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José Ángel Valente

Que la palabra sea solo verdad

Diciembre 2017

 

José Ángel Valente es un poeta profundo, melancólico y veraz. Su palabra es precisa, rigurosa, cortante. Surge de las tinieblas para dar testimonio de un mundo agónico que se desmorona. Busca la luz con ahínco, amplitud de miras y una inmensa curiosidad intelectual por el ser, por el hombre, por la creación.

Es un poeta metafísico y profético. Como sucede tantas veces en nuestro país, se le lee poco y se le recuerda menos. Quizás, porque fue un hombre solitario y porque su existencia fue de amor a la palabra, transcurrió sin hacer apenas ruido.

Sus poemas son difíciles y sin concesiones. Hay quienes lo consideran vinculado a la generación del 50. Pudo ser así en un principio… después se eleva en solitario, recorre un largo y tortuoso camino que él mismo se ha trazado rasgando y penetrando las tinieblas.

A un creador, el mejor homenaje que puede hacérsele es mantenerlo vivo en la memoria… aprovechar sus hallazgos y analizar las rutas y los caminos, muchas veces inexplorados, por los que su pensamiento se aventura.

José Ángel Valente tiene muchas facetas y, en no poca medida, es un intelectual poliédrico. Se siente atraído por el halo de misterio que rodea la existencia. El poderoso influjo de María Zambrano, es perceptible a poco que se sepa avanzar en su esencialismo lírico. Grandes creadores que saben emplear la palabra con maestría como Lezama Lima, lo han elogiado por su rigor y por su hondura.

En el ámbito de la poesía española contemporánea su voz es singular e imprescindible, por su reciedumbre, por su precisión y por su búsqueda infatigable de la verdad. Como él mismo expone en uno de sus poemas, el poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de la tribu.

La poesía de José Ángel Valente es una trayectoria y una guía de conocimiento que no se detiene y, que pese a los logros alcanzados se mantiene insatisfecho consigo mismo, exigiéndose más y más en esta dura ascensión por la ladera dolorosa de la existencia. Atraviesa en sus reflexiones ontológicas las diversas capas de que está revestida la memoria.

Juan Goytisolo comentando su obra ha dicho de él que su lenguaje poético engendra su propio lenguaje crítico. Esta es quizás, una de las vías que abre mayores perspectivas para asomarnos a su universo creativo.

Leer y meditar sobre lo que Valente nos plantea es un ejercicio gozoso y una invitación al rigor intelectual. Sus libros de poemas y sus textos críticos en prosa, se retroalimentan y se enriquecen mutuamente.

Suele decirse que en el primer poemario está presente la semilla del resto de la obra de un creador. Citaré sus dos primeros libros ‘A modo de esperanza’ y ‘Poemas a Lázaro’, así como ‘Material memoria’, ‘Tres lecciones de tinieblas’ y ‘Mandorla’ como aquellos, que por subjetivo que sea, más me han impresionado. Entre sus textos en prosa, que ponen de manifiesto su rigor analítico, su conocimiento de la poesía española, especialmente de la mística y también su alta exigencia ética me referiré sucintamente a ‘Palabras de la tribu’, ‘La piedra y el centro’ y ‘Variaciones sobre el pájaro y la red’ que deberían ser una lectura obligada para todo espíritu sensible, por su capacidad de penetrar por intrincados vericuetos, extrayendo profundas reflexiones. José Ángel Valente establece un ‘modus operandi’ curioso y certero ya que diciendo mucho, es más lo que sugiere, las conexiones que establece y los flecos que deja pendientes para que el lector complete la tarea.

José Ángel Valente fue un hombre comprometido. Algunos de sus mejores conocedores lo han calificado como un exiliado cultural de la dictadura. Lo cierto es que residió fuera de España muchos años y que en 1972 tuvo que enfrentarse a un Consejo de Guerra por el contenido antimilitarista de uno de sus cuentos.

Colaboró en revistas emblemáticas como: ‘Ínsula’ o ‘Rosa Cúbica’, no hay que olvidar, tampoco, los ‘Cuadernos del Ruedo Ibérico’, editada por los exiliados españoles. Otra faceta, igualmente muy brillante, son sus traducciones de poetas como Kavafis, John Keats, Eugenio Montale, Hölderling, a quien vertió con maestría al gallego o Edmond Jabes (poeta místico judío). Todos ellos recogidos por Claudio Rodríguez Fer en ‘Cuaderno de Versiones’.

Me detendré un momento. Valente prestó servicios como traductor en varios organismos internacionales como la ONU o la UNESCO. Dominaba entre otras lenguas: inglés, francés, alemán, griego… pero donde volcó magistralmente sus conocimientos fue en sus traducciones de obras líricas, donde llevó a cabo una auténtica labor interpretativa.

Para traducir poesía hay que tener una especial sensibilidad y captar el sentido de un poema… para al trasladarlo a otro idioma colaborar con su autor, captar no sólo su significado sino su cadencia, su ritmo y su musicalidad. Solía distinguir entre ‘traditore’ y ‘traduttore’. Él prefería definirse como ‘traditore’ hasta llegar a titular versiones a sus traducciones porque no son otra cosa que un esfuerzo por apoderarse del texto admirado, meterse en su interior, bucear en él y captar su esencia… para luego verterlo a nuestro idioma.

Basta con mencionar a este respecto su trabajo sobre los poemas de Kavafis, ‘Esperando a los bárbaros’ o ‘Ítaca’ o por no citar más que otro ejemplo ‘Oda a una urna griega’ de John Keats.

Obtuvo numerosos premios y reconocimientos como el Adonais, el de la Crítica, el Nacional de Poesía, el Príncipe de Asturias de las Letras o el de Poesía Española e Iberoamericana.

En un país como el nuestro, que desprecia la poesía y el pensamiento, nunca obtuvo el reconocimiento que merecía, salvo en círculos especializados, departamentos universitarios y revistas. De José Ángel Valente, como de tantos otros, cabe decir que es más valorado fuera de nuestras fronteras que entre nosotros.

Todo creador está vinculado a unas ciudades. En el caso de José ángel a Orense que le vio nacer, a Oxford, donde pudo respirar un aire de libertad y de rigor concienzudo, a Ginebra, a París, a Almería, donde se conserva, con veneración, su memoria y dónde está ubicada la Casa-Museo del Poeta, inaugurada en 2015.

Otra faceta que merece la pena recordar de Valente es su colaboración con pintores como Saura y Tapies, entre otros, con los que realizó libros, que podrían calificarse de experimentales y, desde luego, interdisciplinares como ‘Emblemas’ o ‘El péndulo inmóvil’.

En su obra hay algunos ejes vertebradores y determinados hilos que conducen a ahondar en el misterio de la existencia, a poner de relieve la densidad filosófica de sus preocupaciones y a reflexionar, insistentemente sobre lenguaje y materia… siempre, desde una implacable búsqueda de la verdad, a través de la palabra, por descarnada que se muestre, en su compromiso con la luz cercada por las tinieblas.

Por todas estas razones es de justicia que quienes nos hemos aproximado al ‘Territorio Valente’ hagamos un modesto ejercicio pedagógico para divulgar su poesía y su pensamiento. No es aventurado afirmar que el siglo veintiuno, lo redescubrirá y le rendirá el tributo de admiración que no le ha otorgado hasta ahora.

El uso que hace del lenguaje nunca es simplemente instrumental, sino que está al servicio de una tantálica tarea como es penetrar en las sucesivas capas que envuelven el misterio, hasta llegar a la luz que nace del fondo de esta obscuridad abismal. Hay quienes han denominado este esfuerzo, recurriendo a la paradoja de poesía del silencio.

De uno de sus libros más desasosegante pero lúcido ‘La memoria y los signos’ quisiera citar unos versos del poema ‘Epitafio’ dedicado a la memoria de Alberto Jiménez Fraud:

 

Fue ajeno por igual
Al halago mezquino o al menosprecio
Del que a expensas tal vez de él y de otros
A inmerecido monumento optaba

Y concluye

Y así en su claridad
En su fe y en nosotros
Sobrevive.

Quiero terminar expresándoles mi convencimiento de que si hacen ustedes la prueba…de abrir un libro de poemas de José Ángel Valente, y responder después a la pregunta ¿mereció la pena? Sin lugar a dudas, la respuesta será, no sólo afirmativa sino gratificante. El rigor intelectual de su poesía nos hace no sólo mejores… sino, también, más sensibles y despiertos.

 

  

Antonio Chazarra Montiel

Profesor de Historia de la Filosofía

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