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LA VERDAD DEL TOREO (dedicado a Tetamantti)

(Este artículo es una consecuencia de las dos horas que el pleno municipal de San Lorenzo le dedicó a la corrida de toros del día del patrón, por eso se lo dedico a Esteban Tetamantti, la presidenta de la plaza y a sus alguacilillos)

La muerte en el breve espacio de año y medio de los toreros españoles Víctor Barrios e Iván Fandiño, de los mejicanos Rafael Rodríguez “El Pana”, Ramiro Celis, y del novillero peruano Renatto Motta, ha venido a recordar  que la gran verdad distintiva del toreo es la presencia de la muerte en el ruedo, la de un toro que lleva en sus astas un  peligro mortal.

El escritor colombiano Antonio Caballero afirmaba, en un bello libro titulado precisamente “A la sombra de la muerte”, que el toreo es  el arte que se hace  delante de la muerte, profundizando en la tesis de Henry Montherlant   de que “la tauromaquia  es el único arte que juega con la muerte” pues su presencia es real mientras en las demás es mera representación.

Orson Welles, buen aficionado y extraordinario  actor y director de cine, decía que “un torero es un actor al que le suceden cosas reales”.

Sobre esto es ilustrativa la anécdota de Luis Mazzantini, torero de finales del siglo XIX, en una corrida a la que asistía desde una barrera el gran actor de la época Julián Romea. Como éste reprochase en alto las excesivas precauciones que el diestro tomaba durante la  faena, el torero se contuvo, pero después aprovechó la ocasión de brindarle su segundo toro para darle cumplida respuesta: “Le brindo este toro para que vea que aquí en el ruedo uno puede morirse y no de mentirijillas como hace usted cada noche en el escenario”.

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Victoriano de la Serna, refiriéndose al toreo de los años veinte del pasado siglo,  decía que en esa época, con el menor castigo desde el caballo, con reses más cuajadas, sin antibióticos, grupos sanguíneos ni RH, y sin los avances quirúrgicos, se sentía que “la muerte hacía el paseíllo todas las tardes entre las cuadrillas”.

La historia del toreo está jalonada por el sacrificio de la vida de sus protagonistas. Algunas de sus cumbres como Pepe-Hillo, Joselito el Gallo y Manolete se cuentan entre los 60 toreros y más de 350 novilleros y banderilleros que murieron por asta de toro. Entre estos últimos, en el pueblo cercano de El Hoyo de Pinares se recuerda especialmente a Serafín Uría “Barbero”, banderillero muerto el 29 de septiembre de 1916, cuyo centenario se conmemoró en la plaza y al que Carlos Galán dedicó un sentido artículo.

Hay actividades arriesgadas en las que la muerte está también presente, pero no es su  protagonista, su agente directo, como el toro en la tauromaquia. En el ruedo el toro mata, en el alpinismo el montañero se mata. La montaña es la circunstancia aciaga, en el toreo es el toro el causante fatal.

El torero arriesga su vida para crear belleza superando el miedo en una situación límite de peligro. Lo logra transformando la fiereza de la embestida del animal en la belleza de unos movimientos de gran plasticidad hasta llegar con la muerte de toro a librar al espectador del temor por la vida del torero.

El gran poeta Pere Gimferrer, refiriéndose a José Tomás, escribía en La Vanguardia de Barcelona (17 de junio de 2007) que “el toreo es una forma de poesía. Sobre todo poesía del gesto, visual y plástica, pero también del intelecto” y que el torero “es un poeta que como todo gran poeta o artista tiene una voz única, distintiva, sin equivalente”

Pero como todo arte, la tauromaquia va más allá de las formas para ahondar en la realidad del ser humano y en su destino. La Fiesta de los toros nos coloca ante la realidad y el misterio de la muerte.  Y lo hace de una manera real y simbólica al mismo tiempo. El toro personifica en  su figura a la Muerte y el Hombre, al darle muerte, una muerte que tiene el aire de un sacrificio litúrgico, consigue alejar esa amenaza para su existencia.

En la plaza “muere la muerte”, de ahí que se celebre con júbilo de Fiesta el triunfo deseable, previsible, pero nunca asegurado, del torero. La entereza de éste  para afrontar y superar máximos peligros, la capacidad de sacrificio y resistencia ante el dolor, la fuerza mental para recuperarse de percances graves en tiempos mínimos, la voluntad de superación para alcanzar el reconocimiento de su obra. Nos dan la gran lección de que no debemos tener miedo a la muerte porque con miedo no se puede vivir una vida plena en la que, sin embargo, aquella siempre acecha.

Vida y muerte son inseparables porque solo puede morir lo que está vivo y solo puede vivir lo que aún no le ha llegado su hora final. Y es precisamente la conciencia de nuestra vulnerabilidad, no su ignorancia irresponsable, la que enseña a no desaprovechar nuestra limitada vida, a vivirla con intensidad y a superar con ánimo los retos que se vayan presentando en el ruedo de la vida como el torero lo hace en la plaza.

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También fuera de la tauromaquia, la cercanía de la muerte se  puede transformar en ocasiones en fuente de  inspiración artística. El compositor  ruso Dimitri Shostakovitch , cuya cuarta sinfonía “Leningrado” llegó a ser ejecutada en esa ciudad báltica durante el cerco alemán en agosto de 1942  por los pocos músicos que aún no habían muerto de hambre, afirmaba que “El miedo a la muerte puede ser la más intensa de las emociones. Algunas veces pienso que no hay sentimiento más profundo. La ironía yace en el hecho de que bajo la influencia de ese miedo las personas creamos poesía, prosa y música, esto es, tratamos de fortalecer nuestras ataduras a lo vivo”. (Hemos tenido ocasión de oírla este año en el Auditorio, espero alguna moción o gestión municipal para que sigan los conciertos)

Para el ser humano la muerte está presente  siempre durante su vida como certeza de que llegará en algún momento. Ha incorporado la muerte a la vida, a diferencia de los animales que no saben que van a morir, que no tienen conciencia de la muerte.

El filósofo griego Epicuro sostenía que la muerte no existe para los muertos, porque ya lo están, ni para los vivos porque todavía no les ha llegado, olvidando que la muerte sí  forma parte del proyecto y del horizonte vital de todos los seres humanos. Por el contrario, los animales, al carecer de esa premonición, pueden experimentar su último destino sin esa dolorosa y dramática carga, pero también sin la esperanza, o el miedo, en el más allá o la tristeza de dejar el más acá. “La especie humana es la única que sabe que debe morir”, sentenciaba Voltaire.

La muerte del  ser humano y del animal no son pues equivalentes ni por el valor y la dignidad superior de la vida del hombre  ni por el sentido que tiene aquella para cada uno. De ahí la legitimidad y la grandeza de un espectáculo artístico como la tauromaquia en la que toro y torero, personificaciones simbólicas de la vida y de la muerte, confrontan sus dotes potenciales de fuerza, agresividad y  peligro del uno  contra la  inteligencia, habilidad, creatividad y gracia estética del otro.

Pero como la victoria sobre la muerte no puede estar asegurada cuando el riesgo es real no una representación, a veces la Fiesta se convierte en Tragedia. Y esta eventualidad está presente con mayor o menor intensidad, según su personalidad, en cualquier torero.

El llorado Iván Fandiño lo expresaba con toda claridad en una declaraciones a la revista “Aplausos” en marzo  de 2012: “La soledad, decía, es la primera aliada que debe tener el que quiere pisar el ruedo con verdad. En ella es donde se asimila que hay que afrontar lo que puede ocurrir ante el toro como algo natural: el dolor, la tragedia, el triunfo. No es fácil… Para la muerte nadie nos prepara y para enfrentarte a ella necesitas un grado de mentalización excepcional”.

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Con una disposición anímica menos apesadumbrada contestaba el  joven Andrés Roca Rey a una pregunta de Juan Lamet sobre si pensaba mucho en la muerte: “Aunque prefiera no hacerlo, sí. Intento no pensar en ella, pero lo hago. Intento asumirla con naturalidad. Uno se muere cuando el día está escrito”. (Expansión, 19 de agosto de  2017).

“Quien ama la vida a la vida, ama a los toros”, escribía José Ortega Spottorno, porque en esa alegoría de la vida que en el fondo es una corrida nos permite festejar el hecho de que arrostrando con valor e inteligencia el destino se puede vivir un espectáculo hondo y bello pero cuyo final no siempre es feliz y desde luego siempre es efímero.

El comandante Cousteau, uno de los padres del ecologismo moderno, sostenía que “solo cuando el hombre haya superado a la muerte, y lo imprevisible no exista, morirá la fiesta de los toros y se perderá el reino de la utopía, y el Dios mitológico encarnado en el toro de lidia derramará vanamente su sangre en la alcantarilla de un lúgubre matadero de reses”.

Un final por este motivo no es probable por mucho que la medicina  prolongue la vida terrena,  y en la otra es probable que no se admitan como huéspedes a toros ni a caballos de picar. Allí, liberados de la muerte, la tauromaquia no tendrá sentido. La vida será un regalo permanente y  no una vela pendiente de que se consuma. Además, la Fiesta siempre ha tenido un aire pagano más próximo al placer de los humanos que a la pureza de los ángeles y  moradores celestiales. La vida ya no será vida como la nuestra, sino otra cosa, divina sí aunque difícil de adivinar.

El  gran peligro para la tauromaquia en las sociedades urbanas contemporáneas es su alejamiento de los fenómenos naturales, el escenario donde transcurría la vida rural que estaba más familiarizada con la presencia de la muerte.

En ella se presenciaba el nacimiento y el fin de la vida de los animales y de las personas. A los primeros se le veía nacer, crecer y morir;  en el corral donde eran criados; en el hogar dándoles muerte para alimentar a la familia.

Los niños también nacían en casa, quizás en la misma cama donde les engendraron sus padres, donde después les verían morir a éstos, y en casa tenía lugar el duelo, acompañados por la familia extensa y la comunidad local, prolongación de aquella, duelo que se prolongaría en el templo, de corpore in sepulto, y después, en la marcha a pie hasta el enterramiento en el camposanto.

Hoy nos alimentamos con alimentos y piezas de animales previamente limpiadas y empaquetadas, o tratadas industrialmente. Nacemos en clínicas, morimos en hospitales, con el duelo y las exequias a cargo de servicios especializados y el cuerpo del fallecido asépticamente distante.

El hecho cierto es que la sociedad moderna da la espalda a la muerte, la esconde, evita hablar de ella, más aún presenciarla. Queda relegada a la realidad virtual del cine, videojuego, de los medios de comunicación o de las  representaciones donde su presencia es tan agobiante como irreal.

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“En un mundo que nos obliga a olvidar la muerte, la tauromaquia nos la recuerda. Por ello es una metáfora de la vida heroica, de la vida a muerte que nos proporciona todo tipo de figuras para entender nuestros desafíos y dilemas vitales”, decía bellamente Suso del Toro en un artículo titulado Toreros y Escritores en el diario El País, el 7 de julio de 2007.

Por ello un espectáculo como el toreo, en el que la muerte del toro o del torero está presente, en acto o en potencia, contradice la superficialidad de esta dimensión de la vida moderna. Rubén Amón escribía hace poco en ese mismo periódico que “El problema no son los toros, sino la deriva aséptica de una sociedad que reniega de la muerte”

Pero quizás conviene centrar el mayor peligro para la tauromaquia, tal como la entendemos desde el siglo XVIII,  en la desaparición del riesgo mortal en las corridas, bien por prohibiciones legales o por imposiciones o modas light que pueden acabar convirtiéndolas en un espectáculo trivial de mero juego o exhibición estética.

Si eliminamos casi en su totalidad el riesgo para el hombre seleccionando reses de obediencia tontuna, o  amputamos su poder ofensivo, entonces el sacrificio de un animal, sin exponer su vida el matador, perdería su hondura artística y su legitimidad. Porque, como recordaba José Carlos Arévalo, “la muerte del toro es el único sacrificio del animal en manos del hombre que exige que este arriesgue su vida”.

La muerte del torero, como los cinco que recordamos al comienzo, son prueba patente de la legitimidad de la tauromaquia, de su verdad. Han truncado su empeño a mitad del camino, porque también  la vida se puede acabar  antes para los apuestan vivirla con intensidad en pos del arte y de la gloria, como rezaba el poema de Dámaso Alonso:

Bien templado el instrumento,

Y a medio giro el cantar

Llevose la copla el viento

Vida, cantar somnoliento,

Y no lo pude acabar.

(De “Morir, palabra dormida / Como te siento latir”)

Texto leído en el Ayuntamiento de Vademorillo, antes de comenzar su feria este año, en presencia de la alcaldesa.

 

                   San Lorenzo de El Escorial, junio de 2018

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