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Sección : Artículos de Opinión

LA EXTREMA UNCIÓN

La extrema unción

Circula con profusión el cliché de que los intelectuales siempre llegan tarde, que solo saben interpretar el pasado pero no anticipar el futuro. Sin embargo, en el caso de Vox hay que admitir que muchos han ido un paso por delante

<p>Banderazo</p>

 

LA BOCA DEL LOGO

16 DE ENERO DE 2019

Si pudiera viajar atrás en el tiempo, tampoco hace falta mucho, bastaría con regresar a 1980, yo le diría a la gente aquello de “he visto cosas que jamás creeríais”. He visto a Gustavo Bueno  firmar artículos con Santiago Abascal en Libertad Digital en defensa de una España amenazada por los rojos separatistas; sí, el mismo Bueno que en aquella otra época era un granítico comunista, materialista y ateo. He visto al propio Bueno, a Gabriel Albiac y a Jon Juaristi formar parte del patronato de honor de Denaes, la Fundación para la Defensa de la Nación Española, el embrión de Vox; sí, Albiac el filósofo althusseriano, el del comunismo y rock and roll, y Juaristi, el que pasó por ETA, el PCE y el PSOE. He visto a Fernando Sánchez Dragó en el mitin de Vox de Vistalegre; sí, el Sánchez Dragó que fue comunista y luego ácrata. He visto a Francesc de Carreras levantarse emocionado de su silla mientras escuchaba la ya inmortal versión del himno español de Marta Sánchez; sí, el mismo Carreras que fue del PSUC. He visto a Fernando Savater firmando el manifiesto de los Libres e Iguales promovido por Cayetana Álvarez de Toledo; sí, el mismo Savater al que la Constitución le parecía una tontería y que creía que Batasuna era un prometedor movimiento social frente a los partidos democráticos.

Circula con profusión el cliché de que los intelectuales siempre llegan tarde, que solo saben interpretar el pasado pero no anticipar el futuro, en fin, aquello de que la lechuza sólo alza el vuelo al anochecer. Sin embargo, en el caso de Vox hay que admitir que muchos intelectuales han ido un paso por delante de los acontecimientos. Unos pocos, como Gustavo Bueno, no sólo dando ideas, sino colaborando activamente con Abascal y Denaes, pero otros muchos creando un clima de opinión asfixiante con respecto a la cuestión nacional. Y es ante todo la cuestión nacional lo que desencadena el ascenso de Vox.

Hay que insistir en que Vox no creció durante los peores años de la crisis. En esos años ya estaban en vigor las políticas de igualdad de género y ya se había alcanzado el máximo histórico de inmigración en España. A pesar de los recortes de gasto en servicios públicos y de la subida del IVA del Gobierno de Mariano Rajoy, cuando Vox se presentó a las elecciones europeas en 2014 obtuvo en toda España tan solo 247.000 votos (el 1,6%) (hay un eximente:  el candidato era Alejo Vidal-Quadras).

Vox sólo despega tras la crisis catalana del otoño de 2017. Es entonces cuando una parte de la ciudadanía, la más recalentada con el lenguaje de hazañas bélicas que han utilizado con tanta alegría los otrora intelectuales progresistas a propósito de la cuestión nacional, empieza a sintonizar con un discurso extremo que propone una intervención permanente en Cataluña e incluso la supresión entera del sistema autonómico en España.

En realidad, las propuestas de Vox con respecto a Cataluña son solo media vuelta de tuerca adicional con respecto a las que los intelectuales nacionalistas españoles llevan defendiendo desde hace tiempo a través de UPyD primero y Ciudadanos después: recentralización de los servicios básicos, eliminación de la inmersión lingüística, disolución de los Mossos, intervención en los medios de comunicación públicos de Cataluña, prohibición de los partidos independentistas o reformas electorales que impidan que los partidos nacionalistas vascos, gallegos y catalanes obtengan representación parlamentaria, etcétera; en fin, una panoplia de medidas orientadas a conseguir la exclusión del nacionalismo periférico o regional de la política española.

El grueso de la intelectualidad española comenzó a virar hacia posiciones cada vez más conservadoras e iliberales a finales de los años noventa, con las movilizaciones civiles contra ETA y su estrategia de “socialización del sufrimiento”. Coincide en el tiempo con los primeros gobiernos de José María Aznar, quien, con indiscutible astucia, consiguió apropiarse de muchas de las nuevas ideas, atrayendo así a intelectuales que habían tenido simpatía por el PSOE de Felipe González y que provenían de la oposición antifranquista y de la extrema izquierda muchos de ellos.

Lo que había empezado como resistencia ciudadana frente al terrorismo nacionalista vasco acabó siendo una impugnación de los nacionalismos sin Estado y una crítica al sistema autonómico. El lenguaje que se utilizó en esa cruzada anti-nacionalista era grueso, sin matices, descalificatorio y más orientado a ridiculizar y humillar al “enemigo” que a aportar soluciones inteligentes que permitieran encontrar una posición en la que todas las partes se pudieran sentir cómodas. Durante los primeros años 2000, cualquier arribista que quisiera medrar en la esfera pública no tenía más que repetir o exagerar las consignas anti-nacionalistas al uso para publicar en los periódicos españoles, del ABC a El País.

La confrontación con el nacionalismo catalán fue la confirmación definitiva de que muchos intelectuales se habían situado en posiciones excluyentes, pues la gran coartada de la violencia ya no estaba presente. La conexión entre nacionalismo vasco y violencia servía para justificar la crítica sin paliativos a dicho nacionalismo, pero en el caso catalán no ha habido en absoluto violencia (salvo la de las fuerzas de seguridad del Estado). Los intelectuales del nacionalismo español han intentado por todos los medios aplicar los mismos esquemas políticos al problema catalán, forzando el argumento hasta el absurdo: ahora no hay terrorismo, pero sí un golpe de Estado basado en la coacción violenta a los españolistas. De esta manera, se evita un debate dentro de los parámetros democráticos sobre la integración de Cataluña: con los golpistas, como con los terroristas, nada hay que negociar. Frente al golpismo antidemocrático del nacionalismo catalán, los intelectuales españolistas defienden la nación española como garantía de constitucionalismo e igualdad. Véase, a modo de ejemplo, esta respuesta del filósofo Ignacio Gómez de Liaño en una entrevista que publicó recientemente ABC: “Y por eso es importante también que no se empleen tópicos como, por ejemplo, que se llamen fascistas a Vox, cuando los fascistas son más bien los nacionalistas vascos y catalanes.” ¡Vivan los tópicos!

Algunos sienten cierta incomodidad cuando les asocian con Vox y tratan de marcar distancias. Pero como no saben hacer otra cosa, lo único que se les ocurre es alegar que los de Vox son nacionalistas y ellos no: así se podía leer en el reportaje que publicó La Vanguardia (7/1/2019) con declaraciones de los intelectuales fundadores de Ciudadanos. A base de citarse los unos a los otros y de repetir por enésima vez que los nacionalistas son los otros, se han acabado convenciendo de que el nacionalismo español no existe, o que si existe nada tiene que ver con ellos. Al considerar que la defensa de la nación española frente a la amenaza catalana es siempre legítima, han dado cobertura a toda manifestación de nacionalismo español, incluyendo las más intolerantes. Se escandalizan ante las manifestaciones más intransigentes e intolerantes del independentismo catalán, pero luego miran hacia otro lado cuando se trata de nacionalismo español. No hay, en este sentido, imagen más contradictoria que la manifestación convocada por Sociedad Civil Catalana el 8 de octubre de 2017, en la que Mario Vargas Llosa, ante un mar de banderas españolas y proclamas irredentas de unidad nacional, cargó con la dureza habitual contra el nacionalismo.

El uso interesado y carente de rigor del término “nacionalismo” por parte de estos intelectuales nos conduce a un diálogo imposible, en el que las partes sólo juegan a la descalificación mutua. En lugar de interpretar la crisis catalana como un fracaso colectivo, de España y de Cataluña, en lugar de tratar de encauzar el problema hacia un ámbito político en el que se puedan encontrar puntos de acuerdo que desactiven la tensión acumulada, los intelectuales del nacionalismo español han hecho cuanto ha estado en su mano para presentar el asunto como un enfrentamiento entre demócratas españoles e independentistas golpistas y antidemócratas.

En ese clima político, el surgimiento de un partido como Vox no es sino la conclusión inevitable de llevar hasta sus últimas consecuencias los planteamientos que durante tantos años han hecho los intelectuales nacionalistas españoles. Si de verdad los independentistas catalanes son unos golpistas, si realmente el independentismo es un proyecto totalitario y antidemocrático, ilegalicemos sus partidos y suspendamos por tanto tiempo como sea necesario la autonomía de la región. No hay otra salida.

Vox ha encontrado un terreno abonado. Sin la retórica tóxica que se ha creado en España a propósito del conflicto nacional, no lo habrían tenido tan fácil.

Ignacio Sánchez-Cuenca

Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Entre sus últimos libros, La desfachatez intelectual (Catarata 2016), La impotencia democrática (Catarata, 2014) y Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia (Alianza, 2014).

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Cuento de fin de año

Cuento de fin de año



Gabriel asiste al baile anual que sus tías, Miss Kate y Miss Julia Morkan, junto con la sobrina Mary Jane, organizan durante las fiestas de Navidad en la sombría casa familiar, en la que dan clases de música. Estamos a principios del siglo XX. Nieva sobre Dublín y, al parecer, nevará toda la noche. Están invitados a la fiesta parientes, alumnos y viejos amigos de las anfitrionas, entre ellos Mr Browne, irónico y mujeriego, la carnosa Mrs Malins, y su hijo Freddy, que flaquea ante las botellas. También está el tenor Mr Bartell d’Arcy (“todo Dublín está loco por él”), quien no quiere cantar debido a un catarro que le ha dejado, dice, “más ronco que un cuervo”.

Mientras bailan y beben ponche, Gabriel repasa el guión del discurso de celebración de la velada. Se pregunta si una cita del poeta isabelino Robert Browning no será demasiado elevada para los asistentes. Quizás sería mejor recurrir a Shakespeare, más fácil de reconocer. Le da miedo que le crean un pedante. A menudo, Gabriel duda de sí mismo.

Los bailes y cantos han divertido a los invitados, el concierto de piano de Mary Jane ha sido aplaudido incluso por los que no escuchaban, pero Gabriel, además de las dudas personales, ha tenido que mantener una deprimente discusión con Miss Ivors, una nacionalista irlandesa que lo ha acusado de escribir artículos en un diario inglés y de apreciar más los paisajes extraños que los de la tierra propia (esta escena política que James Joyce incluyó en la narración Los muertos del libro Dublineses traduce, con intencionada ingenuidad, el clima moral de los años de la lucha por la independencia irlandesa. Escrita hace 104 años, es leída con mirada estoica por los que hoy estamos viviendo desalentadoras escenas similares).

Las gelatinas, la jalea, los higos de Esmirna, la crema con nuez moscada y otros dulces lucen en torno al jamón y al ganso relleno que Gabriel ha ido fileteando y repartiendo. Oporto, jerez y cervezas amenizan los manjares. Se ha hablado sobre todo de bel canto. Freddy Malins elogia a un negro, “una de las mejores voces de tenor”, que actúa en el Teatro Real. Pero no parece que a Mr Bartell de Arcy, el tenor ronco que comparte la mesa, le apetezca opinar sobre él. Mr Browne y una de las tías han añorado las compañías italianas de ópera que en otros tiempos hacían temporada en Dublín. Era tal el entusiasmo que suscitaban, que el público, desenganchando los caballos, arrastraba el carruaje de la prima donna del teatro hasta su hotel. El tenor ronco sostiene que todavía hay cantantes como los de antes y cita como ejemplo a Caruso. Mr Browne se muestra escéptico, pero Mary Jane daría cualquier cosa por asistir a uno de sus conciertos.

Después del pudin y los dulces, y de unas bromas de Mr Browne, que es protestante, a propósito de las extrañas camas en forma de ataúd de los monjes de Mount Melleray, Gabriel comienza su discurso. Un elogio de la hospitalidad, signo distintivo de los irlandeses, encarnada en las “tres gracias” que han acogido a todos en esta velada navideña; y una evocación de la juventud perdida y de los añorados rostros ausentes. La memoria dolorosa –sostiene– nos acompaña siempre, pero cavilar sobre las ausencias nos impediría seguir luchando por los vivos que nos acompañan. Lo aplauden; y brindan por las anfitrionas.

Mientras los invitados empiezan a desfilar y, entre bromas, recogen los abrigos, el tenor ronco, presionado por Mary Jane, canta, finalmente. Una preciosa y triste canción tradicional: La chica de Aughrim. Escuchándola, a Gretta, la esposa de Gabriel, le chispean los ojos. De regreso al hotel, sigue nevando. Gretta calla. Gabriel, en cambio, alentado por el éxito del discurso, siente un impulso sexual. Ya en la habitación, Gretta llora. Explica que, cuando era jovencita y vivía en el pueblo de Galway, un muchacho, Michael Furey, que siempre le cantaba, enamorado, La chica de Aughrim, murió por ella. Estaba muy enfermo, pero desafió la lluvia y el frío para poder despedirse la noche antes de que Gretta se marchara de Galway rumbo a un internado en Dublín. Para poder contemplarla asomándose a la ventana, soportó la lluvia; no quería marcharse. Murió al cabo de una semana.

Gabriel queda una vez más desconcertado y perplejo. Gretta se ha dormido. Él nunca ha amado como aquel pobre Michael Furey, ni le han amado así. Puede que esté más vivo este muchacho muerto hace años que él. Lo intuye mientras contempla la nieve cayendo sobre Dublín, sobre el pequeño cementerio de Galway donde yace Michael Furey y sobre Irlanda entera. Cae la nieve sobre los vivos y los muertos.

Mientras resumo este cuento excepcional de fin de año, que mezcla la parodia costumbrista con la evocación de la más íntima condición humana, pienso en los muertos de este 2018 que se va y en otros muchos que les precedieron. Dominado por las profundas inquietudes del presente, me pregunto, con Gabriel, si no serán los muertos, con su perfil acabado, más reales que yo, comentarista perplejo y vacilante de la vida política y moral de un país y de un mundo cada vez más difíciles de entender.

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EUROPA:una genealogía del presente

Europa: una genealogía del presente

La Unión Europea es hoy una formación de competencia despiadada entre Estados. La política de austeridad actual es una transformación imprevista e indeseada del argumento ordoliberal de los años treinta

Europa: una genealogía del presente
EVA VÁZQUEZ

Cuando se enfrentaba al final de su vida, un Freud enfermo y cansado, obsesionado con la figura de Moisés el egipcio, le confesaba a Arnold Zweig: “Los tiempos son increíblemente confusos, pero me siento liberado de la tarea de iluminarlos”. Freud se permitía mostrarse así ante su amigo, un sionista recién instalado en Haifa, a pesar de la inminente anexión de Austria por los nazis. Pocos compartieron esa liberación de Freud respecto de la tarea de iluminar el presente. Por el contrario, muchos escribieron por aquellos años sus reflexiones sobre la crisis que vivían. Karl Jaspers fue uno de los principales, y así surgió su libro de 1931, La situación espiritual de nuestro tiempo. También por esos años, Heidegger escribió su Discurso del rectorado, dominado por un platonismo arrogante y ciego.

Los tiempos actuales no nos permiten hablar como Freud. Los filósofos hemos aprendido a ser humildes. El método de la humildad es la fenomenología. Más que ser compulsivamente normativos (esas cláusulas a las que Ortega era tan aficionado: “es preciso”, “es menester”, “debemos”), hoy nos sentimos más cómodos describiendo. Disponemos de conceptos, sí, pero les exigimos que invoquen evidencias compartidas del mundo de la vida que respiramos con nuestros conciudadanos. Describir nuestra condición presente es tarea fácil. Lo complicado es que sólo hallamos claridad acerca de este mundo que compartimos si a la vez explicamos de dónde viene. Sólo estabilizamos nuestro mundo de la vida cuando alguien cuenta su origen.

Aunque la fenomenología de lo presencial es un método humilde, su aplicación a la historia, describir esas genealogías, es más complicado. Y sin embargo, cuando hacemos una genealogía identificamos algo de lo que somos, aunque no podamos conocerlo de modo inmediato. Koselleck, el mayor historiador alemán de la segunda mitad del siglo XX, aseguró que es importante registrar las experiencias primarias, pero, más aún, aclarar sus sorpresas, imprevistos, sufrimientos y decepciones a la luz de las experiencias secundarias. A estos relatos genealógicos, que no son evidentes, sólo se accede por la interpretación histórica. Nuestro mundo de la vida es así inexcusablemente histórico, frágil y plural. No goza de plenas evidencias presenciales.

Nuestras experiencias primarias son claras. Padecemos un mundo de la vida amenazado en su presente y sin imagen clara del futuro. Sus decepciones las hemos recogido en multitud de informes y son intensamente dolorosas. Sus sorpresas, casi traumáticas. Parten de comprobar que Europa no es una formación de solidaridad, sino de competencia despiadada entre Estados que se llaman socios. Ese rasgo siniestro no está aclarado a la luz de las experiencias secundarias. No tenemos su genealogía. Nuestras reacciones se tornan así emocionales, ciegas, sin reflexividad. Tenemos una experiencia primaria de la austeridad, pero no tenemos una genealogía de la austeridad contemporánea. Creemos que es un capricho de la señora Merkel, o una decisión en frío, pero no lo es. Se trata de una inercia fuera de control

Cuando hacemos una genealogía de la austeridad contemporánea nos encontramos con un puñado de pensadores, juristas y economistas alemanes de los años treinta del siglo pasado, contrarios a Hitler (algunos murieron asesinados), que organizaron el argumento ordoliberal.Por supuesto, en los textos de los ordoliberales no encontramos el concepto de austeridad. Al contrario, ellos tendían a aumentar la producción y el consumo. En sus textos nos encontramos con ideas bienintencionadas de equilibrio poblacional, política social, atención a los intereses materiales y espirituales del pueblo, descentralización, movimiento de abajo arriba, atención al medio ambiente, dignidad de la pequeña ciudad; en fin, ideas no exentas de cierto carácter utópico conservador. Todos ellos hablaban de una tercera vía entre el capitalismo anárquico y el bolchevismo-nazismo.

Aunque deseaban establecer una economía basada en la competencia pura, los ordoliberales no querían ordenar al hombre y el mundo entero desde la economía. Su horizonte era el del Estado-nación y deseaban regular la competencia interna mediante la estabilidad del dinero, la reducción de inflación y la legislación antimonopolios. Lo hacían porque querían salir de la economía dirigida y centralizada de Hitler. Su ordo, producido por el Estado, incluía una política social. Eso les permitió hablar de un intervencionismo liberal. Así propusieron una constitución económica, con un Banco Central independiente, para garantizar el marco de la competencia. Impulsar esta política era lo propio de un Estado fuerte y no deseaban disminuir su poder tanto como fuera posible. Querían un Estado regulador, no un Estado interventor. Este ideario, aplicado hoy a condiciones diferentes del tiempo en que surgió (Unión Europea y globalización), ha traído la austeridad que padecemos como algo sobrevenido.

La genealogía se emplea para ver cómo los idearios se desvían de las previsiones. Repasar aquellas ideas programáticas nos permite identificar los fenómenos que no estaban contemplados en ellas. Para ello es productiva e imprescindible. La genealogía aprecia lo sobrevenido del ideario y nos hace sensibles a la ineficacia de su aplicación rígida e inercial, al recordar el sentido originario de su propuesta. Al mostrarnos la desviación mundana de los idearios, la genealogía nos enseña a ser responsables cuando los aplicamos.

Pues bien, la austeridad que separa el norte del sur europeos es lo sobrevenido del ordoliberalismo que inspiró la constitución económica de Alemania y de Europa. Y eso permite considerar la política europea actual como una transformación no prevista ni deseada de aquella fundación. Pues no debemos engañarnos. El Estado de bienestar del que gozó Alemania desde 1950 hasta el presente fue obra de ese mismo ordoliberalismo, que propició el pacto de la CDU con el SPD de Karl Schiller y que fundó el Estado social y democrático de derecho y la economía social de mercado. Las amenazas al Estado de bienestar que padecemos también son un sobrevenido de aquel ideario de la competencia pura. Estamos presos de una idea programática de nuestra política, que ya es internamente contradictoria: quiere producir orden económico, pero vemos que genera desorden político. Acaba desestabilizando el mundo de la vida con pulsiones de resentimiento parecidas a las que movieron a las poblaciones del primer tercio del siglo XX.

Ese resentimiento brota de una contradicción que anida en el fondo de nuestra vida histórica. Y, en lugar de padecer estos síntomas y exhibirlos, debemos resolver dicha contradicción. De otro modo padeceremos unos nacionalismos obtusos, sostenidos sobre la opresión de minorías (migrantes, mujeres, ancianos, minorías nacionales, raciales y de género) y animados por la promesa de emplear la soberanía para gozar de ventajas y acabar con la austeridad. Lo peligroso vendrá cuando comprobemos que esa ilusión de la soberanía nacional no puede sino agravar la crisis. La otra opción es descubrir las contradicciones básicas entre el exitoso programa ordoliberal original y su aplicación actual. Esta contradicción impide que el pacto fundacional europeo funcione hoy. Reajustarlo a la luz de la genealogía del presente sugiere una mejor y más completa constitución económica compatible con la constitución democrática, que incorpore compromisos sociales a la altura de los tiempos.

José Luis Villacañas es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

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Don camilo

En 1948 Giovanni Guareschi escribía un libro maravilloso, grande en calidad aunque su estilo tuviera una sencillez acorde con su temática, y que hoy en día no es debidamente valorado. DON CAMILO, que de él hablamos, ilustraba con gran humor y humanidad la vida en los pueblitos campesinos de las orillas del Po, donde ni siquiera las querellas entre vecinos eran para tomarse muy a la tremenda. Cuatro años más tarde, el director Julien Duvivier llevaría al celuloide las historias incluidas en dicho libro, al que seguirían otros, igualmente trasladados a la pantalla grande.

En el rol protagónico tenemos al genial comediante Fernandel en el que se convertiría sin duda en su papel más recordado, el Don Camilo del título, un cura de enorme fe y espíritu cristiano, pero de métodos poco ortodoxos e involucrado en política pueblerina. La misma lo enfrenta a un alcalde comunista, Pepón (Gino Cervi), buen hombre a su manera, pero rudo y obstinado (entre otros defectillos). Y mediando entre otros está el Cristo crucificado del altar mayor de la iglesia (voz en off de Ruggero Ruggeri), quien no deja pasar la menor falta a Don Camilo, quien después de todo es su siervo y debe hacerlo quedar bien, aunque el partido rojo, por ateo, parezca oler un tanto a azufre. En torno a ellos giran las vicisitudes de los demás habitantes del pueblo, enrolados en el bando del cura o en el del alcalde y por lo tanto tan ferozmente enfrentados como ellos, pero aliados cuando la situación lo requiere.

La película no respeta el orden de los episodios tal como aparecen en el libro, pero a nadie le importa y quizás muy pocos lo hayamos advertido, porque lo que realmente importa es que se ha captado el espíritu de la obra, cosa que no puede decirse del filme que sobre el mismo personaje se hizo en 1983 con Terence Hill como Don Camilo. Quien por momentos se sature del efectismo aturdidor de Hollywood y busque algo diferente, encontrará en DON CAMILO un retrato de tiempos mucho más tranquilos que éstos que corren y, por consiguiente, será como un remanso de paz.

Durante la posguerra (año 1946), en un pueblecito italiano llamado Brescello, las elecciones de alcalde las gana, Giuseppe Bottazzi, mejor conocido como Peppone, un comunista tosco y casi iletrado, al que la gente quiere porque tiene un corazón tan grande como un planeta. Como es de esperarse, y aunque es su amigo de vieja data y de muchas aventuras, el cura del pueblo, Don Camilo -un hombre que habla con Cristo crucificado como cualquier Marcelino ¡y es capaz de tomarla a puños con el más pintado como cualquier Bambino-, no verá con buenos ojos esta situación, pues, cura y reaccionario son casi siempre lo mismo, pero, éste tiene también un corazón blandito… y las relaciones que van a darse entre ellos son para hacer historia.

¡Se pasa de maravilla, con risas aseguradas, diálogos deliciosos y con un par de personajes que, por más que los resistas, se te meterán en las entrañas y anhelarás volver a verlos! De paso, quedará sembrada otra linda semilla que promueve el respeto por la diferencia y que demuestra que, a cada ser humano hay que juzgarlo ¡exclusivamente por sus acciones! y no por su sotana o su bandera.

Este delicioso cuento, comenzó con un sacerdote de la vida real llamado, Don Camillo Valota, el cual se unió a los partisanos de Italia durante la II Guerra Mundial, tras presenciar las atrocidades que cometían los fascistas con la gente del pueblo y estimulado al ver como la gente del sur comenzaba a desertar para unirse a Los Aliados. Este valeroso sacerdote, inspiraría a Giovannino (Giovanni) Guareschi, para escribir su novela, “Don Camilo” (Don Camillo, 1948), la cual tendría dos atractivas secuelas: El Retorno de Don Camilo (1953) y El camarada Don Camilo (1963).

Adaptada al cine, con las debidas licencias argumentales, por Julien Duvivier y René Barjavel, el resultado es una de esas comedias con aroma a pueblo que, en ciertas ocasiones, han resultado maravillosas. Las actuaciones de Fernandel (Don Camilo) y Gino Cervi (Peppone) son para la eternidad y, Duvivier, quien también hizo de director, demuestra un acierto total al recrear situaciones que exaltan muy gratamente la amistad y el compromiso social… hasta la presencia de Jesús en la cruz y su socarrona voz en off, lo convierten en todo un personaje.

Preciosa la manera como las pequeñas frases claman lo que esconden los corazones. La religiosidad de Peppone salta en: “No le pegué como ministro de Dios sino como rival político”, “No me he apartado por usted sino por Él (señalando el crucifijo)”. Y de seguro, ustedes descubrirán cuando se evidencia el alto aprecio del cura por Peppone y de Cristo por ambos.

EKELEDUDU  y Luis Guillermo  de filmaffinity 
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TOMEMOS SALACINA

20 de octubre de 2018
Nos reunimos para ver cine una vez a la semana un grupo de amigos, esta semana nos tocaba El Elemento del Crimen, después que la semana pasado viéramos El extraño amor de Martha Ivers.
Normalmente buscamos el fundamento del crimen sin preguntarnos siquiera si no estará en la naturaleza misma del hombre. Esto es justamente lo que nos propone Osborne, autor del libro que da título a la película.
Advertíamos en la convocatoria que se abstuvieran de verla los enamorados de los productos NEFLIX. La vi por primera vez en el Alphaville en el año 85, y luego en proyecciones con Diego en casa de mi hijo Alex. Diego, que ya estaba estudiando para director de cine, me sugirió que viera dos cuadros: “El sol naciente” de Giuseppe Peliza, y “Tras el silencio” de George Frederick, y que luego analizara los encuadres pictóricos de Tom Elling. No me he arrepentido de esa experiencia, como tampoco ellos se habrán arrepentido que les pusiera “la genoux de claire”
No se puede dudar de la creatividad visual de la peli, pero es cierto que la historia no se da masticada, y está contada con una sordidez de ambientes por laberintos sombríos. Sería para nota identificar a Von Trier como el recepcionista del hotel, pero el agua, el fuego, el aire y la tierra, nos tiene que llevar necesariamente a Tarkovski.
El aire estancado de la película es el aire estancado de Europa. Siempre está oscuro.Siempre es de noche. Parece que aquí ya no hay estaciones. Queda abolido el paisaje y queda abolido el tiempo.
Aquí viene la vela/ y en la cama te iluminará/ Aquí viene el hacha/ y la cabeza te cortará. / Chip Chop/ Chip Chop. / La última muerta estará/
spoiler:
Indiqué a un amigo psiquiatra a que nos explicara lo que era el “folie à deux”, la repuesta no se hizo esperar: “el folie a deux es muy poco frecuente en la actualidad, desgraciadamente es la “folie a millón” la que existe sobradamente en nuestra alienada sociedad.
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LOS PASOS DOBLES

“Los pasos dobles”: Cuando la imagen se vacía de sentido

[Ganó la Concha de Oro en San Sebastián con su dosis de polémica, e inmediatamente ha llegado a la cartelera española. “Los pasos dobles” es una película difícil y experimental, laberíntica y radical, críptica e incluso se podría decir que vacía y errática, a medio camino entre el documental y la ficción. Como consecuencia, esta propuesta de Isaki Lacuesta termina siendo mucho más minoritario e inaccesible que la estupenda y fresca “La leyenda del tiempo” o que la oscura y reivindicativa “Los condenados”, sus dos mejores trabajos sin duda. Ahora, Lacuesta nos da una de esas películas en las que el espectador no deja de preguntarse por lo que nos quiere decir con tanta metáfora y paralelismo conceptual, con tanto ir y venir en los tiempos e historias, con tanta reencarnación e impostor de identidad.

Se nos recuerda cómo François Augiéras, un enigmático pintor del siglo XX, sepultó sus murales en un búnker militar en el desierto africano, para preservarlo de una humanidad que entonces aún no sabía valorar el arte. Ahora, un grupo expedicionario trata de localizar esa cueva mientras otro de bandidos se emplea en el robo y el engaño, y un pintor –Miquel Barceló– trabaja en unas pinturas y nos ofrece en voz alta sus reflexiones sobre el arte. ¿Qué tienen en común estas múltiples historias? Nunca sabremos quién es o quién fue Augiéras, si su espíritu artístico o de libertad ha permanecido en sus replicantes o si estos se apropiaron simplemente de su nombre. Misterio y secreto, búsqueda e insatisfacción, lo efímero y el carácter de pervivencia de lo creado (de la obra de arte), y de fondo la necesidad de encontrar algo que llene y dé una identidad… aparte de la voluntad del director por reconstruir el Mito y recrear la realidad.

No sabemos bien si Lacuesta y Barceló quieren simplemente lanzar sobre la pantalla imágenes e ideas sugerentes sobre la esencia del arte, o si su pretensión va más allá y desean hablar de la libertad de ese espíritu que reclamaría avanzar sin caminos marcados ni leyes restrictivas. Por momentos, parece que abogan por la ruptura total de límites para la expresividad, y en otros más bien tratan sobre la impostura y la falsedad de la que muchos hacen gala. Confusión narrativa para un guión más que dudoso, o al menos poca claridad para hacerse entender por el espectador, al que exigen demasiado… y al que dan tan poco. Porque no hay emociones ni personajes dotados de humanidad en la cinta, como tampoco historias o imágenes que inviten a la contemplación. El espectador de “Los pasos dobles” sólo encontrará reflexiones y conceptos, más bien oscuros que claros, y una voluntad de vincular lo primitivo-indigenista -junto a la superstición, el acertijo infantil o lo primario y salvaje- con lo artístico… según Lacuesta/Barceló por ser reflejo de un alma más libre y menos convencional.

Queda claro que no es una película para todos los públicos sino únicamente para los muy cinéfilos, para aquellos que busquen la metáfora y que contemplen la imagen como expresión del concepto más abstracto. Ciertamente, la fotografía captura el misterio del desierto y de los pueblos indígenas, mientras que la planificación responde al oficio ya demostrado antes por el director. Pero la cinta nos llega como una amalgama de episodios erráticos y parsimoniosos… y quizá pretenciosos, donde cabe todo tipo de música (desde el spaghetti-western al pasodoble) y de exégesis interpretativa. Una originalidad que al director le valió la Concha de Oro pero que al espectador le deja un poco aburrido y cansado, frío y perplejo, y casi tan vacío como esa fosa encontrada por los exploradores, con la ausencia de certezas que parece desprenderse de unas imágenes y personajes faltos de sentido y humanidad.

Calificación: 5/10

Imagen de previsualización de YouTube

del blog La mirada de Ulises, JULIO R.CHICO

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Con el viento solano

En los años ochenta del siglo pasado Mario Camus se convierte en el rey del guión adaptado del cine español; esos años escribe y dirige versiones, para televisión o para cine, de genios como GaldósCelaDelibesLorcaBarea y, horror, Cebrián. Veinte años antes, durante su aprendizaje, dirige algunas películas de Raphael, colabora con Saura, hace espaguetis con Terence Hill y escribe y dirige dos adaptaciones de Ignacio Aldecoa (la tercera la haría ya avanzados los setenta). Con los cuentos de Aldecoa aprende su trabajo, y lo hace cuando las obras del cuentista vitoriano todavía están frescas (Young Sánchez, la primera, la dirige Camus a los cinco años de editarse el cuento, y el propio Aldecoa colabora en el guión). Al contrario que los autores de las adaptaciones de los años ochenta, Aldecoa todavía no era un clásico. Ahora ya lo es.

Partiendo de que todas las películas de boxeo, como las de submarinos, son buenas, Young Sánchezbrilla de un modo especial en la historia del cine español por las magníficas escenas en los gimnasios (que tanto gustarían al capitán Oveur) y por los alucinantes escenarios barceloneses que muestra y que en su mayoría, madrileño yo, lamentablemente no reconozco —mi Barcelona son algunas canciones de Loquillo y unos cuantos libros de Marsé—. Aunque el cuento se desarrolla en Madrid, Camus lo pasa a Barcelona, imagino que por imposición de la productora, y la película gana gracias a la estética portuaria (esa pelea al borde del mar que seguro que hace llorar a Sabino) que luego solamente se vería en alguna peli de Bruno Lomas y antes en el cine negro de A tiro limpio y otras extrañas joyas negras que hace poco emitió 8madrid TV (¡larga vida a Enrique Cerezo!). Las escenas lo-fi a la salida de la fábrica de Olivetti, rodadas desde lejos de forma documental, el aperitivo con el capitalista con la Monumental como telón de fondo o la pelea final dentro del bellísimo edificio Gran Price ya no las voy a olvidar.

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La culpa ahogada de una pinta de guinness

La culpa ahogada en una pinta de Guinness

La accidentada lectura del ‘Ulises’, de Joyce, me llevó a recorrer algunos lugares del circuito del protagonista

Retrato fotográfico del escritor James Joyce.
Retrato fotográfico del escritor James Joyce.GETTY IMAGES

Cuando en 1967 realicé mi primer viaje a Dublín, acababa de leer Retrato del artista adolescente, de James Joyce, e imaginaba a aquel alumno del colegio Belvedere en la penumbra de la capilla durante los ejercicios espirituales, oyendo la voz cavernosa del padre jesuita que describía minuciosamente los estertores de la agonía, la putrefacción del cuerpo pasto de los gusanos y el merecido castigo del fuego eterno. Esas pláticas habían dejado el terror consolidado en su alma, solo atemperado por el sabor dulzón del confesonario, donde el adolescente era acariciado por un confesor meloso con suaves pescozones en las mejillas con los que le ayudaba a liberar sus pecados de la carne.

Ese légamo cenagoso del que el escritor extrajo las mejores páginas de su literatura se lo aplicó al alma de Leopold Bloom, el protagonista del Ulises, una novela contra la que yo libraba una batalla siempre perdida en una infame edición argentina de tapas amarillas. Algún día conseguiré terminar este maldito libro –me decía– como quien logra superar una grave enfermedad, hasta el punto que yo entonces no lograba distinguir a Leopold Bloom del propio Joyce porque los sentía unidos bebiendo la misma pinta de cerveza Guinness en el pub Davy Byrnes, en Duke Street, cuya espuma les tostaba a ambos el bigote. Desde entonces llevo asociada la culpa y el remordimiento a la cerveza negra. Cuando entré por primera vez en el pub Davy Byrnes, también pedí, como Leopold Bloom, un sándwich de queso gorgonzola y una pinta de Guinness y la bebí junto a unos parroquianos que abrevaban con furia católica acodados en una barra rematada con una curva femenina de art déco.

Para llegar a esta primera parada tuve que atravesar el bullicio de Grafton Street, llena de mujeres pelirrojas como las que había visto en las películas del Oeste disparando desde las carretas contra los indios o haciendo tartas de calabaza y de hombres semejantes a aquellos granjeros con calzones de felpa y tirantes, a quienes los cuatreros sorprendían siempre arreglando el tejado de casa. Estos tipos en los pubs de Dublín cantaban y empuñaban con el mismo ardor una pinta de cerveza Guinness que al día siguiente en la iglesia de santa Teresa de Ávila abrían el misal de cantos dorados con las manos rudas llenas de pecas.

En los salones del hotel Shelbourne, frente al parque de Saint Stephen’s Green, donde a la hora del té se extasiaba lo más elegante de Dublín, una camarera me dijo que había estado en España.

—Fui siguiendo al padre Peyton, que promovía el rosario en familia. Encontré que en Madrid había una gran libertad de costumbres. Me pareció que era Babilonia comparado con Dublín. Aquí los sábados, todavía los hombres siguen emborrachándose solos y las mujeres se quedan en casa limpiándoles los zapatos para ir el domingo a misa.

La accidentada lectura del Ulises me llevó a recorrer algunos lugares del circuito del protagonista, la torre Martelo, la tienda Brown Thomas, la farmacia Sweny’s, donde Leopold Bloom compraba jabones en forma de limón para ir a unos baños públicos, la Biblioteca Nacional, que era Scylla y Charybdis. En el restaurante The Bailey, frente al pub Davy Byrnes, se conservaba la puerta original de Ecles Street 7, la casa de donde el 16 de junio de 1904 Leopold Bloom inició su periplo de 24 horas, durante el cual este hombre vulgar, que se había desayunado con un riñón de cerdo asado y que llevaba una patata en el bolsillo de la chaqueta, iba liberando un fluido de la conciencia como un excipiente de sus sueños inconfesables, ese fondo cenagoso que sustenta la vida de cualquier ciudadano corriente, mientras su mujer, Molly Bloom, le esperaba en la cama hasta altas horas de la madrugada con el deseo palpitando como una babosa.

Molly podía ser Nora Barnacle, la mujer de Joyce, una chica de Galway que trabajaba en el hotel Finn’s junto al Trinity College, a la que encontró mirando un escaparate de la calle Nassau. Sin duda, el Dublín actual ya es otro, pero de aquel primer viaje guardo una sensación de tedio provinciano, ahogado cada sábado en un río de cerveza Guinness que desembocaba en la misa del domingo con la admonición del cura desde el púlpito. Uno podía fácilmente convertirse en un alegre explorador de iglesias y de pubs, McDaids, O’Donoghue’s, Mulligan’s, The Long Hall, Keogh’s y, de nuevo Davy Byrnes. En la discoteca Rumours, tal vez estaría la camarera del hotel Shelbourne besándose en la oscuridad con su novio, sudorosa y reprimida, bajo la voz aterciopelada de Neil Diamond. Dadle duro, muchachos, que mañana domingo os espera el padre Purdon en el confesonario.

MANUEL VICENT

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UN PREFACIO DE TIERNO GALVÁN AL CONTRATO SOCIAL DE ROUSSEAU

 

Jean Jaques Rousseau es el Newton del mundo de la moral.

Inmanuel Kant

(Encima de su mesa de trabajo estaba colgado un retrato del ginebrino,

al que tanto admiraba)

 

En un país como el nuestro donde tanto peso tiene la desidia, donde el pulso intelectual es tan bajo y donde la vida política parece agotarse en descalificaciones, ocurrencias y un preocupante desconocimiento de la realidad histórica, el Centenario del nacimiento de Enrique Tierno Galván está pasando como de puntillas y pocas son las instituciones y los medios de comunicación que se han ocupado de la importancia y actualidad de su pensamiento. ENTRELETRAS si le ha dedicado una atención pormenorizada y continuará analizando la trascendencia de su pensamiento en el futuro.

Naturalmente, las ideas y el coraje cívico de Tierno Galván hay que contextualizarlo. Tenía una gran preparación intelectual y supo enfrentarse a la dictadura con energía, tesón e inteligencia. No serán pocos, quienes recuerden que una serie de autores clásicos estaban prohibidos, mal vistos o incluidos en el infamante INDEX, tal era desde luego, el caso de J.J. Rousseau.

En una fecha tan temprana como 1966, la Editorial Taurus publicó El contrato social o Principios de derecho político. Enrique Tierno se ocupó de la edición de este texto que sólo circuló en ambientes reducidos. Un poco más tarde, en 1969, se reeditó, esta vez con un magnífico prefacio de Tierno Galván, del que nos ocuparemos más adelante.

En esos años todavía no se manifestaban con claridad los anhelos democráticos que eran severamente yugulados, sin embargo, la convicción de mantener viva la llama para crear la condiciones del advenimiento de un régimen democrático estaban presentes en determinados intelectuales como Tierno. Eran tiempos oscuros, parecía que aquel estado de cosas se prolongaba indefinidamente… las expectativas incumplidas se acumulaban.

Pese a esto, Tierno parecía ser consciente de que si la determinación es firme todos los caminos son también un rodeo. Las ideas, firmemente arraigadas, procedentes del Proyecto Ilustrado tenían el suficiente vigor para resistir la erosión del tiempo muerto.

En el prefacio al que hemos aludido, Tierno tantea y sabe asumir riesgos arrojando preguntas en cuya respuesta se contiene, nada menos, que el esbozo de un plan de acción. Una de estas preguntas puede ser ¿Por qué en España los clásicos son tan actuales?  Es difícil no advertir su ironía así como  una velada -o no tan velada- crítica a la indigencia y al adanismo de la vida intelectual de aquellos años.

Enrique Tierno va más allá. Advierte con finura analítica, que entre nosotros, las traducciones de El contrato social  sirven de termómetro para conocer el pulso político del país. En las épocas de cerrazón y oscurantismo, que han sido las más numerosas, han predominado las prohibiciones, la censura y el más acendrado inmovilismo. En tanto que en las épocas de apertura han circulado con profusión las obras de pensamiento político y El contrato social ha merecido una atención notable y rigurosa.

No es casual, por tanto, que Antonio Zozaya perteneciente al círculo de Francisco Giner de los Ríos lo incluya en su colección de Obras Filosóficas, en su afán por dar a conocer y comentar las ideas de más calado que circulaban por Europa. Tampoco puede extrañarnos lo más mínimo, que Menéndez y Pelayo rechace y descalifique el pensamiento rusoniano y considere su influencia profundamente negativa. A don Marcelino todo lo que sonaba a heterodoxo le producía urticaria y el pensamiento de Rousseau es el más heterodoxo de la Ilustración.

Curioso, muy curioso es a este respecto el discurso o mitin de José Antonio Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia. Considera a Rousseau nefasto y lo hace culpable de las amarguras políticas de España. Por eso, no es de extrañar que algunas obras del ginebrino, entre las que se incluyó El contrato social, fueran quemadas públicamente al final de la Guerra Civil.  A estos autos de fe con reminiscencias nazis siguió un largo periodo en el que el pensamiento del ginebrino fue censurado y silenciado.

Ha llegado el momento de exponer algunas de las aportaciones decisivas que Rousseau ha hecho al pensamiento político. La primera, que me parece de calado, es que incorpora al léxico de la Filosofía Política un concepto tan relevante como el de voluntad general, que es nada menos que el antecedente del Imperativo Categórico Kantiano. Lo mismo sucede con el de alienación, tan relevante en el pensamiento marxiano. Hegel lo tomó del ginebrino y de él pasó a Feuerbach y al joven Marx al que, también, hay que prestarle más atención de la que hasta ahora se le ha dispensado.

Desde mi punto de vista, a Rousseau no siempre se le ha entendido bien. Se le suele incluir dentro del contractualismo,  lo que es innegable. Sus teorías son precursoras de la democracia directa siempre que sea posible.

A menudo, se le considera un pensador ingenuo. No lo creo. Lo que no siempre se especifica con claridad es que El contrato social es una hipótesis, una conjetura que no se fundamenta en la historia y que pertenece por derecho propio al futuro.

Son relevantes sus diferencias con otros pensadores contractualistas como Hobbes, para quien la sociedad solo era posible si el individuo renunciaba a sus derechos en pro de una convivencia pacífica. Es decir, cambiaba libertad por seguridad. Es curioso constatar hoy mismo como desde ciertas instancias se nos pide que renunciemos a parte de nuestras libertades en pro de la seguridad ante la amenaza  terrorista.

Lo que parece obvio es que entregar a otros nuestra libertad  es perderla y entrar en  un ámbito netamente reaccionario y autoritario.  Frente a este estado de cosas  reacciona Rousseau constituyendo y construyendo el cuerpo social.  El único soberano es el pueblo y el gobierno es un simple ejecutor de las leyes que el pueblo se da a sí mismo. En  el modelo político de Rousseau el pueblo aparece como sujeto y objeto del poder soberano, en un inequívoco funcionamiento de abajo a arriba.

El ginebrino ha sido interpretado desde diversas ópticas, que  van desde los totalitarismo hasta el pensamiento libertario. Sugiero que se lea su Proyecto de Constitución para Córcega, aunque los avatares históricos y políticos impidieran que llegara a plasmarse. Creo que también puede fundamentarse y sostenerse que es un precursor de la democracia social y del socialismo democrático. Soy consciente de que el pensamiento de Jean Jaques Rousseau es, en no pocos aspectos, ambiguo y poliédrico. Quizás sea esa su riqueza y aquello que posibilita que siga resultando vivo y atractivo en este presente incierto y crepuscular. Me gustaría, no obstante, recordar sus opiniones y textos sobre el reparto desigual de la riqueza y la serie concatenada de medidas que sostiene en pro de la igualdad social.

Rousseau es demoledor con respecto al origen divino de las instituciones políticas y se niega a esgrimir otra fuente de legitimidad que no sea la del pueblo soberano. A este respecto, creo que sería útil, echar un somero vistazo a Constituciones europeas y americanas, aun vigentes, para comprobar cómo el espíritu del absolutismo sigue colándose por determinados resquicios e impidiendo una democracia efectiva e igualitaria.

Estas reflexiones van tocando a su fin. Fue Walter Benjamin quien nos dio un aviso con estas proféticas palabras que no han perdido actualidad… “El aburrimiento es el pájaro de ensueño que encuba el huevo de la experiencia”,  quizás, por eso, me sigue fascinando Rousseau. Merece la pena confiar en quien está dispuesto a extraviarse conscientemente en su propio laberinto.

Hoy, en España, urge renovar las estructuras políticas para adecuarlas a la realidad. Se hace cada vez más precisa, una reforma de la Constitución del 78 que actualice y dé un nuevo marco de legitimidad a la convivencia entre los ciudadanos. Hay que sustituir, con cierta urgencia los aspectos envejecidos y caducos que han quedado obsoletos. Considero, que hay pasos ineludibles que dar en el ámbito de la igualdad y, también, en lo que concierne a proteger y salvaguardar nuevos derechos para robustecer unas condiciones de vida con un mayor grado de justicia social.

Una aspiración que duerme el sueño de los justos, imprescindible para transitar por una senda de tolerancia y progreso social es apostar, sin ambages, por una solida formación científica de la ciudadanía, respetuosa a un tiempo con los ideales del humanismo y una educación cívica y moral que convierta a los ciudadanos en garantes de unos sólidos principios y valores democráticos.

 

Antonio Chazarra

Profesor de Historia de la Filosofía

 

 

 

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