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2001 odisea en el espacio

Primero fue una reunión que el director Stanley Kubrick tuvo con el escritor Arthur C. Clarke para hacer, lo que en palabras del realizador era “una película sobre el hombre y su relación con el universo”. La propuesta era una locura de lo ambiciosa, pero Clarke sabía que Kubrick –que venía de hacer una comedia con la Guerra Fría como Dr. Insólito y una versión cinematográfica de la escandalosa Lolita de Nabokov– estaba lo suficientemente loco como para llevarla a cabo.

Después vino la idea de hacer una adaptación fiel del cuento El Centinela, del propio Clarke. Luego de eso, la preparación: Kubrick, director obsesivo como pocos, habló con astrofísicos y técnicos de la NASA; entrevistó a Carl Sagan para buscar asesoramiento sobre vida extraterrestre; y se vio todas las películas de ciencia ficción que pudiera para no repetir algo similar.

Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick en el set de “2001…”

Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick en el set de “2001…”

En medio de este proceso ocurrieron varias cosas: que en la escritura del guión del cuento El Centinela quedara apenas una que otra cuestión narrativa; el nacimiento del título 2001: Odisea en el Espacio; y un contrato con la MGM de una generosidad y una confianza temeraria, que le permitieron a Kubrick hacer con una libertad creativa desmedida una producción gigantesca que claramente no tenía la menor intención de ser convencional.

Luego vino el preestreno, con una acogida más bien mala del público que hizo que Kubrick se sintiera shockeado y le quitara cuarenta minutos al corte original que nadie pudo recuperar jamás, y luego de esto el estreno oficial, con críticas más bien dispares, y un escaso éxito en sus primeras semanas que auguraban un fracaso comercial tan titánico como el propio proyecto.

Sin embargo, como esas películas de Hollywood con vuelta de tuerca feliz, de pronto a la película le empezó a ir bien. Corrían las semanas y el público empezaba a incrementarse. Dice una leyenda incomprobable que los primeros espectadores y cultores de la película estuvieron constituido por hippies que, atraídos por la estética lisérgica del film, empezaron a ir a las funciones una y otra vez bajo el efecto de drogas.

Afiche promocional de “2001: odisea en el espacio”

Afiche promocional de “2001: odisea en el espacio”

A partir de ahí el público empezó a ampliarse cada vez más, y ya después de unos meses, 2001… se había transformado en un éxito que llenaba las salas e incluso mucha crítica que había sido mayormente desfavorable, volvió a verla y a apreciarla como obra maestra.

En los 70 la película se daría en televisión en los Estados Unidos, y curiosamente, para una película tan conocida por su espectacularidad visual, es por la pantalla chica donde terminaría de asentar su popularidad. Pero supongo que esa es solo una de las tantas particularidades que tiene una película que es un caso rarísimo.

Rarísimo no sólo porque se trata de un film extraño; sino también por el hecho de que ser tan extraña no le impidió instalarse de un modo impresionante en la cultura popular. Hoy en día vemos alusiones a 2001… en publicidades, películas tan masivas como Toy Story 2 o Zoolander; o programas de televisión como Los Simpson.

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Rarísima también porque 2001… es una película de una influencia enorme al mismo tiempo que única. Este largometraje cambió varias cosas. Fue la primera en filmar el espacio exterior volviendo a la infinidad del universo un escenario; también en aprovechar cinematográficamente el propio silencio y la falta de gravedad del espacio para crear suspenso; además, creó nuevas técnicas de efectos visuales tanto mecánicos como generados por computadora; y pensó de forma elaborada el diseño de las naves espaciales.

También fue la película que instaló la idea de que la ciencia ficción (que hasta 2001… se asociaba a un cine más bien de bajo presupuesto y con ambiciones modestas) podía ser épica, costosa y sobre todo adulta. Por otro lado, la influencia de esta película abarca películas que no pueden ser más distintas. Por sólo nombrar unas pocas: la saga Star Wars; Wall-E,de Pixar; Alien, de Ridley ScottGravedad, de Alfonso CuarónCabeza Borradora, de David LynchPetróleo Sangriento, de Paul Thomas Anderson y El Árbol de la vida, de Terence Malick.

Pero al mismo tiempo, ninguna de estas películas se parece a 2001… cómo si de ella sólo pudieran tomar elementos aislados, como ideas visuales o alguna que otra concepción sobre la tecnología.

El film se tranformó en una referencia ineludible para todas las producciones centradas en el espacio que se hicieron luego

El film se tranformó en una referencia ineludible para todas las producciones centradas en el espacio que se hicieron luego

Así y todo, como dijo alguna vez el director Jean Luc Godard, toda película es inevitablemente un documental de su tiempo, y por más única que sea, 2001… es también una película anclada en su época.

El film no puede desligarse del propio contexto histórico en el que se estrenó. Fue no sólo la época de los viajes espaciales y la ilusión de pensar que el universo podía ser un lugar de conquista; sino también de sueños hippies y comunistas acerca de un mundo en armonía. Y acá es donde entra uno de los aspectos más fascinantes: el de la construcción de una utopía ambigua.

Kubrick no podía concebir la idea de que el tiempo no alterara todos los aspectos del mundo. Desde este lugar, no concebía hacer una película donde todo siguiera más o menos igual en términos de comportamiento humano pero con tecnología más avanzada. El cambio tecnológico es también un cambio en el hombre: en su forma de relacionarse con el lenguaje (uno mucho más práctico, alejado de cualquier regodeo lingüístico), en su manera de mimetizarse con las máquinas al punto tal que termine siendo tan efectivo pero también tan frío como ellas.

La “ausencia de humanidad” es uno de los tópicos de la película de Kubrick

La “ausencia de humanidad” es uno de los tópicos de la película de Kubrick

Desde este lugar, no es que la película, como se ha dicho algunas veces, “no sea humana”, sino que el hombre de esta película no siente amor ni pasiones, por eso acá pueden hablar en total armonía y con diplomacia los soviéticos y los americanos, por eso en la medida en que la película va avanzando en el tiempo, los humanos que se muestran son cada vez menos receptivos al afecto y están más mimetizados no sólo con las máquinas que manejan, sino también con la propia indiferencia del espacio que los rodea.

La paradoja de la película es que este mundo que de tan tecnológico se volvió frío, no es muy diferente del mundo primitivo que aparece al principio, donde las nociones de la tecnología o del uso de cualquier creación eran nulas y donde el resultado termina siendo no muy distinto: así es como el universo presentado con los hombres mono es, al igual que el futuro, un espacio infinito de territorio virgen dispuesto a ser conquistado; donde el lenguaje está prácticamente ausente, no hay un sentido de disfrutar la comida; ni compasión por el dolor ajeno; ni miedo a la muerte.

Teniendo en cuenta este juego de espejos, donde el pasado extremo juega un espacio de semejanza con un futuro extremo, no es casual que Kubrick juegue con los tiempos, y pase de la música moderna de Ligeti a la música de Strauss, y pueda imaginar a satélites y naves bailando al son de un waltz del SIXX.

El problema de este tiempo futuro es que justamente es demasiado ordenado, demasiado pacífico, como para generarnos algún tipo de empatía. La ausencia de pasiones es lo que permite que 2001… pueda plantear un mundo perfecto, pero también lo que hace que no queramos vivir allí, como si el costo de una paz es justamente esa ausencia total de esas pasiones imperfectas que tanto problema generan pero que también tanto amamos.

Por eso también el robot HAL 9000 es una figura tan fascinante. Creado en la ficción a imagen y semejanza de los humanos del 92 (o sea, cuando según 2001… la humanidad no había evolucionado a esos niveles de frialdad) su inseguridad, su orgullo aprendido por sus propios creadores humanos, lo convierten en un villano, pero también al final, en el único personaje que nos da pena cuando muere rogando por su vida. Kubrick, consciente de eso, filma su muerte mostrando empatía por su miedo, otorgándole una agonía final al mismo tiempo triste y digna.

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Lo que viene después de la muerte de HAL es conocido: el trip lisérgico, el cuarto blanco cuyos símbolos han sido mil veces interpretados, la construcción de una escena en la que un astronauta se ve envejecer y que no queda claro de si dura minutos o años –de nuevo otra paradoja, que una película que tiene el año en su título termina en una época imprecisa-; y un final icónico y enigmático, con un niño astral suspendido en la infinidad del universo.

Ese final fue definido alguna vez por Brian Aldiss como una de las mayores genialidades de la historia de la ciencia ficción en tanto y en cuanto planteó con mayor poesía que nunca la incapacidad de un realizador de seguir imaginando qué hay más allá de ese tiempo, como si en algún punto fuera una confesión de que hasta ahí llega su capacidad creativa. Otros, en cambio, han juzgado ese desenlace como un acto de pedantería imperdonable en su carácter críptico e inentendible. Esta discusión todavía persiste.

El “niño de las estrellas”, la “críptica” escena final

El “niño de las estrellas”, la “críptica” escena final

Pasó medio siglo, 2001… está entre las películas más canónicas jamás hechas y aún sigue dividiendo públicos y gustos. Hay quienes la encuentran tediosa y están quienes podemos sentir que esta película podría durar ocho horas más sin que nos demos cuenta. Aún así, quizás lo más asombroso que tiene hoy es que su sola existencia sería hoy imposible. Esta película de Kubrick fue, después de todo, producto también de un cine de los 60 que estaba en el apogeo del cine moderno, en donde ciertas locuras de la Nouvelle Vague francesa, los experimentos con el grotesco de Fellini y con los tiempos de Antonioni podían alcanzar una impensada masividad.

También tiempos en que Hollywood aún pensaba en la idea de que un cine adulto y masivo no tenía que ser una contradicción y que darle al espectador algo que no había visto nunca y en tiempos mucho más lentos de lo que ve habitualmente no tenía porque ser un fracaso seguro. 2001… es hoy también un emblema perfecto de un cine que ya no puede hacerse más, y que de hacerse, no podría aspirar más al gran público sino a circuitos de festivales o un número limitado de salas en pocos países. Cambió la industria, cambió el espectador, y a su modo también cambió 2001…, obra maestra mayor de la historia del cine, quiebre indiscutible en la ciencia ficción, y hoy también cine futurista que se mira con nostalgia.

 

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