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El extraño amor de Martha Ivers

Tres amigos de la infancia, Martha, Walter y Sam, comparten un terrible secreto. Con el paso del tiempo, la ambiciosa Martha (Stanwyck) y el pusilánime Walter (Douglas) se han casado: ella es una brillante y fría empresaria, y él es el fiscal del distrito; una combinación perfecta para dominar a su antojo la ciudad de Iverstown. Pero el inesperado regreso de Sam (Heflin) a la ciudad, después de muchos años de ausencia, perturba profundamente la vida de la pareja.

Huérfana desde la infancia, Martha es adoptada por su rica tía quien intentará por todos los medios que olvide todos los buenos recuerdos de su padre y su vida anterior. Una noche tormentosa su tía la descubre intentando huir con Sam Masterson quien se marcha de la casa y estalla una terrible discusión entre Martha y su tía. Martha golpea a su tía con un bastón provocando que caiga por las escaleras y muera. Walter O’Neill es testigo y guiado por su ambicioso y oportunista padre decide testificar que un desconocido mató a la mujer.

El extraño amor de Martha Ivers posee un argumento muy compacto; construido sobre las bases del melodrama característico de la serie negra: unos personajes oscuros, un crudo retrato de un peldaño de la sociedad, una mirada pesimista de la vida, un mundo corrupto lleno de sombras y recuerdos que amargan la existencia de las personas… En este sentido la trama se apoya en el factor casual al servicio de las reacciones de los personajes, para esbozar una historia azarosa cubierta de una intriga que se mantiene durante gran parte del desarrollo.

La puesta en escena de este título se muestra efectiva. El ruso Lewis Milestone trabaja con un uso de la cámara enfocado por encima de todo a otorgar mayor importancia al diálogo que a la estética del film. Esta prioridad provocará que la cámara se limite a grabar plácidamente las conversaciones entre los personajes fijando una posición demasiado estática exenta de cualquier creatividad.

 

Respecto a la fotografía de Victor Milner hay que destacar el empleo de la noche y de las malas condiciones climatológicas para crear un ambiente de sordidez. Kirk Douglas sabemos que fue un actor de categoría excepcional, pero aun así sorprende la calidad de este su primer trabajo. Creíble y francamente bien. Lo mismo que Van Heflin y Lizabett Scott (esta última merece ser rescatada de esos olvidos injustos que tanto abundan en el mundo del cine). Y hablando de olvidos, no lo hagan de Judith Anderson, la “odiadísima” ama de llaves de Rebeca, en otro papel cortado por el mismo patrón.

Como detalle cabe mencionar la participación de la poco afortunada Lizabeth Scoot que no gozaría de mucha suerte a lo largo de su trayectoria por el cine. La música de Miklos Rozsa resulta modélica en la utilización de leimotivs para caracterizar a personajes y situaciones, así como en la magnífica labor de combinar animadas partituras de jazz que consiguen enfervorizar el carácter de la historia.

Punto y aparte para Bárbara, actriz que sabe, enamorarnos (La mujer milagro), perdernos (Perdición) o como aquí, sorprendernos con veleidades pasionales y carencia de los más mínimos principios vitales. Al referirnos a ella como “nuestra” Barbara siento que estoy formando parte de un círculo de privilegiados, de un club de fans de una actriz que, a pesar de lo que diga el calendario, sigue existiendo…

En definitiva, este título es un notable largometraje que aúna la virtud de entrelazar una gran historia con un elenco de actores realmente maravilloso.

DEL DIARIO DE UN CINÉFILO CLÁSICO

 

 

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