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TOTALITARISMO Y ALIENACION

 

El artículo de José Antonio García Regueiro “Goce del Estado de Derecho” me lleva a pensar en las situaciones vividas en los regímenes totalitarios donde se suprime el Estado de Derecho. Regueiro, con precisión e inteligencia, invierte y completa la dialéctica abierta por mí en el artículo “Fracaso de la Ley Pública y Goce ilegal” y lleva el fracaso de la ley pública no ya al plano oscuro y obsceno que yo planteaba, sino a la luz de una nueva realidad social totalitaria.

 

García Regueiro nos recuerda conceptos dolorosos como los de “Estado ético o nacional católico” (ejemplos del fascismo italiano y el nacional catolicismo español durante el franquismo) o el “Estado Comunidad” del nazismo alemán.

 

Me parece de extrema importancia lo planteado por Regueiro con relación a la omnipotencia de este tipo de regímenes.

 

Yo querría ahora referirme en este artículo precisamente a algunos aspectos, no todos, de la situación mental vivida por los sujetos en estos regímenes totalitarios y comprender desde el punto de vista del psicoanálisis ciertos sucesos.

 

Generalmente los regímenes totalitarios, para constituirse como tales, se basan en mentiras compartidas que actúan de lazo de unión más efectivo para un grupo que la verdad. Es necesaria la identificación de la comunidad totalitaria en una solidaridad en la culpa y más bien yo diría en una renegación de esa culpa. Suele suceder después de regímenes totalitarios que dan lugar a Estados de Derecho, que los dirigentes que participaron de ambos regímenes o que sin participar directamente mantienen lazos de distinto tipo con los participantes o sus descendientes, no suelen reconocer ningún tipo de culpa, y por tanto no habiendo tampoco solicitud de perdón a las víctimas, tienden a taponar lo sucedido, introduciendo el miedo a revisar el pasado, bajo la profecía de consecuencias nefastas para el bien social en esa legítima revisión. Es un mirar y darse la vuelta. Esconder los muertos y ocultarlos. Si un régimen totalitario sufre acusaciones desde el exterior de que miles son condenados y ejecutados sin garantías procesales y sin siquiera un delito probado y que la situación económica es ruinosa, la estrategia no es ya la negación de estos hechos presentes o pasados (a veces las evidencias son incuestionables) sino decir y proclamar a los cuatro vientos que los autores de los reproches al régimen “son incapaces de penetrar en la esencia de lo que está ocurriendo en beneficio de la emergencia de un Nuevo Hombre”.

 

Si el líder es atrapado en una situación embarazosa, la solidaridad del grupo se justifica gracias a la renegación cómplice de los sujetos de la desgracia que deja al descubierto la impotencia del líder. El amo puede decir “que lo blanco es negro”, o que “mi país es verdaderamente mío”, pero la función principal del Amo es establecer la mentira que puede sostener la solidaridad del grupo.

 

El sistema totalitario finge poseer una respuesta para todo. Se suprime el diálogo y la dialéctica. Es el goce de la estupidez misma del sistema. Las decisiones del líder pasan a ser expresiones de la “Necesidad Histórica”. Cualquier foco de resistencia es imposible y esta prohibida. Ciertos regímenes totalitarios dicen que la elección es posible, pero es una elección forzada, puesto que uno de los elementos de la elección es un conjunto vacío.

 

¿Cuál es el destino del sujeto en esta situación totalitaria?. En mi opinión uno de estos frecuentes destinos es la alienación. El sujeto se defiende aboliendo todo conflicto entre el yo y sus deseos lo cual podría llevar a la muerte de su pensamiento. Esta alienación no tiene porque sustentarse en ninguna patología psiquiátrica preexistente. Se basa mas bien en una escenificación social donde puede quedar excluida la duda y el conflicto. Para ello es también necesaria la idealización de la fuerza totalitaria alienante y en muchas ocasiones el desconocimiento por parte del alienado del accidente que ha ocurrido en su pensamiento.

 

Pensemos que García Regueiro en su artículo nos recuerda con relación a los Estados totalitarios que “su fundamento era contrario a la participación popular, pues para estos movimientos solo unas determinadas minorías podían interpretar correctamente el llamado espíritu del pueblo, que se hacía poder político a través de las decisiones del líder”. Y efectivamente aquí en mi opinión Regueiro pone el dedo en la llaga, siendo este un punto de alienación fundamental: Otro piensa por mí.

 

Para soportar esta opresión del poder sería necesaria una resistencia oculta, a pesar del peligro de muerte que ello implica. La dificultad es encontrar referencias y puntos de identificación en la sociedad para sobrellevar la resistencia. Vemos aquí la amenaza de muerte a toda oposición. Pero no basta, en mi opinión, solo la fuerza de los fusiles y tanques para que el sistema funcione. Es necesaria la infiltración en el conjunto de las relacione sociales: El jefe y el sujeto, el grupo de iguales, pero también la célula familiar: el hermano, el vecino, un desconocido puede ser un delator potencial, y el sujeto mismo puede convertirse de perseguido en perseguidor si así lo decide. Un sujeto puede ser víctima o verdugo potencial. Esto permite que el poder sobreviva a largo plazo.

 

Y no olvidemos el terror. El terror es una amenaza al pensamiento. Pero paradójicamente el sueño del poder absoluto sería anular el pensamiento del individuo hasta desaparecer en último extremo el significante terror de su espacio mental, no apareciendo ya ni en el sueño ni la fantasia. Sería la alienación máxima. Y a veces este significante terror en regímenes totalitarios que perduran a largo plazo desaparece en los descendientes o tiende e a olvidarse y suavizarse en los recuerdos de las siguientes generaciones para soportar también el dolor inherente a lo sucedido. Es tambien un miedo al terror y la posibilidad inconsciente de repetición de lo vivido. Por eso para algunos es mejor no recordar. Afortunadamente el poder totalitario no suele lograr esto. Pero es verdad que por razones de supervivencia el sujeto a veces necesita no pensar en el poder como perseguidor, ni en la fantasía siquiera. Por eso el psicoanálisis nunca fue bien recibido en los regímenes totalitarios. El psicoanálisis abre la vía a la fantasía y a la realidad psiquica como baluarte frente a la realidad externa traumática.

 

La alienación más radical y trágica del régimen totalitario sería un discurso compartido por el conjunto de sujetos, discurso por otro lado idealizado y que es necesario imponer como “verdad” “por su bien” a los demás. Aquí el sujeto, y esto es fundamental, queda incapacitado de sustituir la realidad impuesta desde fuera por su fantasía y su propia construcción mental. Es también una alienación gozosa donde ya no hay conflicto ni reconstrucción histórica. Tampoco hay miedo a enfrentarnos a nuestras propias fantasías.

 

La historia nos muestra, como acertadamente nos apunta José Antonio García Regueiro, que la fuerza en que se apoyan todos los sistemas totalitarios pasa por la anulación del Estado de Derecho y que, por diferentes que puedan parecer, llevan a la sumisión incondicional de los sujetos a un poder omnipotente, quedando algunos con la única oportunidad de un espacio mental preservado en su interior, pero con el terrible dolor de ser espectadores pasivos y fracasados de una máquina totalitaria aplastante.

 

Freud nos dice que para no repetir es necesario recordar y elaborar a pesar del dolor que esto implica. Para cerrar heridas definitivamente es necesario abrirlas y limpiarlas. Cualquier sociedad que haya vivido un régimen abyecto y totalitario necesita recordar. El hecho de que en las representaciones, los discursos, las conductas o los actos o en diversas situaciones algo vuelva sin cesar nos remite a un trauma individual o social no curado. Existen libretos repetitivos que es necesario desvelar y entender. Lo contrario implica miedo al terror del que antes hablé, y que tal vez, está aun inscrito en un discurso no manifiesto sino inconsciente que se transmite de generación en generación. Es necesario poner nombre a los afectos más íntimos y para ello es obligatorio recordar. Para unos será necesario revivir la rabia y poder elaborarla y entenderla sin actualizarla en una agresión externa y para otros poder sentir la culpa que tal vez nunca sintieron y así entender también a los inocentes que sufrieron el régimen totalitario. Culpas y odios intergeneracionales. El recuerdo y la elaboración romperán de una vez por todas el circuito mortífero de la repetición y la sociedad podrá por fin reconciliarse.

 

El discurso psicoanalítico pienso que adquiere en este punto una legitimidad que va mas allá del individuo y se inscribe en la propia sociedad.

 

Madrid Febrero de 2007

 

Alfonso A. Gómez Prieto

Director del Arco de Estudios Psicoanalíticos de AEP

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