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¿SUICIDIO? NO, GRACIAS

   LAURA FREIXAS

Supongamos que queremos una República catalana. Es un deseo legítimo. Pero que plantea la pregunta propia de todos los deseos: ¿qué ­precio estamos dispuestas a pagar para conseguirlo?

¿Estamos dispuestas a incumplir leyes? ¿Estamos dispuestas a asumir las consecuencias del incumplimiento? ¿A soportar cargas policiales? ¿A que el Estado aplique el artículo 155? ¿A ver cómo aumenta la catalanofobia, cómo hay quien grita “a por ellos” a los policías, cómo se crece la extrema derecha? Podemos pensar que las leyes son injustas; la policía, una fuerza de ocupación; el Estado, franquista; la catalanofobia, un viejo vicio español, pero pensar eso no los borrará. A mí me indigna que existan violadores, y lucharé contra ellos por todos los medios legales, pero entre tanto, no se me ocurre pasear sola por ciertos sitios a ciertas hora

Supongamos que queremos una república catalana porque estamos convencidas de que sería una sociedad próspera, unida, democrática, transparente. ¿Estamos dispuestas, para alcanzarla, a apoyar a un Govern que atropella a quienes representan en el Parlament al 52% de la población? ¿A que la sociedad catalana se divida en dos bloques enfrentados? ¿A que se fuguen los principales bancos y cientos de empresas grandes, pequeñas y medianas? ¿A ver los vídeos de Artur Mas burlándose, en el 2015, de quienes predecían semejante fuga, y asegurando, en el 2016, que los bancos “se iban a pe­lear” por estar en Catalunya? ¿Oiremos sin pestañear a un exconseller de Empresa ­pronosticando “un desastre económico sin paliativos”?

¿De verdad el sueño de una república catalana merece el precio que, sea injusto o no, la realidad nos exige para conseguirla (o para ni siquiera conseguirla)? ¿Tan mal vivimos en España que cualquier sacrificio, cualquier riesgo, nos parece que vale la pena para abandonarla? ¿También el de una guerra civil?

Yo no creo en esa república catalana que nos pintan, donde las fieras serán mansas, los cuerpos de seguridad no cargarán contra ciudadanas pacíficas acampadas en la plaza Catalunya el 15-M, y tendremos ochenta huríes y 16.000 millones. Pero aunque creyera, a estas alturas me estaría preguntando si merece el peaje que la realidad exige. Por más convencida que estuviera de que me ­espera la vida eterna, por más estúpida que me pareciese la ley de la gravedad, no intentaría alcanzar el Paraíso tirándome de un campanario.

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