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STALKER MI PELICUCLA FAVORIA

 
     STALKER MI PELICULA FAVORITA

       ARTICULO DE EDUARDO ZUÑIGA

Muchas películas brillantes, inteligentes, conmovedoras; otras muchas monótonas o triviales, pero entre todas las que no cayeron en el merecido infierno del olvido recuerdo con nitidez Stalker, de Andréi Tarkovski. Director que permanecerá en la historia del cine por el poder sugerente de sus imágenes y por sus planteamientos filosóficos que transcriben preocupaciones colectivas de su época.

Muchas películas brillantes, inteligentes, conmovedoras; otras muchas monótonas o triviales, pero entre todas las que no cayeron en el merecido infierno del olvido recuerdo con nitidez Stalker, de Andréi Tarkovski. Director que permanecerá en la historia del cine por el poder sugerente de sus imágenes y por sus planteamientos filosóficos que transcriben preocupaciones colectivas de su época.

De los largometrajes de este director que he podido ver, Stalker —hecha en la URSS en 1979— me interesó de forma especial por un recurso cinematográfico que yo valoro como espectador. Me refiero a la verosimilitud de la duración del tiempo de la acción; quiero decir que al tiempo se le concede todo lo que exige el largo proceso del argumento: los minutos se suceden en planos apenas móviles para dar la lentitud de aquello que no puede ser fugaz.

Porque esta película no es, creo, sino la construcción en imágenes de una idea de Tarkowski sobre el escepticismo y la incapacidad actual de tener fe en algo, y esperanza. Lo expresa mediante una travesía por las incertidumbres y sufrimientos de la atribulada conciencia de tres personajes.

Explicaré esta opinión recordando el argumento, aunque los aficionados al cine de hoy lo conocen de sobra.

En una región apartada ha ocurrido un acontecimiento que no se sabe lo que es —ha caído una nave espacial, un meteorito… y las autoridades la han cercado y no permiten el acceso—. Pero un hombre (el stalker, en inglés, el que va ojeando la caza) guía a los que desean descubrir ese secreto. Uno es un escritor, otro un científico y los tres, difícilmente, atraviesan la barrera vigilada de ese territorio y se adelantan en él. El stalker se arriesga al hacer este trabajo, pero ansía cumplir tal tarea: quiere que ellos sepan lo que hay allí, que tengan fe en algo y crean en ese lugar en el que, al parecer, hay un recinto donde se hacen realidad los deseos y se alcanza la felicidad. Desde las primeras secuencias de la película está totalmente conseguido el ambiente de expectativa inquietante en esa zona por la que caminan. El camino es peligroso, avanzan con precauciones, ya que hay riesgos mortales, atraviesan edificios en ruinas con la constante presencia del agua, un agua no profunda, que fluye sobre extraños objetos sumergidos que se ven tras la irreal barrera líquida. Un aullido lejano, en el fondo del bello paisaje ruso, sugiere la vida animal, la naturaleza enigmática.

Las autoridades que han prohibido la entrada a la zona hacen lo que siempre hace el poder, cuando teme que el conocimiento sea peligroso para sus privilegios. Ante esa prohibición, el stalker incita a transgredirla, como un rebelde o un iluminado. Trata con rudeza al científico y al escritor, que a veces se rebelan contra sus órdenes por las que casi caminan forzados en este lento itinerario cruzando parajes donde el temor les va dando lucidez. Cuando llegan al umbral del recinto definitivo, el stalker les invita a que entren y formulen sus deseos, pero ambos han logrado conciencia clarividente de que no tienen ninguno en el que depositar esperanzas. El guía no consigue que recuperen la fe y ellos contemplan la conclusión decepcionada de sus vidas.

En Stalker —con la ambigüedad de todo discurso idealista— la acción es irrealidad o alegoría de significación, tal vez, o el trabajoso progreso de la experiencia. El director —según él dijo— no propuso nada al espectador, pues los elementos de la película formaban parte de su mundo más reservado y él creía que no podrían ser interpretados. Lo que sí logra el espectador es relacionarlos con sus propias vivencias y extraer de éstas datos nuevos que ayudan a inquirir en el dominio íntimo, cumpliendo lo que Tarkovski consideró una purificación. Mediante el constante enigma de los planos, en el espectador se suscita el deseo de explicarse éste, pero Tarkovski escribió: «Un film origina sentimientos iguales, pero la reflexión es personal, esto es, no puede haber una explicación general», e incluso afirmaba que el sentido de una película no se hallaba mientras se veía sino luego, más tarde, como todo logro de la reflexión.

La banda sonora, basada sobre todo en ruidos ambientales, está trabajada para confirmar el aislamiento de los personajes, cuyo patetismo se subraya mediante demorados planos de sus rostros emergiendo de la penumbra. Y la voz del stalker recita poemas de Arseni Tarkovski, el padre del director, que fue uno de los más importantes poetas rusos hace unos años.

Esta película de Tarkovski, junto a las otras que doy como preferidas, parecería muy distinta de ellas y, sin embargo, por el hecho de que las haya mantenido unidas en el recuerdo, pienso que algún nexo tendrán. Acaso porque entre sus argumentos y técnicas opuestas percibo la coincidente referencia al ámbito privado y al colectivo, los cuales, con su infinita riqueza, pusieron luz en tantas buenas películas.

Juan Eduardo Zúñiga

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