Artículos de Opinión

10 PM | 12 Oct

SUSANA DEMONIO Y CARNE

Susana (Demonio y carne), 1950

De mfa – mayo 21, 2014

No me gustaba gran cosa. La arreglé como pude… Yo procuraba que en cada película hubiera siempre un escape, que siempre tuviera un senderillo por donde me iba a hacer lo que yo quería, pero quedaba ahogado por el conjunto[1].

Es una historia…muy moral, porque al final castigaban a la seductora. Siento no haber resaltado más la ironía, la broma… Tal vez la película puede funcionar de distintas maneras, según el público sea inocente o tenga malicia. Algunos dirán que es una película inocente, otros dirán que es moralmente tremenda. Yo encuentro el erotismo de la película un poco simple, un poco tonto… Me pareció que debía hacer el argumento menos simple e introduje ideas visuales como ésa de la araña o como la de la sustitución del objeto erótico por otro. En una escena, Fernando Soler, que acaba de ser excitado por Susana, ve llegar a su esposa… y es a ésta a quien besa apasionadamente, pero pensando en Susana…

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08 PM | 01 Sep

Marcel Proust sin las muchachas en flor

Mi destino era el Gran Hotel de Cabourg, en Normandía. Después de atravesar colinas de jugosos pastos pobladas de vacas húmedas hice un alto en Rouen para rendir homenaje a Gustave Flaubert y en su honor en una terraza frente a la catedral, que un día pintó Monet, me tomé un calvados fabricado con manzanas benedictinas. Cualquiera de aquellas señoras provincianas que cruzaban la plaza podía haber sido Madame Bovary. Luego en la larga bajamar de la playa de Deauville galopaban jinetes contra la puesta de sol y bajo las sombrillas de color naranja había bañistas rodeadas de niños rubios y perros hermosos. Al pasar por Honfleur recordé al músico Erik Satie. Finalmente, a orillas de un mar brumoso estaba el establecimiento de baños, el Gran Hotel de Cabourg, el Balbec de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Era un niño asmático con sombrerito blanco de paja dura cuando Marcel Proust llegó por primera vez aquí en 1881 llevado de la mano de su abuela y la criada Françoise. Durante su adolescencia y madurez, hasta 1914, nunca dejó de pasar temporadas de verano en este hotel de Cabourg. Tendido en una cama con dosel, muerto de melancolía, desde su habitación oía al atardecer una orquestina de pistones que tocaba valses en el templete de la música. Por el paseo de la playa discurrían las muchachas en flor, Albertina, Andrée, Gisèle, Rosemunde, de trenzas y mejillas doradas.

A la hora de la cena bajaba al comedor convertido en un maravilloso acuario, y allí aristócratas y burgueses anillados, damas con pamelas de frutas y niñas con muchos lazos, se mecían como extraños peces y crustáceos con una fosforescencia submarina. Amparados en la oscuridad de la noche, los pescadores y los obreros del pueblo pegaban la nariz a las vidrieras para contemplar la vida lujosa de esta fauna acuática y tal vez algunos ya dudaban si la pared de cristal protegería por siempre aquel festín. No fue la ira social de la pobre gente la que invadiría aquella pecera sino la oleada de sangre de la Gran Guerra del 14 y después la lluvia de acero del desembarco de Normandía de las tropas aliadas de la Segunda Guerra Mundial. Cuando llegué el asalto corría a cargo de un centenar de ejecutivos de una multinacional de informática que había invadido la pecera, cada uno detrás de un ordenador en mesas formando una herradura, llenas de carpetas, atentos a una gran pantalla que manipulaba un monitor.

Pero el ectoplasma de Proust parecía vagar todavía por las estancias y aposentos, por las salas de juego, los espacios de baile, el antiguo teatro del casino, las casetas de baño azules y blancas de la playa. En el mostrador de recepción había un busto del escritor. Un ejecutivo rezagado, mientras la recepcionista le abría la ficha, se entretenía acariciando con la yema de los dedos el bigote y la orquídea de bronce oscuro de ese busto cuyo nombre ignoraba.

—Es Marcel Proust. Lo pone ahí, en el pedestal— le sacó de dudas la recepcionista.

—El fundador de este establecimiento. ¿Me equivoco?

—Perdón. Marcel Proust fue un escritor muy famoso.

—Discúlpeme, señorita. Yo soy técnico en ordenadores. Uno se pasa el día vendiendo máquinas. Veo que he metido la pata.

—No, por Dios.

—¿Escribió algo importante este señor?

—Confieso que tampoco le he leído nada— respondió la recepcionista— Lo tenemos aquí porque fue un buen cliente del hotel. Creo que escribió la historia de una magdalena.

—¿Ah, sí? Precisamente, señorita, yo acabo de informatizar una vieja fábrica de galletas, magdalenas y bizcochos para ponerla al día.

—¡Qué casualidad! Tome la llave, señor. Habitación 216. Tiene una magnífica vista al mar. Bienvenido.

El hotel conservaba el esplendor decadente adherido a los espejos biselados, a los frescos con ninfas danzantes, a las cortinas de terciopelo verde manzana. En la pecera del comedor los antiguos crustáceos, que eran aristócratas y burgueses de entreguerras, habían sido suplantados por ejecutivos, programadores y vendedores informáticos, quienes después de cada sesión de trabajo invadían los salones y no paraban de soltar carcajadas sobre las floridas alfombras; repantingados en los canapés con un licor en la mano seguían con ojos golosos a las chicas de carnes mesocráticas que cruzaban en bikini por el salón, aunque ninguna era ya Albertina, ni Andrée, ni Gisèle ni Rosemunde, aquellas muchachas en flor desaparecidas junto con el fantasma de Proust.

MANUEL VICENT

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05 PM | 31 Ago

CINCO TUMBAS AL CAIRO

Una de mis películas favoritas entre aquéllas cuya temática gira en torno al desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, es sin duda “Cinco tumbas al Cairo” (Five graves to Cairo), película dirigida por Billy Wilder en el año 1943, con un emocionante argumento basado precisamente en un guión del propio Wilder.

Al principio de la película, un tanque de las tropas inglesas deriva sin control por las arenas del desierto. En este carro de combate, que escapa autónomamente de las tropas del mariscal Rommel, sólo hay un superviviente, inicialmente inconsciente, que consigue salir del tanque para tratar de encontrar algún refugio. El comienzo del film ya es bueno. Pero lo que sigue es todavía mejor. El cabo Bramble (que así se llama el superviviente) logra encontrar un hotel medio en ruinas en medio del desierto, que resulta ser la antigua base de operaciones de las tropas inglesas, pero donde ahora quedan dos personas sólo, por haber sido bombardeado los días anteriores, el recepcionista y la mujer de la limpieza. Ante el mal estado del cabo, estas dos personas tratan de aliviar la grave insolación, acompañada de delirios, que padece. Pero entonces llegan el mariscal Rommel y todo su séquito a establecerse algunos días en el hotel. El cabo Bramble se ve obligado a hacerse pasar por el antiguo mozo del hotel, el cual murió en el bombardeo, en un principio con el objeto de tratar de matar a Rommel, cosa de la que desistirá cuando advierte que en realidad dicho anterior mozo era un espía al servicio de los nazis. De tal forma que Bramble tratará ahora de congeniar lo suficiente con el mariscal para averiguar en qué ubicación exacta se hallan los cinco “yacimientos arqueológicos” donde el mariscal Rommel tuvo la previsión de guardar años antes de la guerra la suficiente cantidad de combustible, agua, municiones, y en general provisiones, para no tener que depender de las vías normales de suministro, ahora impracticables, y poder llegar así a tomar la ciudad del Cairo.

En líneas generales esta película, cuyo eje principal es el espionaje que desarrolla el cabo inglés para averiguar dónde deberán bombardear los aliados para acabar con los suministros nazis, resulta ser un film de lo más ecléctico, interesante y sobre todo entretenido. En una única película se conjugan elementos como el espionaje, la Segunda Guerra Mundial en África, el amor, la sumisión y hasta la humillación ante el poder del bando alemán –Mouche, la mujer de la limpieza, trata de que saquen de un campo de concentración a sus hermanos, suplicándoselo al mariscal-, la siempre estereotipada mala conducta de los soldados y ciudadanos nazis, que son todos perversos en casi todas las películas del género, sin aparecer como personas con comportamientos éticamente variables como es lo normal -cosa que por ejemplo en “La lista de Schindler” sí se da-. Hasta incluso queda sitio para un humor muy de mi gusto, por la soberbia caracterización del mariscal Rommel por parte de Erich Von Stronheim, que es capaz de imprimir en la misma el genio militar y el carácter cuadriculado del mariscal,  así como el hecho de que en la película aparece un general italiano, aficionado al canto, que es ninguneado por Rommel, y al que prohíben sus ensayos canoros, y que en cierta escena en la que el cabo Bramble ha colgado su chapa identificativa en una botella de whisky para que los oficiales ingleses apresados adviertan que él es inglés, ofrece de beber también al general italiano exclamando éste algo así como : ¿Qué bebida es ésta, mozo?; Bramble, señor; ¿Bramble?, si no supiera que es Bramble, yo juraría que esto es whisky.

Pero bueno, no puedo desvelar más cosas de este film. Yo lo único que debo hacer es recomendaros esta película, porque sé que habrá mucha gente a la que le gustará, y porque resulta muy entretenida y según mi opinión es buena, como casi todo lo que llevó a la gran pantalla el bueno de Wilder, -habida cuenta de mis limitaciones como crítico de cine-.

del blog Eciptomania

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