.

Por último, podemos adentrarnos en un excelente ensayo de Rosa Amor del Olmo, directora de la revista y profesora de la Universidad Antonio de Nebrija, UFV y UNIR, que cierra el sumario de este número 34: ‘El manuscrito de alma y vida, Pastorela y Metateatro’.

En definitiva, quienes se acerquen a las casi 300 páginas de este nuevo número de la Revista Isidora encontrarán, sin duda, espléndidos y muy interesantes trabajos sobre el universo Galdós que no les defraudarán. Una Revista que en palabras de su directora, Rosa Amor, hoy quiere llegar ‘a ese lector culto, entendido que sabe y que quiere saber, a la gente normal, al compañero, al estudiante,…’ Un proyecto que, por su contribución a la divulgación de la obra de Galdós, merece la atención del público lector y también el apoyo de las instituciones para seguir haciendo posible esta publicación de referencia.

Francisco Castañón

 

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Largo proceso, amargo sueño

El libro de Jordi Amat surge de la certeza de que el concepto de Cataluña ha cambiado tras la erupción del soberanismo

Largo proceso, amargo sueño

Jordi Amat ha dedicado buena parte de su trabajo a las relaciones culturales entre Cataluña y España –la simplificación onomástica es obligada- desde un precoz pero muy importante libro sobre los Congresos de Poesía que, a comienzos de los años cincuenta, organizó el empeñoso equipo ministerial de Joaquín Ruiz-Giménez. Es un profesional independiente pero de sólida formación académica (ha trabajado en la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona y es discípulo de Jordi Gracia), en quien, con notoria precocidad, se ha perfilado una manera personal de indagar: sus textos incluyen la historia de su propia investigación y su método de trabajo se ha hecho un estilo. Se siente heredero de otros historiadores independientes, como Josep Benet (de quien prepara una biografía) o Albert Manent, recientemente desaparecidos; su técnica consiste en leerlo todo, ambientarlo vívidamente, tener el lápiz a punto para subrayar síntomas o cristalizaciones de sentido y luego, hablarlo largamente con los interesados. De ahí dimana la explícita implicación personal que es tan imperativa en este libro, El llarg procés. Cultura i política a la Catalunya contemporània (1937-2014).

Este trabajo, como muchos de los suyos, tuvo su origen en un artículo periodístico y maduró como libro al revelarse un camino transitable. Surgió de una colaboración en La VanguardiaMatar al Cobi, cuando Amat tuvo la certeza de que la erupción del soberanismo significaba el final de un concepto de Cataluña, marcado por la alcaldía de Pasqual Maragall y por la Barcelona triunfal, cosmopolita y esnob de 1992. La urgencia de organizarlo como libro sobrevino cuando contempló los vídeos que siguieron a la Diada de 2012, en que un selecto grupo de universitarios e intelectuales catalanes flanqueaba a un político ambicioso y marrullero, Artur Mas, que regresaba con las manos vacías de Madrid y entregaba la gestión de la franquicia del soberanismo a dos “fuerzas cívicas” de orígenes distintos y programas elementales: la novedosa Assemblea Nacional Catalana y el veterano Òmnium Cultural, aquel que por tantos años los catalanistas de izquierda habían llamado “el Mòmium”. “Ara és l’hora”, se dijo, y nadie sabía muy bien de qué, pero los nacionalismos siempre tienden a la certeza anestésica de las tautologías. Y seguramente tampoco importaba mucho a los recién desembarcados en el carrusel de manifestaciones y banderas, ni a los que sintieron sus esperanzas intelectuales redimidas por la sensación de actuar (la “claudicació”, escribe Amat), ni desdichadamente a la mayoría de los despistados políticos del resto del Estado.

Pero, por si acaso interesaba a alguien más responsable, el joven Jordi Amat ha preparado esta espléndida historia intelectual de lo que comenzó en una derrota moral –la de 1939-, que no fue una bancarrota ni social ni económica, y muy pronto generó una voluntarista y modesta fe de vida: la maniobra a varias bandas que implicó a Francesc Cambó, Raimon d’Abadal, Gaziel y, al fin, Eduardo Aunós que se llevó el santo y la limosna. Luego vinieron oportunamente las fiestas sacras en torno a Montserrat, en 1947, y las maniobras en pro de una “modernidad cauta” que se reconoció en hitos de 1952 –la Revista de Ridruejo; la conversión de Destino- y favoreció el desembarco del “titán” Jaume Vicens Vives y su Notícia de Catalunya. En torno a 1960 lo fundamental –la hegemonía de un sólido catalanismo de fondo- estaba hecho: en 1959 se publicó La pell de brau, de Espriu, y la ruidosa defenestración de Galinsoga, director de La Vanguardia, facilitó la aparición de la revista Serra d’Or, primera en lengua catalana.

Entre unos y otros, el “catalanismo progresista” hegemonizó la escena política desde 1962: a su conjuro salieron libros como Nosaltres els valencians, de Joan Fuster, o Els altres catalans, de Francisco Candel, como Poesia catalana del segle XX, la antología de Josep Maria Castellet y Joaquim Molas, y Catalanisme i revolució burguesa, el provocativo libro de Jordi Solé-Tura. Truchimán político-económico de todo el periodo fue un hábil gestor, con aura de mártir y nada de progresista: Jordi Pujol. Pero, desde 1980, su arribada al poder desmontó las bases ideológicas de aquel periodo y comenzó la construcción de otro en el que los buenos negocios convivieron con las venerandas tradiciones (incluida la parroquial), la imagen de la Barcelona avanzada se eclipsó frente a una Cataluña “profunda”, más provinciana y doméstica, y la visión de la historia del país como conflicto moderno se abismó en la configuración escolar de la Historia de Cataluña como destino inmutable: ahora importaban la Marca Hispánica y el abolengo carolingio, las instituciones centenarias, el milenario de la nación, la “derrota” de 1714 y la nueva “derrota” de 1939, sin más matices. Fue la confrontación de dos mentalidades y pocas cosas lo hacen tan patente como lo que dijo Pujol a Joaquim Nadal (y que traduzco): “-Tu eres catalanista, pero Maragall, no. Maragall es hijo de la Institución Libre de Enseñanza, como su padre [Jordi Maragall i Noble]. No piensa como un catalanista”. Años despues, el propio Pujol, con motivo del centenario de Espriu, escribiría sin rebozo que el autor de La pell de brau, el soñador de Sefarad, no tenia razón. Tampoco era un verdadero catalanista, sin duda…

Los retratos –comprensivos unos, admirativos otros- que este libro nos ofrece de Guillermo Díaz-Plaja que opta por “hacerse franquista”, de Maurici Serrahima que lucha por salir de la derrota, de Carles Riba y de Jordi Rubió que en 1950 deciden escribir en Revista, de Salvador Espriu que decide tomar la palabra, son imágenes reconfortantes para entender un problema que debiera regresar desde las banderas desplegadas a las palabras y las razones. Jordi Amat ha hecho todo lo posible porque así sea.

Jordi Amat, El llarg procés. Cultura i política a la Catalunya contemporània (1937-2014), Tusquets, Barcelona, 2015 (Colecció L’Ull de Vidre).

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EL PIE DE LA LETRA

Jaime Gil de Biedma
El pie de la letra. Ensayos completos
Barcelona, Lumen, 2017
704 pp. 23,90 €

Además de ser un gran poeta, Jaime Gil de Biedma fue un magnífico ensayista. En 1980 apareció un volumen que reunía todos sus ensayos, El pie de la letra, con una segunda edición ampliada en 1994. Ahora, la editorial Lumen publica una nueva edición a cargo de Andreu Jaume, quien aporta numerosas novedades respecto a las dos anteriores y sigue muy de cerca la intención del autor. Este dejó en la agencia literaria de Carmen Balcells una carpeta con la indicación precisa «Textos a incluir en una segunda edición de El pie de la letra», escritos todos ellos en la década de los ochenta.

El esquema que sigue esta tercera edición respeta la estructura muy calculada que el libro ya ofrecía en 1980 y en 1994. Un orden que dice mucho del poeta y que va desde una época inicial de aprendizaje, en la que aquel trata de buscar modelos diferentes a los que dominaban por entonces en España, hasta el momento en que ya ha dejado de escribir poemas y se aleja de la necesidad de justificar sus afinidades o sus rechazos. La primera parte de El pie de la letra incluye los textos escritos entre 1955 y 1962. Se abre con el prólogo que Gil de Biedma escribió para su traducción, en Seix Barral, de Función de la poesía y función de la crítica, de T. S. Eliot. Según el editor, Andreu Jaume, la elección de ese estudio es ya «toda una declaración de intenciones». Después de pasar un semestre en Oxford (1953), Gil de Biedma se aproxima con interés cada vez mayor a la poesía inglesa (al propio Eliot, a los metafísicos –John Donne, especialmente−, a W. H. Auden, Stephen Spender o Louis MacNeice) y da un giro importante en sus preferencias, marcadas hasta entonces por los poetas simbolistas franceses y los españoles de la generación del 27, en especial Jorge Guillén. Sobre su poesía publicó Gil de Biedma un ensayo (Cántico: el mundo y la poesía de Jorge Guillén, 1960; es la segunda parte de El pie de la letra) en el que orienta su propia reflexión en una línea muy diferente a la estilística de Dámaso Alonso, Amado Alonso y Carlos Bousoño. Para él, serán decisivos los ensayos La poesía de la experiencia(1957), de Robert Langbaum, al que se refiere por primera vez en el artículo «Sensibilidad infantil, mentalidad adulta» (Ínsula, 1959), y La mano del teñidor (1962), de W. H. Auden. A partir de ellos, Gil de Biedma prestará una atención prioritaria a los aspectos formales y técnicos y, sobre todo, se alejará de criterios esencialistas (algo que ya podemos advertir en el prólogo al ensayo de Eliot).

A partir de aquí puede entenderse mucho mejor la evolución de la poesía de Jaime Gil de Biedma y sus relaciones con la tradición inmediata: desde una clara admiración por Guillén, visible en los poemas juveniles (Según sentencia del tiempo, incluso Las afueras), su aprendizaje lo lleva a otra forma de entender la creación poética que el autor barcelonés define en el prefacio a Compañeros de viaje (1959) («Puestos a escoger entre nuestras concepciones poéticas y la fidelidad a la propia experiencia, finalmente optamos por esta última») y en el poema «Arte poética», del mismo libro: «Palabras, por ejemplo. / Palabras de familia gastadas tibiamente». Por otra parte, el ensayo «Emoción y conciencia en Baudelaire» (1961) revela la importancia que tuvo el autor de Les fleurs du mal en la formación poética de Gil de Biedma. Completan esta primera parte algunos artículos y reseñas publicados en la revista Ínsula a finales de la década de los cincuenta: «De artes poéticas», «Dos novelas de Robbe-Grillet» y una inteligente aproximación al primer libro de poemas de Carlos Barral, Metropolitano, en 1958. «Encuentro con Vicente al modo de Aleixandre» (1958) apareció en Papeles de Son Armadans.

Los textos incluidos en las secciones tercera («Variedades») y cuarta, escritos entre 1964 y 1988, reflejan la amplitud de miras de Jaime Gil de Biedma, que hace la siguiente anotación sobre «Variedades»: en estos trabajos, escribe el autor, «distraigo una obsesión que me tuvo poseído durante años: cómo se hace para hacer un buen poema». El título es muy acertado, pues encontramos en esta sección –y en la siguiente− semblanzas literarias (Alfonso Costafreda, Ángel González, Alberto Jiménez Fraud y Natalia Cossío –«Wellington Place», 1983− o Juan Gil-Albert, en dos ocasiones), presentaciones (Los conjurados, de Borges), reseñas (Mi vida secreta), prólogos (a la poesía de Espronceda, a Joan y Jacint Reventós: Dos infancias y la guerra), conversaciones (un diálogo con Carlos Barral, Juan Marsé y Beatriz de Moura que apareció en la revista Camp de l’Arpa), noticias de estrenos teatrales (desde Chéjov a Els Joglars: La torna y su polémica, en plena Transición). También la narración de una visita a Picasso en los años sesenta («Monstruo en su laberinto»), un divertido repaso de los locales barceloneses en la época de la gauche divine («Revista de bares») e incluso la crítica a un delirante manifiesto que firmaron algunos «intelectuales» contra la enseñanza en catalán (1981).

Encontramos aquí algunos ensayos fundamentales para entender no solamente la perspectiva del escritor, sino la situación de la literatura española en los años sesenta y setenta. Es el caso de «Carta de España (o todo era Nochevieja en España al comenzar 1965)»: el poeta barcelonés constata cómo se han hundido definitivamente las ilusiones de transformar la realidad por parte de los escritores opuestos a un régimen que se ha asentado con los «Veinticinco años de paz», el desarrollismo y los planes de estabilización; una sensación muy similar a la que transmitía el poema de Ángel González «Preámbulo a un silencio», escrito por las mismas fechas. Casi veinte años posterior, «La imitación como mediación, o de mi Edad Media» (1984) aborda la complicidad con Gabriel Ferrater en torno a la literatura medieval, tan distinta del desbordado «líquido verbal» del Renacimiento, la distancia que ambos establecen respecto a ciertos prejuicios consolidados en esa línea imaginaria que podía ir desde Mallarmé hasta los poetas de la generación del 27 y, finalmente, explica con detalle el origen de algunos poemas como «A una dama muy joven, separada», la sextina «Apología y petición» y «Albada».

En diferente sentido tiene su importancia «J. R. J.: notas a un centenario», por el derribo de algunos tópicos casi inamovibles acerca de la trayectoria de Juan Ramón Jiménez. Muy personal –e igualmente desmitificadora− es la semblanza de Ezra Pound, publicada inicialmente en México (1973). Y, por supuesto, destacan los tres artículos centrados en Luis Cernuda. Jaime Gil de Biedma publicó en La Caña Gris un ensayo, «El ejemplo de Luis Cernuda», que era, según él, un gesto de agradecimiento: «Al fin y al cabo, si Luis Cernuda está vivo, si la literatura, entre otras muchas cosas, es una forma de relación personal, ¿por qué no cumplir con un elemental deber de gratitud y educación, acusándole recibo de su obra?» Y, sin embargo, este «acuse de recibo» contenía una buena dosis de crítica, no a la obra de Cernuda, sino al modo de asumir la herencia de la Generación del 27. En 1962, los poetas del medio siglo habían fijado ya suficientemente su proyecto y, a pesar de reconocer el magisterio de aquella importantísima generación, se rebelaban contra ciertos cánones establecidos por ella. La peculiaridad de Cernuda, según Gil de Biedma, residía «en la actitud o tesitura poética del autor implícita en cada verso, en cada poema, que es radicalmente distinta de la de sus compañeros de promoción, y no demasiado frecuente en la historia de la poesía española […]. El poema, sus poemas […] parten de la realidad de la experiencia personal. Son, por así decir, poéticos a posteriori». Cernuda se distancia del principio estético que, desde Mallarmé a los poetas del 27, e incluso a los poetas sociales de la inmediata posguerra, parecía indiscutible: el proceso de formalización o de abstracción de la experiencia, que convierte a esta última «en categoría formal del poema» y la anula «en cuanto experiencia real para resucitarla como cuerpo glorioso, como realidad poética purgada ya de toda contingencia».

Gil de Biedma reconoce la influencia decisiva que han ejercido los poetas del 27 sobre la poesía posterior, una especie de dominio que afecta incluso a quienes quieren reaccionar contra ellos. A la hora de iniciar un proyecto distinto, la trayectoria de Luis Cernuda es «el ejemplo más próximo, la más inmediata cabeza de puente hacia el pasado», porque, según concluye Gil de Biedma, «no influye, enseña» y, sobre todo, «nos ayuda a liberarnos de los grandes poetas del 27». Pero también existen divergencias entre Gil de Biedma y Cernuda, claramente expresadas en uno de los dos ensayos que Gil de Biedma escribe sobre el poeta sevillano en los años setenta, «Como en sí mismo, al fin» (el otro es un estudio previo a la edición de Ocnos Variaciones sobre tema mexicano, 1977). Aquí empieza a cuestionarse la leyenda de malditismo y marginación cultivada, en parte, por el propio Luis Cernuda, es decir, la proyección del poeta como personaje, su «desmesura absorbente», que contrastaba con «su manera de concebir y realizar el poema, muy contemporánea, muy próxima». La ironía, un rasgo importante en la obra de Gil de Biedma, está ausente en Cernuda, que sólo se reconoce en su «dimensión de hijo de dios». Al margen de la distancia que mantiene Gil de Biedma respecto a esa imagen sacralizada −romántica en su origen− del poeta, sus consideraciones sobre la influencia de Cernuda en los poetas de la generación del cincuenta son muy precisas: «No es que, de la mañana a la noche, unos cuantos jóvenes descubriéramos en Cernuda a un gran poeta ignorado –pues ignorado no era, a pesar de cuanto él dijese−, sino que su obra de madurez nos llegaba en el momento justo […]. La proximidad era genuina, consistía en algo más que en personales afinidades –de temperamento poético en Brines, de admiración por la tradición poética inglesa en Valente y en mí−, porque se percibía asimismo en otros poetas contemporáneos nuestros, y desde antes de 1958 […]. El parentesco no resultaba tan sorprendente como nuestras actitudes de entonces lo hacían parecer; si Cernuda asume la realidad de la experiencia común y de la propia identidad vecinal sin reconocerse en ellas, nosotros, en nuestra poesía, intentábamos asumir una y otra, para reconocernos».

Cierra la cuarta sección de El pie de la letra el prólogo que Gil de Biedma escribió para la traducción al catalán que hizo Àlex Susanna de Fours Quartets, de T. S. Eliot, en 1984. Poeta de sensibilidad europea, formado en Baudelaire, Corbière, Laforgue y los simbolistas menores, Eliot es «traducible», pero «nada fácil de traducir» y, añade Gil de Biedma, su obra ha tenido más suerte en las versiones al catalán (Joan Ferraté, el propio Àlex Susanna) que en las versiones al castellano (Vicente Gaos, José María Valverde), «duras y sin ritmo», sujetas en exceso a la literalidad del texto. Gil de Biedma enlaza aquí con su fascinación inicial por Eliot –recuerda que se sabía de memoria los Cuartetos−, explica aspectos históricos y técnico-formales de estos poemas en los que Eliot parece ejercer un «ministerio público de su vida interior» y los compara acertadamente con los Landscapes de tema norteamericano. Después de repasar sus difíciles circunstancias vitales, su conflictivo matrimonio, Gil de Biedma afirma que Eliot llevó a cabo en Four Quartets «una recomposición de sí mismo».

Una de las grandes aportaciones de esta tercera edición de El pie de la letra es el apartado «Textos dispersos», con la inserción de algunos trabajos que se publican aquí por vez primera. «Pedro Salinas en su poesía», un artículo juvenil publicado en Laye (1952), demuestra una sorprendente madurez y un conocimiento a fondo de la poesía de la generación del 27. Salinas definía el amor como una aventura hacia el Absoluto: «Del amor como tema literario» era un capítulo del libro sobre Jorge Guillén que Gil de Biedma suprimió de la primera edición de El pie de la letra por considerarlo demasiado «orteguiano» (en la edición de 1994 figuraba como Apéndice I); además de Guillén, vuelven a aparecer en este capítulo Salinas, Proust y el propio Ortega y Gasset. Muy interesante es el texto inédito (hasta ahora) «Dos buenos libros de poesía: José Agustín Goytisolo y Claudio Rodríguez» (1959), que iba a publicarse en una revista del exilio publicada en Bruselas, Nuevas Ideas. En él se ofrecen las claves de una poesía social no vulgarizada ni panfletaria: «Salmos al viento es el primer exponente de una poesía social en la que el acierto poético, completo y sin reservas, es consecuencia directa de la adopción por el poeta de una posición consistentemente realista». Ese realismo se asienta en la preocupación formal y en el contraste lingüístico a través de cual Goytisolo resuelve el problema del coloquialismo. Sin embargo, y a pesar de que Claudio Rodríguez alcance en Don de la ebriedad «la pasión intensa y sostenida, la precisión en el verso y la deslumbrante belleza» que indudablemente destacan en el panorama de la poesía española de principios de los años cincuenta, al final se imponen «una cierta monotonía y limitación de conjunto»: el libro de Claudio Rodríguez es el resultado de una experiencia adolescente (de nuevo el esquema «sensibilidad infantil/mentalidad adulta»: el autor tenía diecinueve años cuando escribió este libro). La poética escrita para la antología Poesía social (1965), de Leopoldo de Luis, es muy coherente con lo que Gil de Biedma había expuesto en el prólogo a Compañeros de viaje: el autor no cree en la «expresión incondicionada de la subjetividad», sino en la relación con el mundo de la experiencia común, así como en la distancia que ha de establecer el poeta con el lector y consigo mismo. La poesía, según él, «no es comunión, sino conversación, diálogo».

Cierran el volumen algunos textos circunstanciales, como la presentación de la novela La muchacha de las bragas de oro (premio Planeta en 1978), de Juan Marsé, el prólogo a Norte magnético, de Pedro Luis Ugalde (1980), una curiosa presencia –el texto «Aire, nada»− en el catálogo de la exposición «Otros abanicos», la contribución a un homenaje a Ángel Crespo en 1985 y el borrador, en facsímil, de una conferencia sobre Jorge Manrique. Llaman la atención, en este apartado, dos lecturas poéticas realizadas en Oviedo (1981) y en la Residencia de Estudiantes de Madrid (1988), imprescindibles por las reflexiones que va haciendo Gil de Biedma sobre sus poemas. «Lean ustedes a Jorge Guillén» (1984: el año de la muerte del autor de Cántico) enlaza con aquella fascinación inicial que dio origen al ensayo de 1960, pero con una distancia temporal que excluye cualquier atisbo de mitificación. Por último, el texto «Genio y figura: lord Byron» (1988) supone el desplazamiento hacia una frivolidad muy inteligente, bien visible en otros ensayos de Jaime Gil de Biedma, como «Revista de bares». Lord Byron sería «un personaje para las revistas del corazón inventado avant la lettre». «Asusta pensar –añade Jaime Gil− en lo que hubiera hecho Hola con lord Byron; valía él solo por toda una jet set».

Sólo he visto en esta tercera edición de El pie de la letra dos errores. El primero, la fecha del texto «Monstruo en su laberinto»: no puede ser de 1964, puesto que en él se habla del «inminente referéndum en España», que se celebró en diciembre de 1966 (no en 1967, como señala erróneamente una nota). El segundo, cuando se dice en una nota que el valenciano Francisco Brines «es uno de los poetas de la generación del 27» (p. 502). Al margen de estos dos deslices, la edición resulta muy correcta.

Antonio Jiménez Millán es poeta y catedrático de Literaturas Románicas en la Universidad de Málaga. Sus últimos libros son Promesa y desolación. El compromiso en los escritores de la Generación del 27 (Granada, Universidad de Granada, 2001), Inventario del desorden (1994–2002) (Madrid, Visor, 2003), Poesía hispánica peninsular (1980–2005) (Sevilla, Renacimiento, 2006) y Clandestinidad (Madrid, Visor, 2011).

09/07/2018

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TANGO SATÁNICO

 

En una remota región rural de Hungría azotada por el viento y la incesante lluvia,unos pocos miembros de una fallida cooperativa agrícola llevan una vida anodina en un pueblo ya casi fantasmal mientras aguardan impotentes a que un milagro les devuelva el futuro. Hasta que un día reciben la noticia de que, en la carretera que conduce a la aldea, se ha avistado al astuto y carismático Irimiás, desaparecido años atrás y al que daban por muerto. Su simple reaparición infundirá esperanzas en la pequeña comunidad de vecinos, pero también desencadenará acontecimientos desconcertantes y les revelará aspectos que tal vez habrían preferido ignorar. Paródica y mordaz, esta magnífica novela sobre los avatares de la esperanza y el valor de las promesas inspiró la película de culto de Béla Tarr y ya es hoy un clásico contemporáneo.

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Melancolía de la Izquierda


Melancolía de izquierda
24/05/2017 | Michael Löwy

Este brillante ensayo* es un intento de recuperar una tradición ocultada y discreta: la de la “melancolía de izquierda”, un estado de ánimo que no forma parte del relato canónico de la izquierda, más propensa a celebrar los triunfos gloriosos que las derrotas trágicas. Sin embargo, el recuerdo de esas derrotas –junio de 1848, mayo de 1871, enero de 1919, septiembre de 1973– y la solidaridad con los vencidos irrigan la historia revolucionaria como un río subterráneo, invisible. En las antípodas de la resignación, esta melancolía de izquierda es un hilo rojo que cruza la cultura revolucionaria desde Auguste Blanqui hasta Walter Benjamin, pasando por Gustave Courbet y Rosa Luxemburgo, como también el cine crítico. Traverso revela con vigor y de modo contraintuitivo toda la carga subversiva y liberadora del duelo revolucionario.

La historia del socialismo a lo largo de dos siglos ha sido una constelación de derrotas, trágicas, a menudo sangrantes; pero esto no induce a la aceptación del orden establecido, sino todo lo contrario. En su último artículo, de enero de 1919, Rosa Luxemburgo escribió: “La vía al socialismo está pavimentada de derrotas… En ellas hemos fundado nuestra experiencia, nuestros conocimientos, la fuerza y el idealismo que nos animan.” El mismo espíritu anima a Che Guevara cuando, en octubre de 1967, dice a sus asesinos: “Hemos fracasado, pero la revolución es inmortal.” Sin embargo, esta dialéctica de la derrota podía conducir, señala Traverso, a una especie de teodicea seglar, con una fe casi religiosa en la victoria final. Es mejor reconocer, como hizo la propia Rosa Luxemburgo en 1915, que el futuro sigue siendo incierto: “socialismo o barbarie”.

Contrariamente a las derrotas gloriosas del pasado –1848, 1871, 1919–, la de 1989 (la caída del Muro de Berlín, seguida de la restauración del capitalismo) es una derrota oscura que genera desencanto. De ahí el desarrollo, a partir de esos años, de un marxismo melancólico, del que Daniel Bensaid es uno de los representantes más eminentes. Su arte reside, según Enzo Traverso, en la organización del pesimismo (fórmula de Walter Benjamin): asumir un fracaso sin capitular ante el enemigo, sabiendo que un nuevo comienzo adoptará formas inéditas.

La melancolía de izquierda se expresa mejor en las creaciones del imaginario revolucionario que en las controversias teóricas. El libro explorará por tanto esta sensibilidad en el cine, a través de las obras de Chris Marker, Gillo Pontecorvo y Ken Loach. Contrariamente a la historiografía, el cine no aspira a la exactitud, pero muestra la dimensión subjetiva de los acontecimientos, lo que lo convierte en un barómetro de la experiencia revolucionaria. Marxista anticolonialista, Pontecorvo es el realizador por excelencia de las derrotas gloriosas que preparan el futuro, como en La batalla de Argel (1966) o en Queimada (1969), que Edward Said consideraba “una obra maestra”. El mismo juicio puede aplicarse, en cierta medida, a Tierra y libertad, de Ken Loach, que proyecta una mirada melancólica, pero “todo menos resignada”, sobre la revolución española de 1936-1937. Su película quiere ser un monumento a las revoluciones del siglo XX, un monumento épico, pero ni dogmático ni lirico, impregnado de duelo.

Otra obra maestra, Rua Santa-Fé (2007), de Carmen Castillo, es un epitafio dedicado a la memoria de su compañero Miguel Enríquez y de las revoluciones latinoamericanas de la década de 1970. Distinta de la película de Ken Loach, esta es ante todo un documento sensible: Carmen Castillo no indaga en las razones de la derrota, sino en las emociones que esta ha generado, así como en las reacciones de la juventud chilena actual, que “se apropia la memoria de los vencidos”. Las páginas que consagra Enzo Traverso a esta película figuran entre las más logradas del libro.

Las películas de estos tres cineastas, como también las de Theo Angelopoulos o Patricio Guzmán, describen el siglo XX como una edad trágica de revoluciones quebradas y utopías derrotadas. Su melancolía de izquierda expresa el duelo colectivo de una generación.

Traverso dedica un capítulo a lo que denomina “melancolía poscolonial”, que adopta dos formas: l) desencanto ante las descolonizaciones fallidas y 2) decepción ante el desencuentro entre marxismo y anticolonialismo. Analiza con mucha finura los escritos de Marx, destacando tanto su visión eurocéntrica inicial como su progresiva superación a partir de la década de 1860. En el transcurso del siglo XX, la historia del marxismo es indisociable de los movimientos de liberación nacional, por mucho que los marxistas occidentales (Lukács, la Escuela de Fráncfort) hayan ignorado la lucha de los pueblos colonizados. A mi juicio, esta limitación es innegable, pero no creo que haya generado una “melancolía de izquierda”, contrariamente a la primera forma de la “melancolía poscolonial” –la de las independencias fallidas–, de la que Enzo Traverso habla muy poco, pero que ha pesado mucho sobre una generación de militantes anticolonialistas.

El último capítulo del libro está dedicado a nuestro amigo Daniel Bensaid. En la nueva coyuntura creada por los años noventa (restauración del capitalismo en la URSS y Europa del Este), Daniel tratará de repensar la historia a partir de Marx y Trotsky, aunque también de la “galaxia melancólica” –Baudelaire-Blanqui-Péguy-Walter Benjamin–, como el terreno de lo incierto y lo posible, de las arborescencias y las bifurcaciones. Se puede criticar la lectura que hace Bensaid de los escritos de Benjamin –en particular de sus Tesis sobre el concepto de la historia–, porque deja de lado la dimensión teológica y la relación con la utopía. Sin embargo, esta lectura atípica, no convencional, fue una de las primeras en destacar la dimensión política de Benjamin. Más que una interpretación erudita del texto, el ensayo de Bensaid, Walter Benjamin, sentinelle messianique(1990), es una reflexión a partir de Benjamin, a quien utiliza como una brújula para los revolucionarios en la tempestad de 1989-1990. La revolución ya no puede plantearse como “inevitable”: hipótesis estratégica y horizonte regulador, solo puede ser objeto de una apuesta melancólica (la apuesta de Pascal revisada y corregida por el marxista Lucien Goldmann).

En conclusión, Enzo Traverso critica el discurso normativo actual, que presenta el régimen liberal y la economía de mercado como el orden natural del mundo, estigmatizando las utopías del siglo XX. Para este discurso dominante, la melancolía de izquierda es culpable debido a sus vínculos con los compromisos subversivos del pasado. Sin embargo, la propia izquierda ha rechazado a menudo la melancolía para “no desesperar a Billancourt” 1/. Es hora de descubrir esta melancolía rebelde que se diferencia tanto de la resignación como de la “compasión” por las víctimas. Es uno de los atributos de la acción revolucionaria y está inscrita en la historia de todos los movimientos que, desde hace dos siglos, han intentado cambiar el mundo. Porque “es con las derrotas como se transmite la experiencia revolucionaria de una generación a otra”. Creo que el autor de Le Pari mélancolique 2/ (1997) estaría de acuerdo con esta conclusión…

* Mélancolie de gauche : La force d’une tradition cachée (XIXe-XXIe siècle). Enzo Traverso. La Découverte, Paris, 2016

11/04/2017

Artículo publicado originalmente en www.contretemps.eu

Traducción: viento sur

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El marxismo de Gramsci:

NOVEDADES EDITORIALES

El marxismo de Gramsci: nueva publicación de ediciones IPS

El marxismo de Gramsci. Notas de lectura sobre los Cuadernos de la cárcel, de Juan Dal Maso, es el primer título de esta nueva colección , orientada a la publicación de obras de autores actuales que abordan distintas cuestiones sobre teoría, política y de debate marxista.

Partiendo de un enfoque metodológico que destaca la coherencia interna del pensamiento de Gramsci, este trabajo reconstruye algunas de sus principales ideas, como hegemonía, crisis orgánica, revolución pasiva, guerra de posición y guerra de maniobra, el moderno Príncipe, el Estado integral, nacional-popular, entre otras, proponiendo una relectura de la cuestión de la hegemonía y sus relaciones con la teoría de la revolución permanente. Para ello explora los orígenes comunes de ambas teorías, así como diversos elementos de confluencia entre el pensamiento de Gramsci y el de Trotsky. Con una amplia bibliografía, este libro incorpora una valoración crítica de obras de distintos autores de relevancia en los estudios gramscianos a nivel internacional, como Gianni Francioni, Fabio Frosini, Peter D. Thomas, Alvaro Bianchi, Massimo Modonesi, entre otros.

El libro consta de una introducción a la vida y obra de Gramsci, un primer capítulo que propone las categorías de “traducibilidad de los lenguajes” y “nuevo concepto de inmanencia” como criterios de lectura inherentes a la propia construcción de la argumentación gramsciana, es decir que unen los planos de la política, la filosofía, la historia y la economía, buscando una “nueva síntesis” y establecen un nexo entre las reflexiones filosóficas y las políticas de los Cuadernos de la cárcel.

El segundo capítulo retoma las polémicas de Gramsci contra Croce y Bujarin, analizando la relación entre la crítica de Gramsci a Croce y las polémicas contra el reformismo, así como la importancia del “nuevo concepto de inmanencia” que Gramsci esgrime en sus críticas a Bujarin, a la hora de construir conceptos “integrales” es decir que unan los planos de la filosofía, la política, la historia y la economía.

El tercer capítulo está centrado en la cuestión del Estado integral, retomando las definiciones clásicas de Gramsci así como sus relaciones con los puntos de vista de Trotsky sobre las reconfiguraciones del poder estatal en el períodos de entreguerras, con especial énfasis en la cuestión de los sindicatos, recuperando asímismo algunas polémicas “clásicas” sobre el tema y la importancia de la categoría para el pensamiento estratégico marxista.

El cuarto capítulo explora las relaciones entre revolución pasiva, revolución permanente y hegemonía, destacando los puntos de confluencia y las diferencias entre Gramsci y Trotsky, el rol de la cuestión de la revolución permanente en el pensamiento de Gramsci y los términos en que se relacionan las ideas de “guerra de posición” y “guerra de maniobra” en ciertos pasajes claves de los Cuadernos.

El quinto capítulo está centrado en la cuestión de la hegemonía, analizando distintos planos desde los cuales pueden pensarse el concepto: estratégico (ligado a las cuestiones de la guerra civil y la insurrección), en la sociedad de transición y en la sucesión histórica del capitalismo por el socialismo y el comunismo.

El sexto capítulo retoma los debates sobre el moderno Príncipe y la cuestión del partido, explorando las tensiones entre “partido-proceso” y “partido-policía” y las complejidades de la argumentación gramsciana sobre el tema, su relación con la “democracia fabril” y la cuestión político-militar. El séptimo capítulo analiza los puntos de vista de Gramsci sobre la cuestíon del Estado obrero, la transición al socialismo y la extinción del Estado, así como sobre las relaciones entre la categoría gramsciana de “parlamentarismo negro” y la cuestión de la democracia soviética.

El octavo capítulo retoma el itinerario de Gramsci en América Latina, explorando las acepciones del término Occidente en los Cuadernos de la cárcel, los alcances de la categoría “nacional-popular” y los debates recientes sobre el uso del concepto de revolución pasiva para analizar el reciente ciclo de gobiernos “posneoliberales”. En el epílogo se plantean algunas conclusiones generales sobre los aportes y límites del pensamiento de Gramsci para pensar la reconstrucción y renovación del marxismo revolucionario en la actualidad.

Escrito con rigor y concisión, El marxismo de Gramsci es un libro de gran utilidad tanto para quienes recién se inician en la lectura del comunista sardo como para los conocedores de su obra, y para todos aquellos interesados en reflexionar sobre los problemas actuales de la teoría marxista.

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CORRESPONDENCIA

Benito Pérez Galdós
Correspondencia
Madrid, Cátedra, 2016
1.184 pp. 60 €

Desde la Antigüedad grecolatina se han fijado ideas que explican la escritura de cartas, más allá de la estricta proyección de su autor, como un diálogo entre éste y el destinatario cuya presencia se hace notar tanto en lo que puede compartir con el epistológrafo como en la inserción que este último hace de frases y estimaciones directas del lejano receptor. Este espejeo de proyecciones personales se advierte en las colecciones de cartas que los medios de comunicación hacen accesibles, ya sea en las ediciones que sólo recogen las cartas escritas por un único redactor (las ediciones monódicas), ya las ediciones que también recogen las recibidas por él (las ediciones polifónicas). Una variante moderna del género epistolar es la carta aparecida en las publicaciones periódicas («carta abierta» o «carta comunicada»), pues aunque su exhibición coram populo elimina uno de los rasgos característicos de la carta privada, cual es su perfil de confidencia secreta, su transformación periodística llega a su grado máximo de reelaboración en las series de artículos que se ofrecen a los lectores como «cartas»1. Recuérdese, a modo de ejemplo, que la muchas veces citada carta de Benito Pérez Galdós a Francisco Giner de los Ríos en la que le decía que había querido «en esta obra [La desheredada] entrar por nuevo camino o inaugurar mi segunda o tercera manera, como se dice de los pintores» se publicó en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza el 14 de abril de 1882.

La libre disposición pública que las leyes otorgan a los epistolarios escritos en el siglo XIX, junto con el interés histórico y biográfico que muchos de estos textos atesoran, han estimulado la publicación de colecciones de cartas de personas que tuvieron alguna significación en esa centuria y en los primeros años de la siguiente. Situándonos ante los escritores españoles de ese tiempo, hoy disponemos, afortunadamente, de extensas recopilaciones de la correspondencia de algunos autores muy significativos; en ediciones monódicas, recuerdo la de Juan Valera (3.803 cartas)2, la de «Clarín» (486 cartas recogidas por François Botrel en el volumen XII de las Obras Completas del ovetense de 2009) y, en edición polifónica, el impresionante número de las escritas y recibidas por Marcelino Menéndez Pelayo (en edición preparada por Manuel Revuelta Sañudo en los veintitrés volúmenes de su edición de 1982-1991). De otros muchos autores decimonónicos pueden leerse ediciones de epistolarios parciales en trabajos monográficos, epistolarios parciales que para la reconstrucción de la imagen más completa de cada autor deberían seguir el modelo fijado por la actual reunión de la Correspondencia galdosiana.

Esta colección de 1.170 cartas escritas o dictadas3por Pérez Galdós es una edición monódica que proporciona al lector un tejido de confesiones y juicios del escritor canario iluminadores de su recorrido biográfico y su vivencia de las circunstancias por las que transcurrió. Desde la publicación en 1943 de sus cartas a Mesonero Romanos han ido editándose comunicaciones epistolares que don Benito había mantenido con diversos corresponsales, pero hacía falta una reunión de todas las publicadas y de las que podían consultarse, aunque se conservaran inéditas. Esta es la tarea que han realizado los acreditados galdosistas Alan E. Smith y María Ángeles Rodríguez Sánchez con la ayuda de Laurie Lomask. Estos galdosistas han compulsado las versiones impresas con sus fuentes manuscritas, corrigiendo o anotando datos adelantados por los editores anteriores y datando textos cuya fecha no se conocía (para lo que se sirven, entre otras fuentes, del matasellos de la carta en los casos en que se conserva el sobre). Añaden, además, cartas depositadas en el inapreciable fondo bibliográfico de la Casa-Museo Pérez Galdós de Las Palmas y en otras colecciones, con un total de más de cuatrocientas que aún no se habían impreso.

Las ventajas que tiene la organización diacrónica de una correspondencia desvela circunstancias históricas y motivaciones íntimas del autor de las cartas, hasta el punto que puede considerarse como una versión muy verosímil del relato de su vida. Los editores de estas cartas galdosianas afirman que su organización cronológica presenta a Galdós en «la evolución de sus ideas y querencias [y] se manifiesta, digamos, como una trama en el telar, es decir, horizontalmente, en este movimiento a través de las décadas del final del siglo XIX y principios del siglo pasado» (pp. 21-22 de su Introducción)4. Hablan quizás de «décadas» porque la disposición editorial que han hecho distribuye las cartas desde 1860 hasta 1919 en seis apartados e ilustran cada una con una imagen gráfica de Pérez Galdós realizada en el curso de los años que corresponden a cada década, una ayuda iconográfica que también resulta muy útil para relacionar la imagen física del escritor con la proyección biográfica que recoge cada década.

A pesar de que ya en vida del novelista se habían publicado varios apuntes biográficos escritos por quienes, por estar cerca de él, tenían un conocimiento empático de su personalidad, se habían deslizado errores que biógrafos posteriores tuvieron que enmendar y se había difundido una discutible opinión sobre la inaccesible nebulosa de la intimidad galdosiana. «Galdós, como es sabido, no se daba con mucho amor a la correspondencia; además de la poca afición a escribir cartas que le era común con casi todos los españoles, no tenía tiempo», afirmaba José Fernández Montesinos en la «Nota preliminar» que precede al primer volumen (1968) de los tres magistrales que dedicó al novelista. Pedro Ortiz-Armengol, en su documentada biografía del año 1995, sentó las bases de lo que debía ser una biografía, como escribí yo en esta misma revista, vista «desde dentro» y para la que sus cartas podían sentar fundamentos muy seguros.

Del interés de nuestro novelista por la técnica de la comunicación epistolar no puede caber ninguna duda al lector que lo haya saludado, aunque sea de lejos. El accidentado vivir de sus personajes ficticios se refleja, según diferentes novelas, en las cartas que unos escriben a otros. Y ampliando más el recurso a la técnica de representación epistolar, Galdós fue más lejos, pues escribió varias novelas completamente epistolares −La Incógnita (1889) y La Estafeta Romántica (1899)− para solapar la comunicación del «yo» que escribe al «tú» receptor en La Incógnita –los personajes Manolo Infante y «Equis»− con el relato de los mismos acontecimientos contados bajo la forma dialogal en Realidad (1889), forma expositiva esta última que sedujo a Galdós por su proximidad a la representación escénica y, especialmente, porque la expresión en primera persona «nos da la forja expedita y concreta de los caracteres» según escribía en su Prólogo a El Abuelo. Novela en cinco jornadas (1897)5. La conciencia que Galdós fue elaborando sobre las posibilidades comunicativas que posee la carta cuando se inserta en relatos de ficciones no debe diferenciarse de la tensión en que él mismo se explayaba cuando escribía cartas personales con el relato de los accidentes de su vida adaptado a la sensibilidad de su corresponsal.

El trasvase de lo epistolar desde la vida a la literatura también funciona en sentido contrario, desde la literatura hacia la vida, pues en muchos de los textos de esta Correspondencia el lector encuentra que Galdós emplea rasgos característicos de sus novelas. Valgan algunos ejemplos: muletillas lingüísticas que caracterizaban a personajes suyos –el «francamente, naturalmente» de don José Ido del Sagrario−, la denominación «Dr. Miquis» en varias cartas escritas al médico Tolosa Latour, el nombre «Salomé» que aplica en ocasiones a la actriz María Guerrero o su propia firma como «Pedro Minio» en varias. Cabe, incluso, la incorporación de destinatarios de cartas –casos de Ramón de Mesonero Romanos o Nicolás Estébanez− como personajes de alguno de sus relatos e, incluso, un corresponsal real –su jardinero Manuel Rubín− sugiere el trasvase hacia el Maximiliano Rubín de Fortunata y Jacinta.

Las Memorias de un desmemoriado (impresas en La Esfera entre 1915 y 1916) y sus cartas de viajes publicadas en periódicos sólo proporcionan un reducido caudal de información biográfica. Ahora bien, basta el censo de los corresponsales de don Benito para poder trazar un perfil de su evolución vital y de las variadas metas que se proponía en sucesivos momentos de su existir. En los inicios de su actividad literaria, la enciclopedia viviente del madrileñismo que era Mesonero Romanos y, según va asentándose en su carrera, incorpora a coetáneos como «Clarín», Pereda o Menéndez Pelayo6, con quienes mantiene sabrosas comunicaciones de contenido literario; el escritor maduro es receptivo con los jóvenes escritores de novelas y ensayos (Francisco Navarro Ledesma, Arturo Reyes, Ramón Pérez de Ayala) y de teatro (los hermanos Álvarez Quintero o Eduardo Marquina), con los autores catalanes (Narciso Oller, Josep Yxart, Félix Sardá, Francisco Miguel y Badía) y con los para él mucho más jóvenes Ángel Ganivet, Joaquín Costa, Rubén Darío o Miguel de Unamuno. Ahora bien, los políticos (el embajador Fernando León y Castillo, Antonio Maura y algunos republicanos), su familia y, singularmente, sus mujeres (Concha Ruth Morell, Lorenza Cobián, Teodosia Gandarias, Concha Catalá ¡y su hija María!) son destinatarios privilegiados de su correspondencia, especialmente en los escritos enviados a las mujeres citadas, que constituyen el grupo más numeroso de las cartas reunidas en este volumen. La abundante correspondencia amorosa funciona como un sabroso eco del vocabulario de los amantes que se exhibe en sus novelas (Gonzalo Sobejano lo estudió con penetración exegética), al tiempo que profundiza en la explicación de lo que es para él el amor7; la correspondencia con hombres públicos recoge resonancias muy sentidas sobre el vivir de los españoles del momento y las cartas a los hombres de letras expande valiosa información sobre su teoría y su telar literario.

La vida cotidiana y las preocupaciones por lo inmediato aparecen con llamativa frecuencia en las cartas en que se leen comentarios sobre su dependencia de los ingresos que le reportan sus derechos de autor, sus aficiones por plantas y flores, la implicación en sus instalaciones domésticas (la casa santanderina especialmente), su dedicación al cultivo de la música en privado, la actividad parlamentaria como diputado liberal en 1886 y, desde 1907, por la conjunción republicano-socialista, la relación con editores e ilustradores gráficos de sus obras (los hermanos Mélida, fundamentalmente), la búsqueda de publicidad crítica (a través de hispanistas como Alfred Morel-Fatio o Boris de Tannenberg) y, por supuesto, las reacciones que sus cartas suscitaban entre las mujeres que amó en el curso de su existencia. Va de suyo que las noticias sobre su estado físico (las abundantes jaquecas, el proceso de sus dificultades de visión), el intenso trabajo de la escritura8, la satisfacción o el descontento que la recepción de sus obras le generaba y, por supuesto, su visión del tiempo histórico y del país en que vivía. La penetración dentro de la almendra de su intimidad se hace patente, incluso, en terreno tan problemático como el de las creencias religiosas. Precisamente en su correspondencia con José María de Pereda a propósito de la tesis ideológica que muchos lectores encontraban en la novela (cartas del año 1877) confiesa al amigo santanderino vivencias muy personales sobre sus creencias. En una carta del 6 de junio de este año afirma Galdós: «En mí está tan arraigada la duda de ciertas cosas que nada me la puede arrancar. Carezco de fe, carezco de ella en absoluto. He procurado poseerme de ella y no lo he podido conseguir. Al principio no me agradaba semejante estado; pero hoy, vamos viviendo». Y en otra muy cercana seguía confesando: «En dos palabras sintetizaré a V. lo que pienso en este triste asunto de la conciencia, y esto lo digo con convicción profunda y verdadera fe, es a saber: el catolicismo es la más perfecta de las religiones positivas, pero ninguna religión positiva, ni aun el catolicismo, satisface el pensamiento ni el corazón del hombre de nuestros días».

Queda, por descontado, hablar de sus lecturas y de los libros que recomienda a las personas de su círculo más íntimo, dibujando «otra biblioteca galdosiana» paralela a la que ha podido restaurarse en la actual Casa-Museo de Las Palmas. Habla mucho más, claro está, de su entendimiento del arte literario y de cómo lo aplicaba en sus creaciones. Explica, por ejemplo, que la poesía no era su terreno más grato: «En mis verdes primaveras jamás me sedujo la poesía ni la versificación. No recuerdo haber tenido ninguna flaqueza versificante. El teatro sí me gustaba, y aun me entusiasmaba» (carta a «Clarín» del 8 de junio de 1888). Como escritor moderno vinculado a la práctica de lo que en su tiempo se llamó realismo, ofrece noticias tan sabrosas como esta comunicación a Manuel Tolosa Latour (27 de febrero de 1897) en los momentos en los que estaba redactando Misericordia: «No ha podido ir a verte porque las mañanas las paso escribiendo en casa y las tardes buscando y observando pobres, por iglesias, casas de los barrios del Sur, Injurias, etc.»

La atracción teatral será una constante en su carrera literaria, en la que alterna y solapa la actitud mimética propia del novelista con la posición diegética que comporta la escritura de piezas dialogadas. En unas ocasiones relaciona ambos planos para deslindar la influencia que el teatro puede ejercer sobre la narrativa; así explica a Narciso Oller que el vigésimo capítulo de La papallona es un fallo constructivo, pues constituye «un resabio del pícaro arte teatral, que hemos mamado con la leche y que se ha aposentado en la médula de nuestros huesos sin que lo podamos echar de nosotros» (carta de 8 de diciembre de 1884). La estimación va matizándose con el paso del tiempo y va haciéndose patente en sus adaptaciones de novelas y Episodios a la escena y, singularmente, en la combinación de carta y diálogo que trazaba en sus dos novelas de 1889 antes aludidas, por lo que no es de extrañar que el 22 de marzo de 1893 confiese a «Clarín» que «eso de que los dramas parezcan novelas, me tiene a mí sin cuidado». Sus piezas dramáticas, su relación con actores y gentes de la farándula, y la etapa en que tuvo que dirigir la programación del madrileño Teatro Español son aportaciones con las que esta Correspondencia se ilumina la historia del moderno teatro en España.

España y los españoles constituyen, en fin, otro rico filón que regala esta edición de cartas galdosianas. La emoción vivida por el Galdós viajero a lugares emblemáticos del paisaje hispano –Toledo a modo de ejemplo− y su concepción de la identidad nacional explica juicios suyos tan rotundos como este incluido en comunicación a Pereda en septiembre de 1878: «No hay que culpar a los madrileños exclusivamente de faltas comunes a toda esta raza española –digo− privilegiada raza española, tan gangrenada en la cabeza como en las extremidades y que tanta pudre tiene en el corazón como en las uñas». Una emotiva visión que se intensifica en sus epístolas de contenido político – especialmente las escritas en las décadas del siglo XX en coincidencia con su actividad parlamentaria− y en las escasas polémicas en que participó como intelectual comprometido en la enredada discusión sobre la «regeneración» que necesitaba el país.

Esta edición de la Correspondencia, además del extenso repertorio de notas complementarias que informan sobre algún aspecto tocado en las cartas, va acompañada de dos útiles índices: uno de destinatarios y otro de nombres de personas y títulos de obras citados en las cartas. Con todo, y a pesar del cuidado que los editores han puesto en su trabajo, se ha deslizado alguna errata en las transcripciones y, como es inevitable, faltan cartas galdosianas de las que tenemos noticia (como las enviadas al abogado Prieto Mesa de las que informaba Ortiz-Armengol) y hubiera sido deseable que se incorporaran todas las cartas a destinatarios particulares que Galdós estimó conveniente hacer públicas en la prensa, como es el caso de la dirigida el 26 de junio de 1901 a José Estrañi (director del periódico santanderino El Cantábrico) referente a la ruidosa acogida de que estaba siendo objeto su drama Electra.

Leonardo Romero Tobar ha sido catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros son La literatura en su historia (Madrid, Arco/Libros, 2006), Dos liberales o Lo que es entenderse. Hablando con Larra (Madrid, Mare Nostrum, 2007), La lira de ébano. Escritos sobre el romanticismo español (Málaga, Universidad de Málaga, 2010), Maestros amigos (Santander, Universidad de Cantabria, 2013) y Goya en las literaturas (Madrid, Marcial Pons, 2016). Es editor de Temas literarios hispánicos (Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2013).

29/05/2017

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