En la Europa que no puede conciliar el sueño europeo, en la Francia que asiste impotente a la hemorragia originada en el fundamentalismo. En el mismo escenario en que vecinos y allegados se dan la mano para llorar por Charlie Hebdo y el partido de Marine Le Pen crece para proyectar la sombra de la ultraderecha. Allí la hipocresía y la corrección política se presentan como herramientas preferidas de una sociedad mezquina en la que también nos miramos. Allí y aquí, en el mismo sitio, la corrección política es la espada del fascismo.

Paul Verhoeven ha dedicado su carrera a destruirla. Lo ha hecho de manera natural, no como proposición sino como un impulso desde que siendo un niño cogiera la pelota con la que otros niños jugaban y la lanzara al agua. Hay, en Verhoeven, una vocación innata que le lleva a agredir cualquier discurso empeñado en normativizar a conciencia nuestros pasos, nuestra vida. Nace desde dentro, y sabe que asomarnos a nuestras esencias como seres humanos significa mirar donde los límites desaparecen en el abismo. Nos lo ha repetido una y otra vez, y en Elle no lo puede decir ni más alto ni más claro. Además, ha encontrado un perfecto aliado: Oh…, la novela de Philippe Djian en la que se basa la película, es material exquisito para su cine, un cotidiano pulverizador de tabúes con dosis intensas de sexo y oscuridad a la luz de la clase media-alta parisina. El personaje de Michèle, que relata en primera persona sus 30 insólitos días desde que un encapuchado entra en su casa y la viola, era una suculenta figura para el director holandés. Atrás quedan heroínas supervivientes como la Rachel de El libro negro (Zwartboek, 2006) o reciclajes amorales de la femme fatale pasados por el filtro de Alfred Hitchcock, caso de la Catherine de Instinto básico (Basic Instinct, 1992). Michèle parece haber sido todas ellas, estar de vuelta de todas las mujeres verhoevenianas. Los gestos de Isabelle Huppert no podrían ser más apropiados para esa heroína sin gesta, esa mujer que ha atravesado el horror y luego lo ha escupido, que devuelve una mirada con desdén a la vida cada vez que intenta destrozarla. Quizá no exista personaje más honesto ni más franco en toda la filmografía del holandés, y por eso resulta tan divertido verle despedazar la mentira y el cinismo a su paso, como si el mismo Verhoeven se paseara entre altivos círculos de burgueses desarmando su ficción propia y dejando al descubierto sus miserias.

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Huppert es, en fin, la expresión más directa del cineasta, una natural bomba de sarcasmo y misantropía que desafía cualquier presupuesto moral y se resiste a seguir el camino señalado. A su alrededor se construye un relato y cosmos de secundarios que hace equilibrismos junto al vacío. Comidas, cenas de Navidad, situaciones cotidianas que el holandés convierte en oscuras estampas de una normalidad que está a punto de estallar en pedazos. Lo que hay bajo esa realidad frágil es un submundo en el que los códigos quedan invalidados y los instintos se apoderan de todo. En ese estrato, ya no somos dueños de nuestro destino y el sexo, en su manifestación más violenta y tortuosa, sale al encuentro de los protagonistas. Elle sigue descendiendo allá donde Instinto básico se detenía, hasta cruzar el punto de no retorno y abrirnos las puertas mismas de la muerte. Su invitación, sin duda, dejará a muchos en el trayecto, pero pocos se atreverán a poner en duda lo hermoso que resulta el modo en que concibe de manera tan (aparentemente) sencilla una tormenta perfecta de pulsiones, humor negrísimo y fatalidad asumida. Como si el Arnaud Desplechin de Un cuento de Navidad (Un conte de Noël, Desplechin, 2009) saliera al encuentro de Henri-Georges Clouzot y de Luis Buñuel y ese encuentro, casual y desenfadado, nos retara a abandonar complejos y descubrirnos en la tempestad. La carcajada que activa ese viaje de conocimiento puede llegar a ser tan brutal como amarga, removernos las tripas en medio de la complicidad, del mismo modo que el horror más rotundo puede dejar entrar un hilo de luz. En esta película, como en el mejor cine de Verhoeven, no hay margen paras las certezas, pues el suelo sobre el que caminan sus personajes es siempre movedizo y su mundo inestable. Y para nosotros, no hay mejor noticia que encontrarnos de nuevo con un autor siempre dispuesto a empujar los límites de su universo expresivo y, con ellos, los nuestros propios.