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el aroma de los tilos

últimamente paseo de noche por Vilafranca: sí, soy aquella sombra nada amenazante que, a primera hora de la madrugada, recorre las calles de la ciudad con un libro de poesía en la mano. Hará tres semanas, durante mi trayecto, percibí una fragancia dulzona al pasar bajo unos árboles que parecen montar guardia ante el viejo instituto. La relacioné con el aroma empalagoso del jazmín, que, como es sabido, uno distingue más nítidamente cuando se pone el sol.

Ya en casa, aún con el recuerdo de ese aroma en mi memoria, busqué en mi biblioteca el libro de los poetas de Al-Ándalus, traducidos por Josep Piera, hace un porrón de años. Creía recordar que en uno de esos versos tan hermosos aparecía el jazmín, implicándonos en la sensualidad de su llamamiento. Pero nada encontré. ¿Acaso había confundido esa referencia con la del toronjil? Entonces se me ocurrió que Marià Manent debió de decir algo sobre el jazmín. Fue en vano. ¿Había cambiado su fragancia con la de los tilos?

Yo suponía que lo que había percibido era aroma de jazmín. Sin embargo, al cabo de unos días pregunté a mi amiga Isabel qué árboles eran aquellos que olían tan bien, los de delante del viejo instituto. “Son tilos –me respondió–. De flores amarillas. Su fragancia no es tan untuosa como la del jazmín”. Me vino a las mientes el poema de Manent que había releído recientemente, Sentint per primera vegada l’aroma dels til·lers florits, que empieza así (traduzco): “¡Aroma de tilos floridos, tan nueva y dulce / para mí! No despiertas ni un ápice de recuerdo. / El pasado no se filtra en esta sombra de oro: / solo vive tu sueño, dulce arboleda”.

Había confundido el perfume de los tilos con el del jazmín. Pero la poesía, astutamente, me había mandado una señal inequívoca. Como Manent, yo tampoco disponía de ningún recuerdo del perfume de los tilos, aunque una vez tuve una ramita en la mano. Hace diez años. Doña Paquita, que para entonces ya había perdido la memoria, dejó encima del parabrisas de cada uno de los coches de los que celebrábamos la verbena de San Juan, cerca de su casa, en plena naturaleza, una ramita de ese árbol, sombra de oro, cual firma de un fantasma. Cortada, no olía, a diferencia de las ramas floridas que penden sobre las calles de mi ciudad, tan odorantes, este año de abundante agua, que hacen llover miles de florecillas amarillas sobre el asfalto.

JORDI LLAVINA

Me recuerda la plaza de los tilos a la que voy habitualmente

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