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Carta Abierta a Miguel Angel Hontoria, Secretario General agrupacion socialista de San Lorenzo

En un excelente libro, editado por la Fundación Pablo Iglesias, titulado “Casas del Pueblo y Centros Obreros Socialistas en España”, se nos cuenta la importancia que estos centros tuvieron como espacio de sociabilidad mucho más allá de su función como espacios de reunión y simples sedes sindicales. Las Casas del Pueblo fueron verdaderos centros culturales y de educación.

Hace unos años, puede que veinte, un grupo de socialistas, como muy bien relato en el prólogo del libro que hemos editado este año MARX HOY, consideramos conveniente crear una asociación cultural que profundizara en el medio ambiente y en los valores democráticos, a través de la cultura. Pretendíamos ampliar la base. La derecha lo entendió muy bien, y cualquier petición que efectuábamos para utilizar los espacios públicos era contestada con una negativa profunda. No sabían lo que era el entrismo troskista, pero no nos daban ni agua.

La cesión de los locales de la UGT al PSOE y la colaboración económica desinteresada de los concejales socialistas José Luis García, Antonio Herranz, Pilar Tomé, Alex Alonso, Alejandra García y Yolanda Rascón, hizo posible, que lo que luego bautizé como Sala Juan Negrín, se adaptara para poder realizar proyecciones de cine de calidad.

La primera vez que tuviste cargos orgánicos, después de algún intento fallido, suspendiste nuestra actividad y tuvimos que cambiar de ubicación, trasladándonos a la Universidad. Me dolió sobre todo el modo violento de arrancar el cartel de Godard que habíamos colocado en la puerta como muestra inequívoca de nuestras intenciones.

Así se manifestaban en aquella ocasión los amigos críticos que habían tenido la sede del PSOE como punto de encuentro los viernes:

Amigo Félix,

“Me ha sorprendido extraordinariamente la noticia que me transmites, acerca de las dificultades para seguir disponiendo del local en la sede del PSOE para las actividades del Cineclub. Lo he comentado con los compañeros críticos cinematográficos de FilmAffinity que últimamente están acudiendo a las sesiones semanales y difundiendo la actividad cinematográfica, y han reaccionado con estupor. No entienden que un partido que se supone progresista ponga trabas a una actividad eminentemente cultural, casi se podría decir que la única viva e independiente en esta localidad, y que poco a poco, gracias al trabajo constante y acertado, va alcanzando gran prestigio fuera de las fronteras locales.

En mi opinión, la imagen de tu partido resultaría bastante deteriorada si este asunto no se pudiera resolver en el sentido de la continuidad del Cineclub en la sala habitual. No dudo que el Cineclub tiene empuje de sobra para encontrar nueva sede en otro lugar, pero confío en que encuentres interlocutores sensatos y no hagan falta cambios.

Espero tus noticias porque, como te digo, los compañeros de la crítica cinematográfica y algunos profesores que siguen el Cineclub, me preguntan preocupados y están muy pendientes de qué pasará este viernes.”

Y para que veas el daño que hiciste, esta es la crítica que un amigo de Barcelona realizó y publicó en la prestigiosa FilmAffinity:

 

“Los hombres de Félix

Algunos placeres, como la lectura, se degustan en solitario. En otros, como el fútbol, es la masa enfebrecida la que conforma una espiral de sensaciones. El cine, como el catolicismo, nació para ser vivido en comunidad, pero no creo ser nostálgico ni injusto si afirmo que ir al cine ya no es lo que era.

En las últimas décadas, seguramente desde la aparición del vídeo, muchos espectadores confunden sala con salón; a saber: el ruido ambiental antes de la proyección, entre charlas en alta voz y crujir de palomitas, se asemeja a un restaurante en hora punta. Hay quien, quizás como reminiscencias de antiguos hábitos burgueses, considerara aumentada su reputación si accede al recinto diez minutos después de empezada la película, obligando así a algunos a levantarse respetuosamente a su paso. Muchos están tan pendientes de sus obligaciones que no olvidan no desconectar el móvil, e incluso los más responsables mantienen agradables conversaciones cuando éste suena. Y, si uno tiene la extraña fortuna de coincidir con un grupo de adolescentes en celo, sus risitas y aullidos superan con creces la potencia de los altavoces, aunque, eso sí, obtiene a cambio valiosa información para un tratado sobre semiótica cachonda.

 

Es por eso que, cuando mis amigos del Cineclub Serrano de El Escorial me invitaron a ver con ellos “Elena y los hombres”, me sentí inmerso en un feliz anacronismo, una arcadia cinéfila donde el punto de encuentro volvía a ser ese templo sagrado para el goce artístico. En feliz comunión de risas sincronizadas, disfrutamos de lo lindo con esas persecuciones vodevilescas que tanto recuerdan los momentos más jocosos de “La regla del juego”, con el ritmo trepidante y sin pausa que impone Renoir, con la belleza irresistible de Ingrid Bergman, con la farsa bajo la cual se agazapa, sin estridencias, una sátira no feroz pero sí sagaz sobre la política, la guerra y el amor, siempre jugando entre la representación y la realidad: aunque no supere “La carroza de oro”, gran cima del director que Truffaut tanto defendía, comparte con ella su misma reflexión de fondo sobre “el teatro de la vida”.

Y, al término, la tertulia con los amigos y unas jarras en la mano debatiendo, como en la película, sobre los misterios del cine y de la vida.

Esta reseña urgente, manuscrita a toda velocidad —concretamente unos 280 kilómetros por hora, velocidad media del tren AVE entre Madrid y Barcelona—, pretende ser un homenaje a todas aquellas personas y asociaciones culturales que, sin ánimo de lucro, únicamente por amor al arte, promueven una manera de vivir y sentir el cine lamentablemente en vías de extinción.”

El grupo de amigos que ahora se ha ampliado, cómo pudiste comprobar el día en que te convertiste en SGAE, se reunían los viernes en la Sala Juan Negrín, no para ver un cine de palomitas, sino para profundizar en la cualidad poética que se filtra en el cine, ya sea recurriendo a las imágenes de Ozu y Kierostami, o en los debates Rhomer-Passolini. Somos capaces de rastrear el poemario Bronwyn, de Juan Eduardo Cirlot y las posibilidades de una mirada lírica sobre los motivos cinematográficos.

Mis amigos no se merecen, que por que yo considere el partido como un espacio público con derecho a la crítica y tú como un espacio endogámico en espacios cerrados, les prives de la posibilidad de ser felices la tarde de los viernes.

No me gustaría recordarte cuando finalizaron históricamente las actividades de las Casas del Pueblo.

Un saludo, abre el candado (por mis amigos)

 

 

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