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CORRESPONDENCIA

Benito Pérez Galdós
Correspondencia
Madrid, Cátedra, 2016
1.184 pp. 60 €

Desde la Antigüedad grecolatina se han fijado ideas que explican la escritura de cartas, más allá de la estricta proyección de su autor, como un diálogo entre éste y el destinatario cuya presencia se hace notar tanto en lo que puede compartir con el epistológrafo como en la inserción que este último hace de frases y estimaciones directas del lejano receptor. Este espejeo de proyecciones personales se advierte en las colecciones de cartas que los medios de comunicación hacen accesibles, ya sea en las ediciones que sólo recogen las cartas escritas por un único redactor (las ediciones monódicas), ya las ediciones que también recogen las recibidas por él (las ediciones polifónicas). Una variante moderna del género epistolar es la carta aparecida en las publicaciones periódicas («carta abierta» o «carta comunicada»), pues aunque su exhibición coram populo elimina uno de los rasgos característicos de la carta privada, cual es su perfil de confidencia secreta, su transformación periodística llega a su grado máximo de reelaboración en las series de artículos que se ofrecen a los lectores como «cartas»1. Recuérdese, a modo de ejemplo, que la muchas veces citada carta de Benito Pérez Galdós a Francisco Giner de los Ríos en la que le decía que había querido «en esta obra [La desheredada] entrar por nuevo camino o inaugurar mi segunda o tercera manera, como se dice de los pintores» se publicó en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza el 14 de abril de 1882.

La libre disposición pública que las leyes otorgan a los epistolarios escritos en el siglo XIX, junto con el interés histórico y biográfico que muchos de estos textos atesoran, han estimulado la publicación de colecciones de cartas de personas que tuvieron alguna significación en esa centuria y en los primeros años de la siguiente. Situándonos ante los escritores españoles de ese tiempo, hoy disponemos, afortunadamente, de extensas recopilaciones de la correspondencia de algunos autores muy significativos; en ediciones monódicas, recuerdo la de Juan Valera (3.803 cartas)2, la de «Clarín» (486 cartas recogidas por François Botrel en el volumen XII de las Obras Completas del ovetense de 2009) y, en edición polifónica, el impresionante número de las escritas y recibidas por Marcelino Menéndez Pelayo (en edición preparada por Manuel Revuelta Sañudo en los veintitrés volúmenes de su edición de 1982-1991). De otros muchos autores decimonónicos pueden leerse ediciones de epistolarios parciales en trabajos monográficos, epistolarios parciales que para la reconstrucción de la imagen más completa de cada autor deberían seguir el modelo fijado por la actual reunión de la Correspondencia galdosiana.

Esta colección de 1.170 cartas escritas o dictadas3por Pérez Galdós es una edición monódica que proporciona al lector un tejido de confesiones y juicios del escritor canario iluminadores de su recorrido biográfico y su vivencia de las circunstancias por las que transcurrió. Desde la publicación en 1943 de sus cartas a Mesonero Romanos han ido editándose comunicaciones epistolares que don Benito había mantenido con diversos corresponsales, pero hacía falta una reunión de todas las publicadas y de las que podían consultarse, aunque se conservaran inéditas. Esta es la tarea que han realizado los acreditados galdosistas Alan E. Smith y María Ángeles Rodríguez Sánchez con la ayuda de Laurie Lomask. Estos galdosistas han compulsado las versiones impresas con sus fuentes manuscritas, corrigiendo o anotando datos adelantados por los editores anteriores y datando textos cuya fecha no se conocía (para lo que se sirven, entre otras fuentes, del matasellos de la carta en los casos en que se conserva el sobre). Añaden, además, cartas depositadas en el inapreciable fondo bibliográfico de la Casa-Museo Pérez Galdós de Las Palmas y en otras colecciones, con un total de más de cuatrocientas que aún no se habían impreso.

Las ventajas que tiene la organización diacrónica de una correspondencia desvela circunstancias históricas y motivaciones íntimas del autor de las cartas, hasta el punto que puede considerarse como una versión muy verosímil del relato de su vida. Los editores de estas cartas galdosianas afirman que su organización cronológica presenta a Galdós en «la evolución de sus ideas y querencias [y] se manifiesta, digamos, como una trama en el telar, es decir, horizontalmente, en este movimiento a través de las décadas del final del siglo XIX y principios del siglo pasado» (pp. 21-22 de su Introducción)4. Hablan quizás de «décadas» porque la disposición editorial que han hecho distribuye las cartas desde 1860 hasta 1919 en seis apartados e ilustran cada una con una imagen gráfica de Pérez Galdós realizada en el curso de los años que corresponden a cada década, una ayuda iconográfica que también resulta muy útil para relacionar la imagen física del escritor con la proyección biográfica que recoge cada década.

A pesar de que ya en vida del novelista se habían publicado varios apuntes biográficos escritos por quienes, por estar cerca de él, tenían un conocimiento empático de su personalidad, se habían deslizado errores que biógrafos posteriores tuvieron que enmendar y se había difundido una discutible opinión sobre la inaccesible nebulosa de la intimidad galdosiana. «Galdós, como es sabido, no se daba con mucho amor a la correspondencia; además de la poca afición a escribir cartas que le era común con casi todos los españoles, no tenía tiempo», afirmaba José Fernández Montesinos en la «Nota preliminar» que precede al primer volumen (1968) de los tres magistrales que dedicó al novelista. Pedro Ortiz-Armengol, en su documentada biografía del año 1995, sentó las bases de lo que debía ser una biografía, como escribí yo en esta misma revista, vista «desde dentro» y para la que sus cartas podían sentar fundamentos muy seguros.

Del interés de nuestro novelista por la técnica de la comunicación epistolar no puede caber ninguna duda al lector que lo haya saludado, aunque sea de lejos. El accidentado vivir de sus personajes ficticios se refleja, según diferentes novelas, en las cartas que unos escriben a otros. Y ampliando más el recurso a la técnica de representación epistolar, Galdós fue más lejos, pues escribió varias novelas completamente epistolares −La Incógnita (1889) y La Estafeta Romántica (1899)− para solapar la comunicación del «yo» que escribe al «tú» receptor en La Incógnita –los personajes Manolo Infante y «Equis»− con el relato de los mismos acontecimientos contados bajo la forma dialogal en Realidad (1889), forma expositiva esta última que sedujo a Galdós por su proximidad a la representación escénica y, especialmente, porque la expresión en primera persona «nos da la forja expedita y concreta de los caracteres» según escribía en su Prólogo a El Abuelo. Novela en cinco jornadas (1897)5. La conciencia que Galdós fue elaborando sobre las posibilidades comunicativas que posee la carta cuando se inserta en relatos de ficciones no debe diferenciarse de la tensión en que él mismo se explayaba cuando escribía cartas personales con el relato de los accidentes de su vida adaptado a la sensibilidad de su corresponsal.

El trasvase de lo epistolar desde la vida a la literatura también funciona en sentido contrario, desde la literatura hacia la vida, pues en muchos de los textos de esta Correspondencia el lector encuentra que Galdós emplea rasgos característicos de sus novelas. Valgan algunos ejemplos: muletillas lingüísticas que caracterizaban a personajes suyos –el «francamente, naturalmente» de don José Ido del Sagrario−, la denominación «Dr. Miquis» en varias cartas escritas al médico Tolosa Latour, el nombre «Salomé» que aplica en ocasiones a la actriz María Guerrero o su propia firma como «Pedro Minio» en varias. Cabe, incluso, la incorporación de destinatarios de cartas –casos de Ramón de Mesonero Romanos o Nicolás Estébanez− como personajes de alguno de sus relatos e, incluso, un corresponsal real –su jardinero Manuel Rubín− sugiere el trasvase hacia el Maximiliano Rubín de Fortunata y Jacinta.

Las Memorias de un desmemoriado (impresas en La Esfera entre 1915 y 1916) y sus cartas de viajes publicadas en periódicos sólo proporcionan un reducido caudal de información biográfica. Ahora bien, basta el censo de los corresponsales de don Benito para poder trazar un perfil de su evolución vital y de las variadas metas que se proponía en sucesivos momentos de su existir. En los inicios de su actividad literaria, la enciclopedia viviente del madrileñismo que era Mesonero Romanos y, según va asentándose en su carrera, incorpora a coetáneos como «Clarín», Pereda o Menéndez Pelayo6, con quienes mantiene sabrosas comunicaciones de contenido literario; el escritor maduro es receptivo con los jóvenes escritores de novelas y ensayos (Francisco Navarro Ledesma, Arturo Reyes, Ramón Pérez de Ayala) y de teatro (los hermanos Álvarez Quintero o Eduardo Marquina), con los autores catalanes (Narciso Oller, Josep Yxart, Félix Sardá, Francisco Miguel y Badía) y con los para él mucho más jóvenes Ángel Ganivet, Joaquín Costa, Rubén Darío o Miguel de Unamuno. Ahora bien, los políticos (el embajador Fernando León y Castillo, Antonio Maura y algunos republicanos), su familia y, singularmente, sus mujeres (Concha Ruth Morell, Lorenza Cobián, Teodosia Gandarias, Concha Catalá ¡y su hija María!) son destinatarios privilegiados de su correspondencia, especialmente en los escritos enviados a las mujeres citadas, que constituyen el grupo más numeroso de las cartas reunidas en este volumen. La abundante correspondencia amorosa funciona como un sabroso eco del vocabulario de los amantes que se exhibe en sus novelas (Gonzalo Sobejano lo estudió con penetración exegética), al tiempo que profundiza en la explicación de lo que es para él el amor7; la correspondencia con hombres públicos recoge resonancias muy sentidas sobre el vivir de los españoles del momento y las cartas a los hombres de letras expande valiosa información sobre su teoría y su telar literario.

La vida cotidiana y las preocupaciones por lo inmediato aparecen con llamativa frecuencia en las cartas en que se leen comentarios sobre su dependencia de los ingresos que le reportan sus derechos de autor, sus aficiones por plantas y flores, la implicación en sus instalaciones domésticas (la casa santanderina especialmente), su dedicación al cultivo de la música en privado, la actividad parlamentaria como diputado liberal en 1886 y, desde 1907, por la conjunción republicano-socialista, la relación con editores e ilustradores gráficos de sus obras (los hermanos Mélida, fundamentalmente), la búsqueda de publicidad crítica (a través de hispanistas como Alfred Morel-Fatio o Boris de Tannenberg) y, por supuesto, las reacciones que sus cartas suscitaban entre las mujeres que amó en el curso de su existencia. Va de suyo que las noticias sobre su estado físico (las abundantes jaquecas, el proceso de sus dificultades de visión), el intenso trabajo de la escritura8, la satisfacción o el descontento que la recepción de sus obras le generaba y, por supuesto, su visión del tiempo histórico y del país en que vivía. La penetración dentro de la almendra de su intimidad se hace patente, incluso, en terreno tan problemático como el de las creencias religiosas. Precisamente en su correspondencia con José María de Pereda a propósito de la tesis ideológica que muchos lectores encontraban en la novela (cartas del año 1877) confiesa al amigo santanderino vivencias muy personales sobre sus creencias. En una carta del 6 de junio de este año afirma Galdós: «En mí está tan arraigada la duda de ciertas cosas que nada me la puede arrancar. Carezco de fe, carezco de ella en absoluto. He procurado poseerme de ella y no lo he podido conseguir. Al principio no me agradaba semejante estado; pero hoy, vamos viviendo». Y en otra muy cercana seguía confesando: «En dos palabras sintetizaré a V. lo que pienso en este triste asunto de la conciencia, y esto lo digo con convicción profunda y verdadera fe, es a saber: el catolicismo es la más perfecta de las religiones positivas, pero ninguna religión positiva, ni aun el catolicismo, satisface el pensamiento ni el corazón del hombre de nuestros días».

Queda, por descontado, hablar de sus lecturas y de los libros que recomienda a las personas de su círculo más íntimo, dibujando «otra biblioteca galdosiana» paralela a la que ha podido restaurarse en la actual Casa-Museo de Las Palmas. Habla mucho más, claro está, de su entendimiento del arte literario y de cómo lo aplicaba en sus creaciones. Explica, por ejemplo, que la poesía no era su terreno más grato: «En mis verdes primaveras jamás me sedujo la poesía ni la versificación. No recuerdo haber tenido ninguna flaqueza versificante. El teatro sí me gustaba, y aun me entusiasmaba» (carta a «Clarín» del 8 de junio de 1888). Como escritor moderno vinculado a la práctica de lo que en su tiempo se llamó realismo, ofrece noticias tan sabrosas como esta comunicación a Manuel Tolosa Latour (27 de febrero de 1897) en los momentos en los que estaba redactando Misericordia: «No ha podido ir a verte porque las mañanas las paso escribiendo en casa y las tardes buscando y observando pobres, por iglesias, casas de los barrios del Sur, Injurias, etc.»

La atracción teatral será una constante en su carrera literaria, en la que alterna y solapa la actitud mimética propia del novelista con la posición diegética que comporta la escritura de piezas dialogadas. En unas ocasiones relaciona ambos planos para deslindar la influencia que el teatro puede ejercer sobre la narrativa; así explica a Narciso Oller que el vigésimo capítulo de La papallona es un fallo constructivo, pues constituye «un resabio del pícaro arte teatral, que hemos mamado con la leche y que se ha aposentado en la médula de nuestros huesos sin que lo podamos echar de nosotros» (carta de 8 de diciembre de 1884). La estimación va matizándose con el paso del tiempo y va haciéndose patente en sus adaptaciones de novelas y Episodios a la escena y, singularmente, en la combinación de carta y diálogo que trazaba en sus dos novelas de 1889 antes aludidas, por lo que no es de extrañar que el 22 de marzo de 1893 confiese a «Clarín» que «eso de que los dramas parezcan novelas, me tiene a mí sin cuidado». Sus piezas dramáticas, su relación con actores y gentes de la farándula, y la etapa en que tuvo que dirigir la programación del madrileño Teatro Español son aportaciones con las que esta Correspondencia se ilumina la historia del moderno teatro en España.

España y los españoles constituyen, en fin, otro rico filón que regala esta edición de cartas galdosianas. La emoción vivida por el Galdós viajero a lugares emblemáticos del paisaje hispano –Toledo a modo de ejemplo− y su concepción de la identidad nacional explica juicios suyos tan rotundos como este incluido en comunicación a Pereda en septiembre de 1878: «No hay que culpar a los madrileños exclusivamente de faltas comunes a toda esta raza española –digo− privilegiada raza española, tan gangrenada en la cabeza como en las extremidades y que tanta pudre tiene en el corazón como en las uñas». Una emotiva visión que se intensifica en sus epístolas de contenido político – especialmente las escritas en las décadas del siglo XX en coincidencia con su actividad parlamentaria− y en las escasas polémicas en que participó como intelectual comprometido en la enredada discusión sobre la «regeneración» que necesitaba el país.

Esta edición de la Correspondencia, además del extenso repertorio de notas complementarias que informan sobre algún aspecto tocado en las cartas, va acompañada de dos útiles índices: uno de destinatarios y otro de nombres de personas y títulos de obras citados en las cartas. Con todo, y a pesar del cuidado que los editores han puesto en su trabajo, se ha deslizado alguna errata en las transcripciones y, como es inevitable, faltan cartas galdosianas de las que tenemos noticia (como las enviadas al abogado Prieto Mesa de las que informaba Ortiz-Armengol) y hubiera sido deseable que se incorporaran todas las cartas a destinatarios particulares que Galdós estimó conveniente hacer públicas en la prensa, como es el caso de la dirigida el 26 de junio de 1901 a José Estrañi (director del periódico santanderino El Cantábrico) referente a la ruidosa acogida de que estaba siendo objeto su drama Electra.

Leonardo Romero Tobar ha sido catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros son La literatura en su historia (Madrid, Arco/Libros, 2006), Dos liberales o Lo que es entenderse. Hablando con Larra (Madrid, Mare Nostrum, 2007), La lira de ébano. Escritos sobre el romanticismo español (Málaga, Universidad de Málaga, 2010), Maestros amigos (Santander, Universidad de Cantabria, 2013) y Goya en las literaturas (Madrid, Marcial Pons, 2016). Es editor de Temas literarios hispánicos (Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2013).

29/05/2017

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