+

Sección : Artículos de Opinión

Ciclo Nietzsche, Martes 5 19 horas

                                                                                                                                  La modernidad de Descartes: Autoconciencia y certeza.

Oscar Quejido Alonso

El diálogo crítico nietzscheano con la llamada Modernidad tiene como punto de partida el pensamiento de Descartes; en particular el tema de la conciencia. La Modernidad pondrá en juego una determinada manera de entender la racionalidad, así como la subjetividad a partir del conocido dictum cartesiano “cogito, ergo sum”. En esta sesión nos detendremos en la crítica llevada a cabo por parte de Nietzsche a la noción cartesiana de conciencia, así como al dualismo que conlleva, ya sus consecuencias

para la noción de verdad entendida como certeza autoevidente. Por otra parte, trataremos de dibujar las principales líneas que en la actualidad tiene este debate en la filosofía de la mente

Compártelo:

Cataluña: paz por territorios

Para salir del bucle nihilista en el que estamos hace falta restablecer toda la presencia del Estado que sea compatible con una autonomía y una Constitución reformadas. No hay que dar otro paso atrás y ceder a la presión independentista

Cataluña: paz por territorios
EULOGIA MERLE

Paz por territorios fue la fórmula acuñada por la Conferencia de Paz celebrada en Madrid en octubre de 1991 para encauzar el problema palestino mediante una transacción que parecía razonable: los palestinos renunciaban a la destrucción del Estado de Israel y este cedía una parte de su territorio para que sus adversarios pudieran disponer de una administración propia. A simple vista, la aplicación del caso palestino al problema catalán no hace más que confundir las cosas, más aún que otras analogías al uso, como el paralelismo con Quebec o con Escocia. Ni hay un problema de ocupación por la fuerza, ni —de momento— un conflicto entre comunidades enfrentadas, ni es fácil identificar al soberanismo catalán con uno de los bandos en litigio en el problema de Oriente Próximo. Al contrario, en ese magma heterogéneo que es el independentismo se puede reconocer un sector prosionista, vinculado al catalanismo histórico, y otro propalestino en la CUP. El símil, sin embargo, tiene alguna utilidad para intentar dar una respuesta a las dos grandes preguntas que plantea la crisis institucional en Cataluña: cómo hemos llegado a esto y cómo podríamos salir de aquí.

El modelo autonómico establecido por la Transición supuso en parte el regreso a la fórmula ensayada por la Segunda República. El nacionalismo catalán, representado entonces por Esquerra Republicana, abdicaba de la independencia y el Estado aceptaba reducir su presencia en Cataluña al ceder a las instituciones autonómicas buena parte de sus competencias. El nacionalismo ofrecía la paz al Estado, abandonando cualquier pretensión secesionista, y este renunciaba a ejercer como tal en aquella parte del territorio nacional. Paz por territorios. No se puede decir que el experimento de la Segunda República colmara las esperanzas que sus dirigentes depositaron en el Estatuto de Autonomía de 1932. Dos años después de su aprobación, la Generalitat se sublevaba contra un Gobierno republicano que cumplía todas las formalidades constitucionales. Ya en la Guerra Civil, Manuel Azaña señaló la necesidad imperiosa de que la República recuperara las competencias que había perdido en Cataluña por la deslealtad y la política de hechos consumados del Gobierno de Companys. Así lo declaró Azaña ante el presidente Negrín y sus ministros en mayo de 1937: “Les dije que el Gobierno estaba obligado a trazarse con urgencia una política catalana, que no puede ser la de inhibirse y abandonarlo todo. (…) El Gobierno debe restablecer en Cataluña su autoridad en todo lo que le compete”.

El pacto de la Transición se inspiró en gran medida en eso que el propio Azaña llamó “la musa del escarmiento”, la voluntad de no incurrir en viejos errores que podían tener las mismas consecuencias que en los años treinta. Los pocos representantes activos de la generación de la República, como Tarradellas, lo entendieron perfectamente: “Mai mès un trenta-quatre” (“nunca más un 34”). El procedimiento empleado por la Segunda República para resolver el problema catalán tenía esta vez a su favor el efecto pedagógico de la musa del escarmiento y el convencimiento de que las dos partes respetarían un principio no escrito del pacto estatutario, que podría expresarse mediante la fórmula paz por territorios. El nacionalismo catalán renunciaba a su programa máximo —la independencia— y el Estado a estar presente en los ámbitos fundamentales de la vida pública catalana. Ocurrió, sin embargo, que la solución autonómica creaba una dinámica expansiva difícil de contener y que, pasado cierto tiempo, las nuevas generaciones nacionalistas se sintieron desligadas del pacto fundacional de la autonomía catalana. De esta forma, el repliegue del Estado, en vez de servir de garantía a la vigencia del pacto, fue una tentación constante a su incumplimiento. Sólo un impensable alarde de lealtad por parte del nacionalismo y su renuncia voluntaria a más altos empeños podían impedir la ruptura del marco estatutario, porque el Estado carecía de capacidad de coacción o hacía dejación de ella para no irritar al catalanismo, a menudo, necesario para contar con mayoría en las Cortes. No era sólo la ausencia de instituciones que no tenían competencias que ejercer en el territorio catalán, sino su falta de autoridad para hacer cumplir la ley y las sentencias judiciales. Frente a un Estado en retirada emergía una Administración autonómica que se jactaba, con razón, de estar creando unas “estructuras de Estado”. Cuando se elaboró el segundo Estatuto, su principal artífice, Pasqual Maragall, anunció que, tras su aprobación, el Estado tendría una presencia “marginal” en Cataluña. No se podía decir más claro.

Era cuestión de tiempo que el orden constitucional quedara reducido a la impotencia y fuera sustituido por una estructura de poder alternativa desarrollada por las instituciones autonómicas y sustentada en una formidable capacidad de movilización propia de un régimen totalitario, reforzada por un movimiento populista de apariencia asamblearia. Esa multiplicidad de impulsos, desde arriba y desde abajo, explica la sorprendente disfuncionalidad de la declarada y suspendida República catalana, mitad ácrata, mitad totalitaria, business friendly y anticapitalista al mismo tiempo, incapaz en todo caso de crear un marco de convivencia estable y pacífico ni siquiera para la Cataluña independentista. Se entiende que ante la perspectiva de vivir bajo ese proyecto de Estado fallido el mundo empresarial esté buscando amparo en territorios más seguros.

Poco importa a estas alturas si todo respondió a un plan preconcebido o ha sido fruto de una inercia natural del nacionalismo, que se encontró el campo despejado para hacer realidad sus ensoñaciones identitarias. El hecho es que la transacción paz por territorios nos ha traído adonde estamos. El Estado cumplió su parte al abandonar virtualmente el territorio catalán, fiándolo todo a la buena fe del nacionalismo, que aprovechó ese vacío para hacer de la autonomía un Estado embrionario, a punto de ver la luz tras una larga gestación.

Los últimos acontecimientos han puesto de manifiesto el agotamiento del pacto autonómico en Cataluña según se concibió en la Transición, como una renuncia al programa máximo de cada parte. La retirada del Estado ha alimentado el irredentismo en vez de apaciguarlo. Si hay una forma de salir del bucle nihilista al que se ha llegado en Cataluña es restableciendo toda la presencia del Estado que sea compatible con una autonomía y una Constitución reformadas. Por el contrario, conviene evitar la tentación de dar un nuevo paso atrás y ceder a la presión independentista, porque ese intento de apaciguamiento, en vez de traernos la paz, aunque fuera una paz deshonrosa, nos situaría ante una nueva exigencia: esta vez, los países catalanes. Y de esta forma, al final, no tendríamos ni paz ni territorio.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid.

Compártelo:

LA SERENA INTELIGENCIA DE KOLAKOWSKI

Y así seguimos mientras cada tarde, mientras sobre la plaza caen las sombras

Claudio Rodríguez

 

El pensamiento de Leszek Kolakowski es profundo, escéptico, atractivo, rebelde y crítico. Hace tiempo que no se habla de él pero sus planteamientos vitales e ideológicos fueron intensamente debatidos, en la segunda mitad del siglo XX, y sirvieron para despertar y sacudir no pocas conciencias dormidas o al menos aletargadas.

Fue un intelectual honrado y un marxista heterodoxo de referencia. Supo hacer frente a los retos del momento histórico que le toco vivir y se enfrentó con valentía a dogmatismos, presiones  y ataques por parte de quienes se creían en posesión exclusiva de la verdad, en tanto que él, lucidamente sostenía, que la verdad se persigue, pero quizás, no se alcance nunca.

Nació en Polonia en 1927 y llegó a ser catedrático de Historia de la Filosofía en Varsovia. Pronto comprendió, sin embargo, que sus planteamientos críticos y sus ideas frescas e  innovadoras no tenían cabida en un universo cerrado y hostil.

En 1968, año vinculado a revueltas estudiantiles: mayo francés, Checoslovaquia, Méjico o las norteamericanas contra la guerra del Vietnam, comprendió que los parámetros ideológicos estaba cambiando, y que la forma de entender el mundo no respondía por más tiempo a los viejos clichés

Tuvo que exiliarse, tras las presiones y hostigamientos del gobierno polaco. Se instaló  en Oxford (Gran Bretaña) y más tarde en Estados Unidos, donde dio pruebas de su independencia de criterio en su estancia en las universidades de Berkeley, Chicago y Yale.

Es importante plasmar los logros y los planteamientos más avanzados de un pensador pero no es de menor relieve, señalar de donde partió.

Fue implacable con el conformismo, el sometimiento voluntario o el cobarde mirar hacia otro lado, frente a realidades tan siniestras como el aplastamiento de la disidencia, los gulags, o la complacencia, con represiones y crímenes que cada vez eran más difíciles de ocultar, criticó con firmeza los totalitarismos, en plural, atreviéndose a denunciar el régimen soviético, denominándolo dictadura, actitud en la que coincidió con algunos miembros destacados de la Escuela de Frankfurt.  Fue capaz de evolucionar desde un marxismo ortodoxo a otro heterodoxo. Se atrevió a defender que el marxismo era compatible con la democracia, abandonando y superando los rígidos esquemas de una visión escolástica y estaliniana de la realidad y rescatando el pensamiento del joven Marx.

Su mirada es escéptica, burlona, crítica y distanciadora. Practica una suerte de relativismo crítico que le aleja del dogmatismo y de una visión cerrada y servil.

Sus ataques molestaban a todos los enemigos de la libertad. Plasmó con valentía los ocultos planteamientos reaccionarios, que se agazapaban tras el fin de las ideologías y, que pretendían acabar con la reflexión política como hecho público y moral, recurriendo a interpretaciones maniqueas bajo disfraces de neutralidad y equidistancia.

Advierte, con sagacidad, la progresiva incapacidad para la argumentación racional y las amenazas y artimañas diseñadas para descalificar y arrinconar a toda forma de disidencia.

Reflexiona con rigor sobre el concepto de tolerancia y es sumamente beligerante con quienes defienden el concepto de dictadura de la verdad, que les resulta muy útil para aplastar todo asomo de crítica. Los grupos que detentan el poder procuran evitar el autoconocimiento de los ciudadanos y despliegan toda una serie de estrategias para incrementar la falsa conciencia y conseguir más fácilmente la sumisión.

Analiza los sofismas bajo los que actúan los enemigos del pensamiento libre, como el de que la verdad tiene prioridad sobre el derecho a la crítica.

Para Kolakowski el conocimiento es necesariamente fragmentario  y quienes presumen de conocerlo en su totalidad están condenados a la parálisis y al inmovilismo. Parecen muy actuales sus puntos de vista sobre corrupción y democracia. Sostiene que donde hay elecciones libres no existen garantías de que puedan elegirse a personas corruptas o arribistas. Es de gran interés el punto de vista desde el que se analicen los hechos. He aquí como Kolakowski plantea el problema. Radica su argumentación en analizar, con rigor, qué sistema, el dictatorial o el democrático, ofrece mayores posibilidades de encauzar y satisfacer las aspiraciones y necesidades de la sociedad. Basta echar una ojeada a cualquier dictadura, con su corrupción sistémica, para orientar las respuestas. Otras ideas de calado de Kolakowski son su defensa de la democracia económica o su oposición a todo planteamiento determinista.

Quiso incidir, especialmente, en que no puede haber socialismo sin esperanza en él. Afirma que no existe certeza sobre su viabilidad pero, tampoco, prueba alguna de lo contrario. Concibe el socialismo como una perspectiva abierta por la que se puede luchar para su realización. También, es de calado su tesis de que los poderes reprimen o suprimen a quienes les molestan, presentando este procedimiento, típicamente totalitario, como una garantía de seguridad mostrándose a sí mismos como los defensores de la seguridad de unos ciudadanos siempre considerados menores de edad.

Kolakowski escribió más de treinta obras, muchas de las cuales, hay que rescatar y repensar porque nos siguen ayudando a sortear muchos obstáculos y nos guían para encontrar la salida a este laberinto en el que nos movemos a ciegas.

Señalaré, como las más combativas: “Hacia un marxismo humanista” donde sus argumentaciones tienen un cierto paralelismo con Albert Camus, “Las preguntas de los grandes filósofos” y, sobre todo, “Las principales corrientes del marxismo” , los tres volúmenes de que consta van desde los fundadores hasta la crisis actual, pasando por lo que Kolakowski llama la edad de oro.

Es quizás, el más completo historiador del marxismo. Realiza su labor con desparpajo, con ironía y no se limita a describir los hechos sino que son de gran valor las valoraciones y los enfoques críticos de los diversos problemas que va analizando.

Por apuntar sólo alguna de las  ideas que siguen haciendo imprescindible o, al menos conveniente, su consulta me limitaré a señalar que: describe el capitalismo como un mundo deshumanizado, analiza con finura analítica la explotación y las contradicciones del capital y se ocupa de la dialéctica de la naturaleza. Aparecen, a lo largo de sus páginas, figuras de relieve y, que frecuentemente han sido silenciadas o postergadas,  como Rosa Luxemburgo o Jean Jaurès, así como el Italiano Antonio Lebriola, precursor de tantas cosas o el austromarxismo o el socialismo ético de los kantianos o neokantianos.  Analiza con penetración el marxismo soviético y las controversias que tienen lugar en su seno y expone, con brillantez, el pensamiento crítico de Antonio Gramsci o los planteamientos de filosofía política de Marcuse. Por último, me parecen de mucho interés las páginas dedicadas a Ernst Bloch y su consideración del marxismo como gnosis, e incluso unas reflexiones, medidas pero de gran valor, sobre la nueva izquierda.

Es obligado hacer algunas rápidas consideraciones sobre la utopía. Formula con precisión que “las metas inalcanzables ahora, no se realizarán nunca si no se formulan ni conceptualizan, cuando todavía son inalcanzables”  dando así carta de naturaleza a la tesis de que la existencia de la utopía es el resultado previo imprescindible para que antes, o después, deje de serlo.

Antes de finalizar, es de justicia, dejar plasmado su “aviso para navegantes” de que cuando un partido político de izquierdas prescinde de su base ideológica acaba siendo inoperante e irrelevante. “Un partido político, que no tenga una auténtica base ideológica, puede existir durante largo tiempo en estado vegetativo, pero se derrumbará como un castillo de naipes, tan pronto como se tropiece con dificultades.

Concede un valor relevante a la duda, “El papel cultural de la Filosofía no consiste en aportar verdades, sino en cultivar el espíritu de la verdad”

Merece la pena que nos hagamos, como colofón a esta liviana aproximación a su pensamiento, al menos las siguientes preguntas: ¿Sigue siendo útil repensar a Kolakowski?, ¿En qué acertó?, ¿En qué se equivocó?, ¿Qué aporta su marxismo crítico y heterodoxo? ¿Qué ideas y análisis merece la pena rescatar y poner en valor?

Me parece obligado recordar que asumir críticamente las aportaciones de un filósofo no supone, en modo alguno, dar validez a la totalidad de sus postulados, muy al contrario, en este momento en que el pensamiento parece desnortado y las ideas críticas brillan por su ausencia es  muy útil rescatar y repensar a pensadores, desechando lo que hay en ellos de trasnochado o caduco, y recogiendo lo que de vitalidad y de palanca para proyectarnos hacia una sociedad más justa e igualitaria hay en sus análisis de la realidad.

Para mi sigue siendo útil volver, con frecuencia, a Kolakowski… y usted ¿por qué no lo intenta?

Antonio Chazarra

Profesor de Historia de la Filosofía

 

Compártelo:

LA CIÉNAGA

Munarriz López, Marianna; Munarriz López, Michelle

Introducción
A continuación se realizará un análisis espacio-temporal del film argentino de Lucrecia Martel llamado La Ciénaga. Adicionalmente, se analizarán los siguientes movimientos cinematográficos: la Nouvelle Vague (Francia) y el Cine Independiente Argentino. Tendremos en cuenta qué elementos destacan a la Nouvelle Vague, y cuáles de esas características son rescatadas y recicladas por la realizadora argentina. Se tratará de encontrar relaciones entre el cine contemporáneo latinoamericano y el cine moderno.
Desarrollo
Primero es necesario reflexionar acerca de la Nouvelle Vague o Nueva Ola de Cine Francés, el nombre que se le dio al nuevo grupo de cineastas franceses surgidos a finales de la década de 1950. Estos nuevos cineastas estaban completamente en contra de la forma en que se venía haciendo cine en Francia hasta el momento (películas de adaptaciones literarias).
En ellos primaba la noción de libertad; libertad en cuanto a los temas manejados en sus films, libertad en cuanto a la técnica en el campo de la producción fílmica, libertad en cuanto a dejar su huella única como autores. Estos jóvenes realizadores se caracterizaron, en principio, por ser verdaderos conocedores del cine; éstos jóvenes eran amantes del cine, y venían con un bagaje cultural cinematográfico imponente, obtenido en las Escuelas de Cine y la Cinemateca Francesa.
En segundo lugar, por la fabricación de un estilo propio a través de la crítica en la revista Cahiers du Cinema; estos jóvenes cinéfilos llenaban sus films de citas y referencias homenajeando a sus realizadores más admirados. En tercer lugar, rescatar a aquellos cineastas del cine norteamericano a quienes ellos consideraban como verdaderos artistas. Así fue que impusieron toda esta idea del director como autor y del mismo cine como arte.
En cuarto lugar, se caracterizan por emplear técnicas de montaje novedosas y el redescubrimiento de la mirada de la cámara.
En quinto lugar, por tratar en sus films temáticas que se habían evitado en el cine hasta el momento, como por ejemplo: la condición humana, la burguesía en la posguerra, etc. Y en último lugar, porque sus films eran a su vez un reflejo de ellos mismos. Ellos consideraban el cine como una especie de autoconocimiento personal, razón por la cual en muchos casos sus films son autobiográficos o contienen referencias personales.
En definitiva, los films de la Nouvelle Vague eran producciones de bajo costo. Utilizaban cámaras ligeras que les permitía moverlas como quisieran. Eran films hechos casi siempre con iluminación natural, en espacios reales y con la cámara al hombro. Así los films entran en un género casi documental, con tomas de larga duración y despreocupadas.
Cine Independiente Argentino, también llamado Nuevo Cine Argentino, es un movimiento estético perteneciente al cine argentino contemporáneo, surgido durante la década de 1990.
Antes que cualquier decisión positiva, la primera ventaja de los directores jóvenes reside en que se rehúsan a reproducir los procedimientos y esquemas del Cine Argentino que les precedió. Estos realizadores por lo menos,
saben que es lo que NO tienen que hacer.
La Nueva Ola de Cine Argentino marca una ruptura con el cine que se venía haciendo en Argentina durante la década de 1980.
En esta historia del uso del término, resulta evidente que la crítica que se le puede hacer al cine argentino de los
ochenta no es su realismo sino su costumbrismo, es decir, su apego a códigos de representación que son propios de la literatura realista o de cierto tipo de teatro inclinado al realismo grotesco. Más allá de que las historias pudieran ser verosímiles en términos de representación de la vida cotidiana, la puesta en escena y las actuaciones resultaban construcciones teatrales que se imprimían sobre la imagen cinematográfica. Esta herencia con la que se encontraron los directores de la nueva generación producía la siguiente paradoja: ¿Cómo se explica que reproduciendo diálogos tan naturales y representando personajes tan comunes, las películas resulten tan impostadas e inverosímiles? El equívoco consistía en que, mientras creían representar lo real, lo que estaban haciendo era reproducir sus códigos. El alejamiento del costumbrismo no radicó tanto en el rechazo de los códigos de representación como en la conciencia que tomaron los nuevos directores de las desemejanzas entre narración y puesta en escena. Porque si la nueva generación apostó por el realismo lo hizo, principalmente, en términos de la segunda.
Esta puesta en escena que evoca lo real no se hace sobre la base de una transparencia o de la idea de que
hay que mostrar la realidad tal cual es. En todo caso, el término realismo se convirtió en el ideologema de debate
y las diferentes estéticas se definen por el uso y la interpretación que hacen de él los directores. (Aguilar, 2010)
La Nueva Ola se caracteriza por su cualidad independiente y por el cambio en la mirada.
El hecho de evitar las narraciones alegóricas es una de las características más definitorias del Nuevo Cine. Las
películas se alejan de aquellas que las precedieron (la alegoría ha sido el modo privilegiado con el que el cine
argentino se ha referido al contexto) y del imperativo de la politización al que, según varios teóricos de diferente
procedencia, esta sometido cualquier producto que surja del Tercer Mundo. (Aguilar, 2010)
Lo que primero llama la atención en el cine de Lucrecia Martel es su capacidad de construir, o mejor dicho, reconstruir el espacio donde se llevan a cabo sus historias por medio del decorado y de la utilización de encuadres inusuales. Los espacios donde se desarrollan los personajes resultan complejos e incomprensibles, consecuencia del uso frecuente de los planos cercanos y el número reducido de planos generales, que son casi necesarios para ayudar al espectador a ubicarse dentro del espacio. Al favorecer los planos cercanos, la directora argentina logra desorientar al espectador, a quien le cuesta mucho meterse en la historia por no comprender exactamente de dónde proviene la acción. Esta es una de las grandes causas por lo cual este film genera tanto suspenso.
No se aportan las suficientes pistas como para unir lo que ocurre con los personajes y la diegésis del relato.
Esta estrategia de intentar desubicar al espectador es muy característico del cine de la Nouvelle Vague, en especial aquel de Jean-Luc Godard. Sus films están todo el tiempo tratando de mantener atento al espectador, despertándolo. Son films fraccionados que carecen de explicaciones redundantes, obligando al espectador a unir él mismo las piezas del relato.
Mostrar a una persona cuando sale de una casa y prescindir del siguiente recorrido: esa podría ser la consigna
del cine moderno y, sin ninguna duda, lo que más le importa a Godard. Menos preocupado por las peripecias de
la acción, omite, desde el comienzo, todos los momentos transitorios y elimina, prácticamente, los elementos
de conexión sintáctica. Su elección consiste en suprimir todo lo que no es esencial, para mantener en cada secuencia sólo un mínimo de planos que se convierten en privilegiados y autónomos al mismo tiempo. […] Su cine no se basa en la continuidad sino en la disrupción: sus planos no resultan de los anteriores sino más bien de su negación o, si se prefiere, de su olvido. Los falsos empalmes no son un capricho narrativo, por el contrario son el punto de partida de su polémica. (Aguilar, 2010)
En el caso de Filipelli, los movimientos de la cámara son rápidos y el encuadre parece como si estuviese en perpetuo movimiento. Una cámara en mano sigue muy de cerca a los personajes, casi acechándolos. Resulta en un encuadre completamente desestabilizado, donde los cuerpos de los personajes están en una constante fragmentación. En muchos casos los miembros de los sujetos se cortan y quedan fuera de campo. Pareciera que Martel está en una constante búsqueda de la “metaforización” de la idea del rompecabezas.
Todo lo fracciona, todo lo divide. El uso de estas técnicas de realización audiovisual es lo que le permite a la realizadora crear un mundo elaborado que hace alusión a un laberinto (muy al estilo de Stanley Kubrick).
La cámara va de habitación en habitación, recorriendo los pasillos y recovecos de la casa, tratando siempre de evitar salir al exterior. Martel crea así un laberinto en del que los personajes, por razones inexplicables, no pueden salir. Le da al espacio una fuerza casi gravitacional frente a las personas que lo vivencian. Lo que prima en el cine de Lucrecia Martel es la irradiación de objetos y personajes dentro del plano, lo cual permite adentrarse en una atmósfera asfixiante que, de cierta manera, refleja el encierro físico y psicológico que sufren los personajes. Un claro ejemplo de esto es la escena del film del baile del carnaval. En la secuencia del baile, el montaje fragmentado y la cámara en mano recrean un espacio que pareciera superpoblado. Es aquí donde la atmósfera de tensión, peligro y violencia del lugar se hacen realmente tangibles.
Adicionalmente, hacen sentir al espectador incómodo frente a la manera en que se relacionan los personajes del film.
Con frecuencia se destaca la presencia de un espejo en el encuadre, que reconstruye la imagen y la multiplica, y a la misma vez le da al espectador la sensación de estar encerrado.
En el film se destacan motivos recurrentes, lo cual instaura de manera definitiva la noción de la repetición y el sentimiento de estancamiento al ver la película. Temas, frases y situaciones que se viven repitiendo, como por ejemplo la mención de la rata africana, la intención del viaje a Bolivia a comprar los útiles escolares y la noticia que ven las chicas en la televisión sobre la aparición de la virgen en la torre del agua. Esta última se repite varias veces; cada vez que algún personaje prende la televisión la noticia esta ahí. Es más, esta misma noticia es la razón por la cual Momi visita el lugar de la aparición de la virgen al final del film. Después de ver el film por primera vez, pareciera que tuviese una estructura cíclica (empieza y termina con una escena en la piscina), que muestra que no hay salida posible para los adolescentes, condenados a repetir la vida de los adultos al principio del relato.
Como resulta evidente tras la lectura del texto de Gonzalo Aguilar, Otros Mundos, la anterior constituye una lectura correcta, pero no íntegramente. En efecto:
A diferencia de este traslado hacia los descartes y hacia los márgenes, la tendencia sedentaria presenta un movimiento espiralado y hacia los interiores. La insuficiencia del ordenamiento familiar es la clave, y justamente una de las características inquietantes de La Ciénaga reside en la falta de definición de los vínculos parentales a lo largo de los primeros minutos del film. Durante estos momentos iniciales, el espectador funciona, del mismo
modo que los personajes, como un zombie que se desliza entre la vida y la muerte sin marcos de referencia
para interpretar su propia situación. Lo que pasa es que estos desplazamientos son casi imperceptibles, y por eso la crítica sostuvo que la película tenía una estructura o una forma circular (porque comienza y termina en la pileta).
En verdad no hay nada de eso; más bien la historia transcurre en una espiral y hacia el final se produce un
pequeño salto o desplazamiento que de ninguna manera puede interpretarse como un retorno a la primera escena. (Aguilar, 2010)
Como dice la propia Martel acerca de La Ciénaga: “La película tiene que ver con las complejas relaciones de un grupo familiar”.
A la cineasta argentina no le interesa que la historia tenga un final claro, ni tampoco trata de no dejar cabos sueltos en la historia. En efecto, Lucrecia procura eliminar cualquier tipo de explicación, ya sea de índole psicológica o sociológica.
Esto de dejar la historia inconclusa, es decir, el final abierto, es también una semejanza que tiene el film argentino con el cine moderno.
En función de lo antedicho, se puede comprender que mientras que en el cine clásico se observa una historia de principio a fin, o como decían los mismos realizadores “de la cuna a la tumba”, en el cine moderno no es necesario mostrar toda la vida de los personajes ni de la historia como tal. En el cine moderno la línea narrativa cambia. Ya no es necesario hacer films bajo las mismas reglas y pautas, ni contar un relato de manera lógica, en sentido cronológico. Los realizadores tienen la libertad de contar la historia como ellos la quieran contar, y de cerrar la línea narrativa o dejarla abierta.
Aun en el guión de La Ciénaga, muy riguroso en su composición, presenta varios personajes y si la historia comienza girando alrededor de las relaciones que entablan Mecha y su hija Momi, termina orientándose hacia Tali primero, y hacia Jose después para, finalmente, concentrarse en Luciano, el hijo de Tali que muere al caer de la escalera. A diferencia del cine moderno que presentaba una historia y la desarrollaba (aun en sus variantes más transgresoras), el cine actual suele arrojar, desde el inicio, innumerables relatos potenciales de los cuales termina eligiendo uno o dos. Esto explica cierta errancia en las tramas y la sensación de que las películas pueden derivar hacia cualquiera de sus personajes. (Aguilar, 2010)
La elección del punto de vista es fundamental para la comprensión de una historia. En este caso, la instancia enunciativa afirma aquí su superioridad respecto al saber del espectador.
El espectador en ningún momento es omnisciente. La directora le impide tener una visión panóptica, negándole una respuesta a sus interrogantes, sea porque se comparte la ignorancia con el personaje (el caso de la escena que Momi espía a Isabel), o porque lo coloca en una posición de inferioridad respecto al saber del personaje. Todo esto explica que sus películas no tengan un verdadero desenlace en el sentido clásico de la palabra.
Para lograr reflejar esa complejidad entre los integrantes de la familia, la realizadora juega con las focalizaciones. En la mayor cantidad del film la focalización es externa. Los personajes son dibujados de manera muy general mediante unos cuantos rasgos físicos o características propias. De esta forma el espectador tiene una visión limitada frente a los personajes.
Uno queda como simple testigo de sus actos, sin llegar a conocer nunca la raíz de su motivación. Los films de Lucrecia Martel afirman la supremacía de las sensaciones sobre la psicología o el intelecto. Razón por la cual sus personajes suelen ser captados desde fuera, sin ninguna intrusión en el campo de su consciencia. Es decir, la focalización en el film es externa; los personajes saben más que el espectador.
En cuanto a la ocularización, se puede decir que por medio del juego de miradas e intercambios mudos entre los personajes, en ciertos momentos la cámara adopta el punto de vista de alguno de los protagonistas. Es decir, la ocularización, que esta permanentemente en cero (meganarrador), alterna con una ocularización interna secundaria (por medio del montaje).
“La historia se fundamenta en la mirada de los niños, quienes perciben lo monstruoso del mundo adulto”. (Martel, 2001)
O sea que básicamente la posición del espectador es la misma que la de los niños de la película. El conocimiento de los niños es parcial y limitado. Del mundo de los adultos ellos logran rescatar sólo piezas y fragmentos que no alcanzan a formar un cuadro coherente. Y paralelamente, el espectador se encuentra desesperado tratando de unir las partes de un rompecabezas que no logra reconstruir.
El cine de Lucrecia Martel no se adentra en la psicología de los personajes sino más bien le da más fuerza a aquello que está implícito, aquello que deja de ser dicho, como ella misma dice sobre su película: “Me parecía atractiva la forma en que el sentido aparece a través de lo que no se dice (…): eso que está allí, pero de lo que no se habla y que permanece, por lo tanto, como fuera del tiempo”. La ausencia de profundidad psicológica es a su vez manifestada por medio de los diálogos, que por lo general son superficiales. En realidad, el discurso de los personajes rara vez sirve para informar al espectador. En sus films, la directora trata siempre de cultivar voluntariamente el arte de lo implícito y alusivo. Así lo dijo en una de sus entrevistas: “El diálogo es fundamental en mis películas, no porque sirva para informar nada al espectador, sino porque me parece que es un lugar interesante para enmascarar, cubrir cosas”. (Martel, 2001)
Si bien la película no puede ser encasillada dentro de un específico género cinematográfico, es claro que el sentimiento que predomina en el espectador es la tensión, el suspenso.
La desazón y el desasosiego del espectador emergen sobre todo a partir de la tracción que mantiene la cineasta entre implicación y distanciamiento.
El no pertenecer a ningún género cinematográfico es otra semejanza que comparte con los films de la Nouvelle Vague. Y es esta misma falta de pertenencia la que libera al realizador.
La liberación del autor resulta en que el director pueda empezar a buscar cómo quiere contar la historia, y así nace el cine de autor. En el cine clásico, la división de géneros no sólo tildaba a los films de ser una cosa u otra, sino también que la misma noción de “género cinematográfico” trae consigo una cantidad de normas y modelos que el realizador debe imponer en su obra para hacerla perteneciente a cierto grupo.
Entonces el director pierde protagonismo, es sólo una persona más del equipo de producción.
Por eso las historias mínimas a las que están inclinadas estas películas no deben leerse como un modo desviado
de referirse a los grandes temas: más bien, lo que sucede es que, más que indicar un tema, las historias trabajan
con la indeterminación y abren el juego a la interpretación.
[…] Ésta ambigüedad temática se refuerza porque, y ésta es la otra gran negación del Nuevo Cine, no se introducen moralejas en la historia ni personajes denuncialistas que develan los mecanismos morales, psicológicos o políticos de la trama. (Aguilar, 2010)
En sus films, las temáticas que priman son la pérdida de los valores, la pérdida de las referencias (espaciales) y la pérdida del sentido en general. Se trata de volver tangible aquel desmoronamiento de las construcciones sociales inquebrantables, el debilitamiento de los sistemas de valores incuestionables y la disolución de las líneas nítidas de una realidad. Lo que en realidad le choca al espectador, y lo que le cause ese shock emocional, es que no se mantiene fiel a la narración clásica. “No es como el cine norteamericano al que estamos acostumbrados […] se trata de una película sin trama en el sentido clásico, construida a base de detalles.”, declara Lucrecia
Martel. Cuando un film presenta una trama narrativa muy elaborada, es inevitable caer en una concepción moral fuerte, por eso, para la realizadora argentina es indispensable desintegrar la trama narrativa desde su origen, así el espectador no sólo comparte las experiencias de los personajes sino también el mismo desconcierto que los personajes empiezan a sentir.
Por supuesto, se puede hacer una lectura política o desde la identidad de cualquiera de los films del Nuevo Cine,
pero la responsabilidad interpretativa queda en manos del espectador. Antes que un mensaje a descifrar, éstas
películas nos entregan un mundo: un lenguaje, un clima, unos personajes… Un trazo. Un trazo que no responde a
preguntas formuladas insistentemente de antemano sino que bosqueja sus propios interrogantes. (Aguilar, 2010)
Se podría decir que en la película La Ciénaga no existe una verdadera progresión dramática. No se trata de escenas encadenadas unas con otras sino de cuadros separados que se yuxtaponen entre sí. Resulta difícil destacar cuál es la trama principal y hasta quién es el personaje principal. Es el espectador el que tiene la misión de descifrar y rellenar lo que ve en pantalla. En el cine clásico siempre se establecía con rigidez la figura del protagonista y la del antagonista, así como también la trama principal y las secundarias. Con la llegada del cine moderno aparecen personajes ambiguos que presentan dualidades en cuanto a su personalidad y su moral, removiendo la necesidad de destacar a un solo protagonista.
Una de las razones principales por la cual el espectador se encuentra en un constante estado de desorientación es el manejo del tiempo mediante las elipsis. Aquí, la estrategia principal utilizada por la realizadora es la evitación. En el film no se encuentran las típicas secuencias que sirven para dar explicaciones del relato al espectador, más bien lo que se intenta es ocultar la información directamente. El cine de Martel se destaca por presentar tramas narrativas elípticas con bifurcaciones y rodeos que constantemente dan la impresión de que el relato se estanca por momentos.
No quería forzar una cronología, que no existe cuando lo que uno intenta contar es lo que NO se dice: eso que está allí, pero de lo que no se habla y que permanece, por lo tanto, como fuera del tiempo. Cuando terminé la película me di cuenta de que el relato se parece mucho a cómo mi mamá cuenta las cosas: proliferación, digresiones, silencios… Es algo muy común en la forma de contar de provincia. (Martel, 2001)
Por lo general, la directora también utiliza la disyunción de imagen/sonido para desorientar al espectador. Como por ejemplo, por momentos no queda claro si lo que se escucha pertenece a la diégesis o no. Toma a los personajes por detrás, entonces el espectador no sabe a ciencia cierta quién es el que habla. No tiene la necesidad de desmenuzar lo que dicen los personajes por medio del clásico plano contra plano, y además las voces usualmente no tienen dueño ni resaltan su fuente con el campo-contra campo (no señalan la fuente de la voz). De esta forma la cineasta obliga al espectador a recorrer distintos posibles caminos a través de lo que se dice.
Y es aquí donde el espectador sufre una transformación: pasa de ser pasivo a ser activo. En un mundo donde se dice y se muestra lo mínimo, existen infinitas posibilidades para la expansión en el fuera de campo. En conclusión, esa necesidad de tener que crear un mundo en el fuera de campo justifica el uso de recursos sonoros como la disyunción entre la banda sonora y la imagen, las elipsis, la reproducción de susurros, murmullos, gritos, crujidos y demás ruidos. Todo se coloca en pos de desviar la atención del espectador.
Los films de Lucrecia Martel han ganado un lugar permanente dentro del cine moderno, más propiamente en la tendencia del suspenso. Tal y como lo hacían los realizadores de la Nouvelle Vague, quienes citaban o referenciaban a sus autores dentro de sus films, en la obra de Lucrecia Martel se pueden encontrar citas directas a directores reconocidos mundialmente en el mundo del suspenso, como por ejemplo David Lynch. El director norteamericano es citado mediante la sucesión de secuencias que carecen de explicación alguna; los personajes son captados desde afuera, con una técnica conductista, sin introspección alguna. Sus películas son el resultado de una obra fragmentaria, construida a base de carencias.
Son obras que transforman a ese espectador pasivo y benévolo en uno capaz de participar de manera activa en el desciframiento del sentido del relato.
Lo que quiero lograr en mis películas es trasmitir una especie de enrarecimiento sumamente invisible. Es un
estado de sospecha permanente, una situación en la que no se sabe nunca en qué plano de la realidad o la fantasía estamos, o cuando pasamos de uno hacia el otro. (Martel, 2001)
Conclusiones
El film no se trata específicamente de cuestiones políticas, sociales o culturales, sino más bien se adentra en la psicología de los personajes y lo “no dicho”, pero, cabe destacar que eso mismo que muestra el film, esa realidad vivida por los personajes, su cotidianidad, su relación con el mundo y el sistema que los rodea, es en sí una gran crítica a la sociedad.
Aunque la historia que se cuenta sea ficcional, no quiere decir que el film sea menos realista.
La Ciénaga es una demostración fiel de la realidad social y cultural de la Argentina en la época en que fue realizada. Adicionalmente, se le atribuye la fuerza del relato a la cuestión semi-autobiográfica que maneja Martel en el film. La veracidad y la honestidad son inequívocas. Esta capacidad de reflejar la mirada personal en lo que se está viendo en pantalla, de cierto modo, es lo más honesto que un realizador puede ofrecer. Es por eso que el cine de Lucrecia Martel, indiscutiblemente, se cataloga como cine de autor.
Bibliografía
Aguilar, G. (2010). Otros Mundos: un ensayo sobre el nuevo cine argentino. Segunda Edición. Buenos Aires: Santiago Arcos editor.
Faraone, D. (2004). El cine de Lucrecia Martel. La sublime misión de filmar. Disponible en: http://www.arte7.uy/pag/01/2004Noviembre/LaninasantaDF.htm
Filipelli. (2005). Jean-Luc Godard, Algunas Cuestiones Estéticas. En El Plano Justo. (pp. 193, 194, 203, 204, 205, 206, 207, 208, 209, 211). Madrid.
François, C. (7-8 de marzo de 2008). «Le cinéma de Lucrecia Martel. Une plongée dans les eaux troubles de amours interdites». En Actas del Coloquio internacional Amours interdites / Amores prohibidos. Centro de Investigaciones ALMOREAL, Universidad de Orléans. Frodon, J. M. (septiembre de 2004). “Le cinéma comme espace collectif”, Entrevista a Lucrecia Martel. En Cahiers du Cinéma n°593.
La Nouvelle Vague. (s.f.). Recuperado el 4 sep 2014 de http:// es.wikipedia.org/wiki/Nouvelle_vague#Caracter.C3.ADsticas “Lucrecia Martel presentó La Ciénaga en su Salta natal”. (1 de abril de 2001). La voz del interior online, Córdoba. Disponible en: http://www.intervoz.com.ar/2001/0401/nota24700_1.htm
Noriega, G. (2001) La Ciénaga. Disponible en: http://www.fipresciargentina.com.ar/archivo/cienaga/htm
Compártelo:

ABU NUWAS

Siempre que se produce un atentado en nombre de Alá pienso en Abu Nuwas. Incluso ahora que el zarpazo terrorista que todos temíamos (aunque queríamos pensar que no se produciría) ha sangrado el corazón de Barcelona. ¡Tantos muertos, tantos heridos, tanta impotencia, tanta tristeza!

Abu Nuwas era un poeta persa partidario del vino y la sensualidad, que vivió entre los siglos VIII y IX. Durante el califato abásida, la severa cultura musulmana convivía no sin tirantez con otras tradiciones culturales. Abu Nuwas fue tan famoso que incluso aparece en los cuentos de Las mil y una noches. Considerado un clásico, tiene (o tenía) una escultura dedicada en Bagdad, en la que aparece alzando una copa de vino. Su poesía fue muy célebre en el mundo árabe, pero me temo que ahora está prohibida en muchos de aquellos países, como el cruasán en Irak (fue inventado por los pasteleros de Viena para celebrar la derrota del asedio de los turcos sobre la ciudad: de ahí la forma de media luna).

Durante siglos, Abu Nuwas fue incluso estudiado en la escuelas árabes, aunque se censuraban sus versos homoeróticos y satíricos contra el Ramadán y en favor del vino. Publicados en castellano por Cátedra, uno de sus poemas suena así: “Siéntate junto al narciso, deja atrás las espinas, / túmbate al lado del mirto, olvídate de las zarzas, / y por la mañana empieza a beber el vino. /¡Que ninguna prohibición te lo impida! / Quien combate los placeres que el vino acompaña / vive una extenuante vida de aflicción”.

Abu Nuwas describe a los perseguidores del vino como “los cuervos negros de la división”. Y sugiere que no son las ­creencias o las ideas las que causan división, pues tan sólo divide quien quiere imponer sus creencias a los demás. Los rigoristas de su época no se conformaban absteniéndose de beber vino, tal como el Corán prescribe: pretendían que el vino fuera prohibido a todo el mundo. Este es el cuervo que separa: el que exige obediencia, el que impone su verdad, si es necesario violentamente. Como ven, Abu Nuwas ya previó en el siglo VIII la evolución malhumorada y impositiva del islam, que ahora está llena de exigencias sorprendentes: en las relaciones diplomáticas se da por hecho que, en presencia de musulmanes, no se puede servir vino.

En el mundo actual, tan mezclado, es de sentido común aceptar que ninguna ideología y ninguna religión pueden aspirar al predominio. Es de sentido común, pero una parte muy significativa del islam (y no sólo la violenta) no lo acepta. Y aquí está el problema. ¿Qué hacer para favorecer que los creyentes islámicos (serán cada vez más entre nosotros) incorporen a su pensamiento la primacía de la sociedad civil sobre la religiosa? ¿Tratándolos con paternalismo políticamente correcto y repitiendo de nuevo que el terrorismo islamista y la religión de Mahoma no tienen nada que ver? ¿O tratándolos como adultos, esto es, vigilando que no se les discrimine por sus creencias, pero a la vez cuestionando sus creencias como se cuestionan en democracia todas las otras religiones e ideologías?

ANTONIO PUIGVERD, viernes 18 de agosto La Vanguardia

Compártelo:

¿Murió de éxito la socialdemocracia?

TARDES PARA EL DIÁLOGO.

6º sesión, 10 de mayo, 19:00h. Biblioteca Manuel Andújar.

 

¿Murió de éxito la socialdemocracia?

En El espíritu del 45  ̶ memorable documental de Ken Loach ̶  se nos cuenta la ola de nacionalizaciones en los servicios básicos (carbón, ferrocarriles, electricidad, agua, salud pública, vivienda, etc.) acometida por los gobiernos británicos a lo largo de los diez años  siguientes al final de la Segunda Guerra Mundial. Su objetivo era rescatar a las clases más humildes de la miseria generalizada en la que habían estado viviendo durante las décadas previas. Si organizándose bien habían derrotado al nazismo, ¿por qué no iban a poder hacer lo mismo con la pobreza y el abandono de millones de ciudadanos?

En Francia se denominan “Los Treinta Gloriosos” a los años que van desde el 45 al 75 del siglo pasado. El caso alemán es un tanto peculiar: ocupado, dividido y a la vez fuertemente estimulado económicamente, en Alemania Occidental también se alcanzaron cuotas envidiables de igualdad y derechos sociales. Por su parte las sociedades escandinavas de la época eran consideradas casi como el súmmum del bienestar, la protección social y la igualdad de oportunidades.

Este fenómeno político es conocido como socialdemoracia y se inspira en la ideología política (del mismo nombre) surgida en el siglo XIX entre los partidos obreros reformistas de la Europa Central, quienes pretendían alcanzar una sociedad sin clases por una vía gradual y democrática, con renuncia expresa a la revolución. Si sus realizaciones de mayor calado y extensión no comenzaron a lograrse hasta después de la IIWW, solo es porque tras la victoria llegó inmediatamente la Guerra Fría y entonces el Bloque Occidental Capitalista echó mano de la socialdemoracia como instrumento de oposición a la URSS y al correspondiente eventual peligro de extensión de la Revolución Proletaria.

A mediados de la década de los setenta cuando las clases populares ya han alcanzado un nivel de riqueza y bienestar considerable saltan una serie de factores que dan al traste con tan magnífico invento. Algunos de estos factores son (solo enumero; los órdenes de prelación y causalidad son los que tendremos que debatir):

Fuerte sacudida del sistema capitalista como consecuencia de la crisis del petróleo del 73.

Pérdida de conciencia de clase en una gran masa de gente que hasta entonces eran y se sentían                 proletarios, asumían sus intereses de clase y aspiraban a una cultura y a una forma de vivir    solidaria y reivindicativa.

Surgimiento de poderosos focos de pensamiento en think tank´s y universidades americanas                 (notoriamente La Escuela de Chicago) que generalizan una ideología neoliberal disfrazada de             Ciencia Económica. Este nuevo planteamiento fundamentado en el liberalismo           exclusivamente              económico recomienda el adelgazamiento del Estado hasta tallas de auténtica    anorexia.

Más tarde viene la “Tercera Vía” y todos sabemos lo que pasó: Fracasos electorales de los partidos socialdemócratas, disgregación social, privatización de las empresas rentables y de las pérdidas de las fracasadas, y culpabilización del individuo por sus frustraciones personales debidas a no esforzarse lo suficiente.

Os espero para que entre todos averigüemos si realmente el éxito mató a la socialdemocracia.

AP

Compártelo:

Hitoshi Matsumoto

¿Todavía no has oído hablar de Hitoshi Matsumoto? Es el cómico más famoso de la televisión japonesa, y aunque lo primero que se nos pasa por la cabeza es Humor Amarillo, esto va mucho más allá. Este hombre está considerado un genio en el mundo del séptimo arte.

Para hacernos una idea de porqué basta con fijarnos en una de sus películas más transgresoras, llamada “Symbol”. La historia comienza con un hombre en pijama que despierta solo en una habitación que no tiene ni puertas ni ventanas, sin salida. El personaje desespera en su propia soledad, hasta que, de pronto, se fija que en la pared hay un bulto, algo extraño, que resulta ser (nada más y nada menos) que un pene de querubín. ¿Qué haría cualquier persona en esa situación? Pues bien, él lo toca y empiezan a salir muchos más alrededor de las cuatro paredes. El juego acaba de empezar. A partir de ahí, mientras va tocando todos los micropenes, van apareciendo objetos que, a través de su correcta combinación, le ayudarán a salir de la habitación.

Aunque puede parecer una sinopsis absurda, esta película trata temas muy filosóficos, como pueden ser la educación, la paciencia, la perseverancia, la maduración y el futuro de los humanos. La vida en sí misma, con sus éxitos y fracasos. Puede cautivar al espectador o resultarle lo más enigmático y disparatado del mundo pero, con toda seguridad, nadie habrá visto jamás una película igual, ni siquiera parecida.

Sus obras tratan temas densos y complejos. Son una crítica constante al sistema, ya sea a la decadencia de los ideales de la cultura japonesa o a los medios de comunicación de todo el mundo. A través de sus trabajos, y siempre en clave de humor, hace que los espectadores no se levanten de la butaca sin haberle dado antes unas cuantas vueltas de tuerca a la cabeza.

Es por esto que si René Magritte, Max Ernst o Salvador Dalí levantasen la cabeza se quedarían atónitos con los trabajos de Hitoshi Matsumoto y, sin pensárselo dos veces, le considerarían uno de los suyos. Este comediante convertido en cineasta es un experto en lo onírico, en crear universos surrealistas capaces de cuestionar nuestra sociedad actual, la real, la que vivimos cada día y pocas veces nos replanteamos.

A Matsumoto se le considera, además, uno de los exponentes del “Novísimo Cine Japonés”, que se compone de artes multidisciplinares para captar la atención de un público al que pretende dejar estupefacto. Aunque esto no es solo parte de este movimiento, sino que es una característica intrínseca de su propia personalidad, ya que además de director es actor, guionista, escritor, pintor, músico, poeta… y el resto de etcétera que compone el mundo del arte.

 (La Vanguardia)

 

Compártelo:

2ª sesión TARDES PARA EL DIÁLOGO

El próximo día 11 de enero, segundo miércoles de mes, tendrá lugar la nueva sesión de TARDES PARA EL DIÁLOGO, que promueve Colectivo Rousseau.

Después del recorrido amplio y, tal vez, algo difuso de la sesión inaugural sobre diversos aspectos de la crisis presente en la izquierda, y de su eventual incapacidad para identificar los problemas de la sociedad que nos sumerge, conviene, en la siguiente, bajar a terrenos más concretos con el fin de llegar a conclusiones palpables. En ese sentido propongo la siguiente pregunta para el segundo debate:

Liquidada la clase obrera de perfil clásico, ¿quién es, o quien puede erigirse hoy, en sujeto de cambio?

De esta cuestión genérica se derivan otras serie de preguntas, cuyas respuestas nos van a ayudar a identificar la existencia, o el germen, o la imposibilidad de surgimiento   ̶ ¿quién sabe? ̶   de un nuevo motor de cambio en las sociedades occidentales de nuestros días. O incluso, si ese motor no pueda arrastrar el vehículo hacia la involución. El profesor Fernández Liria, con un punto de vista no exento de originalidad e ironía, habla del 15M como de un movimiento conservador frente a los revolucionarios anti-sistema del poder financiero. Pues bien, esas preguntas subsidiarias pueden ser:

-¿Sigue siendo la plusvalía (y su apropiación) un factor determinante de la división social por clases?

-¿Es útil el materialismo histórico como método de análisis dinámico de la realidad social en nuestros días?

-¿Asistimos al final de la historia y no hay más cera que la que arde?

-¿Puede un movimiento difuso y asambleario (no encuadrado) liderar una corriente de cambio progresista?

En mi opinión, de dar respuestas certeras a las cuestiones precedentes, habremos enfilado el debate general hacia una sesión posterior centrada en un concepto apasionante y de máxima vigencia: el populismo.

De momento, ahí os quiero ver. Ventilad cuanto antes los vapores alcohólicos de las fiestas y aguzad el raciocinio para que el debate del 11 sea aun más fructífero que el precedente.

Nos vemos en la biblioteca Manuel Andújar el miércoles de la próxima semana.

Meditación: “La dialéctica… en su forma racional… capta las formas actuales en pleno movimiento sin omitir su carácter perecedero” K. Marx. Prólogo a la II Edición de “El Capital”

moderárá ALFONSO PELÁEZ

Compártelo:

EL QUE OSÓ Y DURÓ

descarga-17Antoni Domènech Ailynn Torres Santana Julio César Guanche Gustavo Buster María Julia Bertomeu Carlos Abel Suárez Daniel Raventós 27/11/2016  REVISTA SIN PERMISO

 

Por su radicalidad extraordinaria, no menos que por la naturaleza tan poco cruenta de su desenlace inicial: la elite política y profesional batistiana, que había traicionado y emputecido los ideales de la Constitución republicana cubana de 1940, huyó despavorida de la isla tan pronto entraron los barbudos en La Habana, y la Revolución empezó insólitamente de cero, casi sin necesidad de tener que contar con la asistencia –o el sabotaje— de altos o medianos funcionarios civiles o militares del antiguo régimen. El programa de los revolucionarios triunfantes estaba en la gran y robusta tradición del republicanismo democrático de José Martí y de socialistas republicanos como Diego Vicente Tejera o Raúl Roa (ministro de exteriores de Fidel Castro). Esto, que escribió Vicente Tejera (contra España) en 1897, podrían haberlo firmado Fidel Castro o Raúl Roa (contra EEUU) en 1959: “Todo yace en pavoroso hacinamiento, testimonio —por su pesadumbre— de la dureza de España, que levantó aquella máquina opresora, y del esfuerzo heroico del cubano, que ha sabido echarla a tierra: porque aquel montón de escombros es la colonia derribada. El espectáculo será terrible, pero no desconsolador. El cubano, orgulloso de lo que supo hacer, cobrará fresco aliento para acometer la segunda parte de su obra. Porque no destruyó sino para reconstruir. De aquella informe ruina hay que sacar a luz una Cuba nueva, en que haya todo aquello de que careció y por cuya posesión suspiró la antigua Cuba, principalmente mucha libertad y mucha justicia —mucha justicia, para que completemos nuestro lema republicano, puesto que justicia es igualdad, e igualdad es fraternidad.” La Revolución cubana expropió masivamente la propiedad absentista y propiedades norteamericanas que habían hecho su agosto bajo Batista, y propició una radical reforma agraria en buena medida inspirada al principio en las ideas que José Martí había aprendido en los EEUU del último tercio del XIX del gran economista y reformador norteamericano Henry George (y que hasta cierto punto habían inspirado a la Constitución republicana cubana de 1940, traicionada por Batista]: “El que trabaja la tierra y mejora debe poseer la misma. Él debe pagar al estado por ello mientras lo usa. Nadie debe poseer la tierra sin tener que pagar al estado para su uso. Nadie debe pagar al Estado un impuesto más allá de un arrendamiento de tierras. Así, el peso de los impuestos nacionales caerá sobre aquellos que han recibido [de la nación] los medios de pagar ellos … La vida sin impuestos será barata y fácil, y el pobre tendrá un hogar y el tiempo para cultivar sus mentes, entender sus derechos cívicos deberes, y amar a sus hijos.” [Artículo de Martí fechado en 14 de abril de 1887 y publicado en el diario mexicano El Partido Liberal.] Pero no sólo por eso, es decir, por sus propios méritos, conquistó la Revolución de 1959 a la opinión pública democrática internacional. También porque el mundo era entonces muy otro. Es verdad que se estaba en plena Guerra Fría. Es verdad que la propia Revolución cubana propició en 1962 un pico terriblemente peligroso de la Guerra Fría con la llamada crisis de los misiles. Pero el clima de opinión era netamente antiimperialista y ampliamente favorable a los procesos de descolonización en curso desde el final de la II Guerra Mundial. El movimiento obrero, los movimientos populares y los movimientos por los derechos civiles eran pujantes y vigorosos en las metrópolis. Una buena parte del establishment académico y político norteamericano y europeo se sumaba a la tesis entonces en boga de la “convergencia”: el capitalismo democratizado y socialmente reformado de posguerra y el socialismo real centralmente planificado “tendían” a una convergencia supuestamente dimanante de las exigencias técnicas de la economía y la vida social modernas: el capitalismo seguiría democratizándose y su sector público, creciendo; los países de socialismo real tenderían a desburocratizarse y a democratizarse; y los países descolonizados y “en vías de desarrollo” se beneficiarían de todo eso y se sumarían a la “convergencia”. Los años 60 fueron años de esperanza y de optimismo. Infundadamente, tal vez. Porque se venía de la década del golpe de Estado anglo-norteamericano contra el gobierno de izquierda laica de Mosadeq en Irán, de la intervención imperialista anglo-francesa contra el Egipto del gobierno nacionalista laico de Nasser en la crisis del canal de Suez, o del golpe de Estado norteamericano contra el gobierno republicano-democrático de Jacobo Arbenz que, en Guatemala, se había atrevido a una reforma agraria que dañaba los intereses de la United Fruits norteamericana. Porque se venía del golpe presidencialista light de De Gaulle contra la IV República parlamentaria francesa. Porque se estaba ya en la década del terrible y sangriento golpe de Estado norteamericano en Indonesia contra el gobierno de izquierda laica de Sukarno. Porque se estaba ya en la década de la yugulación soviética de la Primavera de Praga. Y porque estaba por venir el golpe de Estado norteamericano contra Allende en Chile en 1973, punto final de toda una época signada por el antifascismo de posguerra. Fidel Castro sobrevivió a todo eso. Sobrevivió incluso al hundimiento de la URSS en 1989. Es decir, que, además de osar, duró. Duró asombrosamente. Con virtú y con fortuna, en el específico sentido maquiavélico de estas palabras. Y hay que decir que, en el clima de retroceso, crecientemente restauracionista, que empezó a experimentar el mundo desde finales de los 60, Fidel Castro se manejó con gran pericia: esto se lo reconocen hasta sus peores enemigos. Es demasiado pronto para juzgar cuántas de las maniobras y pillerías de Realpolitiker consumado que le permitieron durar tanto fueron errores políticos, cuántas aciertos y cuántas, en cambio, Zugzwänge, movimientos obligados, como se dice en argot ajedrecístico. Fueran errores políticos evitables o malhadadas jugadas forzadas, dos pesan hoy como una losa para el futuro revolucionario de Cuba. El primero es la subordinación de la isla al ámbito económico de influencia de la antigua URSS: la actual y peligrosa dependencia de Cuba del rentismo petrolero venezolano muestra que la economía cubana no halló con la Revolución –y sigue sin hallar— una forma sana y sostenible de insertarse en la economía mundial. El segundo es la Constitución de tipo soviético de 1976. Hasta esa fecha, Cuba mantenía, aun si suspendida provisionalmente en la práctica desde 1959 por una dictadura revolucionaria supuestamente fideicomisaria de emergencia, la gran Constitución republicano-democrática de 1940. Sin la Revolución cubana de 1959, el mundo sería hoy con toda probabilidad peor y harto más peligrosos de lo que ya es. Y Cuba sería, en el mejor de los casos, y con mucha suerte, un triste protectorado endeudado à la Puerto Rico, o, en el peor, un Haití. Los logros de la Revolución son indiscutibles. Entre otros: Cuba es según la UNICEF el único país de las Américas sin desnutrición infantil, razón por la cual ha sido declarada “paraíso internacional de la infancia”. Cuba tiene la tasa de mortalidad más baja de las Américas. Cuba tiene 130.000 médicos licenciados desde 1961. El sistema de salud cubano es, según la OMS, un ejemplo para el mundo. Cuba es el país del mundo que más PIB aporta a la educación Cuba es uno de los países con mayor índice de desarrollo humano, según NNUU. Cuba es el primer país del mundo en eliminar la transmisión madre-hijo del VIH Pero el futuro de Cuba, si ha de conservar los logros de su Revolución socialista, pasa por volver a las raíces republicano-democráticas de la misma. Por reinsertar sana y eficientemente su vida económica en la economía mundial, por desestatizar parcialmente y desburocratizar administrativamente su economía sin privatizar el grueso de la misma y sin concentrarla, es decir, socializándola por vías democráticas como el fomento de la propiedad cooperativa, de la propiedad común local, de la colectivización voluntaria, de la autogestión democrática y/o el control desde abajo de las empresas y los servicios públicos, etc. Condición inexcusable de todo lo cual es la recuperación y la institucionalización constitucional de los valores republicano-democráticos que han estado en el centro de la historia de todas las revoluciones de Cuba, las del XIX y las del XX, y en expresa defensa de los cuales se batió precisamente la Revolución socialista de 1959.

Compártelo:

EL POPULISMO, EN SERIO

por Juan Antonio Cordero  Crítica del libro de Villacañas

 

El condescarga-7cepto de «populismo» no es nuevo en el debate público. Al contrario: en los últimos años ha pasado de emplearse de forma esporádica, normalmente para referirse a realidades ajenas (típicamente latinoamericanas; más recientemente, también europeas orientales, sobre todo en forma de populismos de derechas), a volverse omnipresente. En España, esta mutación ha sido tardía, aunque remarcablemente rápida. Pero, como ocurre con los términos que se incorporan abruptamente al léxico político-mediático, su uso masivo, frecuentemente impropio, no ha ayudado a clarificar el concepto ni a comprender realmente su alcance, sino que ha contribuido a oscurecerlo aún más, cuando no a vaciarlo de significado a ojos de la opinión pública. En demasiadas ocasiones, «populismo» ha acabado siendo la descalificación manoseada y vacía que se dirige contra el adversario nuevo –contra cualquier adversario nuevo1– cuando éste amenaza a los actores tradicionales, y con el que se pretende evocar –con razón o sin ella– un confuso universo semántico que incluye la demagogia y el histrionismo, la retórica gruesa, el cesarismo, la manipulación folclórica y el odio a las elites: una suerte de política embrutecida que crece entre los escombros (o ante la ausencia) de un orden institucional consolidado, sólo apta para electores despistados o imbéciles.

Es peligroso acabar confundiendo el fenómeno populista con esta hipersimplificación. Más allá de la caricatura, la denominación de populismo o nacionalpopulismo denota un fenómeno político complejo y un planteamiento concreto y articulado, dotado de una teoría y de numerosas prácticas que hay que conocer para calibrar y, desde luego, para combatir. Y, por más que sea fácil confundir ambos planos, es conveniente separar la vertiente académica del populismo, que en algunos casos ha realizado contribuciones relevantes a la comprensión de la democracia y la política, de su encarnación en un proyecto político y electoral que aspira a la hegemonía y el control de las instituciones. El examen de sus presupuestos e implicaciones resulta tanto más pertinente cuanto que los populismos, en sus diversas variantes, tienden a consolidarse como fuerzas políticas autónomas y relevantes en las democracias europeas.

Por ello son especialmente de agradecer contribuciones analíticas como la de José Luis Villacañas. El autor no hace misterio, desde las primeras líneas de su opúsculo, de sus fuertes reservas hacia el fenómeno populista y de su compromiso con un paradigma republicano que bosqueja como su alternativa natural. Esta posición crítica no le impide «tomarse en serio el populismo», como anuncia desde el inicio del libro, y emprender, consecuentemente, un recorrido razonado por sus entrañas intelectuales.

I. El populismo, reacción y radicalización de la dinámica liberal-democrática

Una de las dificultades más notorias al enfrentarse al fenómeno populista es la relativa falta de originalidad de sus rasgos visibles más sobresalientes. En las sociedades democráticas avanzadas, la práctica totalidad de elementos que forman la fenomenología básica del populismo (la extrema simplificación del debate político, el discurso maniqueo entre un «ellos» y un «nosotros» irreconciliables, la fragmentación del discurso en función de las audiencias, el manejo de un mensaje político deliberadamente impreciso y metafórico, fuertemente marcado por las técnicas de comunicación, la priorización de los resortes emocionales, identitarios y sentimentales sobre el contraste racional de argumentos) suelen estar ya presentes, de la mano de los actores políticos tradicionales, en el paisaje político que asiste a su emergencia y ascenso.

Villacañas reconoce esta dificultad y extrae de ahí el hilo que sigue a lo largo del ensayo. Cuando el populismo adquiere una expresión política autónoma, con capacidad para poner en riesgo el dominio de los actores políticos tradicionales, sus resortes más perniciosos llevan ya tiempo operando en el paisaje político; éstos son indicativos (como síntomas o como causas, según el análisis) de un proceso de erosión institucional y crisis orgánica del que los partidos clásicos son, cuando menos, corresponsables. Por ello la reacción primaria contra el populismo, que incide precisamente en esos aspectos y en el riesgo que éstos suponen para la calidad del entramado institucional y democrático, suele ser ineficaz. Por eso, también, las descripciones exclusivamente fenomenológicas del populismo (por los rasgos superficiales que muestra su articulación política) resultan poco convincentes.

El populismo es tanto una reacción como una radicalización de ciertas dinámicas que dominan desde hace décadas la evolución de las democracias liberales

Esta dificultad para capturar la singularidad populista a través de los rasgos primarios de su manifestación política se une a la diversidad de escenarios y contextos en los que se ha asistido a una formación populista. Ernesto Laclau ya da buena cuenta de esta heterogeneidad, y de las insuficiencias de los intentos tradicionales de caracterización, en la primera parte de La razón populista2. De forma más esquemática, Villacañas ilustra este mismo hecho estudiando en profundidad una de las aproximaciones convencionales más populares al populismo, la que realiza el historiador Loris Zanatta en El populismo3. Aunque su crítica a Zanatta es discutible en algunos aspectos (véase la sección IV, infra), ejemplifica las limitaciones de un enfoque que, de forma simplificada, tiende a presentar el populismo en términos de reacción antipolítica contra las crisis sociales de modernización.

Villacañas señala acertadamente (pp. 46-47) el carácter parcial, y por ello potencialmente engañoso, de este enfoque, y ensaya a lo largo de su opúsculo una aproximación más efectiva y más comprensiva, que acaba precisando la intuición de que el populismo es tanto una reacción como una radicalización de ciertas dinámicas que dominan desde hace décadas la evolución de las democracias liberales, sobre todo en sus dimensiones socioeconómicas (en la reacción) y políticomediáticas (en la radicalización). Estas dinámicas pueden leerse como una degeneración del modelo democrático, al menos examinado en las coordenadas del republicanismo clásico, pero esta degeneración no es ni «patológica» ni «meteorológica» (es decir, no se debe a factores exclusivamente exógenos), en el sentido en que habitualmente se presenta el fenómeno populista: están intrínsecamente ligadas a las condiciones y las restricciones en que operan las instituciones de las democracias liberales.

II. El populismo como parte de la secuencia neoliberal

Esta tesis es probablemente la contribución más relevante del ensayo. Aunque en el momento actual ya no tiene sentido discutir qué tipo de sociedades democráticas son inmunes al populismo (porque éste se halla presente en la práctica totalidad de las democracias occidentales, y en particular en las europeas), sí cabe examinar los factores que se correlacionan con una mayor o menor presencia populista. La narrativa liberal antipopulista tiende a presentar el populismo como un cuerpo extraño al de la política democrática convencional, liberal-democrática. Pero el populismo prende menos en sistemas institucionales sanos, en un sentido republicano, y más en los frágiles4; y su ascenso tampoco reacciona mecánicamente ante la magnitud de la crisis económica y social (desconectada de la configuración institucional), aunque ésta sea tan grave como la que está sufriéndose en Europa. En este terreno, la noción gramsciana de «crisis orgánica», que se produce a la vez en el interior y en el exterior del Estado (también en su sentido gramsciano más amplio, esto es, incluyendo sus aparatos «duros» y las esferas de sociedad civil ligadas al consentimiento «blando»), captura mejor las condiciones en que es fácil que se produzca una construcción populista. Villacañas asume aquí en parte el autorrelato populista, e inscribe su emergencia en una secuencia más larga en la evolución de las democracias liberales, de la que la fase «populista» es la continuación lógica de una fase previa marcada por la erosión de los vínculos comunes (sociales) y el despliegue del programa político neoliberal, marcado por el desmantelamiento de los Estados del Bienestar. La argumentación de este último extremo es más bien esquemática y merecería un desarrollo más amplio y más detallado del que ofrece el ensayo, pero la tesis es atendible: hay una continuidad entre la espiral de despolitización y tecnocratización que han sufrido las democracias europeas en las últimas décadas, marcada por una separación creciente entre los ámbitos de la gestión y de la confrontación política-electoral propiamente dicha (o, si se prefiere, por la exclusión de un número creciente de asuntos del debate público, ya sea por su cesión a instancias superiores –europeas, internacionales– o por su ingreso en el consenso silencioso entre los grandes partidos tradicionales y sus elites), y la promesa de repolitización en la sociedad liberal que realiza el populismo en un contexto de (creciente) fragilidad «orgánica».

Otra cuestión es si esa promesa populista puede mantenerse o está condenada, por su propia naturaleza, a incumplirse; es decir, si es posible repolitizar en las condiciones de la sociedad neoliberal. Villacañas sostiene convincentemente que no, precisamente por las restricciones (neo)liberales que el populismo asume en su propio planteamiento, y de esa impotencia surge el interés del populismo político por la ocupación del espacio mediático, el control de la información y la hegemonía cultural y de lenguaje, que en ocasiones parece más tributario de Humpty Dumpty («Cuando uso una palabra […] significa lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos. […] La cuestión se reduce a quién manda, y eso es todo») que de los análisis y conceptos de Gramsci que se manejan con asiduidad.

III. Repolitización en el marco liberal

Al margen de su (in)capacidad para honrarla, es ilustrativo examinar más detalladamente esa doble promesa populista, que incluye la repolitización contra la deriva tecnocrática, pero también la profundización en algunos de los rasgos principales de la configuración liberal (o neoliberal) dominante. Villacañas explora esta dualidad apoyándose en dos de los presupuestos fundamentales del diagnóstico y la propuesta política populista: la constatación radical de que no existe una realidad social compartida, por un lado; y la reivindicación del conflicto como constitutivo de la democracia, por otro.

1. La realidad social no existe

La teoría social populista niega la existencia de cualquier estructura social objetiva. Ello le lleva, en primer lugar, a negar la existencia de las clases sociales; algo que constituye, tal y como señala Villacañas, su punto de divergencia básica con el marxismo y con las ideologías que son más o menos deudoras de su modelo social (incluida la socialdemocracia). Pero también supone la negativa del populismo a establecer jerarquías o prioridades entre las demandas sociales insatisfechas, que, sin embargo constituyen la unidad básica sobre la que construye su propuesta política. En la teorización de Ernesto Laclau, el populismo se orienta a la construcción de un «pueblo» homogéneo a partir de una multiplicidad social desestructurada, y para ello se apoya en la articulación de una «cadena equivalencial de demandas insatisfechas», todas ellas asociadas/proyectadas en un mismo «pueblo» que las representa a todas sin concretarse en ninguna. Pero, puesto que no hay ningún orden objetivo posible entre las distintas demandas, la relación de las demandas entre sí y con la «cadena equivalencial» (incluida su inclusión/exclusión) es coyuntural y oportunista, sujeta a las necesidades operativas de la construcción populista. No hay ninguna precisión conceptual «fuerte», en el planteamiento laclauiano, sobre el tipo de demandas que pueden incluirse o no, y con qué relevancia, en la «cadena equivalencial» populista, algo que tiene que ver con la flexibilidad ideológica de su articulación política en cada momento.

Esta falta de estructura social y esta renuncia a jerarquizar las distintas demandas presentes en la sociedad de partida resultan contrarias a las motivaciones e intuiciones más elementales de la izquierda democrática clásica, históricamente construida en torno al valor social del trabajo y la demanda-ideal de emancipación. Pero, en cambio, resultan perfectamente subsumibles en los presupuestos filosóficos del modelo social liberal (neoliberal), individualista e igualmente agnóstico respecto a las demandas circulantes. La propia idea de la «cadena equivalencial» formada por demandas distintas y no necesariamente afines, sin mayor relación entre sí que su común inclusión en un imaginario impreciso de «pueblo», tiene su correspondencia en el sistema político-mediático neoliberal en una oferta política cada vez más diseminada, estructurada en partidos de contornos cada vez más imprecisos, para los que (casi) toda demanda vale (catch-all) mientras se articule a través de sus propias estructuras.

Villacañas identifica atinadamente aquí uno de los ámbitos de coincidencia entre la perspectiva populista y neoliberal: ambos comparten la misma apreciación de anomia social. Discrepan, eso sí, en sus objetivos políticos: el populismo se interesa por la construcción política de una comunidad «popular» homogénea que el neoliberalismo tiende a evitar. Ante esa ausencia de un suelo social común y objetivo sobre el que construirlo, el populismo apuesta por una construcción de homogeneidad exclusivamente discursiva, de la que se deriva una concepción de la política dominada por su dimensión comunicacional5. Esto no es, a priori, especialmente afín a la teoría política del liberalismo, pero sí convierte al populismo en un actor «nativo» en la configuración mediática propia de las sociedades neoliberales avanzadas, marcada por la importancia creciente de los medios de comunicación de masas (nuevos y tradicionales), sus códigos, sus prioridades y su capacidad para marcar una agenda propia cada vez más autónoma de la realidad social. Una evolución que tiende a convertir los espacios de deliberación y debate público, tanto en el interior de las instituciones como entre actores políticos y sociedad civil, en dominios cada vez más canibalizados por las técnicas de marketing y comunicación política. No es de extrañar que la estrategia populista, diseñada precisamente para operar en un primer tiempo desde esos escenarios, desborde a los actores políticos tradicionales en los propios terrenos mediáticos en los que se había asentado su hegemonía.

2. La política es conflicto y emociones

El populismo académico presenta otras aportaciones significativas sobre la concepción de la política que Villacañas aborda con detenimiento en su ensayo. El papel de las emociones y la centralidad de la conflictividad, especialmente, son aspectos en los que la teoría populista se separa sensiblemente de otras grandes tradiciones (la liberal, pero también la republicana, ambas ligadas a concepciones «sustantivas» de la política en las que hay implícito un Estado ideal final, en el que los conflictos han podido ser satisfactoriamente resueltos) y se ajusta de manera más realista a la política observable en las sociedades liberal-democráticas contemporáneas, con mayor o menor vocación republicana. Villacañas reconoce y señala este acierto en una observación que contraría al mainstreamantipopulista.

De nuevo se impone distinguir aquí entre el análisis que realiza el populismo académico, más atinado que sus homólogos liberales y republicanos, y las consecuencias de este análisis para el populismo político «en acción», que tiende a agravar y capitalizar –y no a corregir– los rasgos conflictuales y emotivos de toda dinámica política (y que, en condiciones de normalidad orgánica, pueden ser disimulados por las superestructuras liberales o republicanas).

Las implicaciones prácticas de esta centralidad conflictual, y los riesgos que éstos suponen para la democracia, se abordarán más adelante (sección V). Respecto a la vertiente académica, la politóloga belga Chantal Mouffe, madrina intelectual de Podemos y también relacionada con los movimientos contestatarios franceses de Nuit debout, es quien ha profundizado más en la necesidad democrática del conflicto: en una de sus obras6, alerta precisamente contra la «ilusión del consenso» (tanto liberal como republicana), esto es, sobre los riesgos de orientar la construcción institucional y las expectativas políticas en la estabilización de un consenso que, según ella, es necesariamente artificial y excluyente. En cierta manera, la quiebra del consenso tácito neoliberal-tecnocrático en el que han convergido en las últimas décadas las políticas de las principales familias ideológicas europeas (socialdemócratas y liberal-conservadores) parece confirmar la validez de su advertencia. En España, es obligado admitir que el populismo podemita fue la forma política a través de la cual la sociedad española pudo introducir en el debate político, sobre todo en un primer momento7, diversas cuestiones que habían sido tácitamente orilladas por el bipartidismo dominante y empaquetadas en un cuestionable sucedáneo de «consenso», un sucedáneo que tiene más que ver con la indiferencia (de amplios sectores de la población, en condiciones de relativa estabilidad económica y social), con la impotencia (de elites o instituciones, para abordar un debate o para explorar alternativas) o con la invisibilización mediática (de los asuntos polémicos) que con la articulación de un verdadero acuerdo. Villacañas parece sugerir aquí, aunque el desarrollo de esta idea queda más allá del alcance del ensayo, que un republicanismo cívico capaz de encarnar una alternativa plausible al populismo debería ensanchar los márgenes de la discusión nacional y abordar la reconstrucción de un espacio sustantivo de disenso, deliberación y conflicto (democrático) para ser viable, sin ceder a la tentación tecnocrática ni a la fantasía consensual, realmente antipolítica, por la que se han deslizado las democracias europeas bajo presión neoliberal en las últimas décadas. En un contexto marcado por la transferencia de poder político de los viejos Estados europeos a los ámbitos de decisión comunitaria, esto sólo puede pasar por la consolidación de una verdadera democracia efectiva (y no exclusivamente «representativa», en su sentido teatral) de dimensiones europeas, en la que puedan abordarse y tomarse decisiones sobre las cuestiones en las que el nivel Estato-nacional y sus instituciones ya son inoperantes y sólo pueden tener un papel, a la medida del proyecto populista, exclusivamente comunicacional, de mera «visualización» de posiciones.

IV. Populismo, nación y pueblo

Uno de los pasajes en los que la argumentación de Villacañas resulta más matizable corresponde a la discusión sobre la relación entre populismo, nación y nacionalismos. En parte, por la relativa ambivalencia del concepto de nación (y de sus derivados) que maneja el texto. Así, Villacañas empieza afirmando que «el populismo no es nacionalismo» (sección 6, p. 55); algo más adelante insiste, de manera algo confusa, en que «el populismo no es nacionalista, pero supone el pensamiento de la nación» (sección 7, p. 69). En ambas consideraciones subyace una distinción entre el concepto de «nación», asociado a una «soberanía originaria», y la noción populista de «pueblo», que descansa sobre una soberanía «construida» hegemónicamente. Villacañas introduce esta distinción tras su lectura de Zanatta (sección 2, p. 25), cuya caracterización del populismo asimila, precisamente, las nociones de «pueblo» populista y de «nación» esencialista. Aunque el matiz puede ser atendible desde el punto de vista conceptual, no puede ignorarse que ambos conceptos (la «nación originaria» y el «pueblo en construcción» permanente) aparecen indisolublemente ligados en cualquier nacionalismo militante, en el que la apelación a una esencia «originaria», de carácter esencialmente mitológico, convive sin problemas, pese al contrasentido lógico que supone, con la necesidad estratégica de una «construcción nacional» que es plenamente hegemónica: pueblo (construido) y nación (originaria) forman, en esta configuración, anverso y reverso de un mismo tipo de concepto identitario-comunitario que puede reconocerse en la construcción tanto populista como nacionalista.

Eso no significa que sean exactamente lo mismo. En la construcción populista, como bien señala Villacañas –y es un elemento central del populismo à la Laclau–, el contorno específico del «pueblo» nunca es delimitado de forma precisa y definitiva: se relaciona metafóricamente con la cadena equivalencial de demandas sociales no satisfechas, lo que le dota, al menos en un primer tiempo, de una gran flexibilidad y capacidad para concentrar todos los malestares y hacerlos políticamente operativos. Pero esa negativa a trazar el perímetro del «pueblo» no significa que el populismo renuncie a invocar (de nuevo, en una operación discutible desde un punto de vista lógico, pero aceptable en el plano de representación autónoma en el que opera el discurso populista) la «soberanía originaria» de ese pueblo de fronteras móviles. La presencia implícita, nunca concretada, de esa «esencia» originaria se percibe bien en el propio storytelling populista, que suele estructurarse en la forma de un pueblo armónico sometido a una agresión exterior que lo oprime/infiltra; la memoria mítica del «estado anterior» originario es el elemento que se invoca para movilizarse alrededor del proyecto político presente8. En este sentido, Villacañas tiene razón al afirmar que «el populismo no es nacionalismo», pero a ello cabe añadir que el nacionalismo (esto es, una articulación de la nación en términos étnicos o lingüístico-culturales) sí es una forma o un caso particular de populismo (una idea identitaria de pueblo), y que el «pueblo» populista, sin ser equivalente a la nación nacionalista, sí puede leerse como una generalización de ésta, que sufre la misma tensión entre la evocación mítica «originaria» y la necesidad de construcción permanente. La diferencia, apreciable pero no central en términos operativos, reside más bien en la presencia de elementos «objetivos» explícitos (lengua, territorio, religión, etnia) en la formulación nacionalista, que están cuidadosamente sobreentendidos (pero que no son repudiados en general, y se explicitan abiertamente en los populismos «de derechas») en la construcción populista.

Villacañas afirma que «el populismo no es nacionalismo», pero a ello cabe añadir que el nacionalismo sí es un caso particular de populismo

Este es un punto de importancia capital en la argumentación, y la discusión correspondiente se beneficiaría de una desambiguación del término «nación» que se maneja en el texto de Villacañas (sección 6). La distinción pertinente, aunque puedan oponérsele toda clase de prevenciones y pueda argumentarse (convincentemente) que es, también, conceptual y no histórica9, es la clásica de Ernest Renan entre nación cívica (o república, estructurada en instituciones) y nación étnica (o pueblo identitario); esta última noción unifica la forma populista y nacionalista de relacionarse con la colectividad política, ambas igualmente problemáticas en su relación con el pluralismo político que sí es inherente a la nación republicana. La nación que Villacañas define como «máquina institucional» y «formación de instituciones diferenciadas» (p. 55) responde indudablemente al modelo republicano, pero la capacidad de éste para atender diferenciadamente las demandas sociales sufre ante una configuración nacionalista (identitaria) de la nación. Así puede observarse en algunos países del este de Europa, donde el discurso identitario ha alcanzado la hegemonía y las garantías institucionales republicanas se han subordinado ante otras consideraciones, ya sean de factura inequívocamente populista (la autoridad del líder carismático para disolver o doblegar contrapoderes) o nacionalista (la preservación de la homogeneidad étnica, lingüística o religiosa de la comunidad nacional, por ejemplo).

Se impone, pues, una cierta clarificación: no es exacto sostener (siguiendo el argumento del libro) que al populismo le falte espacio cuando opera «una idea de nación». Eso depende de cuál sea la «idea de nación» en cuestión, porque no todas ellas sirven para neutralizar al populismo, ni resultan hostiles a la construcción populista. Sólo cuando la idea de nación vigente está asociada a una institucionalidad satisfactoria, es decir, cuando impera un modelo de nación suficientemente cívica/republicana, el margen de recorrido populista se reduce apreciablemente. Y viceversa: en sociedades marcadas por institucionalidades frágiles, condicionadas por imaginarios de nación étnica o, más en general, ideologías identitarias, nacionalistas o esencialistas de cualquier tipo, la estructura social e ideológica del populismo puede desplegarse y arraigar con mayor facilidad.

V. Riesgos del populismo

La tensión entre populismo, democracia e institucionalidad liberal-democrática es otro de los centros de interés del ensayo. Villacañas sostiene –y, al hacerlo, rebate uno de los excesos más obvios de cierto discurso antipopulista convencional, al menos ateniéndose a la nación arendtiana de totalitarismo– que el populismo de Laclau no es totalitario, pero sí agrava la degradación institucional de la democracia contra la que reacciona. Y es así por razones estructurales.

En efecto, las condiciones necesarias para la construcción y pervivencia del «pueblo» populista (permanente movilización de las masas, escisión emocional amigo/enemigo, liderazgo carismático como sublimación de la cadena equivalencial, que encarna sin resolver todas las demandas insatisfechas), que son las condiciones mismas de reproducción del populismo como vector político, son incompatibles con el funcionamiento pleno de una institucionalidad republicana consolidada, porque chocan frontalmente con varias de sus precondiciones (separación de poderes, especialización y neutralidad institucional, rendición de cuentas a la ciudadanía, reconocimiento y protección del pluralismo político e informativo). La propia hostilidad populista hacia formas institucionales estables, su alergia estructural a los contrapoderes y su preferencia (compartida, como atinadamente señala Villacañas, con el totalitarismo) por la forma política de un «movimiento» de masas perpetuamente movilizadas, somete al conjunto de la sociedad a un estrés y una presión que erosionan apreciablemente la calidad de la democracia posible bajo su hegemonía. Una calidad que se ve aún más empobrecida por la tendencia populista al control de la información, de su circulación y de su expresión, que deriva directamente de su concepción de la política a la vez como objeto fundamentalmente discursivo, por un lado, y como espacio de conflicto y demarcación entre un «ellos» y un «nosotros» irreductibles, por otro.

No es, en ese sentido, un planteamiento totalitario, sino de base democrática, en el sentido laxo de sumisión a una forma de consent y apertura a alguna forma de participación popular. Opera, eso sí, en las fronteras del espacio democrático y, típicamente, en contextos de «crisis orgánica» de la forma liberal-democrática. Pero la democracia que aspira a liderar, despojada de buena parte de las garantías y las salvaguardas que protegen las libertades y las condiciones de deliberación en las sociedades republicanas, es una democracia plebiscitaria y antirrepublicana, cuya legitimidad última reposa, como toda la construcción populista, en la vitalidad de la escisión fundamental, sentimental e identitaria, entre la fracción populista hegemónica y el resto de la ciudadanía, en su capacidad de intimidación más o menos explícita a los discrepantes, y en la que las condiciones de participación política, sin ser nulas, están estructuralmente desequilibradas a favor del nuevo oficialismo. El nivel de tensión social que este planteamiento requiere e inyecta en la sociedad, y el rechazo a dinámicas de estabilización y especialización institucional que, como señala Villacañas, disolverían el potencial populista, condena a la democracia populista a convertirse en una democracia de minorías («vanguardias», se diría en otro tiempo) movilizadas en torno a un líder sin más contrapoder que los límites de su propia capacidad de convocatoria: una democracia al descubierto, expuesta al «golpe de Estado permanente» del que acusaba François Mitterrand a Charles de Gaulle durante el tránsito de la Cuarta a la Quinta República francesa.

Charles de Gaulle, durante una conferencia de prensa en 1967

Charles de Gaulle, durante una conferencia de prensa en 1967

Villacañas acierta al desautorizar la identificación, excesiva y apresurada, entre populismo y totalitarismo. Pero aquí resulta conveniente ampliar el contorno de la discusión: en tanto que forma política, y precisamente por su protagonismo en momentos de crisis orgánica, el populismo no es necesariamente estable (en ese sentido, se ha hablado del «momento» populista) y, como tal, puede mutar (aunque también puede permanecer en su forma populista) en direcciones distintas. Puede derivar hacia una construcción institucional nueva de carácter republicano: con algunas cautelas, y volviendo al ejemplo francés evocado en el párrafo anterior, podría considerarse que la Quinta República francesa, principal legado de esa variante francesa del populismo que fue el gaullismo de la posguerra (y cuya secuencia histórica, marcada por el colapso orgánico de la Cuarta República parlamentaria, encaja con notable fidelidad en la secuencia-tipo que presenta la teoría populista), es una buena muestra de ello. Pero la excepcionalidad, la provisionalidad (deliberada) de su estructura discursiva y la concentración del poder que le es propia lo vuelve también particularmente propenso a derivar hacia un estadio autoritario (esto es, en el que el poder se haya emancipado de la sanción democrática) más o menos virulento, tal y como muestran diversas experiencias latinoamericanas, experiencias que están en la base de la teorización laclauiana y, a través de ésta, de la práctica de Podemos en España.

VI. De la crítica populista a la alternativa republicana

La irrupción de Podemos como formación nacional-populista autónoma, y con aspiraciones creíbles de convertirse en hegemónica en la izquierda española, vuelve especialmente pertinente la apertura de un debate y un análisis sosegado sobre el populismo, sus ambiciones, su proyección y sus posibles efectos sobre la evolución de la democracia y de la izquierda española. Sobre todo, porque el panorama parece dirigirse hacia una coexistencia duradera de dos ofertas nítidamente diferenciadas en el seno de la izquierda, una de ellas de carácter explícitamente populista.

El breve ensayo de José Luis Villacañas entra de lleno en este debate. A contracorriente de cierta vulgata antipopulista, Villacañas sostiene que el fenómeno populista es indisociable de la deriva «neoliberal» de las democracias europeas. En particular, de la espiral de despolitización aguda que sufren, de la que el populismo es a la vez expresión de rechazo y síntoma. Como un espejo deformante, viene a decir Villacañas, el populismo amplifica y capitaliza un buen número de rasgos inquietantes que ya estaban presentes en los escenarios políticos neoliberales. Pero aunque reacciona contra la despolitización neoliberal, no está en condiciones de corregirla; su efecto es, pese a la sobreactuación discursiva, el de agravarla. En estas condiciones, podría ser que el reflejo deformado de la política neoliberal, proyectada sobre el espejo cóncavo del populismo, contribuyera a elevar la exigencia cívica y republicana no sólo ante el populismo explícito, sino también ante los micropopulismos implícitos, ambientales, que han dominado el escenario político prepopulista en España y en otros países europeos, erosionando la credibilidad de los entramados institucionales hasta no hace tanto, sin causar la menor extrañeza. Esa parece ser la esperanza de Villacañas, cuya argumentación desemboca en una reivindicación del republicanismo cívico como única alternativa posible tanto al populismo como a la deriva «neoliberal» en la que éste se desarrolla y progresa.

El republicanismo que se vislumbra al final del ensayo debería orientarse tanto a la valorización del pluralismo político y la elevación de la calidad del debate público como al ensanchamiento del espacio de discusión y decisión democrática, desbordando los límites de un Estado-nación que ya no es operativo en el mundo globalizado y asumiendo un horizonte que, en el caso español, sólo puede ser europeo. Pero esto, que es la estación término del trayecto que propone Villacañas, es «naturalmente otro tema», por retomar sus palabras de cierre. En realidad, es el necesario punto de partida de una reflexión sobre republicanismo, izquierda y democracia, o, si se prefiere, de una izquierda republicana con vocación de alternativa tanto a la derecha neoliberal como a la neoizquierda populista. Una reflexión que tiene que superar, integrándola, la (necesaria) crítica al populismo y aventurarse a ofrecer soluciones más pertinentes para los problemas –acuciantes– de los que da testimonio su ascenso en las sociedades democráticas europeas.

Juan Antonio Cordero es profesor en la École polytechnique de Palaiseau (Francia) y doctor en Telecomunicaciones por el mismo centro. Ha sido investigador en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y en la Universidad Politécnica de Hong Kong. Es autor de Socialdemocracia republicana, hacia una formulación cívica del socialismo (Barcelona, Montesinos, 2008).

31/10/2016

1. Hay que recordar que, en España, la acusación de «populismo» ya fue blandida contra Ciudadanos por parte del establishmentnacionalista catalán cuando el partido surgió en 2006; los dos grandes partidos también manejaron con frivolidad el término contra Unión, Progreso y Democracia un año después, pese al inequívoco compromiso institucional y reformista del que hizo bandera la formación magenta. No es de extrañar que buena parte del público español se haya vuelto escéptico e impermeable al término ahora, cuando la operación se repite contra un partido (Podemos) cuyos líderes –estos sí– reivindican explícitamente la doctrina nacionalpopulista teorizada por Laclau y han participado activamente en su implementación práctica.
2. Ernesto Laclau, La razón populista, trad. de Soledad Laclau, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005.
3. Loris Zanatta, El populismo, trad. de Federico Villegas, Buenos Aires, Katz, 2015.
4. Con instituciones (percibidas como) más corruptas, contrapoderes más débiles y poderes menos separados, Administraciones menos profesionalizadas y menos neutras, sistemas de medios más concentrados y judicaturas menos independientes, por ejemplo.
5. Cuando Iglesias insiste en que «La política es comunicar», no hace más que incidir en este aspecto, bien arraigado en la teoría comunicacional del populismo laclauiano, que demarca claramente la concepción populista de la política respecto a otras concepciones, por ejemplo de signo progresista clásico, que tenderían a privilegiar aspectos «objetivos» como la asignación justa de recursos o la redistribución de oportunidades en una sociedad sujeta a desigualdades, por ejemplo.
6. Chantal Mouffe, On the Political, Abingdon y Nueva York, Routledge, 2005.
7. Aunque el efecto de «apertura» no tuvo excesivo recorrido, en buena parte por la rapidez de los cambios programáticos y de prioridades discursivas del nuevo partido, la irrupción de Podemos en las elecciones europeas de 2014 sí permitió abrir, por ejemplo, un embrión de debate sobre la Unión Europea, su arquitectura (euro incluido), su ambición y su alcance, que en España ha sido históricamente eclipsado por el «europeísmo» convencional del bipartidismo. La reactivación de la discusión sobre la conveniencia o no del límite constitucional al déficit público (artículo 135 de la Constitución), que PP y PSOE esquivaron abusivamente en su momento, es otro caso en el que la irrupción populista podría haber tenido un efecto saludable en la agenda pública.
8. Esta afinidad no es sólo abstracta, y probablemente tiene que ver con el hecho de que la mayor parte de fuerzas populistas europeas procedan o sean «reformulaciones» de las viejas familias ideológicas ligadas al nacionalismo identitario, ya sean la tradición integrista, reaccionaria y antirrepublicana de la Action française reciclada en el actual Frente Nacional, el pangermanismo del Partido de la Libertad austríaco, la orientación eurófoba, xenófoba y crecientemente supremacista de la emergente Alternativa para Alemania, o el feroz antieuropeísmo del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) británico, por citar algunos ejemplos. También, pese al marcado carácter izquierdista de la galaxia Podemos en España, pueden leerse en esa clave sus complicidades y explícitos solapamientos con los discursos nacionalistas e identitarios periféricos, que conviven armónicamente –al parecer, pese a que la incompatibilidad de sus perímetros territoriales– con la retórica patriótica y soberanista española, vagamente identitaria, que tiende a blandir la formación ante la Unión Europea.
9. La distinción es conceptualmente consistente, aunque en la práctica, ambas concepciones de nación siempre se presentan entrelazadas. Véase, por ejemplo, el artículo de Juan Claudio de Ramón, «¿Qué fue una nación?».
Compártelo: