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Tiempos Modernos

Realismo social visceral

Tiempos modernos es una historia de un tipo que trabaja en una fábrica en condiciones infrahumanas y un buen día se vuelve loco y la deformación profesional le lleva a asustar a las señoras por la calle con una llave inglesa aunque él, eso sí, cree realizar su trabajo. Después de una temporada en el manicomio es detenido por encabezar una revuelta comunista y en la cárcel monta un altercado tras consumir cocaína. Al salir de presidio comienza un romance al límite con una menor. Se emborracha con un excompañero de trabajo y los delincuentes que le acompañan y termina de nuevo con sus huesos entre rejas. Una vez más sale de prisión y consigue reintegrarse en la sociedad en un trabajo no muy diferente del que tenía al principio. En un desgraciado incidente está a punto de matar a su jefe. Ya fuera del trabajo, el protagonista es nuevamente recluido tras atacar a un agente de la autoridad tirándole un ladrillo a la cabeza. Una vez vuelve a la calle, su excesivamente joven amante le tiene reservado un trabajo en un restaurante como camarero y cantante pero cuando todo parece ir de perlas, la autoridad viene a detener a la muchacha por vagabundear (con lo bonito que es, al menos cuando lo canta Serrat), y tienen que huir a marchas forzadas.

¿Un film a cuatro manos entre Ken Loach y Guy Ritchie? ¿Gaspar Noé y León de Aranoa? Frío, frío. Es una película dirigida únicamente por Charles Chaplin en 1936, justo en medio de la gran depresión, y sorprendentemente nuestra sociedad actual, en medio de otra gran crisis, no parece haber evolucionado demasiado en todo este tiempo. No sería correcto decir que Chaplin era un visionario, porque lo que el cuenta en esta película es una ficción construida en torno a lo que existía ya en las calles en aquel momento. Por supuesto, aunque el resumen expuesto arriba es exactamente lo que sucede en la película, el punto de vista del personaje probablemente sería otro. En pocas palabras, es un obrero con mala suerte.

La primera incursión de Chaplin en el cine sonoro (al que no terminaba de ver con buenos ojos), aunque solo de forma parcial (en esencia se trata de una peli muda exceptuando el número musical donde el director-actor-guionista canta ininteligiblemente y pequeñas líneas de algunos personajes secundarios sobre todo al comienzo) fue una visión crítica de la sociedad capitalista y las consecuencias de esta que terminan siendo sufridas por el pueblo. Como digo, las similitudes con nuestra sociedad actual son escalofriantes ya que nos hacen plantearnos si se ha evolucionado positivamente algo en más de siete décadas.

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En aquellos complicados años treinta, tantos y tantos obreros con mala suerte se veían representados en la pantalla y a la vez, como no, encontraban un respiro cómico en los grandiosos sketchs donde Chaplin conseguía tomarse totalmente a cachondeo cosas tan serias como las que se han comentado en el primer párrafo y también un final abierto a la esperanza, que tiene que ser lo último que se pierda.

A través de pequeñas set pieces encadenadas el director de Luces de la ciudad (City Lights, 1931) aprovecha para críticar todos los males que encuentra en esa sociedad consumida por la crisis, y como digo, siempre encontrando ese hueco para el humor. Así, al comienzo, en la secuencia de la fábrica carga contra la exageración de la industrialización en busca de la mayor productividad con aquella máquina que intenta dar de comer a los trabajadores mientras siguen manos a la obra, o ese jefe que cada pocos minutos acelera el ritmo de la cadena de producción con el consecuente sobreesfuerzo que tienen que realizar los trabajadores y que deriva en el obrero protagonista apretando las botonaduras de los escotes de las señoras como si de tuercas se tratase. El ritmo narrativo que consigue Chaplin de esta forma es algo portentoso que muy pocos han podido igualar después con los años y el humor que emplea no se restringe al gagpuramente visual, que lo tiene (por ejemplo cuando Chaplin entra en esa casa que es una ruina y se empieza a desmoronar por partes, preferentemente encima suyo), sino que también toca otros palos: hay gags que funcionan gracias a la exageración (el camarero que tarda varios minutos en recorrer el camino desde la cocina a la mesa, inmerso en un mar de parejas bailando que le llevan de un lado a otro, con el consiguiente cabreo del cliente; también la citada máquina de comer), otros se basan en el reflejo de situaciones cotidianas (como un silencio incómodo interrumpido por unos sonidos gástricos) e incluso en el absurdo (como cuando su jefe queda atrapado en los engranajes de la máquina y Chaplin interrumpe la misión de salvamento cuando suena la sirena del almuerzo y comienza a alimentar a duras penas al pobre hombre)

Tiempos modernos es una historia sobre la industria, sobre la iniciativa individual, la cruzada de la humanidad en busca de la felicidad. Pero esto ya lo dicen al principio. Lo mejor es verlo por uno mismo. Como dice la locución que presenta a la máquina de comer (en el fondo una defensa del cine mudo), una imagen vale más que mil palabras.

SERGIO VARGAS

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